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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 134

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Capítulo 134: Normalización

El grito recorrió el vagón de extremo a extremo.

No fue prolongado. Se quebró a mitad de trayecto, como si el aire no hubiera sido diseñado para transportarlo completo. Rebotó en las paredes metálicas, se filtró por los pasillos técnicos y se perdió bajo el traqueteo constante del tren.

Los franciscanos no reaccionaron. Uno de ellos alzó la mirada, no hacia Canon, sino hacia el indicador de presión. Todo seguía dentro de rango.

La sangre alcanzó el asiento antes de que alguien lo notara. Se expandió sin prisa, siguiendo la pendiente mínima del vagón, dejando marcas irregulares que parecían más producto de una falla mecánica que de un cuerpo. Ezequiel las vio cuando ya estaban ahí. Tomó un paño y comenzó a limpiarlas en silencio.

El procedimiento avanzó.

No hubo palabras innecesarias, solo ajustes. Un cambio de ángulo, una corrección mínima en la profundidad. El instrumento vibró una sola vez, lo justo para que la estructura cediera sin resistencia lateral.

El sonido fue breve. Suficiente.

Después, el cuerpo dejó de oponerse. No porque hubiera terminado, sino porque ya no podía insistir más.

—Listo.

La palabra cayó sin peso.

Canon levantó la cabeza cuando todo estuvo sellado. El vendaje era nuevo, demasiado limpio para el espacio en el que se encontraba. Su mirada se desplazó hacia Michael, sin apuro, como si el orden de las cosas ya estuviera decidido.

—Ahora envíale la información a Min —dijo—. Para la prótesis completa.

Michael asintió. Había palidez en su rostro. No era sorpresa, ni horror. Era cansancio, el tipo de agotamiento que no se va con descanso, porque no proviene del cuerpo.

La voz del megáfono se activó con un leve chasquido eléctrico.

—Nos aproximamos al Vaticano. Es momento de prepararse para la bajada.

El tren comenzó a desacelerar, no de golpe, sino con la misma suavidad con la que todo en ese vagón parecía ocurrir, incluso lo irreversible.

—Ezequiel —dijo Michael—, acompaña a los franciscanos.

Ezequiel asintió y terminó de limpiar el asiento. No quedó rastro visible, solo un brillo opaco donde antes había estado la sangre.

—Yo llevaré a Canon con Min para la prótesis —continuó—. El Vaticano ya está informado del procedimiento.

No hubo objeciones.

—Solo queda rezar para que todo funcione.

Canon no respondió. Observó el espacio donde su brazo ya no estaba, no como pérdida, sino como un ajuste pendiente.

El tren siguió avanzando.

Y el vagón volvió a su estado normal: un lugar diseñado para transportar cosas que no deben permanecer.

La llegada no fue solemne. Fue solo otra detención en un tren subterráneo.

No hubo cánticos ni anuncios. Las puertas se abrieron con un silbido hidráulico y el aire cambió apenas, como si el lugar estuviera acostumbrado a recibir cosas que no debían permanecer en la superficie.

Los franciscanos no se apresuraron. Tomaron el féretro como una carga sensible: sin cuidado afectivo, pero con precisión absoluta. Ajustaron los anclajes, verificaron los sellos y avanzaron.

Ezequiel los siguió sin vacilación.

Antes de separarse, miró a Michael una última vez. Ya estaba junto a Canon, detenido frente al ascensor que ascendía por el eje opuesto.

—Nos encontraremos en unas horas —dijo Michael—.

—Avísame si algo sale mal con Naqam.

Hizo una pausa mínima.

—Para poder prepararme para lo peor.

No hubo respuesta verbal. El silencio ocupó ese lugar sin dificultad.

Las puertas se cerraron.

El ambiente se volvió denso, no por sonido, sino por su ausencia. Un silencio sepulcral que no invitaba al recogimiento, sino a la obediencia.

El primer grupo descendió hacia el nivel inferior. Michael y Canon ascendieron.

Los franciscanos miraron a Ezequiel mientras avanzaban y le dieron instrucciones con una claridad quirúrgica:

Verías cosas. Escucharías cosas. Nada de eso debía salir de tu boca.

—Si lo haces —dijo uno de ellos sin mirarlo—, el patriarca se encargará personalmente.

No hubo amenaza explícita. No fue necesaria.

Ezequiel no respondió. Solo continuó caminando.

Los pasillos se cerraban sobre sí mismos, oscuros, antiguos, construidos no para la fe, sino para la gestión. La boca de un lobo que no rugía, porque no necesitaba hacerlo.

Había oído historias. Sobre cómo la Iglesia administraba el mundo subterráneo. Mercados que no figuraban en registros. Cámaras de corrección para pecadores funcionales. Ritos que no buscaban redención, sino eficiencia.

Nada de eso lo preparó.

Exorcistas trabajaban en silencio, mancillando cuerpos consagrados en nombre de una purificación que ya no pretendía salvar almas. Monjas poseídas eran sujetadas, abiertas, corregidas, mientras las oraciones se recitaban como protocolos de mantenimiento.

En otras salas, niños pedían ayuda con voces gastadas, suspendidos en cruces rituales diseñadas no para matar, sino para prolongar la ofrenda. No había rabia en los operadores. Solo rutina.

Todo era más oscuro. Y más ordenado. Y más aceptado de lo que incluso sus pensamientos más extremos le habían permitido concebir.

Al final del pasillo, una puerta se alzaba, sellada por nueve candados. Cada uno marcado con un símbolo distinto, ninguno litúrgico.

Los franciscanos se detuvieron.

Un hombre los esperaba del otro lado cuando la puerta fue abierta.

No vestía hábito completo. Su autoridad no necesitaba uniforme.

—Hoy, hijos míos —dijo—, presenciarán la voluntad máxima de Dios.

Su voz no tenía fervor. Tenía certeza administrativa.

—Ella no será curada —continuó—. —Será convertida en herramienta.

Hizo un gesto leve hacia el interior.

—Sin dolor. Sin propósito personal.

Sus ojos se posaron en Ezequiel.

—Espero que su estómago esté preparado. —Muchos entran creyendo que pueden soportarlo.

Una pausa.

—La mayoría se rompe más de lo que cree.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Y el Vaticano subterráneo continuó funcionando como siempre: sin testigos, sin absoluciones, sin necesidad de ser perdonado.

El espacio estaba preparado para que nada fuera interpretado.

No era una mesa. No era un símbolo.

Era una imitación.

Había sido construido a imagen y semejanza de Dios, no según la iconografía pública, sino conforme a una anatomía que nunca debió registrarse. Proporciones humanas forzadas a sostener algo que no pertenecía a ningún cuerpo mortal. La piedra estaba pulida con una devoción enfermiza, gastada por generaciones que no rezaron ahí, sino que operaron.

Desde el interior de la estatua emergían tubos.

No decorativos. Funcionales.

Conductos translúcidos incrustados en la figura, conectados a cavidades que no correspondían a órganos, sino a depósitos. A intervalos regulares, el sistema liberaba pequeñas cantidades de un líquido oscuro, espeso, casi negro.

Cada vez que la sangre tocaba el suelo, reaccionaba.

Un humo denso se elevaba de inmediato, lento, pesado, arrastrándose por la sala como una exhalación vieja. El olor llegó después: carne descompuesta, metal oxidado y algo más profundo, más primario, como si el aire recordara haber sido vivo alguna vez… y lo lamentara.

Ezequiel contuvo la respiración sin darse cuenta.

El patriarca lo observó.

—Ese olor —dijo con calma— aparece cuando la sangre de nuestro Creador entra en contacto con el ambiente.

Avanzó un paso, sin acercarse demasiado al altar.

—Ha sido almacenada desde el año sesenta y cuatro después de Cristo —continuó—. —El último regalo del apóstol Pedro antes de su muerte.

Ezequiel sintió que la información no buscaba ser comprendida, sino aceptada.

—Entonces… —dijo al fin, con la voz baja—, ¿la historia de Jesús es cierta?

El patriarca rió.

No fue una carcajada. Fue una exhalación entretenida.

—Sí, hijo —respondió—. Aunque lo que se cuenta en la Biblia es, en su mayor parte, una corrección conveniente.

Se giró hacia él.

—Jesús no fue concebido por el Espíritu Santo ni por una virgen idealizada.

Hizo una pausa mínima, quirúrgica.

—Fue Dios quien descendió. —Fue Dios quien tomó a esa mujer para procrear.

El silencio no discutió la afirmación.

—Pero su hijo —continuó— pensaba distinto al Creador. —Demasiado distinto.

El patriarca observó el altar como quien recuerda un error antiguo.

—Y Dios ya había vivido una historia similar antes. —No estaba dispuesto a repetirla.

Volvió la mirada hacia Ezequiel.

—Así que lo mató.

No hubo dramatismo. No hubo juicio.

—No por odio —añadió—, sino por prevención.

El humo seguía elevándose desde el suelo.

La sangre de Dios continuaba respirando fuera de su contenedor.

Y Ezequiel comprendió, sin necesidad de más explicaciones, que aquel lugar no era un templo.

Era un archivo vivo.

Y lo que estaban a punto de hacer con ella —con Naqam, con la sangre, con el bautismo— no era un sacramento.

Era una actualización del sistema.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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