BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 132
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Capítulo 132: Archivo cerrado
NOTA ADJUNTA – EVIDENCIA INCORPORADA
El sobre fue añadido al expediente sin comentario adicional.
Papel grueso.
Sellado con lacre blanco.
Sin remitente visible.
En el reverso, una única marca: el sello pontificio, presionado con demasiada firmeza, como si quien lo imprimió hubiese necesitado asegurarse de que quedara claro quién cerraba el caso.
El contenido fue incorporado al archivo sin lectura en voz alta.
ACTA DE REGISTRO DE HALLAZGO
Se informa el hallazgo del cuerpo sin vida del
Cardenal Prefecto Adjunto del Archivo Doctrinal,
en dependencias internas del Vaticano.
Hora estimada de muerte: 03:33 a.m.
Causa inmediata:
Disparo único, certero, en región craneal.
Muerte instantánea.
No se registran signos de forcejeo.
No se reportan testigos directos del evento.
DESARROLLO DEL CASO
El cuerpo fue encontrado a las 06:00 a.m. por un joven novicio asignado a labores de limpieza matutina en los pasillos del ala norte.
El novicio declaró haber confundido inicialmente el cuerpo con una figura en oración.
No tocó el cadáver.
Avisó de inmediato a su superior directo.
El arma fue hallada en las inmediaciones.
Sin huellas relevantes.
Sin irregularidades técnicas aparentes.
EVALUACIÓN PRELIMINAR
Tras revisión sumaria de los antecedentes personales, emocionales y administrativos del fallecido, el caso es desestimado como homicidio.
La hipótesis adoptada es la de suicidio, motivado por:
— Estrés acumulado.
— Carga doctrinal excesiva.
— Conflicto interno no verbalizado.
No se consideran necesarias diligencias adicionales.
No se autoriza investigación externa.
DISPOSICIÓN FINAL
El cuerpo será entregado a los oficios correspondientes.
El expediente será archivado bajo categoría de Incidente Aislado.
Toda documentación previa asociada al fallecido queda sellada.
No circulable.
No revisable.
FIRMA DE CIERRE
Sumo Pontífice
El sobre volvió a cerrarse.
Fue colocado al final del archivo, no como prueba, sino como formalidad.
Nadie lo volvió a mencionar.
A las 03:33, un hombre murió.
A las 06:00, fue encontrado.
Antes del amanecer, la verdad ya había sido reemplazada.
El sistema no había cometido un pecado.
Había cumplido un procedimiento.
El funeral se celebraría ese mismo día.
No hubo margen para duelo extendido ni para preguntas.
La notificación fue clara, breve, irreversible.
“Se realizará bajo el versículo Mateo 12:31–32.”
Nadie pidió aclaración.
Todos sabían lo que significaba.
Todo pecado será perdonado…
pero la blasfemia contra el Espíritu no tendrá perdón,
ni en este mundo
ni en el venidero.
El mensaje continuaba con el tono administrativo habitual, casi cortés:
El funeral sería íntimo, conforme a normativa doctrinal.
No habría exposición pública prolongada.
No se permitirían homilías personales.
El alma del difunto, según el registro oficial, no sería encomendada.
Por suicidio.
La palabra no fue escrita.
Pero estaba ahí, flotando entre líneas, como una condena que nadie se atrevía a corregir.
Se solicitaba la asistencia de los grandes cargos.
No como honor.
Como recordatorio.
La sala funeraria estaba preparada antes del amanecer.
Mármol blanco.
Velas alineadas con precisión matemática.
El féretro cerrado, sin nombre visible, sin fechas grabadas.
Nada que permitiera recordar al hombre.
Todo estaba diseñado para preservar el mensaje.
Cuando comenzaron a llegar, el ambiente cambió.
Uno a uno entraron los que habían votado en contra del Bautismo de Sangre.
Cardenales.
Prefectos.
Consultores doctrinales.
Hombres que, horas antes, habían alzado la voz con argumentos.
Con prudencia.
Con lógica.
Al cruzar el umbral, se detuvieron.
No fue una decisión consciente.
Fue un reflejo.
Se quedaron paralizados.
No por la visión del féretro.
Sino por la ausencia de sorpresa.
Todo encajaba demasiado bien.
El silencio era compacto, opresivo.
Nadie se miraba directamente.
Nadie se acercaba demasiado al ataúd.
Sabían.
No lo pensaron en voz alta, pero lo sabían con una claridad brutal:
Si ahora empezaban a buscar razones,
si intentaban reconstruir objeciones,
si alguien pronunciaba la palabra irregularidad…
Serían silenciados.
No con violencia visible.
No con escándalo.
Serían archivados.
Como siempre había sucedido.
El rito comenzó sin anuncio.
Un oficiante leyó el versículo asignado.
No lo explicó.
No lo suavizó.
Las palabras cayeron como una sentencia ya cumplida.
Algunos bajaron la cabeza.
Otros mantuvieron la mirada fija en el frente, rígidos, inmóviles, como estatuas que fingían fe.
Nadie lloró.
No porque no sintieran culpa.
Sino porque llorar habría sido interpretado como apego.
Y el apego también deja rastros.
Cuando el rito terminó, nadie se movió de inmediato.
Esperaron.
Siempre se espera.
Hasta que una señal invisible libera a los cuerpos de seguir fingiendo presencia.
Luego, uno a uno, abandonaron la sala.
Sin hablar.
Sin pactos.
Sin promesas.
Cada uno entendió lo mismo:
El Bautismo de Sangre ya no era una decisión.
Era un hecho.
Y cualquier intento futuro de cuestionarlo
no sería tratado como desacuerdo…
Sino como blasfemia.
Esa misma noche, los nombres de los opositores fueron trasladados a archivos cerrados.
No como acusación.
No como advertencia pública.
Solo como registro.
Como siempre en la historia de la Iglesia había sucedido.
El miedo no necesitó órdenes.
La obediencia tampoco.
Y el silencio, una vez más, fue el sacramento más efectivo de todos.
El Patriarca no encendió la luz.
La sala privada permanecía en penumbra, apenas sostenida por la claridad moribunda que se filtraba desde una ventana alta, cubierta por vitrales ennegrecidos. Las figuras de los santos ya no distinguían rostros; solo siluetas deformadas por siglos de humo y cera.
El Patriarca se quedó de pie, con las manos cruzadas a la espalda.
No rezaba.
Esperaba.
La sombra ya estaba allí.
No entró.
No se desplazó.
Simplemente ocupó un rincón donde la oscuridad parecía más densa, como si el aire hubiera decidido plegarse sobre sí mismo. No tenía forma definida: a ratos sugería una figura humana, a ratos algo demasiado anguloso para serlo.
—El archivo está sellado —dijo el Patriarca, sin volverse—. El funeral se ejecutó conforme a protocolo. Nadie habló más de lo necesario.
La sombra no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz no salió de un punto concreto. Parecía resonar desde las paredes, desde el suelo, desde dentro del pecho del propio Patriarca.
—El miedo es reciente —dijo—. Aún no está asentado.
El Patriarca sonrió apenas.
—Lo estará. Siempre lo está.
Giró lentamente, lo suficiente para que su perfil quedara a contraluz.
—Los disidentes han entendido el mensaje. No actuarán. No cuestionarán. Harán lo que siempre han hecho: sobrevivir.
La sombra pareció expandirse un poco, como si respirara.
—¿Y el Bautismo? —preguntó—. Aún hay registros incómodos.
—Ya no —respondió el Patriarca—. Los registros existen solo para justificar lo inevitable. El rito se realizará.
Hubo una pausa.
No de duda.
De cálculo.
—Entonces es momento —dijo la sombra—.
El Patriarca inclinó la cabeza, en un gesto que no era reverencia… pero tampoco negación.
—Sí —admitió—. Es momento de que empieces a actuar.
La sombra se tensó.
—¿Sin intermediarios?
—Sin intermediarios —confirmó—. Sin señales visibles. Sin mártires innecesarios.
El Patriarca caminó hasta la mesa central y apoyó la palma sobre la superficie de mármol.
—Quiero presión —continuó—. Sueños interrumpidos. Voces mal colocadas. Coincidencias demasiado precisas para ser ignoradas.
Alzó la vista hacia la oscuridad.
—Quiero que crean que todavía eligen.
La sombra dejó escapar algo parecido a una risa, pero sin sonido.
—Eso siempre es lo más cruel.
—Y lo más efectivo —respondió el Patriarca—.
Se hizo un silencio espeso.
—¿A quién primero? —preguntó la sombra.
El Patriarca no dudó.
—A los que aún creen que pensar los protege.
La sombra comenzó a retraerse, no alejándose, sino deshilándose, como si la habitación ya no pudiera sostenerla.
Antes de desaparecer del todo, su voz volvió a oírse:
—Cuando empiece, no habrá marcha atrás.
El Patriarca cerró los ojos un instante.
—Nunca la hay —dijo—. Por eso funcionamos.
La sala quedó vacía.
O eso parecía.
El Patriarca permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando el eco inexistente de algo que ya se había puesto en movimiento.
Luego murmuró, casi con afecto:
—Que Dios nos observe…
como siempre.
Y en algún lugar del Vaticano, algo obedeció.
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