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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 130

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Capítulo 130: Materia corregible

En la Santísima Virgen María del Cielo

El primer subterráneo no figuraba en ningún plano hospitalario. Existía bajo la clínica como una extensión tolerada por la fe, no por la medicina. Allí, los muros aún conservaban restos de cal bendecida y símbolos borrados a medias, como si alguien hubiera intentado modernizar lo que jamás debió ser tocado.

Michael irrumpió en la sala con el aliento desordenado, sin preocuparse por las miradas ni por la disciplina del lugar.

—Fue aprobado —dijo sin preámbulos—. El Bautismo de Sangre.

Ezequiel levantó la vista con lentitud. No necesitaba preguntar a quién se refería.

—¿Cuándo?

—Mañana. Al amanecer. El traslado ya fue autorizado.

El silencio que siguió no fue reverente. Fue humano.

Ezequiel apretó la mandíbula. Sus ojos, cansados, buscaron instintivamente el pasillo que conducía a la sala sellada.

—¿Su cuerpo… podrá resistirlo?

No era una objeción doctrinal. Era una pregunta honesta.

Michael bajó la mirada por primera vez.

—No lo sé —respondió—. Solo la voluntad divina puede decidir qué queda después.

Ezequiel cerró los ojos un segundo. Luego asintió.

—Voy a verla.

—Está donde siempre —dijo Ezequiel—. No puede ser movida. El respirador es lo único que mantiene estable la presión… o lo que sea que aún la sostiene.

La sala era fría. No por la temperatura, sino por la ausencia de intención médica real. Allí no se esperaba recuperación.

Michael se detuvo en el umbral. Nunca lograba acostumbrarse.

Naqam yacía inmóvil, sostenida por una arquitectura de tubos, cables y máquinas que emitían sonidos rítmicos, monótonos, casi litúrgicos. El respirador artificial subía y bajaba su pecho con una regularidad prestada, ajena.

Su cuerpo estaba abierto.

No quirúrgicamente. No limpiamente.

El pecho y el vientre mostraban una quemadura química profunda, irregular, como si algo hubiera intentado marcarla desde dentro. La piel no estaba carbonizada: estaba transformada, endurecida en algunos bordes, translúcida en otros, como si la carne hubiera olvidado cómo debía reaccionar al daño.

Los brazos… la mitad de ellos habían sido reconstruidos con injertos recientes. Piel que no coincidía del todo en tono ni textura. Fragmentos prestados para sostener un cuerpo que ya no se pertenecía por completo.

Y aun así…

Su rostro estaba sereno.

No había rastro de dolor. No había tensión. No había huida.

Sus ojos estaban abiertos.

Miraban fijo.

No al techo. No a las máquinas.

A él.

Michael sintió el impulso de apartar la vista, como siempre. Pero esta vez no lo hizo. Había algo en esa mirada que no pedía ayuda… sino confirmación.

Como si ella supiera que él venía a entregar una sentencia.

Tragó saliva.

—Fue aprobado —dijo al fin.

La palabra cayó en la sala como un sello.

Las máquinas continuaron sonando. El respirador siguió haciendo su trabajo. Pero por un instante —solo uno— Michael tuvo la certeza de que algo dentro de Naqam había respondido.

No con movimiento.

Con aceptación.

En el pasillo, Canon esperaba.

No caminaba de un lado a otro. No mostraba impaciencia. Simplemente estaba allí, apoyada contra la pared, el cuerpo inclinado lo justo para no caer, el brazo mutilado cubierto por vendajes gruesos que no ocultaban la ausencia.

Cuando Michael apareció al fondo del corredor, ella habló sin saludo previo.

—Es hora de que me digas qué conseguiste para mí.

Michael redujo el paso. Algo en su tono no admitía evasión.

—No puedo quedarme así —continuó Canon, levantando apenas el brazo restante—. Un solo brazo no sirve para lo que hago.

No había autocompasión. Había evaluación de recursos.

—Necesito pelear —dijo—. Necesito recuperar lo que quedó pendiente con ese demonio.

Michael se detuvo frente a ella.

—Canon… —empezó, y se interrumpió—. ¿Aún quieres pelear? Sabiendo cómo quedaste.

Ella lo miró por primera vez de frente.

—Sí.

No fue una respuesta impulsiva. Fue inmediata.

—¿Ni siquiera después de eso? —insistió—. ¿Después de perder…?

Canon lo interrumpió.

—¿Humanidad?

La palabra sonó extraña en su boca, como un concepto aprendido, no vivido.

—Si me queda una pizca —continuó—, no me interesa.

Michael sintió un nudo seco formarse en el pecho.

—Canon, lo que pides no es normal. No es sano. No es…

—No es salvación —completó ella—. Nunca lo fue.

Se incorporó un poco más, ignorando el dolor evidente en el movimiento.

—Solo quiero saber dos cosas —dijo—. Qué puedo lograr ahora… y cómo me van a ayudar a volver a luchar.

Silencio.

Michael abrió la boca. La cerró. No había respuesta pastoral para alguien que no buscaba redención.

La miró de verdad por primera vez: no como arma, no como mártir, no como elegida. Sino como alguien cuya identidad estaba completamente anclada a la violencia dirigida.

—No sé cómo ayudarte —admitió al fin.

Canon no reaccionó. No se enfadó. No se decepcionó.

—Entonces piensa más rápido —respondió—. Porque yo no puedo detenerme.

Michael desvió la mirada, y en ese gesto ocurrió lo inevitable.

El recuerdo.

Un nombre que no debía ser pronunciado. Un expediente sellado bajo siete capas de censura. Un hombre que había sido expulsado no por herejía… sino por haber tenido resultados.

El científico de la Iglesia. El excomulgado. El que había tratado cuerpos rotos como materia corregible.

Michael cerró los ojos un segundo.

—Hay… alguien —dijo finalmente—. Pero no es una opción limpia.

Canon inclinó apenas la cabeza.

—Nunca lo son.

Michael tardó en hablar. No porque dudara. Sino porque nombrarlo era volver a abrir una herida que la Iglesia nunca logró cerrar del todo.

—Se llama Min —dijo al fin.

Canon no reaccionó. El nombre no le importaba. Esperó.

—Durante la Cuarta Guerra —continuó— trabajó donde nadie más quiso hacerlo. Utilizó el acero divino no como reliquia, sino como material. Lo fundió, lo fragmentó, lo injertó.

Michael apretó los dedos contra la palma.

—Creó prótesis.

Canon alzó ligeramente la cabeza.

—¿Funcionales?

—Más que eso —respondió—. Permanentes. Integradas. No reemplazaban el cuerpo… lo reescribían.

No sonaba orgulloso. Sonaba advertido.

—La Iglesia lo permitió mientras fue útil —añadió—. Mientras sus resultados servían para devolver soldados al frente, exorcistas al campo, cuerpos rotos a la guerra santa.

Michael hizo una pausa breve.

—Después lo excomulgaron.

Canon ladeó el rostro.

—¿Falló?

—No —dijo Michael—. Ese fue el problema.

Se obligó a mirarla.

—Cada intervención lo llevaba más lejos. No reparaba a sus sujetos… los empujaba. Los rompía una y otra vez hasta convertirlos en algo distinto. Algo que ya no respondía a órdenes. Algo que la Iglesia no podía controlar.

Canon no apartó la mirada.

—Entonces hizo bien su trabajo.

Michael sintió un escalofrío.

—Por eso lo expulsaron —continuó—. No por herejía doctrinal. No por incompetencia. Sino porque dejó de crear marionetas.

El pasillo quedó en silencio.

Canon respiró hondo, con dificultad, pero sin titubeo.

—¿Sigue vivo?

—Sí —respondió—. Sigue en Italia. Oculto. Tolerado. Vigilado de lejos… como todo lo que no se puede borrar sin consecuencias.

Michael dio un paso hacia ella.

—Acompáñanos al Vaticano —dijo—. Si después de eso sigues queriendo luchar… yo te llevaré hasta él.

Canon no sonrió. No agradeció.

Solo asintió una vez.

—Si puede devolverme al campo —dijo—, lo quiero.

Michael tragó saliva.

—Min no devuelve nada —advertió—. Solo cambia lo que queda.

Canon comenzó a caminar.

—Entonces llévame —respondió—. Ya no necesito que me devuelvan nada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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