Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 138

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 138 - Capítulo 138: LIBER · מוּטָטוּס
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 138: LIBER · מוּטָטוּס

Mi cuerpo reaccionaba.

Se rompía, se reordenaba, se corregía a sí mismo con una violencia que no me pertenecía… y sin embargo obedecía… pero mi mente permanecía extrañamente serena.

No había pánico.

Eso fue lo primero que me inquietó.

Mi mundo mental era un espacio vacío. No oscuro. No infinito. Vacío como algo que aún no ha sido tocado. Tan limpio que parecía puro. No había recuerdos flotando, ni imágenes, ni voces. Solo presencia. La mía.

Entonces, algo entró.

No lo sentí llegar. No atravesó un umbral. Simplemente… ya estaba. Como si siempre hubiera estado allí y recién ahora se hubiera decidido a ocupar espacio.

El contacto ocurrió al mismo tiempo que el líquido negro tocó mi cuerpo físico. Lo supe sin verlo. Era una correspondencia exacta. Algo descendía afuera… y algo despertaba adentro.

La forma que apareció no tenía forma.

Cada vez que intentaba fijarla, cambiaba. Una silueta humanoide que se estiraba demasiado. Una masa de sombra que luego adquiría contornos. Un vacío más denso que el vacío mismo.

No se movía: reconfiguraba el espacio al existir.

Yo no lo estaba observando. Estaba siendo tolerada por su presencia.

Todo se sentía incorrecto.

No hostil. No violento.

Incorrecto.

Cuanto más lo miraba, menos sentido tenía lo que veía. No porque fuera incomprensible, sino porque parecía no necesitar ser comprendido. Como si mi percepción fuera irrelevante para su existencia.

La forma se acercó.

No caminó. No flotó. La distancia dejó de existir.

Me atravesó.

Esperé dolor. Esperé frío. Esperé algo.

No sentí nada.

Ni placer. Ni miedo. Ni vacío.

Solo continuidad.

Entonces se detuvo dentro de mí… o yo dentro de él. No hubo diferencia.

Arrancó uno de sus dedos. El gesto no fue agresivo ni dramático. Fue práctico. Como quien toma una herramienta. La herida no sangró. El dedo no cayó. Se deshizo en trazos.

Y comenzó a escribir.

No sobre el espacio.

Sobre la idea que yo tenía de mí.

Símbolos que no comprendía se desplegaron como si mi mente fuera un lienzo que siempre estuvo destinado a eso. Letras que se superponían, se invertían, se mezclaban. Latín. Hebreo. Algo entre ambos. Algo que no pertenecía a ninguno.

Las palabras no sonaron. Pesaron.

Cada una desplazó algo que no volvió a su lugar.

Non sum quod credis.

Lo karáti lakh.

No entendía su significado, pero mi mente reaccionaba como si sí. Como si el sentido se filtrara sin pasar por el lenguaje.

Las frases comenzaron a romperse.

A mezclarse.

A escribirse mal a propósito.

Liber מוּטָטוּס es רָאִיתָ sed שֶׁאֵין לִרְאוֹת.

El texto no se leía. Se imponía.

Sentí presión. No en la cabeza. En la idea de mí misma. Como si cada palabra empujara los límites de lo que yo creía ser, no para borrarlos… sino para volverlos flexibles.

No me ordenó nada.

No me pidió nada.

No me prometió nada.

Y aun así, su presencia dejaba algo claro, sin decirlo:

No estaba allí para controlarme.

Estaba allí para asegurarse de que, cuando eligiera…

ya no pudiera hacerlo igual que antes.

Mi mente comenzó a ceder, no por debilidad, sino por adaptación. Como un músculo que aprende una postura nueva y ya no recuerda la anterior.

El vacío ya no era puro.

Ahora sabía.

Y saber…

no era un regalo.

Se acercó.

No sentí pasos.

No sentí intención.

Mi cuerpo intentó responder… y no pudo. No era rigidez. No era fuerza externa. Era como si el concepto mismo de movimiento hubiera sido retirado de mí. No estaba paralizada. Estaba suspendida.

El dedo que se había arrancado se elevó frente a mi rostro. No goteaba. No sangraba. Existía de una forma incompleta, como si ya no perteneciera del todo a este plano. Cuando tocó mi frente, el contacto no ocurrió en la piel.

Ocurrió más atrás.

Marcó algo.

No vi el símbolo. No porque no pudiera verlo… sino porque verlo no era una opción disponible. Mi mente resbalaba cada vez que intentaba fijarlo, como si la idea misma de su forma fuera incompatible conmigo.

Entonces la voz habló.

No desde afuera.

Desde el punto exacto donde mi voluntad debería estar.

Y fue en español.

Eso fue lo que me quebró.

—Tú serás mi segunda hija.

Las palabras no atravesaron el silencio. Lo reemplazaron. El mundo aceptó la frase sin resistencia, como si siempre hubiera estado esperando oírla.

—Tu libre albedrío no podrá ser en contra de mí.

No porque esté limitado… sino porque dejará de concebir esa posibilidad.

No fue una orden. No fue una amenaza. Fue una descripción de estado. Como decirle al fuego que no puede mojar.

Intenté reaccionar.

No pude.

—Tu cuerpo podrá utilizar cualquier ser que exista para modificarse… y recuperar su forma.

Cada palabra se asentaba dentro de mí, reorganizando algo que no sabía que podía reorganizarse. No sentí poder. Sentí uso futuro.

—No repitas la historia.

La frase quedó incompleta. Y en ese vacío entendí que la historia no estaba detrás… sino latente.

—Si lo haces… él volverá a matar.

Y lo recordarás como si hubiera sido tu decisión.

No pregunté quién.

Mi cuerpo ya lo sabía.

—Y entonces… solo será mi orden.

La realidad se tensó. No tembló. Se alineó.

—El destino no debe repetirse.

La voz se acercó sin moverse.

—El destino no puede volver al eje correspondiente.

Sentí algo ajustarse dentro de mí, como si una dirección hubiera sido sellada. No un camino. Una imposibilidad.

Entonces lo miré.

Sus ojos no me observaban. Me verificaban.

Y en ellos apareció una sonrisa torcida, lenta, sostenida más de lo necesario. No era satisfacción. Era confirmación.

Yo seguía allí.

Inmóvil.

No porque tuviera miedo de moverme…

sino porque, en ese instante, moverme ya no significaba nada.

Su presencia no me había dominado.

Me había redefinido.

Y cuando finalmente desapareció, no sentí alivio.

Sentí que algo esencial había quedado mal colocado.

Como un hueso que sana en la posición incorrecta.

Y supe, con una claridad que me dio náuseas, que desde ese momento…

mi quietud ya no era una reacción.

Era una condición.

Lo entendí tarde.

No cuando apareció.

No cuando habló.

Sino cuando mi mente dejó de preguntar.

En el instante en que comprendí su nombre, algo se desplazó dentro de mí. No se rompió. No colapsó. Se reacomodó, como una estructura que llevaba siglos mal alineada y por fin encontraba su eje correcto.

El vacío cambió.

No explotó en imágenes.

Se pobló, con una calma insoportable.

Altares.

No surgieron. No fueron creados. Siempre habían estado ahí, y yo simplemente había sido incapaz de verlos. Mi mente los aceptó con la naturalidad de algo que nunca debió ser cuestionado.

El primero apareció cerca.

Un hombre dormía en una banca. Su cuerpo estaba torcido, vencido por el cansancio, la ropa sucia pegada a la piel. Nadie lo miraba. Nadie se detenía. El mundo fluía a su alrededor sin reconocerlo… y sin embargo, todo giraba en torno a él.

No había velas.

No había símbolos.

La devoción era el abandono.

Y yo entendí que había participado en ese ritual toda mi vida sin saberlo.

Sentí una presión en el pecho cuando comprendí que aquel olvido no era descuido. Era ritual. Cada persona que lo ignoraba repetía el gesto correcto. Cada mirada que se apartaba era una ofrenda.

Quise moverme.

No pude.

El segundo altar se manifestó más lejos, y aun así lo sentí más cerca que mi propio pensamiento.

Un ángel sostenía algo entre sus brazos. No era un niño. No era un cuerpo humano. Era una forma que cambiaba mientras la observaba, como si negarse a definirse fuera parte esencial de su existencia. El ángel no lo protegía.

Lo exhibía.

Sus alas estaban rígidas, tensas, como si llevaran demasiado tiempo abiertas. Su rostro no expresaba compasión ni gloria. Solo cumplimiento. Obediencia sin fe.

Algo dentro de mí quiso apartar la mirada.

Algo más fuerte me obligó a seguir observando.

No por orden.

Por comprensión.

El último altar no apareció frente a mí.

Apareció en todas partes.

No tenía contornos. No ocupaba espacio. Era una ausencia tan densa que deformaba todo lo que la rodeaba. Allí donde intentaba fijar la mirada, el concepto mismo de mirar se volvía inútil.

Su base no estaba hecha de piedra ni sangre.

Estaba hecha de ideas.

Y entonces supe lo que decía.

No lo leí.

No lo escuché.

Lo reconocí como algo que siempre había sabido y recién ahora recordaba.

Yo soy aquel al que rezan.

No como plegaria.

Como hábito.

Como gesto repetido sin conciencia.

Yo soy quien los liberó.

No de jaulas.

De la necesidad de sentido.

Mi mente tembló.

No por miedo.

Por aceptación.

Yo soy Dios.

La palabra no trajo luz.

No trajo oscuridad.

Trajo quietud.

El vacío no protestó. No se resistió. Se rindió con una docilidad que me horrorizó más que cualquier amenaza. Comprendí que no estaba frente a una entidad que necesitara ser adorada.

Estaba frente a algo que ya lo era, porque la adoración no depende de voluntad, sino de repetición.

Los altares no existían porque él fuera Dios.

Él era Dios

porque el mundo necesitaba altares incluso cuando fingía no creer en nada.

Sentí entonces el peso real de su presencia.

No me aplastaba.

No me dominaba.

Me reposicionaba.

Como si mi lugar dentro del mundo hubiera sido corregido sin preguntarme.

Quise huir.

Mi mente no respondió.

Quise gritar.

No había sonido.

No porque estuviera paralizada.

Sino porque ya no era necesario.

Yo no había sido elegida para creer.

Había sido elegida para ver.

Ver sin consuelo.

Ver sin distancia.

Ver sin la posibilidad de fingir que no había entendido.

Y en ese instante comprendí lo más inquietante de todo:

No me estaba convirtiendo en su hija.

Me estaba convirtiendo en alguien capaz de vivir sabiendo que siempre lo fue.

Y que no todos sobreviven a ese conocimiento.

Y el mundo…

El mundo jamás volvió a sentirse vacío después de eso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo