BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 125
- Inicio
- Todas las novelas
- BENDECIDOS POR BELIAL
- Capítulo 125 - Capítulo 125: El camino amarillo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 125: El camino amarillo
Belial se sentó frente a ella sin apuro.
El movimiento fue lento, casi cuidadoso, como si cualquier gesto brusco pudiera terminar de quebrarla.
Abyllie tenía el rostro hundido en sí misma. No lloraba con ruido; se estaba deshaciendo en silencio, por capas, como algo que se resquebraja desde adentro sin mostrar grietas todavía.
Belial la miró largo rato antes de hablar. No buscaba palabras correctas, sino honestas. De esas que no prometen alivio.
—El silencio también es una opción, mi pequeña.
No lo dijo como consuelo. Lo dijo desde la experiencia de haber callado cosas toda una vida, de haber sobrevivido a guerras donde hablar no cambiaba nada.
La abrazó sin apretarla. No para sostenerla, sino para no dejarla caer sola.
Abyllie sintió el peso de ese gesto más que cualquier frase. No sabía cómo entenderlo todavía. El silencio, hasta ahora, siempre le había parecido abandono.
Lilith se acercó después. No interrumpió el abrazo. Se quedó a un lado, observando, midiendo el momento exacto.
—Tienes derecho a tomar lo que quieras seguir —dijo—. No estar de acuerdo también es normal. Incluso con la última voluntad de alguien. Incluso con su forma de pensar.
No había dureza en su voz, pero tampoco indulgencia.
—Eso es lo que nos define como personas.
Abyllie tragó saliva. Las palabras de ambos se superponían en su mente como capas que no terminaban de encajar.
—El mundo no gira en torno a los demás —continuó Lilith—. Gira en torno a cómo lo vemos como individuos.
Y ahí fue cuando algo en Abyllie se tensó.
Su corazón se apretó, no por rechazo, sino por miedo. Miedo a que ese fuera el camino que esperaban que eligiera. Miedo a decepcionar incluso en su propio dolor.
Su pensamiento se contradijo a sí mismo. Una parte quería obedecer. Otra quería huir. Ninguna quería decidir.
Sintió su mundo mental temblar. No romperse… todavía. Pero vibrar como un suelo que anuncia una grieta.
Entonces recordó.
No palabras ajenas. No mandatos. Su propia voz, mucho tiempo atrás, cuando por fin aceptó su dolor sin negarlo.
Tú eres quien define el mundo. Y si eso se rompe… tú mueres.
No hablaba del cuerpo. Nunca había hablado del cuerpo.
Era algo más hondo. Más peligroso.
Si rompía su moralidad, el mundo que estaba construyendo —la persona que estaba intentando ser— no podría crecer. Solo estancarse.
Como aquellas rosas blancas que aparecían en su mente: intactas, bellas… muertas por dentro.
Las elecciones nos definen. Pero también deforman el mundo que habitamos.
Belial siguió hablando del silencio. No como escape, sino como contención. Como espacio donde una decisión puede existir sin ser forzada.
Lilith, en cambio, habló de la moralidad. No como dogma, sino como algo que se descubre tarde, a golpes, cuando ya no hay a quién culpar.
Abyllie no respondió.
Pero su mirada cambió.
No había decisión todavía. Ni virtud. Ni rebeldía.
Solo entendimiento.
Y eso, por ahora, era suficiente.
Algo dentro de ella cambió.
No fue inmediato ni violento. Fue un desplazamiento interno, casi imperceptible, como cuando el aire se vuelve distinto antes de que uno entienda por qué.
El jardín de rosas blancas resonó en su mente. No se marchitó. No floreció. Simplemente dejó de ser estático.
Abyllie comprendió algo que las palabras externas nunca habían logrado moldear en su perspectiva: sus sentimientos eran válidos. Pero los de Buer también lo eran.
Esa comprensión no la alivió. La volvió responsable.
Buer no había sido solo una voluntad impuesta ni una extensión vacía. Había sido un ser que, incluso incompleto, había logrado sentir. Gobernar. Desarrollarse.
Había pasado de marioneta a algo con esencia propia.
Y la forma en que Abyllie entendiera esos sentimientos heredaría ese mismo trayecto.
Una parte faltante dentro de ella se levantó.
No como respuesta. Como brote.
Entre las rosas blancas surgieron astromelias amarillas. Un color que no hablaba de pureza ni sacrificio, sino de crecimiento. De un avance imperfecto, pero real.
En el altar de su mente, donde el arma de su madre aún permanecía inmóvil, una de las enredaderas se soltó. Cayó sin ruido. No era liberación. Era espacio.
Entonces la voz resonó.
No vino de afuera. Siempre había estado ahí.
Mi niña… crecer también hará que entiendas que no todo puede ser como tú lo piensas. Todo tiene sentido para los demás, incluso cuando no lo ves.
Abyllie sintió la frase asentarse despacio, como tierra sobre una semilla.
Tus pensamientos te definen… pero los de los otros también.
Eso era crecer. No imponer. No rendirse.
Aceptar sin desaparecer. Madurar sin endurecerse.
Comprendió que el día en que atravesara experiencias que nadie podía enseñarle —bajo su propio criterio, con sus propios errores— entendería cómo pelear de verdad.
Por ahora, era solo un brote que quería florecer.
El camino aún no estaba definido. Pero el sol ya existía.
Y algún día, aprendería a seguirlo sin quemarse.
Al cambiar su mente, su cuerpo también mutó.
No como la primera vez. No hubo desgarro ni sacrificio consciente, ni ese dolor áspero de aceptar perdiendo algo.
Fue suave.
Como el movimiento de una planta cuando absorbe aquello que la fortalece. Un ajuste interno, silencioso, vital.
Sus sentimientos se volvieron nutrientes. Sus decisiones, abono.
Abyllie alzó la mirada.
Miró a Lilith. Miró a Belial.
Los dejó terminar de hablar, pero ya no escuchaba desde la necesidad. Su mente no buscaba experiencia ajena ni comprensión prestada.
Solo entendimiento.
Entonces lo vio.
Entendió por qué su padre se cerraba cada vez que sufría.
El dolor que había aprendido a reprimir para no quebrarse, para seguir siendo pilar cuando nadie más podía sostenerse.
No lo juzgó. Solo lo abrazó.
Belial quedó inmóvil.
No porque no quisiera corresponderle… sino porque nadie lo había abrazado desde ese lugar. Desde la aceptación sin demanda.
—Sé que quieres enseñarme, papá —dijo Abyllie, con voz firme pero tranquila—. Y lo agradezco. Pero yo ya tomé mi elección.
Belial no respondió. No podía. Algo dentro de él se había quedado sin defensa.
Lilith observaba en silencio.
Su frialdad no era desprecio ni dureza verdadera; era fragilidad aprendida. Todo el amor que había sentido alguna vez le había enseñado cuánto podía doler amar. Desde su perspectiva, eso la hacía débil.
Abyllie lo entendió sin que nadie lo dijera.
Ella sonrió apenas.
No una sonrisa cálida. Una honesta.
Se retiró hasta el marco de la puerta y, antes de irse, dejó una sola frase en el aire:
—Respetaré la voluntad de Buer.
Hizo una pausa.
—Pero necesito que ustedes entiendan el porqué de mi decisión. Cuando lo hagan… podrán ser libres. Y entonces, tal vez, acercarse aún más de lo que ya lo han hecho.
No fue una despedida. Tampoco una orden.
Fue una invitación.
Y por primera vez, Abyllie existía sin pedir permiso.
Al salir de su habitación, Abyllie no dudó.
No caminó con prisa, pero tampoco se permitió detenerse. Su cuerpo avanzaba como si ya supiera a dónde ir, aunque su mente todavía estuviera acomodando las piezas de algo demasiado grande para nombrarlo.
La habitación de Iston estaba igual que siempre. Demasiado ordenada para alguien que había vivido rodeado de caos. Demasiado quieta para alguien que cargaba tantas cosas sin decir.
Abyllie entró sin anunciarse.
Iston alzó la vista, apenas un segundo antes de que ella lo alcanzara.
No hubo palabras.
Ella lo abrazó.
No fue un abrazo desesperado ni frágil. Fue firme. Completo. De esos que no piden sostén, sino que lo ofrecen. Iston tardó un instante en reaccionar, como si su cuerpo necesitara confirmar que aquello estaba ocurriendo de verdad, antes de rodearla con los brazos.
Abyllie apoyó la frente contra su hombro.
—Sé que tú los enviaste —dijo al fin.
No había reproche en su voz. Tampoco sorpresa. Solo reconocimiento.
Iston no respondió. No porque no quisiera, sino porque no hacía falta. El peso de esa decisión —haberlos enviado, haber puesto las cosas en movimiento— ya lo había atravesado hacía tiempo.
—Gracias —continuó ella—. Por no detenerme. Por no decidir por mí.
El abrazo se tensó apenas. No por incomodidad, sino por lo que esas palabras significaban.
Abyllie se separó lo justo para mirarlo a los ojos.
No buscaba aprobación.
No buscaba consuelo.
—Ya tomé mi decisión —dijo.
Su voz no tembló.
Había dolor en ella, sí, pero no duda.
—Mañana lo haremos.
No fue una orden. No fue una petición.
Fue un hecho.
Iston asintió despacio. No porque entendiera todo, sino porque entendía lo suficiente. Había aprendido que algunas decisiones no se acompañan con argumentos, sino con presencia.
Abyllie dio un último apretón al abrazo, breve, como quien cierra un círculo, y lo besó.
Al separarse, no miró atrás.
No porque no le importara.
Sino porque, por primera vez, no necesitaba hacerlo.
Al día siguiente, nadie tuvo que llamar a nadie.
Cuando llegué, ya estaban allí.
La habitación donde yacía su cuerpo parecía más pequeña. No porque hubiera cambiado, sino porque algo faltaba. El aire no circulaba igual, como si incluso el espacio supiera que estaba sosteniendo algo que no debía moverse.
Los cuatro se miraron.
No fue una señal.
No fue un acuerdo.
Fue una certeza compartida.
La tomaron entre todos. Con cuidado, pero sin titubeos. No como quien carga un cuerpo, sino como quien carga una decisión que no admite retrocesos.
Salimos.
El silencio que abandonó la sala no era vacío. Era respeto. Era peso. Era la ausencia deliberada de todo lo que no debía decirse.
Yo los seguí.
No por órdenes. No por deber.
Por ella.
Porque durante demasiado tiempo fue ella quien sostuvo cosas que nadie más quiso mirar. Porque cuando todo se vino abajo, no preguntó si debía ayudar. Simplemente lo hizo.
Ahora me tocaba a mí no quedarme atrás.
No quedaba nadie más en el castillo. Yo era el último guardia que sobrevivió a la invasión.
Eso me convertía en testigo. Y en acompañante.
Mientras caminábamos, no podía evitar mirarles los rostros.
La niña… Abyllie.
Las lágrimas corrían sin apuro, sin descontrol. No empañaban su mirada; la endurecían. Era la cara de alguien que ya había cruzado algo de lo que no se vuelve siendo el mismo.
Belial caminaba como una estatua en movimiento. Ninguna expresión. Ninguna grieta. Una máscara perfecta. Pero yo había visto suficientes guerras para saber cuándo un rostro así no es calmo, sino contención llevada al límite.
Lilith temblaba.
No de miedo.
De furia contenida. Cada paso parecía una afrenta al suelo que pisaba. Su mirada no buscaba nada. Cortaba el aire, como si mirar de frente fuera la única forma de no romperse.
Y el muchacho…
A él lo conocía poco. Demasiado poco.
Y aun así fue el que más me descolocó.
No lloraba.
No se tensaba.
No evitaba mirar.
Aceptaba.
Como alguien que ya había enterrado demasiados nombres como para permitirse uno más de diferencia.
El trayecto se hizo interminable.
Cada paso se estiraba dentro de mi cabeza, minutos enteros comprimidos en el sonido apagado de las botas sobre el suelo. El castillo parecía observarnos, como si supiera que algo definitivo estaba atravesando sus entrañas.
Hasta que llegamos.
La habitación.
Nunca imaginé que bajo el cuarto de la señora Buer existiera algo así.
Mis ojos ardían. No por luz, sino por comprensión forzada. Por esa sensación incómoda de ver algo que no está hecho para ser entendido, solo aceptado.
No la colocaron sobre una mesa.
La sentaron.
Con cuidado. Con intención.
Frente a una jaula.
Un ratón permanecía inmóvil en su interior. Vivo, pero quieto. Como si también él supiera que moverse en ese momento sería un error.
Entonces lo vi.
El muchacho.
Tomó un frasco de la mesa. Lo hizo sin llamar la atención. Sin pedir permiso. Sin dramatismo.
Eso me heló más que cualquier llanto habría podido hacerlo.
No entendía qué estaba viendo. Pero entendía que no debía interrumpirlo.
Nadie habló.
Nadie se quebró en voz alta.
No hubo gestos exagerados, ni despedidas, ni palabras finales.
Solo angustia.
Pura. Desnuda. Reflejada en los ojos de todos, de formas distintas.
Entonces Belial alzó la mano.
Una llama surgió.
No rugió. No explotó.
Flotó.
Suspendida en el aire, obediente, como si incluso el fuego entendiera que debía esperar.
Salimos.
No sé cuánto tiempo se mantuvo encendida. Solo sé que fue suficiente. Lo justo. Ni un segundo más.
Cuando cruzamos el umbral, el castillo empezó a arder.
No de golpe.
Desde dentro.
Un fuego enorme nació en su interior, devorándolo con una calma aterradora. El humo se elevó y llenó lo que quedaba de la ciudad destruida. Se mezcló con cenizas antiguas, con ruinas que ya no tenían nombre.
Todos miraban.
Nadie dijo nada.
El silencio fue su duelo.
Y también el mío.
Cuando el fuego empezó a crecer, ninguno retrocedió.
El castillo ardía desde dentro, como si hubiera estado esperando permiso.
Las llamas no eran caóticas; subían ordenadas, hambrientas, devorando salas, pasillos, recuerdos que ya no iban a servirle a nadie.
El humo cubrió la ciudad.
No como un manto.
Como una herida abierta.
Todos miraban.
Yo también.
Y entonces entendí algo que no había querido pensar hasta ese momento.
No estábamos honrando a Buer. La estábamos perdiendo de verdad.
Sentí que el pecho se me cerraba tarde, demasiado tarde. Como cuando el cuerpo decide reaccionar cuando ya no hay nada que salvar.
Las piernas me temblaron.
No caí. No grité. No hice nada digno.
Solo apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula, hasta que el aire dejó de entrar bien, hasta que algo dentro de mí se desordenó sin forma.
Quise decir su nombre.
No pude.
El fuego rugía ahora, y el calor me golpeaba la cara, pero no retrocedí. Me quedé ahí, mirando cómo lo último que nos había sostenido se convertía en ceniza.
Pensé en todas las veces que ella pasó junto a mí sin mirarme. En todas las veces que me miró sin decir nada. En cómo nunca me preguntó si estaba bien… y aun así lo estaba, mientras ella estaba allí.
Algo húmedo me nubló la vista.
Me lo sequé con rabia.
No era justo llorar ahora. No después de haber llegado tan tarde.
Ellos seguían en silencio.
Firmes. Enteros. O fingiendo serlo mejor que yo.
Y fue ahí cuando me di cuenta.
El silencio no era duelo para todos.
Para mí, era abandono.
Tragué saliva.
No recé. No pedí nada.
Solo me quedé mirando el castillo arder, sintiendo cómo algo se rompía sin ruido dentro de mí, algo que no sabía que todavía estaba intacto.
Cuando el fuego empezó a bajar, supe que ya no quedaba nada que custodiar.
Ni castillo.
Ni cuerpo.
Ni promesa.
Solo cenizas.
Y un guardia que ya no sabía a quién estaba protegiendo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com