Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 133

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 133 - Capítulo 133: sistema de fe
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 133: sistema de fe

El retiro sucedió a las seis de la mañana.

Sin anuncios. Sin rezos. Sin gestos humanos que justificaran el acto.

Fue más bien como retirar un objeto de un estante: una acción precisa, carente de carga emocional, ejecutada porque así debía ser.

Dos hombres de sotana gris ingresaron a la sala, evitando mirarse. Traían consigo un féretro de transporte, un contenedor sellado con inscripciones técnicas en latín funcional, no litúrgico. No era un ataúd, sino un sistema.

Naqam fue instalada en su interior sin ceremonia.

El féretro estaba lleno de un líquido translúcido y denso, diseñado para estabilizar tejido, retardar la descomposición y permitir una respiración inducida. Un sistema de recuperación corporal, lo llamaban. Un eufemismo más.

Cuando la acomodaron, uno de ellos desconectó el respirador artificial.

Sin anuncio. Sin confirmación. Solo lo hizo.

El cuerpo de Naqam reaccionó al instante.

Un espasmo recorrió su espalda. Sus dedos se cerraron con violencia, desgarrando el interior blando del contenedor. Su cuello se arqueó, buscando aire donde no lo había. La boca se abrió, inútil, expulsando burbujas erráticas que el líquido absorbió sin resistencia.

El colapso fue silencioso, pero absoluto.

El pecho intentó elevarse. Falló. Volvió a intentarlo.

El líquido comenzó a responder.

No de inmediato. No con misericordia.

Primero infiltró los pulmones, ajustándose al ritmo forzado de una respiración reconstruida. El cuerpo dejó de convulsionar poco a poco, no por mejoría, sino por falta de fuerza para resistir.

Aun así, Naqam se movió.

Un giro mínimo de la cabeza. Un temblor en la mandíbula. Un gesto inconcluso que no llegaba a ser conciencia.

Michael dio un paso adelante, sin aliento.

—¿Qué… qué significa esto? —preguntó, su voz quebrada—. ¿Por qué el cambio?

Los hombres lo miraron.

No había desprecio en sus rostros. Tampoco crueldad. Solo una ausencia de obligación de responder.

—El patriarca dará explicaciones al llegar —dijo uno finalmente—. Por favor, traiga a todos los involucrados en el viaje.

Hizo una pausa mínima. —Nosotros nos encargaremos de la señorita.

No fue una promesa. Fue una cláusula.

Michael no respondió. Se dio media vuelta y salió rápidamente.

Fue a buscar a Canon y a Ezequiel.

—Es el momento de movernos —les dijo al verlos.

En la mente de Ezequiel, Azael sonrió.

Pensé que moriría, dijo la voz, con una calma que no pertenecía al lugar. Pero era obvio que él no la dejaría.

—¿De quién hablas? —preguntó Ezequiel en silencio, sin mover los labios.

Azael exhaló, como si la pregunta fuera prematura.

Aún no estás preparado para saber quién mueve las piezas del tablero. Una pausa. Además… él no quiere que lo conozcan. Aún.

El peso de la frase cayó lento.

Solo ten en cuenta algo, Ezequiel: Dios no es el único que decide.

Ezequiel asintió apenas, no como señal de fe, sino de aceptación estratégica. Guardó la información donde dolía menos: para después.

Canon observó a Michael sin interrumpirlo. Su cuerpo estaba quieto, pero su atención era total, esperando una respuesta.

Michael se dirigió a ella.

—Min ya fue enterado de tu petición —dijo—. Nos buscará en la ciudad del Vaticano para realizar el injerto.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue expectativa.

—Aún puedes detenerte —añadió—. ¿No tienes miedo de la situación a la que te enfrentarás?

Canon sonrió.

No fue una sonrisa amplia. No fue alivio. Fue funcional.

—No me asusta —respondió—, mientras sea útil.

Michael sostuvo su mirada.

—Solo quiero seguir con mi razón de vida —continuó ella.

No pidió aprobación. No buscó consuelo. Era una decisión cerrada.

Michael la miró de reojo y entendió que no estaba presenciando un sacrificio, sino una elección consciente. Y eso, dentro de la Iglesia, era lo verdaderamente peligroso.

La maquinaria ya estaba en marcha.

Y esta vez, nadie fingía que era sagrada.

Ahora tenemos que bajar con los franciscanos.

Ellos ya estaban con Naqam.

No en el mismo vagón, ni en el mismo plano humano. Su presencia era administrativa antes que física: custodios con credenciales colgando, técnicos que no hablaban entre sí, una cápsula sellada asegurada al piso del tren mediante anclajes certificados. El féretro viajaba como carga sensible, no como cuerpo.

El tren partió sin anuncio.

El viaje tomó más de tres horas.

El traqueteo constante del riel uniformó el tiempo. Canon observó el interior del vagón: superficies limpias, asientos sin marcas, ventanas polarizadas. Nada estaba diseñado para la permanencia, solo para el tránsito. Después de un rato, el silencio comenzó a pesarle.

Se aburrió.

Bajó la vista hacia su brazo.

El muñón estaba vendado con precisión clínica, capas limpias, presión medida. Demasiado orden para algo que ya no sentía como propio. Con dos dedos comenzó a desatar la venda, lenta, casi con curiosidad. El tejido aún estaba sensible, pero no dolía como debería. Era una molestia abstracta, distante.

Ezequiel la detuvo al instante.

Su mano cerró la de ella antes de que la última capa cediera.

—Si cicatriza mal, no podrán darte una prótesis —dijo, seco, sin elevar la voz.

Canon lo miró.

Luego rió.

Una risa breve, sin humor.

—Ahora ya no es necesario.

Ezequiel frunció el ceño.

—¿Qué?

Canon retiró la mano con suavidad, no como quien se libera, sino como quien concluye una conversación interna.

—Necesito cortar todo —dijo—. Cambiar el brazo completo.

Miró el muñón sin apego.

—Ezequiel… córtame el brazo completo.

El vagón no reaccionó. Nadie más parecía escuchar.

—Ahora no necesito el muñón —continuó—. Necesito el arma completa.

No fue una metáfora. No fue una súplica.

Fue un requerimiento técnico.

Ezequiel sintió el peso de la frase caerle en el estómago. No respondió de inmediato. La observó buscando duda, fisura, miedo. No encontró nada de eso. Canon ya había avanzado mentalmente varios pasos más allá del gesto.

Michael no la detuvo.

Pero miró a Ezequiel.

No con autoridad. Con responsabilidad compartida.

—Necesito que me digas las especificaciones del corte —dijo—. Tal como debe figurar en el informe.

No preguntó si. Preguntó cómo.

Ezequiel respiró hondo.

Su mente comenzó a ordenar la acción como si ya estuviera ocurriendo: punto de sección, margen limpio, ausencia de tejido residual que pudiera interferir con el injerto. Un corte pensado no para sanar, sino para reemplazar.

—Sección total a nivel del hombro —dijo finalmente—. Sin conservación del muñón. Margen amplio. Hizo una pausa. —Debe constar como amputación voluntaria por compatibilidad estructural.

Michael asintió.

Sacó el dispositivo de registro. Anotó. Selló.

Canon cerró los ojos un segundo.

No para prepararse. Para confirmar que no se arrepentía.

Cuando los abrió, el tren seguía avanzando.

Y ella ya no tenía vuelta atrás.

perdon por borrar los capitulos hubo un problema con la subida se subio el 134 primero aqui esta ya ordenado

El grito recorrió el vagón de extremo a extremo.

No fue prolongado. Se quebró a mitad de trayecto, como si el aire no hubiera sido diseñado para transportarlo completo. Rebotó en las paredes metálicas, se filtró por los pasillos técnicos y se perdió bajo el traqueteo constante del tren.

Los franciscanos no reaccionaron. Uno de ellos alzó la mirada, no hacia Canon, sino hacia el indicador de presión. Todo seguía dentro de rango.

La sangre alcanzó el asiento antes de que alguien lo notara. Se expandió sin prisa, siguiendo la pendiente mínima del vagón, dejando marcas irregulares que parecían más producto de una falla mecánica que de un cuerpo. Ezequiel las vio cuando ya estaban ahí. Tomó un paño y comenzó a limpiarlas en silencio.

El procedimiento avanzó.

No hubo palabras innecesarias, solo ajustes. Un cambio de ángulo, una corrección mínima en la profundidad. El instrumento vibró una sola vez, lo justo para que la estructura cediera sin resistencia lateral.

El sonido fue breve. Suficiente.

Después, el cuerpo dejó de oponerse. No porque hubiera terminado, sino porque ya no podía insistir más.

—Listo.

La palabra cayó sin peso.

Canon levantó la cabeza cuando todo estuvo sellado. El vendaje era nuevo, demasiado limpio para el espacio en el que se encontraba. Su mirada se desplazó hacia Michael, sin apuro, como si el orden de las cosas ya estuviera decidido.

—Ahora envíale la información a Min —dijo—. Para la prótesis completa.

Michael asintió. Había palidez en su rostro. No era sorpresa, ni horror. Era cansancio, el tipo de agotamiento que no se va con descanso, porque no proviene del cuerpo.

La voz del megáfono se activó con un leve chasquido eléctrico.

—Nos aproximamos al Vaticano. Es momento de prepararse para la bajada.

El tren comenzó a desacelerar, no de golpe, sino con la misma suavidad con la que todo en ese vagón parecía ocurrir, incluso lo irreversible.

—Ezequiel —dijo Michael—, acompaña a los franciscanos.

Ezequiel asintió y terminó de limpiar el asiento. No quedó rastro visible, solo un brillo opaco donde antes había estado la sangre.

—Yo llevaré a Canon con Min para la prótesis —continuó—. El Vaticano ya está informado del procedimiento.

No hubo objeciones.

—Solo queda rezar para que todo funcione.

Canon no respondió. Observó el espacio donde su brazo ya no estaba, no como pérdida, sino como un ajuste pendiente.

El tren siguió avanzando.

Y el vagón volvió a su estado normal: un lugar diseñado para transportar cosas que no deben permanecer.

La llegada no fue solemne. Fue solo otra detención en un tren subterráneo.

No hubo cánticos ni anuncios. Las puertas se abrieron con un silbido hidráulico y el aire cambió apenas, como si el lugar estuviera acostumbrado a recibir cosas que no debían permanecer en la superficie.

Los franciscanos no se apresuraron. Tomaron el féretro como una carga sensible: sin cuidado afectivo, pero con precisión absoluta. Ajustaron los anclajes, verificaron los sellos y avanzaron.

Ezequiel los siguió sin vacilación.

Antes de separarse, miró a Michael una última vez. Ya estaba junto a Canon, detenido frente al ascensor que ascendía por el eje opuesto.

—Nos encontraremos en unas horas —dijo Michael—.

—Avísame si algo sale mal con Naqam.

Hizo una pausa mínima.

—Para poder prepararme para lo peor.

No hubo respuesta verbal. El silencio ocupó ese lugar sin dificultad.

Las puertas se cerraron.

El ambiente se volvió denso, no por sonido, sino por su ausencia. Un silencio sepulcral que no invitaba al recogimiento, sino a la obediencia.

El primer grupo descendió hacia el nivel inferior. Michael y Canon ascendieron.

Los franciscanos miraron a Ezequiel mientras avanzaban y le dieron instrucciones con una claridad quirúrgica:

Verías cosas. Escucharías cosas. Nada de eso debía salir de tu boca.

—Si lo haces —dijo uno de ellos sin mirarlo—, el patriarca se encargará personalmente.

No hubo amenaza explícita. No fue necesaria.

Ezequiel no respondió. Solo continuó caminando.

Los pasillos se cerraban sobre sí mismos, oscuros, antiguos, construidos no para la fe, sino para la gestión. La boca de un lobo que no rugía, porque no necesitaba hacerlo.

Había oído historias. Sobre cómo la Iglesia administraba el mundo subterráneo. Mercados que no figuraban en registros. Cámaras de corrección para pecadores funcionales. Ritos que no buscaban redención, sino eficiencia.

Nada de eso lo preparó.

Exorcistas trabajaban en silencio, mancillando cuerpos consagrados en nombre de una purificación que ya no pretendía salvar almas. Monjas poseídas eran sujetadas, abiertas, corregidas, mientras las oraciones se recitaban como protocolos de mantenimiento.

En otras salas, niños pedían ayuda con voces gastadas, suspendidos en cruces rituales diseñadas no para matar, sino para prolongar la ofrenda. No había rabia en los operadores. Solo rutina.

Todo era más oscuro. Y más ordenado. Y más aceptado de lo que incluso sus pensamientos más extremos le habían permitido concebir.

Al final del pasillo, una puerta se alzaba, sellada por nueve candados. Cada uno marcado con un símbolo distinto, ninguno litúrgico.

Los franciscanos se detuvieron.

Un hombre los esperaba del otro lado cuando la puerta fue abierta.

No vestía hábito completo. Su autoridad no necesitaba uniforme.

—Hoy, hijos míos —dijo—, presenciarán la voluntad máxima de Dios.

Su voz no tenía fervor. Tenía certeza administrativa.

—Ella no será curada —continuó—. —Será convertida en herramienta.

Hizo un gesto leve hacia el interior.

—Sin dolor. Sin propósito personal.

Sus ojos se posaron en Ezequiel.

—Espero que su estómago esté preparado. —Muchos entran creyendo que pueden soportarlo.

Una pausa.

—La mayoría se rompe más de lo que cree.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Y el Vaticano subterráneo continuó funcionando como siempre: sin testigos, sin absoluciones, sin necesidad de ser perdonado.

El espacio estaba preparado para que nada fuera interpretado.

No era una mesa. No era un símbolo.

Era una imitación.

Había sido construido a imagen y semejanza de Dios, no según la iconografía pública, sino conforme a una anatomía que nunca debió registrarse. Proporciones humanas forzadas a sostener algo que no pertenecía a ningún cuerpo mortal. La piedra estaba pulida con una devoción enfermiza, gastada por generaciones que no rezaron ahí, sino que operaron.

Desde el interior de la estatua emergían tubos.

No decorativos. Funcionales.

Conductos translúcidos incrustados en la figura, conectados a cavidades que no correspondían a órganos, sino a depósitos. A intervalos regulares, el sistema liberaba pequeñas cantidades de un líquido oscuro, espeso, casi negro.

Cada vez que la sangre tocaba el suelo, reaccionaba.

Un humo denso se elevaba de inmediato, lento, pesado, arrastrándose por la sala como una exhalación vieja. El olor llegó después: carne descompuesta, metal oxidado y algo más profundo, más primario, como si el aire recordara haber sido vivo alguna vez… y lo lamentara.

Ezequiel contuvo la respiración sin darse cuenta.

El patriarca lo observó.

—Ese olor —dijo con calma— aparece cuando la sangre de nuestro Creador entra en contacto con el ambiente.

Avanzó un paso, sin acercarse demasiado al altar.

—Ha sido almacenada desde el año sesenta y cuatro después de Cristo —continuó—. —El último regalo del apóstol Pedro antes de su muerte.

Ezequiel sintió que la información no buscaba ser comprendida, sino aceptada.

—Entonces… —dijo al fin, con la voz baja—, ¿la historia de Jesús es cierta?

El patriarca rió.

No fue una carcajada. Fue una exhalación entretenida.

—Sí, hijo —respondió—. Aunque lo que se cuenta en la Biblia es, en su mayor parte, una corrección conveniente.

Se giró hacia él.

—Jesús no fue concebido por el Espíritu Santo ni por una virgen idealizada.

Hizo una pausa mínima, quirúrgica.

—Fue Dios quien descendió. —Fue Dios quien tomó a esa mujer para procrear.

El silencio no discutió la afirmación.

—Pero su hijo —continuó— pensaba distinto al Creador. —Demasiado distinto.

El patriarca observó el altar como quien recuerda un error antiguo.

—Y Dios ya había vivido una historia similar antes. —No estaba dispuesto a repetirla.

Volvió la mirada hacia Ezequiel.

—Así que lo mató.

No hubo dramatismo. No hubo juicio.

—No por odio —añadió—, sino por prevención.

El humo seguía elevándose desde el suelo.

La sangre de Dios continuaba respirando fuera de su contenedor.

Y Ezequiel comprendió, sin necesidad de más explicaciones, que aquel lugar no era un templo.

Era un archivo vivo.

Y lo que estaban a punto de hacer con ella —con Naqam, con la sangre, con el bautismo— no era un sacramento.

Era una actualización del sistema.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo