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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 135

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Capítulo 135: Casona

El primer piso quedó atrás. La plaza de San Pedro se extendía frente a ellos como un lienzo de piedra y mármol, gigante y silenciosa.

La luz del mediodía caía sobre las columnas, iluminando las esculturas que miraban hacia el cielo con indiferencia eterna. El eco de los pasos de turistas lejanos se mezclaba con el murmullo de las fuentes. Todo estaba en orden, perfecto, demasiado perfecto, como si el tiempo se detuviera para mantener la fachada de santidad.

Michael avanzaba junto a ella, medido, consciente de cada paso sobre los adoquines. A medida que los callejones se estrechaban, la majestuosidad se diluía.

El aire cambió: dejó de ser fresco y cargado de historia para volverse húmedo y pesado, impregnado de olor a piedra mojada y basura antigua. Las fachadas parecían cerrarse sobre ellos, y la luz se filtraba de manera irregular, dejando sombras que se movían con la brisa y la imaginación. Cada sonido parecía multiplicarse: los goteos de agua, el crujir de madera lejana, el roce de la ropa contra paredes desconchadas. Todo se sentía demasiado presente.

El barrio Borgo apareció al final del camino. La transición fue abrupta.

Casas amontonadas, callejones estrechos, ventanas rotas; todo parecía haber sido construido con prisa y negligencia. En medio de esa maraña, la casona se erguía como un error de arquitectura. Era grande, demasiado alta, con proporciones que desafiaban la armonía de su entorno. Era una anomalía. Cada piedra, cada balaustrada, parecía haber sido colocada con la intención de intimidar.

La madera de la puerta crujió bajo los golpes precisos de Michael: tres fuertes, dos suaves, tres intermedios.

La puerta se abrió con un crujido seco. Frente a ellos se erguía una figura encorvada, demasiado alta para su espalda arqueada, demasiado delgada para sostenerse sin tensión visible. Cada movimiento parecía medido, calculado, incluso cuando permanecía inmóvil.

Un ojo mecánico giraba sin descanso, escaneando la habitación en todas direcciones, mientras el otro permanecía humano, fijo en Michael y su acompañante, penetrante, demasiado consciente de todo. La combinación resultaba imposible de ignorar. El contraste generaba un desequilibrio silencioso, como si la percepción del mundo se ajustara a su presencia.

Su piel estaba cubierta de parches metálicos y tubos que parecían crecer de manera orgánica, fusionando carne y mecanismo sin lógica aparente. Cada respiración, apenas perceptible, producía un sutil sonido metálico que se mezclaba con el eco del pasillo.

No habló. No hizo gesto alguno de cortesía ni amenaza. Simplemente se movió hacia un lado, señalando con un leve desplazamiento de su cuerpo el camino a seguir, como si guiaran un objeto, no a dos humanos.

El tiempo se volvió relativo al caminar junto a él. Cada escalón, cada crujido de madera podrida bajo sus pies, parecía amplificado por la certeza de que nada en ese cuerpo correspondía a lo natural.

Michael, consciente de cada detalle, apenas podía sostener la mirada. No por miedo, sino por la intranquilidad profunda que provocaba algo que existía, pero no debía.

Sin una palabra adicional, los guiaron por un pasillo que descendía lentamente. Cada escalón era un recordatorio de que estaban entrando en un lugar ajeno al tiempo, un mundo que funcionaba con reglas propias. La madera vieja cedía apenas bajo sus pies, amplificando el sonido de cada movimiento.

La casona, que desde afuera parecía decadente, ahora mostraba un orden preciso: paredes alineadas, tuberías ocultas, muebles que parecían decorados solo para mantener la fachada de abandono.

Finalmente, llegaron a la entrada del laboratorio subterráneo. La puerta era gruesa y sin ornamentación. Se abrió con un sonido mecánico, un susurro que parecía provenir de la casa misma. El encorvado se detuvo y, con voz metálica y pausada, dijo:

—El amo los espera. Pónganse cómodos… aunque aquí, la comodidad no es lo que esperan.

El silencio que siguió no invitaba a hablar. Solo a esperar. En esa espera, cada sombra parecía moverse con intención propia, recordándoles que aquella casa no era un refugio, sino un organismo vivo que respiraba, observaba y decidía lo que podía entrar.

El encorvado los dejó en el centro del laboratorio, apenas frente a una mesa de metal pulido que reflejaba la luz difusa de tubos fluorescentes colgados del techo. El aire estaba frío, demasiado uniforme, con un olor metálico mezclado con algo más antiguo y putrefacto que se adhería a la garganta, dificultando la respiración.

Alrededor, estanterías llenas de tubos de ensayo alineados como soldados inmóviles contenían cuerpos de tamaños variados. Algunos humanos, otros demasiado alargados o con proporciones que desafiaban la anatomía natural. Los fluidos que los conservaban vibraban levemente con un tono ámbar y verdoso. Burbujeaban lentamente, explotando sin sonido, como si la vida misma se filtrara de ellos.

Metales dispersos sobre mesas auxiliares parecían haber sido olvidados. Sin embargo, cada uno estaba grabado con inscripciones en hebreo, intrincadas, que el ojo no podía descifrar, pero reconocía como antiguas y prohibitivas. Cuchillas curvadas, ganchos y herramientas que podrían parecer quirúrgicas en otro contexto eran aquí artefactos rituales; objetos que mezclaban ciencia con fe en proporciones que no tenían sentido.

Los cables colgaban del techo. Algunos estaban conectados a generadores silenciosos, otros a cápsulas que contenían órganos flotando en líquido cristalino. Cada zumbido eléctrico era un recordatorio de que el lugar estaba vivo, no en el sentido humano, sino en la forma en que la energía circulaba y mantenía todo bajo control.

El silencio se volvió casi sólido. Cada zumbido de los generadores, cada burbuja que estallaba en los tubos de ensayo, parecía amplificado en la mente de Michael y Canon.

El encorvado permanecía junto a la pared, su ojo humano fijo en ellos, su ojo mecánico escaneando todo el laboratorio. No se movía, pero su presencia era suficiente para que el aire se sintiera más denso.

Sin aviso, la mesa en el centro del laboratorio comenzó a moverse. No con brusquedad, sino con un desplazamiento calculado, como si obedeciera órdenes invisibles. La superficie de metal se deslizó hacia el centro, emitiendo un sordo crujido que reverberó en las paredes de concreto y acero. Cada vibración era absorbida por el suelo, el techo, los estantes.

Por un instante, todo parecía contener la respiración.

Michael dio un paso atrás, instintivamente. Canon permaneció inmóvil, su cuerpo tenso, observando cada detalle con atención quirúrgica.

Un compartimento se abrió en la parte central de la mesa. La luz blanca del laboratorio se reflejó en algo húmedo, oscuro y brillante. Un cerebro apareció, suspendido en un líquido cristalino dentro de una cápsula que emergía lentamente, con la lentitud de un corazón que se rehúsa a latir fuera del pecho.

No hubo fanfarria. No hubo anuncio. Solo el desplazamiento del metal y la revelación de algo que no debería existir allí, en un laboratorio humano.

Canon lo miró de frente. No hubo gesto de asombro. No hubo emoción. Solo un reconocimiento funcional, como quien encuentra una pieza clave en un mecanismo que ya conoce, aunque no lo haya visto antes.

Michael no tuvo esa ventaja. Su respiración se volvió corta, entrecortada, mientras sus ojos recorrían los contornos del cerebro: los pliegues, los vasos, la perfección imposible, la casi artificialidad de su existencia fuera de un cráneo. Sintió una mezcla de repulsión y fascinación, como si observar aquello desafiara su sentido de la realidad.

El encorvado se inclinó ligeramente hacia ellos, y su voz surgió desde un intercomunicador apenas audible, pero suficiente para cortar el aire.

—Mucho gusto. Perdón por la falta de educación al recibirlos de esta manera.

No hizo pausa. Su tono era neutral, casi administrativo, pero cada palabra resonaba en el espacio como un recordatorio: aquí no existía la cortesía común.

—Yo soy Min. Estoy al tanto de la situación planteada por el cardenal Michael.

Canon asintió con una mínima señal, y Michael solo pudo murmurar un “entendido”. La cápsula se balanceaba levemente con el movimiento imperceptible del líquido, como si respirara.

—Señorita —continuó Min—, me acompañará para iniciar los estudios de su cuerpo.

Michael retrocedió un paso, su estómago se revolvió. Canon lo siguió con calma. El cerebro permaneció suspendido, impasible, un recordatorio de que el orden natural ya no aplicaba allí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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