BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 129
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Capítulo 129: El Bautismo de Sangre
En la Santa Sede del Vaticano, la sala no tenía nombre en los registros públicos. Existía antes de que se fijaran las dimensiones de la basílica y fue excavada no para albergar fieles, sino para contener decisiones.
Sus muros eran de piedra desnuda, pulida por generaciones de manos que jamás dejaron marca visible. No había frescos ni imágenes: la santidad allí no necesitaba representación. Solo símbolos grabados directamente en la roca, tan antiguos que ya no pertenecían a ningún idioma vivo.
El techo era bajo. No para oprimir, sino para recordar que incluso la autoridad debía inclinar la cabeza.
En el centro, una mesa circular de piedra consagrada descansaba sin ornamentos. No había cabeceras. Nadie presidía. Cada asiento era idéntico, dispuesto a la misma distancia, como si la jerarquía hubiera sido suspendida de manera temporal.
Frente a cada lugar, una lámpara de aceite bendecido ardía con una llama estable, sin titubeos. No proyectaban sombras erráticas. Las figuras humanas parecían ancladas al suelo, privadas del consuelo de la penumbra.
El aire estaba saturado de incienso antiguo, mezclado con el olor mineral de la piedra húmeda. Respirar allí era un acto consciente. Cada inhalación recordaba que el cuerpo estaba presente… y que podía ser prescindible.
No se levantaban manos para votar. La votación no se expresaba con palabras. Cada decisión era sellada por permanencia: quien aceptaba, permanecía en silencio; quien dudaba, debía retirarse.
Aquella noche, nadie se movió.
Cuando el último texto fue leído y el decreto quedó sobre la mesa, una campana de tono grave resonó una sola vez, enterrada en la profundidad del recinto. No anunciaba inicio ni cierre. Solo confirmación.
La sala aceptó la resolución.
Y, como siempre ocurría, las lámparas continuaron ardiendo, indiferentes a la magnitud de lo decidido, mientras la piedra —testigo eterno— absorbía otra grieta invisible en el orden del mundo.
No había cruces visibles. No eran necesarias.
Un decreto fue leído.
El incienso no flotaba; reposaba. Cada respiración parecía una concesión, como si incluso el aire debiera pedir permiso para existir allí.
La voz que habló no alzó el tono. No predicaba. Oficiaba.
—Hoy, hijos míos, hemos sido convocados no por voluntad humana, sino por necesidad espiritual.
Las palabras no buscaban consuelo.
—El mundo ha quebrado uno de los engranajes que sostenían el orden de esta sede. Lucuis ha sido llamado a juicio definitivo.
No se habló de muerte. El juicio pertenecía a Dios.
—Aquella designada para sucederle permanece suspendida entre la vida y el silencio.
Una breve pausa. No de duda, sino de respeto.
—Tras la lectura de los signos y la verificación de las profecías menores, este concilio reconoce que corresponde la activación del Bautismo de Sangre.
Nadie reaccionó. El término no provocaba escándalo. Era antiguo. Autorizado. Registrado.
—No como castigo.
—No como herejía.
—Sino como sacramento excepcional.
La voz descendió apenas, como en oración.
—La sangre de Nuestro Señor será empleada como vínculo, no como arma. Para reclamar lo que ha sido desviado… y restaurar aquello que aún puede servir a Su designio.
Un texto fue abierto. El sonido del pergamino fue más fuerte que cualquier suspiro.
—Tal como está escrito en la epístola a los Romanos, capítulo doce: “No os venguéis vosotros mismos… porque escrito está: mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.”
El lector cerró el libro con cuidado.
—Nosotros no ejecutaremos la venganza.
Silencio absoluto.
—Solo devolveremos las herramientas a Sus manos.
Las lámparas no parpadearon. La decisión ya había sido aceptada antes de ser pronunciada.
Ahora serán abiertos los manuscritos que Lucuis dejó como constancia final, sellados como prueba y advertencia.
Los registros confirman la designación de Naqam Adonai, clériga formada bajo el rito antiguo, entrenada directamente por nuestro exorcista mayor.
Se procede a la lectura de la Primera Prueba: el Deseo Superior.
Durante la ejecución del sacramento, la candidata no manifestó resistencia, temor ni desviación doctrinal.
Fue entonces cuando ocurrió lo que no estaba previsto.
Zaphkiel descendió.
No fue invocado. No fue autorizado. Y, aun así, compareció.
Según consta en las palabras registradas por el Trono mismo, su presencia no fue interpretada como transgresión, sino como reconocimiento directo.
La candidata fue aceptada.
—Ella es la elegida.
Así quedó escrito.
—Ella será la herramienta más firme del Señor.
Al solicitar la asistencia de los Tronos para la confirmación, Zaphkiel intervino contra sus propios hermanos, imponiendo su voluntad para reclamar la posesión de la clériga.
No hubo condena. No hubo corrección. El Trono guardó silencio.
Quedó establecido que Naqam Adonai fue elegida por el Trono de forma directa, hecho que no se había registrado con anterioridad.
Ni siquiera en mí.
Así lo deja constancia Lucuis.
Yo, que debí suplicar durante siete días completos de oración continua para recibir apenas un fragmento de su poder, doy fe de ello.
Por lo tanto, y en plena conciencia del peso de esta declaración, elevo la siguiente solicitud:
Si el deseo de Zaphkiel es considerado inminente, que Naqam Adonai sea instruida y preparada como Avatar Definitivo.
No como receptáculo temporal. No como intermediaria.
Sino como herramienta consagrada del Trono.
Que así conste. Que así sea custodiado.
Concluida la lectura de las pruebas, la sala entró en un silencio distinto. No expectante. Definitivo.
—De acuerdo con los registros presentados, se dará inicio a los votos vinculantes para la designación del Bautismo de Sangre.
Nadie tomó notas. Nada de aquello debía circular fuera de la piedra.
—El orden será respetado.
La voz no pidió atención.
—Primero, Su Santidad.
El Papa no pronunció palabra alguna. No oró. No dudó.
Levantó la mano.
El gesto fue mínimo, casi administrativo. Fue suficiente.
La decisión quedó asentada.
—El Patriarca.
El anciano inclinó levemente la cabeza antes de repetir el mismo gesto. No como imitación, sino como confirmación.
Dos manos alzadas. Dos pesos imposibles de revertir.
—Los Cardenales.
Cinco figuras rodearon la mesa. No hubo deliberación abierta. Cada uno cargaba su voto desde antes de entrar en la sala.
Tres manos se elevaron. Dos permanecieron inmóviles.
La piedra registró la disonancia sin emitir juicio.
—Los Arzobispos.
Siete.
El silencio se prolongó un instante más de lo habitual.
Cinco votos fueron negados. Dos aceptados.
La balanza, por primera vez, mostró resistencia.
No hubo reacción inmediata.
La voz retomó la palabra con la misma serenidad de siempre.
—Que conste en actas: el Bautismo de Sangre no ha sido aprobado por unanimidad.
Nadie se levantó.
—Y aun así, el procedimiento queda autorizado conforme a la jerarquía establecida y a la naturaleza excepcional del sacramento.
Una lámpara se extinguió sola. Nadie la volvió a encender.
—La responsabilidad queda compartida.
No repartida. Compartida.
La sala aceptó el resultado como siempre lo hacía: en silencio, sin absolución, sin retorno.
En la Santísima Virgen María del Cielo
El primer subterráneo no figuraba en ningún plano hospitalario. Existía bajo la clínica como una extensión tolerada por la fe, no por la medicina. Allí, los muros aún conservaban restos de cal bendecida y símbolos borrados a medias, como si alguien hubiera intentado modernizar lo que jamás debió ser tocado.
Michael irrumpió en la sala con el aliento desordenado, sin preocuparse por las miradas ni por la disciplina del lugar.
—Fue aprobado —dijo sin preámbulos—. El Bautismo de Sangre.
Ezequiel levantó la vista con lentitud. No necesitaba preguntar a quién se refería.
—¿Cuándo?
—Mañana. Al amanecer. El traslado ya fue autorizado.
El silencio que siguió no fue reverente. Fue humano.
Ezequiel apretó la mandíbula. Sus ojos, cansados, buscaron instintivamente el pasillo que conducía a la sala sellada.
—¿Su cuerpo… podrá resistirlo?
No era una objeción doctrinal. Era una pregunta honesta.
Michael bajó la mirada por primera vez.
—No lo sé —respondió—. Solo la voluntad divina puede decidir qué queda después.
Ezequiel cerró los ojos un segundo. Luego asintió.
—Voy a verla.
—Está donde siempre —dijo Ezequiel—. No puede ser movida. El respirador es lo único que mantiene estable la presión… o lo que sea que aún la sostiene.
La sala era fría. No por la temperatura, sino por la ausencia de intención médica real. Allí no se esperaba recuperación.
Michael se detuvo en el umbral. Nunca lograba acostumbrarse.
Naqam yacía inmóvil, sostenida por una arquitectura de tubos, cables y máquinas que emitían sonidos rítmicos, monótonos, casi litúrgicos. El respirador artificial subía y bajaba su pecho con una regularidad prestada, ajena.
Su cuerpo estaba abierto.
No quirúrgicamente. No limpiamente.
El pecho y el vientre mostraban una quemadura química profunda, irregular, como si algo hubiera intentado marcarla desde dentro. La piel no estaba carbonizada: estaba transformada, endurecida en algunos bordes, translúcida en otros, como si la carne hubiera olvidado cómo debía reaccionar al daño.
Los brazos… la mitad de ellos habían sido reconstruidos con injertos recientes. Piel que no coincidía del todo en tono ni textura. Fragmentos prestados para sostener un cuerpo que ya no se pertenecía por completo.
Y aun así…
Su rostro estaba sereno.
No había rastro de dolor. No había tensión. No había huida.
Sus ojos estaban abiertos.
Miraban fijo.
No al techo. No a las máquinas.
A él.
Michael sintió el impulso de apartar la vista, como siempre. Pero esta vez no lo hizo. Había algo en esa mirada que no pedía ayuda… sino confirmación.
Como si ella supiera que él venía a entregar una sentencia.
Tragó saliva.
—Fue aprobado —dijo al fin.
La palabra cayó en la sala como un sello.
Las máquinas continuaron sonando. El respirador siguió haciendo su trabajo. Pero por un instante —solo uno— Michael tuvo la certeza de que algo dentro de Naqam había respondido.
No con movimiento.
Con aceptación.
En el pasillo, Canon esperaba.
No caminaba de un lado a otro. No mostraba impaciencia. Simplemente estaba allí, apoyada contra la pared, el cuerpo inclinado lo justo para no caer, el brazo mutilado cubierto por vendajes gruesos que no ocultaban la ausencia.
Cuando Michael apareció al fondo del corredor, ella habló sin saludo previo.
—Es hora de que me digas qué conseguiste para mí.
Michael redujo el paso. Algo en su tono no admitía evasión.
—No puedo quedarme así —continuó Canon, levantando apenas el brazo restante—. Un solo brazo no sirve para lo que hago.
No había autocompasión. Había evaluación de recursos.
—Necesito pelear —dijo—. Necesito recuperar lo que quedó pendiente con ese demonio.
Michael se detuvo frente a ella.
—Canon… —empezó, y se interrumpió—. ¿Aún quieres pelear? Sabiendo cómo quedaste.
Ella lo miró por primera vez de frente.
—Sí.
No fue una respuesta impulsiva. Fue inmediata.
—¿Ni siquiera después de eso? —insistió—. ¿Después de perder…?
Canon lo interrumpió.
—¿Humanidad?
La palabra sonó extraña en su boca, como un concepto aprendido, no vivido.
—Si me queda una pizca —continuó—, no me interesa.
Michael sintió un nudo seco formarse en el pecho.
—Canon, lo que pides no es normal. No es sano. No es…
—No es salvación —completó ella—. Nunca lo fue.
Se incorporó un poco más, ignorando el dolor evidente en el movimiento.
—Solo quiero saber dos cosas —dijo—. Qué puedo lograr ahora… y cómo me van a ayudar a volver a luchar.
Silencio.
Michael abrió la boca. La cerró. No había respuesta pastoral para alguien que no buscaba redención.
La miró de verdad por primera vez: no como arma, no como mártir, no como elegida. Sino como alguien cuya identidad estaba completamente anclada a la violencia dirigida.
—No sé cómo ayudarte —admitió al fin.
Canon no reaccionó. No se enfadó. No se decepcionó.
—Entonces piensa más rápido —respondió—. Porque yo no puedo detenerme.
Michael desvió la mirada, y en ese gesto ocurrió lo inevitable.
El recuerdo.
Un nombre que no debía ser pronunciado. Un expediente sellado bajo siete capas de censura. Un hombre que había sido expulsado no por herejía… sino por haber tenido resultados.
El científico de la Iglesia. El excomulgado. El que había tratado cuerpos rotos como materia corregible.
Michael cerró los ojos un segundo.
—Hay… alguien —dijo finalmente—. Pero no es una opción limpia.
Canon inclinó apenas la cabeza.
—Nunca lo son.
Michael tardó en hablar. No porque dudara. Sino porque nombrarlo era volver a abrir una herida que la Iglesia nunca logró cerrar del todo.
—Se llama Min —dijo al fin.
Canon no reaccionó. El nombre no le importaba. Esperó.
—Durante la Cuarta Guerra —continuó— trabajó donde nadie más quiso hacerlo. Utilizó el acero divino no como reliquia, sino como material. Lo fundió, lo fragmentó, lo injertó.
Michael apretó los dedos contra la palma.
—Creó prótesis.
Canon alzó ligeramente la cabeza.
—¿Funcionales?
—Más que eso —respondió—. Permanentes. Integradas. No reemplazaban el cuerpo… lo reescribían.
No sonaba orgulloso. Sonaba advertido.
—La Iglesia lo permitió mientras fue útil —añadió—. Mientras sus resultados servían para devolver soldados al frente, exorcistas al campo, cuerpos rotos a la guerra santa.
Michael hizo una pausa breve.
—Después lo excomulgaron.
Canon ladeó el rostro.
—¿Falló?
—No —dijo Michael—. Ese fue el problema.
Se obligó a mirarla.
—Cada intervención lo llevaba más lejos. No reparaba a sus sujetos… los empujaba. Los rompía una y otra vez hasta convertirlos en algo distinto. Algo que ya no respondía a órdenes. Algo que la Iglesia no podía controlar.
Canon no apartó la mirada.
—Entonces hizo bien su trabajo.
Michael sintió un escalofrío.
—Por eso lo expulsaron —continuó—. No por herejía doctrinal. No por incompetencia. Sino porque dejó de crear marionetas.
El pasillo quedó en silencio.
Canon respiró hondo, con dificultad, pero sin titubeo.
—¿Sigue vivo?
—Sí —respondió—. Sigue en Italia. Oculto. Tolerado. Vigilado de lejos… como todo lo que no se puede borrar sin consecuencias.
Michael dio un paso hacia ella.
—Acompáñanos al Vaticano —dijo—. Si después de eso sigues queriendo luchar… yo te llevaré hasta él.
Canon no sonrió. No agradeció.
Solo asintió una vez.
—Si puede devolverme al campo —dijo—, lo quiero.
Michael tragó saliva.
—Min no devuelve nada —advertió—. Solo cambia lo que queda.
Canon comenzó a caminar.
—Entonces llévame —respondió—. Ya no necesito que me devuelvan nada.
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