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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 139

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Capítulo 139: Antes de los Círculos

El portal no los arrojó.

Los dejó.

Iston sintió el cambio antes de poder verlo. El aire era distinto. No pesado. No corrupto. Demasiado… quieto. Al abrir los ojos, el Infierno ya no estaba hecho de abismos ni estructuras imposibles.

Estaban afuera de los círculos.

Una colina se extendía ante ellos, suave, casi amable. Cubierta de flores que no eran rojas… pero sangraban. Cada pétalo parecía húmedo, como si acabara de ser arrancado de algo vivo. El suelo no quemaba. Respiraba.

Allí fue donde nació el Primer Círculo.

Belial se detuvo.

No dijo nada al principio. Solo miró alrededor, dejando que la escena lo atravesara. Sus ojos no reflejaban orgullo ni culpa.

Reflejaban memoria.

—Aquí fue —murmuró al fin.

Lilith inclinó la cabeza, como si oliera el pasado. Y entonces rió.

No fue una risa cruel.

Fue auténtica. Desbordada. Incómoda.

—¿Te acuerdas? —dijo entre carcajadas—. Cuando todo era… raro. Cuando no sabíamos qué iba a salir de esto.

Belial no la interrumpió.

Lilith dio unos pasos por la colina, pisando flores que sangraban un poco más al ser tocadas.

—Mamon corriendo colina abajo —continuó—. Convencido de que esto era un juego. Se cayó de cara antes de llegar al final.

Rió otra vez.

—Nunca volvió a correr igual.

Abyllie e Iston se miraron.

No era solo la historia.

Era el tono.

Eso no estaba en ningún registro.

Eso no era parte de las advertencias.

Belial giró apenas el rostro hacia ellos.

—Esas cosas no se enseñan —dijo—. No sirven para preparar a nadie. Solo para recordar por qué esto nunca debió sentirse familiar.

Lilith se detuvo y los observó como si recién entonces notara su presencia.

—Supongo que el camino será largo —dijo con ligereza—. Lo suficiente para que conozcan la historia del Infierno… y lo que realmente van a enfrentar cuando se crucen con los demás Señores.

Iston tragó saliva.

No quería asentir.

Pero lo hizo.

No porque confiara.

Porque ya estaba ahí.

—Estamos a veinte días del Primer Círculo del Pecado —añadió Belial, volviendo la mirada al horizonte.

A lo lejos, la colina descendía hacia algo que aún no se veía… pero se sentía.

—Así que será mejor que empecemos a movernos.

Dio el primer paso.

Y las flores sangraron un poco más.

El camino se volvió distinto.

No más hostil.

Más atento.

Iston lo sintió en la piel. El terreno respondía a su presencia, como si algo antiguo hubiera notado que caminaba sobre él. El aire tenía peso, pero no oprimía. Observaba.

La laguna apareció sin anuncio.

Un cuerpo de agua inmóvil, extenso, imposible. En su centro, un árbol negro emergía del líquido como una cicatriz vertical. Su tronco no reflejaba la luz; la absorbía. Las raíces no se hundían: flotaban, suspendidas en el magma vivo que hacía de lago.

Era bello.

Y eso era lo incorrecto.

El agua no era agua. Era roja, espesa, burbujeaba con lentitud, como si respirara. Magma… pero no hervía. No irradiaba calor. Emitía una calma antinatural, como si el fuego hubiera aprendido a contenerse.

Belial sonrió.

No con ironía.

Con nostalgia.

—Este fue el primer lago que vimos —dijo, casi para sí mismo.

Antes de que Iston pudiera preguntar, Belial se giró… y lo empujó.

No con violencia.

Con naturalidad.

Iston cayó al agua con un grito que se le rompió en la garganta. Esperó el dolor. Esperó el fuego. Esperó el final.

Nada.

El magma lo envolvió sin quemarlo. Lo sostuvo. Burbujeaba a su alrededor, rojo, vivo… pero dócil. La superficie se cerró sobre él como si lo aceptara.

—¡Belial! —gritó, desesperado.

Abyllie dio un paso al frente, el cuerpo tenso.

—¡¿Qué estás haciendo?! —exigió.

Belial levantó una mano.

—Tranquila, pequeña.

Su tono no tenía urgencia.

—Ese es el guardián del lago.

Iston sintió algo enrollarse alrededor de su pierna.

Escamas.

Frías.

Una presión firme, no aplastante, pero imposible de romper.

El agua se agitó apenas cuando la gran serpiente emergió parcialmente. Su cuerpo era tan oscuro como el árbol del centro. No tenía brillo. Solo masa. Solo presencia.

Abyllie contuvo la respiración.

—Cuando encuentra a alguien que le llama la atención —continuó Belial—, lo toma… y lo deja en la isla del medio.

La serpiente comenzó a arrastrar a Iston.

No rápido.

No con violencia.

Como si el destino tuviera paciencia.

—Cuando eso ocurre —añadió—, es la iniciación que tuvimos todos el primer día.

Lilith observaba la escena con una sonrisa ladeada, casi divertida.

—Es su forma de decir “bienvenido”.

Iston intentó gritar de nuevo, pero el sonido se perdió en el magma. Su cuerpo no ardía. No sufría. Eso lo aterrorizó más que el dolor.

Ser arrastrado sin castigo.

Sin resistencia.

La serpiente lo depositó en la isla.

La superficie era sólida, negra, lisa como obsidiana pulida. Iston cayó de rodillas, jadeando, empapado de rojo que se evaporaba lentamente de su piel sin dejar marcas.

Alzó la vista.

Frente a él, otra serpiente lo esperaba.

Más grande.

Más antigua.

Su cuerpo negro parecía absorber el entorno. Sus ojos rojos no brillaban; evaluaban. No había hambre en ellos. Había criterio.

Iston sintió algo cerrarse alrededor de su pecho.

No era miedo.

Era la certeza de estar siendo aceptado…

o descartado.

Y por primera vez desde que había puesto un pie fuera de los círculos del Infierno, entendió que ese lugar no castigaba a los débiles.

Los probaba.

La gran serpiente no se movió.

Su cuerpo permaneció inmóvil, como si ya hubiera decidido todo lo necesario.

Entonces, desde la base del árbol, una serpiente más pequeña se deslizó hacia Iston. Su movimiento era lento, cuidadoso. No atacaba. No dudaba.

Se enroscó en su brazo.

No apretó.

Se acomodó.

Como algo que hubiera estado destinado a ese lugar desde antes de que él existiera.

La serpiente alzó la cabeza y extendió su lengua oscura. El aire vibró cuando esta tocó el tronco del árbol negro.

Un golpe seco.

Una manzana cayó.

No rodó sola.

Otras serpientes surgieron del magma y la empujaron, con precisión ritual, hasta dejarla frente a Iston.

Negra. Perfecta. Sin brillo.

Iston no supo qué hacer.

No sintió orden.

No sintió hambre.

Aun así, la tomó.

Y comió.

La pulpa no tenía sabor conocido. No era dulce ni amarga. Era… correcta. Como si su boca recordara algo que su mente había olvidado.

La serpiente de su brazo comenzó a moverse.

Subió despacio, rodeando su hombro, su garganta.

Cuando se enroscó en su cuello, Iston dejó de respirar por un instante.

Y entonces la escuchó.

No con los oídos.

Dentro.

—Hijo que camina contra el destino.

La voz no juzgaba.

Nombraba.

—Tu llegada fue escrita en cuentos antiguos, cuando los nombres aún no tenían forma.

Las serpientes alzaron la cabeza al unísono.

—Tú serás quien haga que la verdad salga a la luz.

Iston sintió que el lago, el árbol y el cielo inclinado sobre él escuchaban.

—Esta iniciación no es un premio —continuó la voz—. Es solo un camino.

La presión en su cuello se volvió firme, protectora.

—La pequeña que llevas contigo será tu guía.

Pausa.

—No del Infierno.

No del mundo como lo conoces.

Otra pausa, más pesada.

—Sino de aquello que inevitablemente cambiará.

Los ojos de la gran serpiente se clavaron en los de Iston una última vez.

No había amenaza.

Había reconocimiento.

El mundo se contrajo.

—Gracias por llegar —dijo la voz—. Que la historia que debe contarse sea guardada.

El suelo vibró bajo sus rodillas.

—Tú serás nuestro cambio.

Silencio.

—Y no solo el nuestro.

La serpiente se tensó.

—Serás rey.

La palabra cayó como una losa.

—Pero aún no portarás la corona.

La voz se acercó, íntima, casi devota.

—Tú eres mi rey.

—Y yo soy tu vasallo.

El lazo se cerró.

—Cuando comprendas por qué nos movemos a tu lado…

La presión desapareció.

—Por ahora, vive.

El mundo comenzó a disolverse.

—Este lugar existía antes de la llegada de ellos.

El nombre final fue pronunciado con ambigüedad sagrada.

—Aracne fue nuestra enemiga… y nuestra aliada.

Una verdad vieja. Incompleta. Intencional.

—Por eso su hijo es aceptado aquí.

El lago se abrió.

—Aquí.

—Y ahora.

Bajo el árbol, el suelo crujió.

La materia se reordenó con lentitud antinatural, y una escalera comenzó a alzarse desde la raíz, como si siempre hubiera estado allí, esperando ser recordada.

Iston sintió su cuerpo tensarse.

Los músculos reaccionaron antes que el pensamiento. Cada fibra gritaba que no debía moverse, que descender era perder algo imposible de nombrar.

No miedo.

No dolor.

Algo más primitivo.

La serpiente en su cuello no habló.

No fue necesario.

Su peso era una certeza.

Iston miró la oscuridad que se abría bajo el árbol. No podía ver el final de la escalera. No podía calcular cuántos peldaños había. Solo entendió que, al bajar, ya no estaría en el mismo lugar del mundo, aunque regresara.

Su sentido —no la razón— le indicó el primer paso.

No para obedecer.

No para servir.

Sino para comprender de qué hablaba la serpiente.

Y mientras descendía, el lago quedó atrás.

El árbol dejó de existir.

Y el Infierno, por primera vez, guardó silencio.

Bajo la isla, el mundo dejó de sentirse vivo.

No había magma.

No había respiración.

Solo piedra antigua… y algo más viejo aún.

Iston descendió los últimos peldaños y sus pies tocaron una superficie que no reconoció como suelo. No era roca natural. Era una estructura. Tallada. Planeada. Abandonada.

Ante él se alzaba un altar.

No era circular ni simétrico como los templos que había visto en los círculos del Infierno. Este estaba quebrado por el tiempo. Su entrada mostraba grietas profundas, como si la materia misma hubiera intentado cerrarse… y fallado.

—¿Qué es esto? —preguntó Iston, con la voz baja.

La serpiente en su cuello no se movió, pero su voz resonó dentro de él.

—Un altar a la profecía Leuvar.

Iston avanzó.

Cada paso hacía eco, no en el espacio, sino en su cabeza.

—Ellos fueron los primeros en pisar tu mundo —continuó la voz—. Y los primeros en crearos.

Las paredes comenzaron a revelar murales a medida que se internaba en la estructura.

No eran símbolos demoníacos.

No eran runas sagradas.

Eran… registros.

Una raza descendiendo desde fuera del mundo.

Figuras altas, alargadas, sin rasgos definidos, emergiendo de una nave imposible, suspendida sobre una tierra aún joven. No había guerra en las imágenes. No había conquista.

Había intención.

—Fueron colonizadores —dijo la serpiente—. Pero no como los que conoces.

Los murales siguientes se volvieron rojizos.

Mostraban laboratorios. Cámaras orgánicas. Formas humanas incompletas. Distorsionadas. Variantes infinitas de un mismo origen.

—Los seres humanos nacieron de un solo ADN —continuó—. Uno que ellos portaban.

Iston sintió un nudo en el estómago.

—Lo replicaron en distintos mundos. Cada planeta alteró el resultado.

Las imágenes se volvieron más violentas.

Cuerpos deformados por la gravedad. Mentes fracturadas por atmósferas incompatibles. Civilizaciones jóvenes colapsando no por escasez… sino por incomprensión.

—Cada raza que no cumplía el resultado esperado era preparada intelectualmente —susurró la voz—. Y luego abandonada.

Iston apretó los dientes.

—No por crueldad.

—Por incapacidad de sentir lo que habían creado.

Los murales mostraban guerras cósmicas. Mundos incendiados. Experimentos que se alzaban contra sus creadores.

—No los olvidaron —añadió la serpiente—. Pero tampoco regresaron.

El pasillo se abrió en una cámara mayor.

El último mural era distinto.

Mostraba la Tierra.

—Aquí lo lograron —dijo la voz.

Seres humanos completos. Pensantes. Emocionales. Capaces de cuidar el mundo… y de cuestionarlo.

—Por primera vez, fueron felices.

Iston sintió algo parecido al orgullo… y luego, el golpe.

El mural se fracturaba.

Otra raza descendía.

—Los Arcontes —nombró la serpiente—. De la misma cepa exterior.

Alianzas. Pactos. Intercambio.

Y entonces… una figura.

Un símbolo.

Un nombre que no era nombre.

—El Tetragrammaton.

Las imágenes finales mostraban hilos entrando en las cabezas humanas. No cuerpos dominados.

Psique ocupada.

—No los creó —dijo la serpiente—.

—Los sedujo.

—Los traicionó.

El altar vibró suavemente.

—Y se instaló como absoluto dentro de la mente humana.

Iston retrocedió un paso.

—Entonces… ¿Dios…?

—No —respondió la voz, sin emoción—.

—Un usurpador antiguo.

El silencio cayó como una sentencia.

La escalera detrás de él ya no existía.

Solo el altar.

Los murales.

Y una verdad que no podía ser devuelta al olvido.

—Esto es lo que significa descender —concluyó la serpiente—.

—No perder la fe…

—sino descubrir en qué fue colocada.

Esto que ves —dijo la voz—

no es revelación.

Es memoria.

Iston sintió que el altar respondía. No con luz. Con una vibración baja, profunda, como si algo enterrado reconociera su nombre.

—Este conocimiento lo poseía tu madre.

Aracne.

El nombre no resonó como título.

Resonó como herida.

—Ella conocía los hilos —continuó la serpiente—.

—Sabía quién los había tejido…

—y quién los había corrompido.

Los murales cambiaron.

Ya no mostraban razas ni mundos.

Mostraban una sola figura.

Una mujer quebrada, sosteniendo algo demasiado pequeño para cargar tanto peso.

—El destino fue cruel —susurró la voz—.

—Y la obligó a elegir.

Iston sintió presión en el pecho.

No dolor.

Responsabilidad retroactiva.

—Darte a luz…

—y verte morir en sus manos.

El altar pulsó.

—O permitir que nacieras…

—cargando el peso de un mundo que jamás pidió ser salvado.

El silencio se volvió insoportable.

—Ella no pidió tu destino —afirmó la serpiente—.

—Solo aceptó no huir de él.

El arma reaccionó.

El Incauto vibró en su mano como si reconociera la historia antes que él. De su interior emergió una voz antigua, distorsionada, no humana.

—Ella nunca pensó que el camino terminaría aquí.

Las imágenes se superpusieron.

Aracne observando a su hijo desde lejos.

Nunca tocándolo.

Nunca llamándolo.

—Te amó lo suficiente —dijo la voz—

—como para soportar verte convertirte en algo que jamás deseó.

Iston sintió algo quebrarse.

No en su mente.

En su origen.

—Ella solo quería —continuó—

—sentir tus manos en su rostro al nacer.

—Verte crecer.

—Verte vivir.

La escena cambió abruptamente.

El cielo.

Un trono.

Aracne, ya destrozada, suspendida bajo estructuras que no eran sagradas… eran técnicas.

—¿De verdad crees que saldrás ileso de esto? —preguntó ella.

La voz era débil.

No por miedo.

Por desgaste.

—Padre ya está entrando en tu mente —continuó—.

—Rompiendo cada posibilidad donde pierda su poder.

Una figura respondió.

Michael.

—¿Crees que todos somos como él? —preguntó Aracne, su voz fracturándose—.

—¿Que el destino seguirá sosteniéndolo…

—cuando solo usurpó algo que jamás le perteneció?

Michael no respondió.

—Él vendrá —dijo Aracne—.

—El que tomará control de los hilos.

Su mirada se alzó.

—Y cuando eso ocurra…

—tú caerás.

El altar tembló.

—Y tu círculo divino —añadió—

—no será recordado como dioses.

Una pausa.

—Sino como lo que siempre fueron.

La descarga comenzó.

Michael giró la perilla sin vacilar.

—Un experimento que salió mal.

El dolor no fue gritado.

Fue administrado.

Mientras la energía recorría su cuerpo, Aracne sonrió.

No con desafío.

Con certeza.

—No todos tememos la caída —susurró—.

La voz se apagaba.

—Algunos…

—nos volvemos más fuertes gracias a ella.

El altar quedó en silencio.

Iston no se movió.

Porque ahora entendía algo peor que la profecía:

Su destino no fue escrito para salvar el mundo.

Fue escrito…

para terminar una mentira.

Y esa mentira llevaba eras aguardándolo.

Lo había previsto todo.

Excepto a él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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