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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 141

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Capítulo 141: Espina

Al terminar de escuchar la historia, Iston pensó en un solo nombre.

Y su mente se tensó.

No fue miedo.

Fue resistencia.

La serpiente se enroscó con más fuerza en su cuello, no para protegerlo, sino para mantenerlo unido.

El arma —su padre— dejó de vibrar.

El silencio fue inmediato.

El nombre se expandió dentro de él.

No completo.

No pronunciable.

Las letras comenzaron a fragmentarse, a perder orden, a superponerse como si no aceptaran existir juntas.

No lo buscaba a él.

La puerta negra vibró.

Golpes desde adentro.

No desesperados. Furiosos.

—Déjame salir —rugió la voz de Lucifer—. Quiero ver la cara de ese maldito.

—Quiero arrancarle la cabeza.

Virgilio dio un paso al frente.

No miró la puerta.

Miró a Iston.

Un círculo comenzó a formarse en su mente, construido con las letras rotas del Nombre. No un símbolo. Una función.

Entonces apareció el ojo.

Amarillo.

Antiguo.

Indiferente.

No observaba a Iston.

Lo atravesaba.

Algo entró.

Pero no descendió.

No invadió.

Se ensambló.

La forma comenzó a definirse mientras la mirada se fijaba en lo que tenía enfrente.

La voz resonó dentro de su cabeza.

No como sonido.

Como sentencia.

La nariz de Iston comenzó a sangrar.

—Lo ra’uy she-tihyé. Non debuisti existere.

Virgilio alzó un dedo.

No en amenaza.

En corrección.

—Y tú no debiste mentir entonces.

El ojo no parpadeó.

—Esto no es un desafío —continuó Virgilio—. Es la culminación de tu error.

La sangre brotó de los ojos y oídos de Iston. Su cuerpo comenzó a colapsar, no por daño… sino por exceso de verdad.

—Lo yadáta davár. Ego regnare debui.

Virgilio no retrocedió.

—Reinas —dijo— en la mente de seres que no creaste.

El silencio se volvió pesado.

—Al tenaseni l’olam. Corpus tuum nondum par est mihi.

La serpiente se tensó por primera vez.

Virgilio respondió sin elevar la voz:

—No te reto. Cuestiono tu creencia pagana.

—Los Leuvar debieron reinar.

El cuerpo de Iston convulsionó.

—Et gufkhá l’kalot mika’at, sed non valet. Nunquam huc pervenies.

El ojo se contrajo.

La voz se retiró… no derrotada.

Inconclusa.

—Eso lo veremos —susurró Virgilio—.

—Cuando lleguemos a ti, tu corazón ya estará en mi mano.

El círculo se deshizo.

La puerta negra quedó en silencio.

Y por primera vez, Iston entendió algo que nadie le había dicho:

El Nombre no había venido a juzgar.

Había venido a comprobar si la mentira seguía intacta.

La serpiente más antigua tomó su cuerpo.

No con urgencia.

No con cuidado.

Con autoridad.

Lo elevó hasta la parte superior del templo y lo recostó contra el árbol negro, como si devolviera algo a su lugar original. El tronco lo sostuvo sin resistencia, reconociendo el peso de su existencia.

La serpiente raspó sus propias escamas con un colmillo.

El sonido fue seco.

Desagradable.

De la herida brotó sangre oscura.

No caliente.

No viva.

La dejó caer sobre el cuerpo de Iston.

Las heridas se cerraron de inmediato. Demasiado rápido. No como sanación, sino como corrección. Su carne obedeció. Su cuerpo aceptó.

Pero algo en él quedó en silencio.

Dentro de su mente, Iston encontró a Virgilio.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó.

Virgilio no adornó la respuesta.

—Ese es el dios que tú conoces.

La frase no tenía rabia.

Tenía peso histórico.

—¿Por qué entró en mi cabeza?

—Por su verdadero nombre —respondió—. Eso lo conecta con cualquier parte del mundo.

—No es una palabra. Es la representación de su entidad.

Virgilio lo miró, fijo.

—Y esa entidad identifica peligro… y lo reescribe.

Iston apretó los dientes.

—¿Entonces por qué sigo vivo?

Virgilio no dudó.

—Porque aún no te considera una daga.

—Eres una espina.

—Y las espinas se toleran… hasta que sangran demasiado.

La puerta negra se movió.

Un temblor leve.

Controlado.

La voz de Lucifer resonó en su mente, cargada de frustración.

—Si me hubieras dado tu cuerpo, lo habría enfrentado.

Iston dejó escapar una risa breve. Vacía.

—Si no pudiste resistirme a mí —respondió—, ¿qué te hace creer que podrías con él?

Lucifer no contestó.

Iston continuó, sin burla.

—Casi te fragmentas.

—Y casi morimos todos.

Entonces ocurrió.

El ojo de la profecía se abrió.

No brilló.

Mostró.

Iston se vio a sí mismo en una cama. Inmóvil. Vivo.

A su lado, un gato humanoide, de bigotes absurdos, lo observaba con seriedad impropia de su forma.

—Entonces comenzaremos la operación Blitzkrieg —dijo la criatura.

La escena cambió.

—Es momento de tomar el Círculo de la Avaricia.

El tono era militar.

Inevitable.

—Es hora, mi general.

La visión se expandió.

Un humo espeso emergía desde la ciudad de la Avaricia, elevándose como un hongo sagrado. No explosión. Consagración.

Cuerpos demoníacos yacían desintegrados en su avance.

No hubo gritos.

Solo ausencia.

Cuando la visión se desvaneció, Iston sintió algo distinto.

No orgullo.

No poder.

Responsabilidad irreversible.

A lo lejos, Abyllie lo miraba.

No con odio.

Con miedo.

Y ese miedo…

fue lo único que le dolió de verdad.

Desde la orilla del lago, Belial fue el primero en notarlo.

Había pasado demasiado tiempo.

No lo midió en minutos ni en horas.

Lo sintió en el silencio del magma, en la forma en que el lago había dejado de reaccionar, como si algo debajo estuviera… ocupado.

Lilith dejó de bromear.

Abyllie no apartaba la vista de la isla.

—La iniciación no debería tardar tanto —murmuró ella, más para sí misma que para los otros.

Belial no respondió de inmediato.

Extendió la mano sobre el lago.

El magma se onduló con lentitud reverente, y desde sus profundidades emergió una serpiente inmensa. No rompió la superficie: el lago se abrió para dejarla pasar. Su cuerpo se acomodó formando un puente vivo, sólido, dispuesto.

Belial subió primero.

Luego ayudó a Abyllie y a Lilith a acomodarse sobre el lomo del reptil.

—Vamos a buscarlo —dijo.

No fue una orden.

Fue una decisión tomada tarde.

La serpiente comenzó a moverse sin que nadie se lo pidiera.

Lilith, con los ojos fijos en la isla, habló al fin:

—¿Por qué la demora?

La criatura no giró la cabeza.

Su voz no salió de la boca.

Resonó en el aire, grave y distante.

—El bautizo se extendió —dijo—. Fue solicitado por el elder.

Abyllie tragó saliva.

—¿Solicitado… cómo?

—Por voluntad —respondió la serpiente—. No por necesidad.

Eso no tranquilizó a nadie.

—¿Sabes la razón? —preguntó Lilith, sin su tono habitual.

La serpiente tardó un poco más en responder.

—No.

Una sola palabra.

Suficiente.

—Solo puedo llevarlos a la isla —continuó—. Para que lo vean.

Belial apoyó la mano sobre la cabeza del reptil.

No fue un gesto de dominio.

Fue el gesto de alguien que toca a un viejo conocido antes de una mala noticia.

—Llévanos —dijo.

La serpiente descendió hacia la isla.

Y mientras avanzaban, el lago permaneció inmóvil, como si contuviera la respiración.

Porque algo había terminado allí abajo.

Y algo más…

acababa de empezar.

La serpiente tocó la orilla sin ruido.

No hubo anuncio ni impacto. El lago simplemente aceptó que habían llegado.

Belial fue el primero en ver a Iston.

Estaba sentado contra el tronco negro, la espalda apoyada en la corteza imposible del árbol, la cabeza levemente inclinada hacia adelante, como si el peso del mundo se hubiera vuelto demasiado preciso para sostenerlo erguido. No estaba inconsciente. Tampoco despierto del todo.

Existía en pausa.

Belial no se acercó de inmediato.

Giró el rostro hacia el elder.

—¿Qué pasó?

No hubo reproche en su voz. Solo la necesidad de contexto.

El elder lo observó unos segundos antes de responder. Sus ojos no eran viejos. Eran anteriores.

—Apareció —dijo—. El Nombre se introdujo en la mente del muchacho.

Belial tensó la mandíbula.

—¿Tetragrámaton?

El elder asintió una sola vez.

—No vino completo. No descendió. Pero fue suficiente.

Miró a Iston.

—El cuerpo no estaba preparado. La mente menos. Colapsó.

Belial no dijo nada.

—Usé mi sangre para corregir el daño —continuó el elder—. No para sanarlo. Para mantenerlo íntegro.

Señaló el árbol.

—Necesita tiempo. Horas. Tal vez más. Hasta que su carne termine de asimilar lo que no le pertenece.

Belial asintió despacio.

Aceptación, no alivio.

Lilith se movió entonces, rompiendo el silencio con la naturalidad de alguien que ya había estado allí antes. Se acercó al elder y lo observó con una sonrisa ladeada.

—¿Cómo está mi hijo, vieja amiga?

La pregunta no era simbólica.

Era literal.

El elder inclinó apenas la cabeza.

—Vivo. Recuperándose aún de las heridas de la Cuarta Guerra. No le he pedido nada. Todavía no.

Lilith soltó un suspiro breve.

—Me alegra. La primera vez que te vio quedó… deslumbrado.

El elder la miró con algo parecido a ternura.

—No quiso seguirte por deber —dijo—. Lo hizo por voluntad propia.

Hizo una pausa.

—Y eso no es común en nuestra raza.

Lilith sostuvo la mirada.

—Cuídalo —pidió—. Hasta que sea capaz de cuidarse solo.

No fue una orden.

Fue una entrega.

—Lo haré —respondió el elder sin dudar—. Nunca he traicionado mi palabra.

A unos pasos de distancia, Abyllie se sentó junto a Iston. No lo tocó. Solo se acomodó a su lado, como si su presencia fuera suficiente para anclarlo.

La serpiente más antigua giró lentamente la cabeza.

—Ella es el vástago de Biggi.

Lilith asintió.

—Lo es.

El elder observó a Abyllie con atención renovada.

—¿Cómo ha avanzado su poder?

—Aceptó su primer sello —respondió Lilith—. No sé cuántos le faltan. Pero el primero… lo completó.

El elder sonrió.

No con condescendencia.

Con respeto.

—Eso es más de lo que muchos logran en toda una existencia.

Miró a Lilith.

—Tú no pudiste aceptarlo. Por eso casi te rompiste.

Lilith no desvió la mirada.

—Lo sé. Intenté que siguiera mi camino, para poder enseñarle. Pero eligió otro.

El elder inclinó la cabeza, comprensivo.

—Madre e hija se parecen.

Lilith dejó escapar una risa baja, cansada.

—Más de lo que me gustaría aceptar.

El elder se acercó entonces a Abyllie. Se agachó frente a ella y le tendió la mano.

Ella dudó.

Luego la tomó.

El contacto fue suficiente para que el mundo pareciera reordenarse.

La condujo hacia la copa del árbol negro. No caminaban; eran permitidos. La corteza se abrió lo justo para recibirlos.

Allí arriba, lejos de los otros, el elder habló.

—Vástago de Biggi —dijo—, déjame ver qué camino escogiste.

Abyllie sintió el peso de generaciones posarse sobre su pecho.

—Tu madre eligió la felicidad —continuó—. ¿Tú qué elegiste?

Las palabras no exigían respuesta inmediata.

Abyllie se quedó inmóvil.

El silencio se llenó de recuerdos que no quería mirar.

Dolor.

Pérdida.

Miedo convertido en hábito.

Cuando habló, solo una palabra logró salir.

—Aceptación.

El elder cerró los ojos un instante.

Abyllie continuó, sin darse cuenta de que ya había cruzado algo:

—No huí del dolor.

—Lo abracé para crecer.

La risa del elder resonó en la isla.

No burlona.

No cruel.

Antigua.

—Eres distinta —dijo—. Quizás la profecía también hablaba de ti.

Abyllie sintió un vértigo inesperado.

—Junto al camino del rey —continuó el elder—, una reina sin precedentes.

—Una que acepta el dolor… y lo transforma.

Se acercó un poco más.

—Cuida al elegido —pidió—.

—Mientras recorre el mundo hacia un nuevo inicio.

Abyllie tragó saliva.

—Es el hombre que tocó mi corazón —respondió—.

—No lo dejaré solo, aunque todo se vuelva difícil.

La serpiente los observaba desde abajo.

Sus ojos no parpadearon.

—Todos dicen eso —dijo con frialdad—.

—Hasta que las moralidades se tuercen.

El elder habló sin dureza:

—La moralidad será tu peso… y tu castigo.

Abyllie sintió un escalofrío.

—Por eso —concluyó— deseo que él salga con vida del conflicto que deberá superar.

Pausa.

—Porque esa pelea… será contigo, pequeña.

El viento se detuvo.

Abajo, Iston respiró un poco más profundo.

Y el árbol negro, por primera vez en siglos,

escuchó un futuro dividirse en dos caminos posibles.

Abyllie negó con la cabeza.

El gesto fue pequeño.

Pero absoluto.

—Eso no es posible —dijo—.

—No pelearé con él.

No había desafío en su voz.

Había certeza emocional. La clase de certeza que aún no ha sido probada por el tiempo.

El elder no respondió de inmediato.

La observó como se observa algo que todavía no ha terminado de formarse.

—La que eres ahora —dijo al fin— es más inmadura que aquella que lo hará.

Las palabras no fueron duras.

Fueron precisas.

—Todavía tienen historia por recorrer —continuó—. Demasiada.

—Dolor. Decisiones. Pérdidas que aún no comprenden.

Abyllie apretó los puños.

—Si vuelven a estar juntos —añadió el elder—, todo dependerá de él.

Ella alzó la mirada.

—Tú ya no tendrás poder en ese futuro —dijo—.

—No sobre su decisión. No sobre el camino que elija entonces.

El viento pasó entre las ramas del árbol negro, como si escuchara.

—Solo entiende esto —prosiguió el elder—: el mundo no camina en línea recta.

Se acercó un paso.

—Tiene trayectorias extrañas.

—Correcciones tardías.

—Reinos que no se planean.

Abyllie sintió un vacío abrirse bajo el esternón.

—Reinarás —dijo el elder—.

—Con él… o sola.

La frase no fue amenaza.

Fue destino sin dramatismo.

—El mundo entenderá —concluyó—.

—Y corregirá su decisión.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue final.

Abajo, el cuerpo de Iston permanecía inmóvil contra el tronco negro, respirando con la regularidad de alguien que aún no sabe qué le será arrebatado para poder avanzar.

Abyllie cerró los ojos.

Por primera vez, no para huir.

Sino porque algo dentro de ella acababa de aceptar que amar…

también podía ser una forma de guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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