BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 140
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Capítulo 140: La primera mentira
Bajo la isla, el mundo dejó de sentirse vivo.
No había magma.
No había respiración.
Solo piedra antigua… y algo más viejo aún.
Iston descendió los últimos peldaños y sus pies tocaron una superficie que no reconoció como suelo. No era roca natural. Era una estructura. Tallada. Planeada. Abandonada.
Ante él se alzaba un altar.
No era circular ni simétrico como los templos que había visto en los círculos del Infierno. Este estaba quebrado por el tiempo. Su entrada mostraba grietas profundas, como si la materia misma hubiera intentado cerrarse… y fallado.
—¿Qué es esto? —preguntó Iston, con la voz baja.
La serpiente en su cuello no se movió, pero su voz resonó dentro de él.
—Un altar a la profecía Leuvar.
Iston avanzó.
Cada paso hacía eco, no en el espacio, sino en su cabeza.
—Ellos fueron los primeros en pisar tu mundo —continuó la voz—. Y los primeros en crearos.
Las paredes comenzaron a revelar murales a medida que se internaba en la estructura.
No eran símbolos demoníacos.
No eran runas sagradas.
Eran… registros.
Una raza descendiendo desde fuera del mundo.
Figuras altas, alargadas, sin rasgos definidos, emergiendo de una nave imposible, suspendida sobre una tierra aún joven. No había guerra en las imágenes. No había conquista.
Había intención.
—Fueron colonizadores —dijo la serpiente—. Pero no como los que conoces.
Los murales siguientes se volvieron rojizos.
Mostraban laboratorios. Cámaras orgánicas. Formas humanas incompletas. Distorsionadas. Variantes infinitas de un mismo origen.
—Los seres humanos nacieron de un solo ADN —continuó—. Uno que ellos portaban.
Iston sintió un nudo en el estómago.
—Lo replicaron en distintos mundos. Cada planeta alteró el resultado.
Las imágenes se volvieron más violentas.
Cuerpos deformados por la gravedad. Mentes fracturadas por atmósferas incompatibles. Civilizaciones jóvenes colapsando no por escasez… sino por incomprensión.
—Cada raza que no cumplía el resultado esperado era preparada intelectualmente —susurró la voz—. Y luego abandonada.
Iston apretó los dientes.
—No por crueldad.
—Por incapacidad de sentir lo que habían creado.
Los murales mostraban guerras cósmicas. Mundos incendiados. Experimentos que se alzaban contra sus creadores.
—No los olvidaron —añadió la serpiente—. Pero tampoco regresaron.
El pasillo se abrió en una cámara mayor.
El último mural era distinto.
Mostraba la Tierra.
—Aquí lo lograron —dijo la voz.
Seres humanos completos. Pensantes. Emocionales. Capaces de cuidar el mundo… y de cuestionarlo.
—Por primera vez, fueron felices.
Iston sintió algo parecido al orgullo… y luego, el golpe.
El mural se fracturaba.
Otra raza descendía.
—Los Arcontes —nombró la serpiente—. De la misma cepa exterior.
Alianzas. Pactos. Intercambio.
Y entonces… una figura.
Un símbolo.
Un nombre que no era nombre.
—El Tetragrammaton.
Las imágenes finales mostraban hilos entrando en las cabezas humanas. No cuerpos dominados.
Psique ocupada.
—No los creó —dijo la serpiente—.
—Los sedujo.
—Los traicionó.
El altar vibró suavemente.
—Y se instaló como absoluto dentro de la mente humana.
Iston retrocedió un paso.
—Entonces… ¿Dios…?
—No —respondió la voz, sin emoción—.
—Un usurpador antiguo.
El silencio cayó como una sentencia.
La escalera detrás de él ya no existía.
Solo el altar.
Los murales.
Y una verdad que no podía ser devuelta al olvido.
—Esto es lo que significa descender —concluyó la serpiente—.
—No perder la fe…
—sino descubrir en qué fue colocada.
Esto que ves —dijo la voz—
no es revelación.
Es memoria.
Iston sintió que el altar respondía. No con luz. Con una vibración baja, profunda, como si algo enterrado reconociera su nombre.
—Este conocimiento lo poseía tu madre.
Aracne.
El nombre no resonó como título.
Resonó como herida.
—Ella conocía los hilos —continuó la serpiente—.
—Sabía quién los había tejido…
—y quién los había corrompido.
Los murales cambiaron.
Ya no mostraban razas ni mundos.
Mostraban una sola figura.
Una mujer quebrada, sosteniendo algo demasiado pequeño para cargar tanto peso.
—El destino fue cruel —susurró la voz—.
—Y la obligó a elegir.
Iston sintió presión en el pecho.
No dolor.
Responsabilidad retroactiva.
—Darte a luz…
—y verte morir en sus manos.
El altar pulsó.
—O permitir que nacieras…
—cargando el peso de un mundo que jamás pidió ser salvado.
El silencio se volvió insoportable.
—Ella no pidió tu destino —afirmó la serpiente—.
—Solo aceptó no huir de él.
El arma reaccionó.
El Incauto vibró en su mano como si reconociera la historia antes que él. De su interior emergió una voz antigua, distorsionada, no humana.
—Ella nunca pensó que el camino terminaría aquí.
Las imágenes se superpusieron.
Aracne observando a su hijo desde lejos.
Nunca tocándolo.
Nunca llamándolo.
—Te amó lo suficiente —dijo la voz—
—como para soportar verte convertirte en algo que jamás deseó.
Iston sintió algo quebrarse.
No en su mente.
En su origen.
—Ella solo quería —continuó—
—sentir tus manos en su rostro al nacer.
—Verte crecer.
—Verte vivir.
La escena cambió abruptamente.
El cielo.
Un trono.
Aracne, ya destrozada, suspendida bajo estructuras que no eran sagradas… eran técnicas.
—¿De verdad crees que saldrás ileso de esto? —preguntó ella.
La voz era débil.
No por miedo.
Por desgaste.
—Padre ya está entrando en tu mente —continuó—.
—Rompiendo cada posibilidad donde pierda su poder.
Una figura respondió.
Michael.
—¿Crees que todos somos como él? —preguntó Aracne, su voz fracturándose—.
—¿Que el destino seguirá sosteniéndolo…
—cuando solo usurpó algo que jamás le perteneció?
Michael no respondió.
—Él vendrá —dijo Aracne—.
—El que tomará control de los hilos.
Su mirada se alzó.
—Y cuando eso ocurra…
—tú caerás.
El altar tembló.
—Y tu círculo divino —añadió—
—no será recordado como dioses.
Una pausa.
—Sino como lo que siempre fueron.
La descarga comenzó.
Michael giró la perilla sin vacilar.
—Un experimento que salió mal.
El dolor no fue gritado.
Fue administrado.
Mientras la energía recorría su cuerpo, Aracne sonrió.
No con desafío.
Con certeza.
—No todos tememos la caída —susurró—.
La voz se apagaba.
—Algunos…
—nos volvemos más fuertes gracias a ella.
El altar quedó en silencio.
Iston no se movió.
Porque ahora entendía algo peor que la profecía:
Su destino no fue escrito para salvar el mundo.
Fue escrito…
para terminar una mentira.
Y esa mentira llevaba eras aguardándolo.
Lo había previsto todo.
Excepto a él.
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