BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 128
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Capítulo 128: El primer paso
Saqué una cerveza del bolsillo.
El metal estaba frío. La sostuve un instante más, como si necesitara asegurarme de que era real.
La abrí.
El sonido fue seco, breve… suficiente.
Exhalé por la nariz. No miré alrededor. No hacía falta.
Nunca supe cómo empezar a decir todo esto. Tal vez porque siempre pensé que no había nadie escuchando.
O porque, si lo decía en voz alta, iba a volverse real.
Me senté. Sentí el peso caer en los hombros. Apoyé los antebrazos sobre las piernas y dejé que la lata descansara entre mis manos. Moví el pulgar sobre el borde una y otra vez, como si ese gesto pudiera ordenar algo.
Durante mucho tiempo creí que mis padres estaban muertos.
No era tristeza… era necesidad.
Más fácil pensar que no estaban que aceptar que mi propia familia había intentado borrarme.
Aprendí temprano a sentirme vacío.
No roto. Vacío.
Como si algo esencial nunca hubiera estado ahí.
Tragué saliva. No bebí todavía.
Incliné un poco la cabeza, como si asentir fuera suficiente para aceptar eso.
En mi mundo, la muerte no era tragedia. Era opción. La única que parecía lógica cuando todo lo demás fallaba.
Después llegó ella. No como promesa. Como irrupción.
Una salvadora, pensé.
Apreté la lata apenas, escuchando el metal crujir bajo mis dedos.
Pero solo seguía su propio camino, uno en el que yo no cabía.
Se fue igual que llegó. De golpe.
Di el primer sorbo. Lento. Dejé que el líquido bajara sin apuro.
Y lo que sentí como un rayo de luz desapareció sin mirar atrás.
Las deudas me comían vivo.
No solo las de números, sino las que pesan en el pecho.
Las que te despiertan antes de tiempo. Las que no sabes cómo pagar porque ni siquiera entiendes cuándo las adquiriste.
Me llevé la mano al rostro. Froté los ojos. No para llorar. Para mantenerme despierto.
No sabía cómo mejorar. No sabía por dónde empezar.
Miré el suelo un rato largo, como si ahí pudiera haber una respuesta.
Siempre estuve rodeado de gente y aun así… siempre estuve solo.
Dejé escapar una risa corta. Sin humor. Sin fuerza.
Y entonces tomé la decisión más estúpida del mundo.
No fue valiente. No fue inteligente.
Fue torpe. Desesperada.
Levanté la cerveza otra vez. La observé a contraluz.
Pero ese error… ese paso mal dado… terminó guiándome hacia algo mejor.
Bebí de nuevo.
Crecí. No porque quisiera. Porque no tuve otra opción.
Conocí personas que no me preguntaron de dónde venía ni qué me había roto.
Solo me aceptaron. Me ayudaron.
Me empujaron cuando no podía moverme solo.
Apoyé la espalda hacia atrás. Cerré los ojos un instante.
No soy feliz con el camino. Nunca lo fui.
Pero decidí aceptar algo: tal vez este sea el mío.
Y esa aceptación —solo eso— me dio algo que no había tenido antes.
No esperanza por ser fuerte. No por vencer.
Sino porque, por primera vez, me sentí parte de algo.
Di un sorbo largo. Dejé que el amargor bajara lento.
Terminé la cerveza. La lata quedó liviana en mi mano.
La apreté una vez y la dejé a un lado. Abrí otra.
El sonido volvió a ser seco. Breve. Correcto.
La volqué.
Y mientras el líquido desaparecía, sentí que todo lo que fui, todo lo que dolió, todo lo que casi me rompe… podía quedarse ahí.
Cuando la lata se terminó, me levanté.
El movimiento fue lento, pero firme.
Con eso cumplí la promesa en tu funeral.
El viento movió las enredaderas de la lápida, sucia por el tiempo. Las hojas rozaron la piedra como si alguien respirara.
Aquí yace Julian.
Al caminar entre las lápidas, mi cuerpo se sentía distinto.
No liviano como euforia. Liviano como alivio.
Cada paso parecía desprender algo que me había apretado durante años.
No sabía cuándo lo empecé a cargar, solo que ahora ya no estaba.
El aire entraba más fácil en mis pulmones. Los hombros, por primera vez en mucho tiempo, no estaban tensos.
No miraba los nombres. No hacía falta.
Antes de salir, me detuve.
Me volví hacia la lápida. No me arrodillé. No la toqué. Solo me quedé ahí, de pie, como dos viejos amigos que ya no necesitan ceremonias.
—Y tú, mi viejo amigo… —murmuré.
La voz no me tembló.
—Fuiste quien me empujó cuando estaba en mi momento más oscuro.
Exhalé despacio.
—Contigo aprendí que la vida no es justa. No lo es, y nunca lo será.
Una leve sonrisa se dibujó, cansada, honesta.
—Pero también aprendí que, aun así, tengo que encontrarle la felicidad… y el humor… a lo malo.
Bajé la mirada un instante, como si ordenara las palabras.
—Por eso te agradezco.
El viento movió suavemente las hojas cercanas.
—Y espero que, desde donde estés, me mires caminar este camino. Que veas en qué me estoy convirtiendo.
Levanté la cabeza.
—Y que te sientas orgulloso de lo que llegaré a ser.
No dije más. No hacía falta.
Me di la vuelta y seguí caminando.
Al salir del cementerio, los vi. Abyllie, Belial, Lilith.
No me llamaron. No se acercaron de inmediato.
Solo me observaron.
No por lo que había hecho. Sino por lo que ahora era.
Me detuve frente a ellos. No pregunté nada.
Abyllie fue la primera en asentir, como quien reconoce que algo ya está completo.
Belial lo miró con atención, evaluándolo no como líder ni como arma, sino como igual.
Lilith sonrió apenas, afilada y serena.
Ya estaba listo.
Llevé la mano al anillo. Sentí el pulso. Constante. Presente.
Saqué el sello de Salomón.
El aire frente a nosotros se tensó, como si la realidad misma cediera.
El portal apareció sin estruendo, oscuro, profundo, esperándome.
Lo observé un segundo más.
Este solo es el primer paso, pensé.
Fin del Primer Arco – Bendecidos por Belial
Gracias por acompañarme hasta aquí. Este primer arco llega a su cierre, pero la historia sigue viva. Mientras continúe escribiendo los capítulos en mi perfil de autor, estaré desarrollando una extensión de este universo: bitácoras, perspectivas, secretos y detalles que no tienen lugar dentro del relato principal.
Toda la información adicional y los registros complementarios existirán fuera de la novela, para quienes quieran mirar más allá de lo que ha sido contado.
Gracias por seguirme, por leer, por acompañar a los personajes y a mí en este primer paso. Lo que viene seguirá expandiendo este camino… y algunas respuestas no estarán donde esperas encontrarlas.
La expansión de este universo se desarrolla desde el perfil de autor.
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