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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 127

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Capítulo 127: Cuando todo quedó expuesto

Ellos vieron la caída del castillo.

No fue un estruendo ordinario. Fue un colapso lento, implacable, como si cada piedra hubiera esperado el momento exacto para caer. Polvo, humo, cenizas… todo se mezclaba en un aire que ya no olía a nada conocido.

Donde todo quedó expuesto.

Yo no pude entender nada.

Mis ojos buscaban sentido en cada fragmento de muro que caía, en cada ventana que desaparecía bajo el fuego, pero no había lógica, no había orden. Solo un caos que me aplastaba desde adentro.

Y entonces lo vi.

Una cabeza.

No una cabeza normal. Miles de cadenas la atravesaban, colgando, enlazando, retorciéndose como serpientes de metal y sombra. Cada eslabón parecía vibrar con un propósito propio. Se movía, pero no de manera humana, ni racional.

Todos quedaron sorprendidos.

Excepto ellos.

Sus rostros no cambiaron. Ni un parpadeo más largo. Ni un gesto de miedo. Solo observaban, fijos, inmutables. Como si la existencia misma de aquello no fuera una amenaza, sino un hecho que ya habían previsto.

Yo no podía apartar la vista.

Cada cadena que se balanceaba me llenaba de un vértigo que me hacía sentir el suelo traicionero bajo mis pies. Mi garganta estaba seca. Mis manos temblaban, aunque intentaba que no se notara.

Y entonces lo vi moverse.

Iston.

No dudó. No respiró más fuerte. No vaciló. Simplemente avanzó hacia esa cabeza encadenada. Como si caminar hacia ella no fuera peligro, ni terror, ni elección. Como si fuera la extensión natural de su cuerpo, de su voluntad.

Yo… no entendía.

Todo mi mundo, lo que sabía sobre poder, miedo e imposibilidad, se derrumbó en un instante.

Ellos… no temían.

Yo… yo estaba roto, y todavía no lo sabía.

En su mente, Virgilio le exigía que se acercara.

“Virgilio… ¿estás seguro de que puedo tomar el sello?” preguntó, aunque sabía que no habría respuesta fácil.

“Nunca dije eso, muchacho,” respondió la voz antigua.

“El sello será el que tomará. Solo tienes que aguantar.”

Iston permaneció en silencio, respirando entrecortado, sintiendo cada latido como un tambor que anunciaba algo que aún no podía comprender. Sonrió, pero era un gesto fragmentado, una mezcla de miedo, decisión y anticipación.

“Ahora… ¿qué hago, filósofo antiguo?”

La risa de Virgilio se filtró en su mente, amarga, casi cruel.

“Saca los versículos de Salomón. Ellos lo aceptarán.”

Iston obedeció. Del anillo surgió el antiguo versículo, flotando frente al sello. Su energía era fría, pura, implacable.

El sello no reaccionó como se esperaba.

Las cadenas, serpentinas, se enroscaron alrededor del libro. Cada eslabón parecía vivo, evaluándolo, reconociéndolo, conectándose a algo más profundo que Iston podía sentir, pero no nombrar.

Un dolor extraño lo atravesó. No fue agudo, sino como si su propio cuerpo supiera que algo estaba siendo consumido y transformado desde adentro.

El libro se rompió en fragmentos y volvió a recomponerse. Cada fragmento parecía tener voluntad propia. Y entonces la cabeza de Enoc emergió, fusionándose con el libro… con Iston… con la realidad que lo rodeaba.

El anillo cambió. Ya no era solo un aro con grabados en arameo. Un ojo surgió en su centro, palpitante, observador. Iston sintió el pulso en su mano como un corazón vivo, como si su propia esencia estuviera siendo medida y aceptada por algo antiguo.

Desde la oscuridad, unos ojos lo absorbían todo sin comprender. Todo se quebraba, y él lo miraba como si fuera un fantasma.

Iston respiró hondo, aceptando cada pulsación, cada cadena, cada fragmento de libro que ya no era solo un objeto… sino una extensión de sí mismo.

Belial, Lilith y Abyllie me acompañaban. No pronunciaron palabra. No hacía falta. Sus presencias eran suficientes para sostener lo que estaba por ocurrir.

El sello seguía palpitando, extraño y ajeno. No había sido asimilado por mí; había sido parasitado. Sentí su latido en mis venas, como si algo más antiguo y consciente hubiera decidido compartir mi cuerpo, sin pedir permiso.

“Eso puede ser una bomba de tiempo,” pensé, y sonreí. No había miedo, solo la certeza de que esto era lo que había elegido.

El silencio me rodeaba, pesado, tangible. Cada respiración de los que me acompañaban parecía medirse con la mía, sincronizada con la vibración del sello en mi mano.

Sostuve el anillo. El ojo que había surgido latía, pulsando al ritmo de algo más que mi propio corazón. La cadena de arameo, la cabeza de Enoc, el libro que se rompía y recomponía… todo convergía en un instante perfecto de inevitabilidad.

Miré a Abyllie. Sus lágrimas recorrían sus mejillas sin urgencia, con firmeza. Miré a Belial: imperturbable, pero no ciego. Miré a Lilith: temblorosa, feroz. Todos ellos aceptaban lo que yo había elegido. No lo celebraban. Lo comprendían.

Yo reí entre dientes, un sonido cortado, casi sin aire.

“Es lo que elegí,” pensé. No era un desafío. No era valentía. Era una afirmación.

Lilith me lanzó una mirada que decía más que cualquier palabra.

“Es hora de bajar. El Vaticano vendrá aquí,” comprendí en su silencio.

No temí. No dudaría. No había nada que pudiera detener lo que ya estaba ocurriendo.

“No encontrarán nada,” me repetí.

Un cementerio. Eso era todo lo que quedaría. La ciudad se desvanecería con nuestra acción. Los fantasmas, los humanos, cualquier intento de volver… sería imposible. El sello y Buer habían sido los pilares que mantenían la ciudad viva. Ahora, yo estaba unido a ellos. Si salía de esto, todo desaparecería.

Sostuve el sello. Lo sentí palpitar como si tuviera voluntad propia. Las cadenas serpenteaban, uniéndose al libro, fusionándose con la cabeza de Enoc. Un dolor soportable recorrió mis manos y mi pecho. No era miedo. No era tormento. Era aceptación del destino que había elegido.

Exhalé. El anillo latía en mi palma. El ojo brillaba, absorbiendo luz y oscuridad a partes iguales. Todo el peso del mundo —el que había vivido y el que debía enfrentar— estaba contenido allí.

“Todo lo que he perdido… todo lo que he protegido… todo ha conducido a este momento,” pensé.

Y entonces lo sentí. La puerta, la barrera entre el mundo humano y el infierno, vibraba ante mí. No había duda, no había resistencia. El sello se extendió, me tocó, y sin apartarse, me absorbí en su ser.

No hubo gritos, no hubo dolor intenso. Solo un desgarro silencioso que me recorrió el alma, un ajuste interno, perfecto y terrible. La puerta al infierno no era amenaza; era extensión de lo que yo había decidido ser.

Bajé la vista y vi cómo todo lo que mantenía la ciudad, todo lo que había conocido, se desvanecía ante mis ojos. Cenizas, humo, ruinas. No sentí nostalgia. Sentí el peso absoluto de la irreversibilidad.

Pero no me arrepentí. No había espacio para eso. Solo entendimiento.

La certeza de que este era el camino que había elegido, que ningún poder, ningún recuerdo, ningún fantasma del pasado podía desviar.

Y mientras me preparaba para dar el siguiente paso hacia el infierno, supe algo que nadie podría cuestionar: lo que estaba a punto de hacer ya no era elección, era destino.

El sello latía. Yo latía con él.

Y nada volvería a ser igual.

Saqué una cerveza del bolsillo.

El metal estaba frío. La sostuve un instante más, como si necesitara asegurarme de que era real.

La abrí.

El sonido fue seco, breve… suficiente.

Exhalé por la nariz. No miré alrededor. No hacía falta.

Nunca supe cómo empezar a decir todo esto. Tal vez porque siempre pensé que no había nadie escuchando.

O porque, si lo decía en voz alta, iba a volverse real.

Me senté. Sentí el peso caer en los hombros. Apoyé los antebrazos sobre las piernas y dejé que la lata descansara entre mis manos. Moví el pulgar sobre el borde una y otra vez, como si ese gesto pudiera ordenar algo.

Durante mucho tiempo creí que mis padres estaban muertos.

No era tristeza… era necesidad.

Más fácil pensar que no estaban que aceptar que mi propia familia había intentado borrarme.

Aprendí temprano a sentirme vacío.

No roto. Vacío.

Como si algo esencial nunca hubiera estado ahí.

Tragué saliva. No bebí todavía.

Incliné un poco la cabeza, como si asentir fuera suficiente para aceptar eso.

En mi mundo, la muerte no era tragedia. Era opción. La única que parecía lógica cuando todo lo demás fallaba.

Después llegó ella. No como promesa. Como irrupción.

Una salvadora, pensé.

Apreté la lata apenas, escuchando el metal crujir bajo mis dedos.

Pero solo seguía su propio camino, uno en el que yo no cabía.

Se fue igual que llegó. De golpe.

Di el primer sorbo. Lento. Dejé que el líquido bajara sin apuro.

Y lo que sentí como un rayo de luz desapareció sin mirar atrás.

Las deudas me comían vivo.

No solo las de números, sino las que pesan en el pecho.

Las que te despiertan antes de tiempo. Las que no sabes cómo pagar porque ni siquiera entiendes cuándo las adquiriste.

Me llevé la mano al rostro. Froté los ojos. No para llorar. Para mantenerme despierto.

No sabía cómo mejorar. No sabía por dónde empezar.

Miré el suelo un rato largo, como si ahí pudiera haber una respuesta.

Siempre estuve rodeado de gente y aun así… siempre estuve solo.

Dejé escapar una risa corta. Sin humor. Sin fuerza.

Y entonces tomé la decisión más estúpida del mundo.

No fue valiente. No fue inteligente.

Fue torpe. Desesperada.

Levanté la cerveza otra vez. La observé a contraluz.

Pero ese error… ese paso mal dado… terminó guiándome hacia algo mejor.

Bebí de nuevo.

Crecí. No porque quisiera. Porque no tuve otra opción.

Conocí personas que no me preguntaron de dónde venía ni qué me había roto.

Solo me aceptaron. Me ayudaron.

Me empujaron cuando no podía moverme solo.

Apoyé la espalda hacia atrás. Cerré los ojos un instante.

No soy feliz con el camino. Nunca lo fui.

Pero decidí aceptar algo: tal vez este sea el mío.

Y esa aceptación —solo eso— me dio algo que no había tenido antes.

No esperanza por ser fuerte. No por vencer.

Sino porque, por primera vez, me sentí parte de algo.

Di un sorbo largo. Dejé que el amargor bajara lento.

Terminé la cerveza. La lata quedó liviana en mi mano.

La apreté una vez y la dejé a un lado. Abrí otra.

El sonido volvió a ser seco. Breve. Correcto.

La volqué.

Y mientras el líquido desaparecía, sentí que todo lo que fui, todo lo que dolió, todo lo que casi me rompe… podía quedarse ahí.

Cuando la lata se terminó, me levanté.

El movimiento fue lento, pero firme.

Con eso cumplí la promesa en tu funeral.

El viento movió las enredaderas de la lápida, sucia por el tiempo. Las hojas rozaron la piedra como si alguien respirara.

Aquí yace Julian.

Al caminar entre las lápidas, mi cuerpo se sentía distinto.

No liviano como euforia. Liviano como alivio.

Cada paso parecía desprender algo que me había apretado durante años.

No sabía cuándo lo empecé a cargar, solo que ahora ya no estaba.

El aire entraba más fácil en mis pulmones. Los hombros, por primera vez en mucho tiempo, no estaban tensos.

No miraba los nombres. No hacía falta.

Antes de salir, me detuve.

Me volví hacia la lápida. No me arrodillé. No la toqué. Solo me quedé ahí, de pie, como dos viejos amigos que ya no necesitan ceremonias.

—Y tú, mi viejo amigo… —murmuré.

La voz no me tembló.

—Fuiste quien me empujó cuando estaba en mi momento más oscuro.

Exhalé despacio.

—Contigo aprendí que la vida no es justa. No lo es, y nunca lo será.

Una leve sonrisa se dibujó, cansada, honesta.

—Pero también aprendí que, aun así, tengo que encontrarle la felicidad… y el humor… a lo malo.

Bajé la mirada un instante, como si ordenara las palabras.

—Por eso te agradezco.

El viento movió suavemente las hojas cercanas.

—Y espero que, desde donde estés, me mires caminar este camino. Que veas en qué me estoy convirtiendo.

Levanté la cabeza.

—Y que te sientas orgulloso de lo que llegaré a ser.

No dije más. No hacía falta.

Me di la vuelta y seguí caminando.

Al salir del cementerio, los vi. Abyllie, Belial, Lilith.

No me llamaron. No se acercaron de inmediato.

Solo me observaron.

No por lo que había hecho. Sino por lo que ahora era.

Me detuve frente a ellos. No pregunté nada.

Abyllie fue la primera en asentir, como quien reconoce que algo ya está completo.

Belial lo miró con atención, evaluándolo no como líder ni como arma, sino como igual.

Lilith sonrió apenas, afilada y serena.

Ya estaba listo.

Llevé la mano al anillo. Sentí el pulso. Constante. Presente.

Saqué el sello de Salomón.

El aire frente a nosotros se tensó, como si la realidad misma cediera.

El portal apareció sin estruendo, oscuro, profundo, esperándome.

Lo observé un segundo más.

Este solo es el primer paso, pensé.

Fin del Primer Arco – Bendecidos por Belial

Gracias por acompañarme hasta aquí. Este primer arco llega a su cierre, pero la historia sigue viva. Mientras continúe escribiendo los capítulos en mi perfil de autor, estaré desarrollando una extensión de este universo: bitácoras, perspectivas, secretos y detalles que no tienen lugar dentro del relato principal.

Toda la información adicional y los registros complementarios existirán fuera de la novela, para quienes quieran mirar más allá de lo que ha sido contado.

Gracias por seguirme, por leer, por acompañar a los personajes y a mí en este primer paso. Lo que viene seguirá expandiendo este camino… y algunas respuestas no estarán donde esperas encontrarlas.

La expansión de este universo se desarrolla desde el perfil de autor.

https://www.webnovel.com/es/profile/4504801180

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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