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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 131

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Capítulo 131: El Beso

ARCHIVO N.º 1354 / AÑO 2024

CLASIFICACIÓN: Reservado – Nivel Obsidiana

EMISOR: Cardenal Prefecto Adjunto del Archivo Doctrinal

DESTINATARIO: Comisión de Custodia Sacramental

ASUNTO: Evaluación crítica y objeción formal al procedimiento denominado Bautismo de Sangre

I. SITUACIÓN GENERAL

Se eleva el presente informe con carácter de objeción documentada, no con intención de sabotaje doctrinal ni de desacato jerárquico, sino como registro de responsabilidad institucional ante una decisión que, aun siendo legal dentro de los márgenes excepcionales del Derecho Canónico Extraordinario, presenta irregularidades sustanciales en su gestación, votación y justificación.

El procedimiento conocido como Bautismo de Sangre ha sido activado en contadas ocasiones a lo largo de la existencia de esta institución. Todas ellas han sido consideradas eventos límite, autorizados únicamente cuando la continuidad operativa del orden espiritual se encontraba en riesgo directo e inmediato.

La situación actual no cumple de forma inequívoca con los precedentes históricos documentados.

II. IRREGULARIDADES EN EL PROCESO DE VOTACIÓN

Consta en actas que la votación para la activación del Bautismo de Sangre no fue unánime.

Consta también que no fue debidamente argumentada en todos los niveles jerárquicos.

Se registran las siguientes anomalías:

Ausencia de deliberación formal previa

No se presentó un documento técnico completo de riesgos, probabilidades de éxito ni escenarios post-ritual antes de proceder a la votación. Decisión adoptada pese a disenso mayoritario en niveles intermedios

Aunque la jerarquía superior validó el procedimiento, se ignoró la oposición expresa de miembros con experiencia directa en rituales de excepción. Carácter simbólico del voto final

La votación se ejecutó más como ratificación de una decisión ya tomada que como un proceso real de discernimiento colegiado.

Debe quedar registrado que esto no constituye un consenso, sino una imposición jerárquica.

III. OBSERVACIÓN SOBRE LA FIGURA DEL SUMO PONTÍFICE

Este informe no cuestiona la legitimidad espiritual del Santo Padre.

Sí cuestiona su rol funcional dentro del proceso específico.

En la práctica observable, el Papa ha actuado como vehículo de confirmación de una voluntad externa, más que como evaluador crítico del procedimiento.

No se trata de una acusación teológica, sino administrativa:

La figura papal, en este caso concreto, ha operado como intermediario pasivo de una decisión ya sellada.

Dicho de forma directa:

El Papa ha funcionado como marioneta del Cielo, no como custodio prudente de la Institución terrenal.

Esto no invalida la decisión, pero agrava la responsabilidad de quienes la ejecutan.

IV. CONTAMINACIÓN EMOCIONAL DEL PROCESO

Debe señalarse con claridad un factor que no ha sido abordado con la debida honestidad:

La muerte del exorcista en jefe Fray Lucuis.

Su pérdida ha generado:

Vacío operativo. Impacto emocional colectivo. Deseo implícito de compensación simbólica.

Existen indicios claros de que la activación del Bautismo de Sangre no responde exclusivamente a necesidad estratégica, sino también a una reacción emocional institucional ante dicha pérdida.

Esto constituye una violación del principio de imparcialidad doctrinal.

Las decisiones sacramentales excepcionales no pueden tomarse desde el duelo.

V. SOLICITUD FORMAL DE CIERRE PREVENTIVO

En virtud de la irregularidad registrada bajo el código 1204-B, se solicita formalmente:

Suspensión temporal del Bautismo de Sangre Reevaluación técnica completa del estado físico y espiritual del clérigo designado Nuevo proceso de votación con argumentación registrada

Esta solicitud queda pendiente por falta de pruebas concluyentes que permitan anular el procedimiento de manera inmediata.

Sin embargo, la objeción queda asentada.

VI. CONSIDERACIÓN SOBRE LOS RECURSOS DISPONIBLES

Se deja constancia explícita de un hecho que no ha sido verbalizado durante la deliberación:

La Institución posee sangre consagrada suficiente para, al menos, tres Bautismos adicionales a lo largo de su existencia proyectada.

Por lo tanto, no existe urgencia material que justifique la aceleración del proceso actual.

Esto refuerza la hipótesis de que la decisión ha sido impulsada por factores no estrictamente racionales.

VII. PROBABILIDAD DE ÉXITO

Según las evaluaciones médicas y rituales disponibles:

Estado físico del clérigo: crítico Daño interno activo Inestabilidad orgánica persistente

Probabilidad estimada de éxito del Bautismo de Sangre:

10 %

Probabilidad de pérdida total del sujeto:

Alta

Debe quedar registrado que el clérigo en cuestión no se encuentra en condiciones óptimas, ni siquiera aceptables, para un ritual de esta magnitud.

VIII. RIESGO INSTITUCIONAL

El sujeto designado constituye un recurso de alto valor estratégico.

Su pérdida no sería solo espiritual, sino operativa.

La decisión actual expone a la Institución a:

Pérdida irreversible de activo humano. Precedente peligroso para futuras activaciones. Erosión de la autoridad doctrinal interna.

IX. CONCLUSIÓN Y REGISTRO FINAL

Este informe no busca impedir la voluntad divina.

Busca documentar la responsabilidad humana.

Si el Bautismo de Sangre se lleva a cabo y resulta exitoso, se solicita:

Cierre inmediato del caso Archivo definitivo de esta objeción

Si el Bautismo fracasa, se eleva formalmente la siguiente solicitud:

Evaluación y eventual destitución del actual Sumo Pontífice,

por negligencia administrativa en la custodia de procedimientos sacramentales de excepción.

No como castigo.

Como consecuencia.

FIRMA REGISTRADA

Cardenal Prefecto Adjunto

Archivo Doctrinal – Custodia Sacramental

Documento sellado.

No circulable.

No discutible.

Antes de enviar el formulario, el cardenal permaneció de rodillas.

La capilla privada estaba casi a oscuras. Una única vela ardía frente al crucifijo. La llama no era firme; oscilaba, como si el aire se negara a quedarse quieto. El rostro de Cristo, tallado en madera ennegrecida por los siglos, no ofrecía consuelo.

—Oh Padre —susurró—. Dame la fuerza para enviar este decreto.

El documento reposaba sobre el altar. No parecía un papel, sino un peso.

—No permitas que actúe desde el miedo —continuó—. No quiero sufrir por mi temor. Solo deseo lo mejor para la institución que fue creada para custodiar tu palabra.

El silencio respondió.

No como negación.

Como abandono.

El cardenal se puso de pie, tomó la carpeta y abandonó la capilla.

La noche había cerrado sobre el Vaticano. El cielo era una masa oscura, sin estrellas, y los pasillos exteriores se extendían como corredores funerarios de mármol blanco. Cada paso resonaba más de lo necesario, como si el lugar estuviera escuchando.

Al girar un corredor, lo vio.

El Patriarca aguardaba bajo un arco. No parecía haber llegado: parecía haber sido colocado allí. Su hábito blanco no reflejaba la luz; la absorbía.

—Estimado hijo mío —dijo con voz serena—, ¿estás seguro de tu decisión?

El cardenal apretó la carpeta contra el pecho.

—Sí, padre —respondió—. Es lo mejor para la Iglesia.

El Patriarca sonrió.

No con ternura.

Con certeza.

Avanzó un paso y apoyó una mano en su hombro. El gesto era correcto, paternal, casi ceremonial.

—Eso espero —dijo—, mi preciado hijo.

Se inclinó.

El beso fue en la boca.

No fue largo.

Fue exacto.

Un contacto deliberado, íntimo, imposible de confundir. En ese instante, el cardenal entendió. No era afecto. No era perdón. No era bendición.

Era la señal.

El sello.

La entrega.

El mundo pareció vaciarse de sonido. El cuerpo del cardenal reaccionó antes que su mente: el color abandonó su rostro, sus labios temblaron, y dio un paso atrás como si hubiera sido tocado por algo impuro.

No dijo nada.

No podía.

Se dio la vuelta y corrió.

Sus pasos quebraron el silencio de los pasillos. El mármol devolvía el eco de su pánico. Sabía que huía tarde. Sabía que ya había sido marcado.

—Eso no evitará que te encuentren —dijo la voz del Patriarca a lo lejos, tranquila, casi indulgente.

El cardenal giró un corredor, tropezó y cayó de rodillas. Las palabras salieron rotas, sin forma, una oración que no llegó a Dios.

El disparo resonó por todo el Vaticano.

No fue apresurado.

No fue caótico.

Fue definitivo.

El Patriarca no se movió. Escuchó cómo el eco se apagaba entre los muros sagrados. Luego se llevó dos dedos a los labios, como quien verifica un rito cumplido.

—Dios ya ha hablado —susurró.

Y como con Judas, el beso fue suficiente.

NOTA ADJUNTA – EVIDENCIA INCORPORADA

El sobre fue añadido al expediente sin comentario adicional.

Papel grueso.

Sellado con lacre blanco.

Sin remitente visible.

En el reverso, una única marca: el sello pontificio, presionado con demasiada firmeza, como si quien lo imprimió hubiese necesitado asegurarse de que quedara claro quién cerraba el caso.

El contenido fue incorporado al archivo sin lectura en voz alta.

ACTA DE REGISTRO DE HALLAZGO

Se informa el hallazgo del cuerpo sin vida del

Cardenal Prefecto Adjunto del Archivo Doctrinal,

en dependencias internas del Vaticano.

Hora estimada de muerte: 03:33 a.m.

Causa inmediata:

Disparo único, certero, en región craneal.

Muerte instantánea.

No se registran signos de forcejeo.

No se reportan testigos directos del evento.

DESARROLLO DEL CASO

El cuerpo fue encontrado a las 06:00 a.m. por un joven novicio asignado a labores de limpieza matutina en los pasillos del ala norte.

El novicio declaró haber confundido inicialmente el cuerpo con una figura en oración.

No tocó el cadáver.

Avisó de inmediato a su superior directo.

El arma fue hallada en las inmediaciones.

Sin huellas relevantes.

Sin irregularidades técnicas aparentes.

EVALUACIÓN PRELIMINAR

Tras revisión sumaria de los antecedentes personales, emocionales y administrativos del fallecido, el caso es desestimado como homicidio.

La hipótesis adoptada es la de suicidio, motivado por:

— Estrés acumulado.

— Carga doctrinal excesiva.

— Conflicto interno no verbalizado.

No se consideran necesarias diligencias adicionales.

No se autoriza investigación externa.

DISPOSICIÓN FINAL

El cuerpo será entregado a los oficios correspondientes.

El expediente será archivado bajo categoría de Incidente Aislado.

Toda documentación previa asociada al fallecido queda sellada.

No circulable.

No revisable.

FIRMA DE CIERRE

Sumo Pontífice

El sobre volvió a cerrarse.

Fue colocado al final del archivo, no como prueba, sino como formalidad.

Nadie lo volvió a mencionar.

A las 03:33, un hombre murió.

A las 06:00, fue encontrado.

Antes del amanecer, la verdad ya había sido reemplazada.

El sistema no había cometido un pecado.

Había cumplido un procedimiento.

El funeral se celebraría ese mismo día.

No hubo margen para duelo extendido ni para preguntas.

La notificación fue clara, breve, irreversible.

“Se realizará bajo el versículo Mateo 12:31–32.”

Nadie pidió aclaración.

Todos sabían lo que significaba.

Todo pecado será perdonado…

pero la blasfemia contra el Espíritu no tendrá perdón,

ni en este mundo

ni en el venidero.

El mensaje continuaba con el tono administrativo habitual, casi cortés:

El funeral sería íntimo, conforme a normativa doctrinal.

No habría exposición pública prolongada.

No se permitirían homilías personales.

El alma del difunto, según el registro oficial, no sería encomendada.

Por suicidio.

La palabra no fue escrita.

Pero estaba ahí, flotando entre líneas, como una condena que nadie se atrevía a corregir.

Se solicitaba la asistencia de los grandes cargos.

No como honor.

Como recordatorio.

La sala funeraria estaba preparada antes del amanecer.

Mármol blanco.

Velas alineadas con precisión matemática.

El féretro cerrado, sin nombre visible, sin fechas grabadas.

Nada que permitiera recordar al hombre.

Todo estaba diseñado para preservar el mensaje.

Cuando comenzaron a llegar, el ambiente cambió.

Uno a uno entraron los que habían votado en contra del Bautismo de Sangre.

Cardenales.

Prefectos.

Consultores doctrinales.

Hombres que, horas antes, habían alzado la voz con argumentos.

Con prudencia.

Con lógica.

Al cruzar el umbral, se detuvieron.

No fue una decisión consciente.

Fue un reflejo.

Se quedaron paralizados.

No por la visión del féretro.

Sino por la ausencia de sorpresa.

Todo encajaba demasiado bien.

El silencio era compacto, opresivo.

Nadie se miraba directamente.

Nadie se acercaba demasiado al ataúd.

Sabían.

No lo pensaron en voz alta, pero lo sabían con una claridad brutal:

Si ahora empezaban a buscar razones,

si intentaban reconstruir objeciones,

si alguien pronunciaba la palabra irregularidad…

Serían silenciados.

No con violencia visible.

No con escándalo.

Serían archivados.

Como siempre había sucedido.

El rito comenzó sin anuncio.

Un oficiante leyó el versículo asignado.

No lo explicó.

No lo suavizó.

Las palabras cayeron como una sentencia ya cumplida.

Algunos bajaron la cabeza.

Otros mantuvieron la mirada fija en el frente, rígidos, inmóviles, como estatuas que fingían fe.

Nadie lloró.

No porque no sintieran culpa.

Sino porque llorar habría sido interpretado como apego.

Y el apego también deja rastros.

Cuando el rito terminó, nadie se movió de inmediato.

Esperaron.

Siempre se espera.

Hasta que una señal invisible libera a los cuerpos de seguir fingiendo presencia.

Luego, uno a uno, abandonaron la sala.

Sin hablar.

Sin pactos.

Sin promesas.

Cada uno entendió lo mismo:

El Bautismo de Sangre ya no era una decisión.

Era un hecho.

Y cualquier intento futuro de cuestionarlo

no sería tratado como desacuerdo…

Sino como blasfemia.

Esa misma noche, los nombres de los opositores fueron trasladados a archivos cerrados.

No como acusación.

No como advertencia pública.

Solo como registro.

Como siempre en la historia de la Iglesia había sucedido.

El miedo no necesitó órdenes.

La obediencia tampoco.

Y el silencio, una vez más, fue el sacramento más efectivo de todos.

El Patriarca no encendió la luz.

La sala privada permanecía en penumbra, apenas sostenida por la claridad moribunda que se filtraba desde una ventana alta, cubierta por vitrales ennegrecidos. Las figuras de los santos ya no distinguían rostros; solo siluetas deformadas por siglos de humo y cera.

El Patriarca se quedó de pie, con las manos cruzadas a la espalda.

No rezaba.

Esperaba.

La sombra ya estaba allí.

No entró.

No se desplazó.

Simplemente ocupó un rincón donde la oscuridad parecía más densa, como si el aire hubiera decidido plegarse sobre sí mismo. No tenía forma definida: a ratos sugería una figura humana, a ratos algo demasiado anguloso para serlo.

—El archivo está sellado —dijo el Patriarca, sin volverse—. El funeral se ejecutó conforme a protocolo. Nadie habló más de lo necesario.

La sombra no respondió de inmediato.

Cuando lo hizo, su voz no salió de un punto concreto. Parecía resonar desde las paredes, desde el suelo, desde dentro del pecho del propio Patriarca.

—El miedo es reciente —dijo—. Aún no está asentado.

El Patriarca sonrió apenas.

—Lo estará. Siempre lo está.

Giró lentamente, lo suficiente para que su perfil quedara a contraluz.

—Los disidentes han entendido el mensaje. No actuarán. No cuestionarán. Harán lo que siempre han hecho: sobrevivir.

La sombra pareció expandirse un poco, como si respirara.

—¿Y el Bautismo? —preguntó—. Aún hay registros incómodos.

—Ya no —respondió el Patriarca—. Los registros existen solo para justificar lo inevitable. El rito se realizará.

Hubo una pausa.

No de duda.

De cálculo.

—Entonces es momento —dijo la sombra—.

El Patriarca inclinó la cabeza, en un gesto que no era reverencia… pero tampoco negación.

—Sí —admitió—. Es momento de que empieces a actuar.

La sombra se tensó.

—¿Sin intermediarios?

—Sin intermediarios —confirmó—. Sin señales visibles. Sin mártires innecesarios.

El Patriarca caminó hasta la mesa central y apoyó la palma sobre la superficie de mármol.

—Quiero presión —continuó—. Sueños interrumpidos. Voces mal colocadas. Coincidencias demasiado precisas para ser ignoradas.

Alzó la vista hacia la oscuridad.

—Quiero que crean que todavía eligen.

La sombra dejó escapar algo parecido a una risa, pero sin sonido.

—Eso siempre es lo más cruel.

—Y lo más efectivo —respondió el Patriarca—.

Se hizo un silencio espeso.

—¿A quién primero? —preguntó la sombra.

El Patriarca no dudó.

—A los que aún creen que pensar los protege.

La sombra comenzó a retraerse, no alejándose, sino deshilándose, como si la habitación ya no pudiera sostenerla.

Antes de desaparecer del todo, su voz volvió a oírse:

—Cuando empiece, no habrá marcha atrás.

El Patriarca cerró los ojos un instante.

—Nunca la hay —dijo—. Por eso funcionamos.

La sala quedó vacía.

O eso parecía.

El Patriarca permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando el eco inexistente de algo que ya se había puesto en movimiento.

Luego murmuró, casi con afecto:

—Que Dios nos observe…

como siempre.

Y en algún lugar del Vaticano, algo obedeció.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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