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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 136

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Capítulo 136: El Peso del Plomo

La cámara de examinación estaba fría, demasiado limpia. La ausencia de calor humano hacía que el aire se volviera sólido, como una presencia tangible que envolvía todo.

Las luces blancas colgaban del techo en hileras perfectas, reflejándose en el metal pulido de la mesa central. La voz de Min surgió desde un intercomunicador, neutral, casi ceremonial:

—Necesito que te quites la ropa.

Canon obedeció con la calma de quien sabe que su cuerpo no le pertenece a nadie más que a sí misma. No hubo titubeos, ni gestos de vergüenza, ni curiosidad. Solo la precisión de un mecanismo que sabe cómo moverse.

—Comenzaremos con la fase inicial de experimentación —continuó Min—. Buscamos el metal perfecto para tu prótesis.

La mesa en el centro de la sala se iluminó por completo. Su superficie lisa y fría se mostró rodeada de máquinas y escáneres que comenzaron a emitir zumbidos apenas perceptibles. Un brazo robótico levantó el vendaje de Canon, mientras múltiples sensores se alineaban sobre el otro brazo. Cada músculo, cada articulación, cada fibra era medida con una exactitud que rayaba en la obsesión.

Los escáneres no solo registraban movimientos; calculaban cantidad de musculatura, densidad, elasticidad, tipo de fibra. Evaluaban cómo respondería el cuerpo ante la prótesis final. Cada contracción, cada estiramiento era reproducida y analizada en tiempo real.

Min se acercó a una pantalla lateral. Su mirada se concentró en los resultados, sus ojos no parpadeaban.

—Tu brazo es perfecto, desde una perspectiva humana —dijo, más sorprendido por la perfección que por cualquier otra cosa—. Pero ahora llevaremos esto al siguiente nivel. Donde lo sagrado se funde con la carne.

Hizo un gesto hacia tres barras metálicas sobre otra mesa: plata, oro y plomo.

—Cada uno es compatible —continuó Min—. El primero, estable; el segundo, brillante, puro y sagrado; el tercero, oscuro, denso, tóxico… pero con mayor conductividad sagrada. Absorbe la oscuridad y la transforma en poder. La decisión recae en ti.

Canon no lo pensó.

—Plomo.

Hubo una pausa casi clínica. Min la estudió, evaluando su decisión como quien analiza un resultado experimental inesperado.

—Interesante —admitió Min—. Eres la primera que busca lo oscuro dentro de lo sagrado.

Canon no sonrió. Su rostro era una máscara de neutralidad absoluta.

—No necesito ser limpia para que mi trabajo funcione —dijo, con voz medida, sin emoción—. Necesito funcionalidad.

Min comenzó a reír. Un sonido frío, contenido, que llenó la cámara sin rozar la ironía ni la diversión. La cara de Canon no cambió. No había reacción, solo reconocimiento. Ella sabía lo que elegía, y él lo entendía.

El zumbido de los escáneres continuó. Los brazos mecánicos se alinearon, y la luz blanca brilló sobre la cápsula de metal que ahora contenía el destino de su carne. Allí, en esa cámara fría, no había moral, ni ética, ni juicio. Solo la precisión de lo que debía hacerse, y la certeza de que la oscuridad elegida comenzaba a caminar dentro de ella.

—Activaré el protocolo de implantación —dijo Min, su voz neutra, sin prisa—. Prepárate para sufrir… dentro de minutos, o quizás horas.

Un conjunto de placas de fundición descendió lentamente sobre el hombro de Canon. La luz del laboratorio se reflejaba en su superficie metálica, destellos rojos y grises que se confundían con las sombras.

—El plomo entrará hirviendo a 1749 grados Celsius —continuó Min, como quien anuncia un procedimiento técnico, sin dramatismo—. Cuando la prótesis se incruste, se realizará el marcado de las runas.

Canon permaneció inmóvil. No había miedo. No había súplica. Solo un cuerpo preparado para resistir, calcular y soportar. Cada segundo de espera se alargaba infinitamente, mientras Michael permanecía junto a la pared, incapaz de apartar la mirada.

Min presionó un botón.

El sonido del metal al calentarse se mezcló con un zumbido eléctrico, profundo y vibrante. Y entonces, los gritos comenzaron.

No era un grito humano, ni siquiera comparable al del vagón. Era un desgarramiento que parecía atravesar la casa misma. Cada vibración se sentía en los huesos de Michael, en la sangre que bombeaba con un ritmo acelerado. Cada segundo prolongaba la tensión, como si el tiempo se hubiera detenido para registrar el dolor.

El cuerpo de Canon se entumecía lentamente. Cada fibra estaba sometida a un estrés que la mayoría no podría soportar. Y aun así, sus ojos permanecían enfocados, fríos, analizando el mundo a través del tormento.

Tres horas pasaron hasta que el griterío cesó. Solo quedó un silencio absoluto, pesado, cargado con la memoria de cada sonido.

Min se acercó, colocando la última partícula de plomo sobre la superficie implantada. Con precisión quirúrgica, integró un gran conducto de enfriamiento que recorría el brazo, disipando el calor extremo y estabilizando la masa recién fundida.

La cara de Canon estaba desfigurada por el calor, por los cortes, por la sangre que se adhería a su piel. Y aun así, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Por fin… estoy completa.

Min negó con la cabeza.

—Pequeña… aún no. Falta lo más doloroso.

Los brazos mecánicos descendieron, abriendo su pecho con precisión. La sangre brotó caliente, formando ríos sobre la mesa metálica. No había urgencia, solo un ritmo frío y calculado.

Del fuego vivo surgieron símbolos que fueron sumergidos en la sangre. Cada una de las marcas era extraída, elevada, sumergida y aplicada en el brazo recién implantado, siguiendo un ritmo antinatural, casi ritual. La sangre de Canon parecía infinita.

Los ojos de Canon comenzaron a nublarse. La conciencia se escurría de ella lentamente, mientras el proceso continuaba. No había gritos. No había reacción. Solo la resistencia de alguien que había decidido que la funcionalidad era más importante que la carne, que el dolor, que la humanidad misma.

—Primera vez que implemento una prótesis de plomo —dijo Min, con la voz neutra, apenas un murmullo—, y no esperaba este resultado.

Al mismo tiempo, el féretro de Naqam fue colocado en el centro del altar.

—Ahora comenzaremos la implantación del bautismo de sangre —dijo la voz desde el intercomunicador.

Los tubos fueron insertados dentro de ella. La válvula de la sangre se abrió lentamente.

Naqam comenzó a convulsionar.

Y entonces… el silencio no volvió a ser el mismo.

No fue inmediato.

Al principio, pensé que el cuerpo estaba reaccionando como debía. Convulsiones previsibles. Respuestas exageradas, sí, pero dentro de lo tolerable. Eso fue antes de que el féretro comenzara a vibrar.

El metal no tiembla sin motivo.

El líquido reaccionó tarde. Siempre lo hace. Como si necesitara confirmar que la carne que toca sigue siendo carne. Cuando finalmente hirvió, supe que algo había salido mal. No por temperatura: por rechazo. Naqam no estaba siendo absorbida. Estaba siendo cuestionada.

Su cuerpo se arqueó con una violencia que no correspondía a un espasmo. Escuché el sonido antes de verlo: algo interno, seco, rompiéndose. La sangre empezó a brotar por las zonas abiertas, no en chorros definidos, sino filtrándose, como si la piel hubiera dejado de cumplir su función.

La sangre negra intentó mezclarse con la suya.

Falló.

La vi arrastrarse sobre su piel, buscar entradas, imponerse. Donde tocaba, la carne se ennegrecía apenas un segundo… y luego se abría. Más sangre. Más resistencia. No era una fusión. Era un forcejeo.

Sus pulmones colapsaron después.

Lo noté por el pecho. Se hundió de golpe, como si alguien le hubiera robado el aire desde dentro. La boca se abrió, pero no salió sonido. Solo sangre. Espesa. Caliente. Mi estómago comenzó a retorcerse bajo la caja torácica, estirándose de formas que no pertenecen a ningún diseño humano.

Ahí entendí que el cuerpo estaba perdiendo jerarquía.

Las piernas cedieron sin aviso.

Escuché los huesos romperse antes de verlos doblarse. Ángulos imposibles. Fragmentos perforando músculo, quedando expuestos. Cada vez que uno tocaba la sangre acumulada en el féretro, el líquido reaccionaba con violencia, oscureciendo el entorno inmediato, como si el color fuera algo que pudiera drenarse.

Todo su cuerpo comenzó a enrojecer.

No era vida.

Era sobrecarga.

Las venas se marcaron bajo la piel, latiendo con una presión que no debería existir. Alrededor del féretro, el espacio empezó a perder definición. No se apagó la luz: se fue el color.

Naqam ya no se movía por voluntad.

Cada espasmo era impuesto, ejecutado, corregido. El sufrimiento había dejado de ser caótico. Ahora seguía un patrón. Eso fue lo que más me inquietó.

El ritual no estaba fallando.

Estaba ajustándose.

Y ella…

Ella seguía viva.

No porque pudiera resistirlo.

Sino porque no se le había permitido morir.

Me giré hacia el patriarca.

No levantó la voz. No lo necesitaba. Su rostro estaba iluminado desde abajo por el reflejo oscuro del féretro, y esa luz le daba una expresión que nunca antes le había visto: no devoción, no temor… placer. Sus labios temblaban apenas mientras susurraba, como si temiera que decirlo en voz alta pudiera despertar algo demasiado pronto.

—Dios quiere descender… —murmuró—. Ella es la segunda hija.

No miraba a Naqam.

Miraba más allá.

—Ella nos guiará en la guerra por venir.

Juntó las manos con una lentitud calculada y comenzó a orar. No era una plegaria desesperada ni humilde. Era precisa. Ensayada. Como si hubiera sido repetida tantas veces que ya no necesitara fe, solo ejecución.

Ahí fue cuando algo dentro de mí se detuvo.

No fue miedo.

No fue sorpresa.

Fue la sensación exacta de haber perdido algo… y no poder señalar qué.

Observé la escena con el cuerpo rígido, incapaz de moverme. Mi mente trataba de aferrarse a una idea que se me escurría entre los dedos. Tal vez era humanidad. Tal vez fe. Tal vez la absurda necesidad de creer que todo esto tenía un límite que no sería cruzado.

No lo sabía.

Solo supe que, al verlos así, entendí que lo que yo creía observar como sacrificio… ellos lo vivían como culminación.

No vi a una elegida.

Vi a la amiga que tuve… deformándose.

No solo en carne. En significado. En propósito. En la manera en que su sufrimiento era reinterpretado como destino. Su dolor ya no le pertenecía. Había sido reclamado, bendecido, celebrado.

Y entonces miré los rostros alrededor.

Los hombres y mujeres a quienes había considerado figuras de autoridad. Guías. Custodios de algo superior. Sus ojos brillaban con una convicción que no admitía duda ni compasión. No eran benevolentes. Nunca lo fueron. Solo eran pacientes.

Actuaban bajo su propia conveniencia, envuelta en palabras antiguas y símbolos que justificaban cualquier cosa mientras el resultado les favoreciera.

El mundo que pensé pulcro, ordenado, seguro… se desmoronó sin ruido.

No era un templo.

Era una amalgama de podredumbre y pecado, barnizada con rituales para que no se notara el hedor.

Y yo estaba dentro.

No como testigo.

Como parte del círculo.

Ahí entendí la verdadera elección que se me imponía, aunque nadie la pronunciara: dar mi vida por una ética que ya no protegía a nadie… o aceptar esto, callar, y seguir mirando cómo el mundo se justificaba mientras se consumía.

No tomé una decisión en ese momento.

Pero algo en mí…

Ya había comenzado a ceder.

Su voz no llegó desde afuera.

No vibró en el aire ni alteró el silencio del recinto.

Resonó dentro de mi cabeza.

—Azrael… —dijo—. Bienvenido al círculo de la idolatría a algo que no es como crees.

No hubo burla. Tampoco consuelo.

Era una constatación, como quien señala una grieta que siempre estuvo ahí.

—Ni siquiera nosotros estamos exentos de esos pecados —continuó—. Creer que lo estamos es solo otra forma de adoración. Pero así funciona el mundo. Y nadie… absolutamente nadie… tiene el poder real para cambiarlo.

Sentí su presencia acomodarse en mis pensamientos, no invadiéndolos, sino ordenándolos. Como si hubiera esperado el momento exacto en que mis certezas estuvieran lo suficientemente debilitadas para no resistirse.

—Así que te daré un consejo —susurró—. No pienses en esto como una soga rompiéndose alrededor de tu cuello. Eso implicaría liberación. Y esto no lo es.

Hizo una pausa.

Una pausa calculada.

—Piénsalo como una oportunidad.

La palabra se deslizó con suavidad, casi amable.

—Una oportunidad para crecer. Para permitir que tu moral y tu ética se muevan… —dijo— entre esta carne podrida. Para que lleguen a donde tú quieres llegar sin que ellos lo vean.

La imagen me repugnó. No por lo que describía, sino porque tenía sentido.

—Ser recto aquí es morir rápido —añadió—. Ser flexible es sobrevivir lo suficiente para decidir qué hacer después.

Sentí la pregunta formarse antes de poder detenerla.

—¿Por qué me ayudas? —pensé—. ¿No querías que fuera solo una marioneta?

Azrael no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su tono cambió apenas. No a defensivo. A honesto.

—No es hipocresía —dijo—. Es pragmatismo.

Pude sentirlo asentir, como si estuviera frente a mí.

—No quiero a alguien que solo siga órdenes. Eso se rompe fácil. Se reemplaza rápido. Yo quiero una marioneta pensante. Alguien que entienda el escenario… y espere el momento adecuado.

La palabra espere quedó flotando.

—Y aún estoy esperando tu respuesta.

Entonces lo sentí: algo más grande moviéndose, no en mí, sino alrededor. Como si mi duda fuera irrelevante frente a un mecanismo que ya había comenzado a girar.

—El movimiento del tablero ya fue confirmado —dijo Azrael—. Los bandos están desplazando sus piezas. Algunas a la vista. Otras… no tanto.

Su voz se volvió casi un murmullo.

—Y tú serás una que nadie esperará.

No hubo promesa de grandeza.

No hubo destino glorioso.

Solo la certeza incómoda de que, quisiera o no, ya estaba dentro del juego.

Y por primera vez desde que todo comenzó, entendí que lo más peligroso no era perder mi moral…

Sino aprender a usarla de una forma que yo mismo no reconocería.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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