BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 142
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Capítulo 142: La reina que elige
La serpiente tocó la orilla sin ruido.
No hubo anuncio ni impacto. El lago simplemente aceptó que habían llegado.
Belial fue el primero en ver a Iston.
Estaba sentado contra el tronco negro, la espalda apoyada en la corteza imposible del árbol, la cabeza levemente inclinada hacia adelante, como si el peso del mundo se hubiera vuelto demasiado preciso para sostenerlo erguido. No estaba inconsciente. Tampoco despierto del todo.
Existía en pausa.
Belial no se acercó de inmediato.
Giró el rostro hacia el elder.
—¿Qué pasó?
No hubo reproche en su voz. Solo la necesidad de contexto.
El elder lo observó unos segundos antes de responder. Sus ojos no eran viejos. Eran anteriores.
—Apareció —dijo—. El Nombre se introdujo en la mente del muchacho.
Belial tensó la mandíbula.
—¿Tetragrámaton?
El elder asintió una sola vez.
—No vino completo. No descendió. Pero fue suficiente.
Miró a Iston.
—El cuerpo no estaba preparado. La mente menos. Colapsó.
Belial no dijo nada.
—Usé mi sangre para corregir el daño —continuó el elder—. No para sanarlo. Para mantenerlo íntegro.
Señaló el árbol.
—Necesita tiempo. Horas. Tal vez más. Hasta que su carne termine de asimilar lo que no le pertenece.
Belial asintió despacio.
Aceptación, no alivio.
Lilith se movió entonces, rompiendo el silencio con la naturalidad de alguien que ya había estado allí antes. Se acercó al elder y lo observó con una sonrisa ladeada.
—¿Cómo está mi hijo, vieja amiga?
La pregunta no era simbólica.
Era literal.
El elder inclinó apenas la cabeza.
—Vivo. Recuperándose aún de las heridas de la Cuarta Guerra. No le he pedido nada. Todavía no.
Lilith soltó un suspiro breve.
—Me alegra. La primera vez que te vio quedó… deslumbrado.
El elder la miró con algo parecido a ternura.
—No quiso seguirte por deber —dijo—. Lo hizo por voluntad propia.
Hizo una pausa.
—Y eso no es común en nuestra raza.
Lilith sostuvo la mirada.
—Cuídalo —pidió—. Hasta que sea capaz de cuidarse solo.
No fue una orden.
Fue una entrega.
—Lo haré —respondió el elder sin dudar—. Nunca he traicionado mi palabra.
A unos pasos de distancia, Abyllie se sentó junto a Iston. No lo tocó. Solo se acomodó a su lado, como si su presencia fuera suficiente para anclarlo.
La serpiente más antigua giró lentamente la cabeza.
—Ella es el vástago de Biggi.
Lilith asintió.
—Lo es.
El elder observó a Abyllie con atención renovada.
—¿Cómo ha avanzado su poder?
—Aceptó su primer sello —respondió Lilith—. No sé cuántos le faltan. Pero el primero… lo completó.
El elder sonrió.
No con condescendencia.
Con respeto.
—Eso es más de lo que muchos logran en toda una existencia.
Miró a Lilith.
—Tú no pudiste aceptarlo. Por eso casi te rompiste.
Lilith no desvió la mirada.
—Lo sé. Intenté que siguiera mi camino, para poder enseñarle. Pero eligió otro.
El elder inclinó la cabeza, comprensivo.
—Madre e hija se parecen.
Lilith dejó escapar una risa baja, cansada.
—Más de lo que me gustaría aceptar.
El elder se acercó entonces a Abyllie. Se agachó frente a ella y le tendió la mano.
Ella dudó.
Luego la tomó.
El contacto fue suficiente para que el mundo pareciera reordenarse.
La condujo hacia la copa del árbol negro. No caminaban; eran permitidos. La corteza se abrió lo justo para recibirlos.
Allí arriba, lejos de los otros, el elder habló.
—Vástago de Biggi —dijo—, déjame ver qué camino escogiste.
Abyllie sintió el peso de generaciones posarse sobre su pecho.
—Tu madre eligió la felicidad —continuó—. ¿Tú qué elegiste?
Las palabras no exigían respuesta inmediata.
Abyllie se quedó inmóvil.
El silencio se llenó de recuerdos que no quería mirar.
Dolor.
Pérdida.
Miedo convertido en hábito.
Cuando habló, solo una palabra logró salir.
—Aceptación.
El elder cerró los ojos un instante.
Abyllie continuó, sin darse cuenta de que ya había cruzado algo:
—No huí del dolor.
—Lo abracé para crecer.
La risa del elder resonó en la isla.
No burlona.
No cruel.
Antigua.
—Eres distinta —dijo—. Quizás la profecía también hablaba de ti.
Abyllie sintió un vértigo inesperado.
—Junto al camino del rey —continuó el elder—, una reina sin precedentes.
—Una que acepta el dolor… y lo transforma.
Se acercó un poco más.
—Cuida al elegido —pidió—.
—Mientras recorre el mundo hacia un nuevo inicio.
Abyllie tragó saliva.
—Es el hombre que tocó mi corazón —respondió—.
—No lo dejaré solo, aunque todo se vuelva difícil.
La serpiente los observaba desde abajo.
Sus ojos no parpadearon.
—Todos dicen eso —dijo con frialdad—.
—Hasta que las moralidades se tuercen.
El elder habló sin dureza:
—La moralidad será tu peso… y tu castigo.
Abyllie sintió un escalofrío.
—Por eso —concluyó— deseo que él salga con vida del conflicto que deberá superar.
Pausa.
—Porque esa pelea… será contigo, pequeña.
El viento se detuvo.
Abajo, Iston respiró un poco más profundo.
Y el árbol negro, por primera vez en siglos,
escuchó un futuro dividirse en dos caminos posibles.
Abyllie negó con la cabeza.
El gesto fue pequeño.
Pero absoluto.
—Eso no es posible —dijo—.
—No pelearé con él.
No había desafío en su voz.
Había certeza emocional. La clase de certeza que aún no ha sido probada por el tiempo.
El elder no respondió de inmediato.
La observó como se observa algo que todavía no ha terminado de formarse.
—La que eres ahora —dijo al fin— es más inmadura que aquella que lo hará.
Las palabras no fueron duras.
Fueron precisas.
—Todavía tienen historia por recorrer —continuó—. Demasiada.
—Dolor. Decisiones. Pérdidas que aún no comprenden.
Abyllie apretó los puños.
—Si vuelven a estar juntos —añadió el elder—, todo dependerá de él.
Ella alzó la mirada.
—Tú ya no tendrás poder en ese futuro —dijo—.
—No sobre su decisión. No sobre el camino que elija entonces.
El viento pasó entre las ramas del árbol negro, como si escuchara.
—Solo entiende esto —prosiguió el elder—: el mundo no camina en línea recta.
Se acercó un paso.
—Tiene trayectorias extrañas.
—Correcciones tardías.
—Reinos que no se planean.
Abyllie sintió un vacío abrirse bajo el esternón.
—Reinarás —dijo el elder—.
—Con él… o sola.
La frase no fue amenaza.
Fue destino sin dramatismo.
—El mundo entenderá —concluyó—.
—Y corregirá su decisión.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue final.
Abajo, el cuerpo de Iston permanecía inmóvil contra el tronco negro, respirando con la regularidad de alguien que aún no sabe qué le será arrebatado para poder avanzar.
Abyllie cerró los ojos.
Por primera vez, no para huir.
Sino porque algo dentro de ella acababa de aceptar que amar…
también podía ser una forma de guerra.
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