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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 144

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Capítulo 144: El primer trato

Al volver a la orilla, el grupo no habló de inmediato.

No fue cansancio físico.

Fue desalineación.

El mundo seguía en su sitio —el lago, la isla detrás, el cielo bajo—, pero algo en ellos había quedado mal ajustado, como si cada uno caminara con medio pensamiento aún atrapado en otro plano.

Belial fue el primero en romper el silencio.

—No debería haber sido posible.

Lilith no preguntó a qué se refería.

Lo sabía.

—Sellamos su Nombre con la sangre de los Siete —dijo—. No fue un símbolo. Fue un anclaje.

Apretó los dedos, molesta.

—Ese sello no se debilita solo.

Iston caminaba unos pasos más atrás. No interrumpió.

—Si aun así pudo entrar —continuó Lilith—, entonces el mundo dejó de obedecer su propia estructura.

Belial la miró de reojo.

—O alguien la está forzando.

Lilith se detuvo.

—¿Desde dentro?

Belial no respondió enseguida.

—Es la única explicación coherente —dijo al final—.

—Un sello no falla. Se erosiona… o se abre.

El nombre no fue pronunciado, pero ambos pensaron lo mismo:

círculo interno.

—No lo sabremos hasta la reunión de los señores —añadió Belial—.

—Y eso me preocupa más que su aparición.

Lilith asintió con lentitud.

La experimentación ya había levantado sospechas.

La medicina aplicada a Buer no había sido consensuada.

Había sido necesaria… y eso siempre incomodaba a los demás.

—Tres participaron —dijo Lilith—.

—Tres que aceptaron intervenir donde no debían.

Belial frunció el ceño.

—Y ninguno ha dado explicaciones completas.

El mundo pareció absorber la conversación.

El sendero frente a ellos cambió.

Los árboles comenzaron a cerrarse, altos, retorcidos, con troncos grabados en caracteres antiguos. No tallados con herramienta: impresos, como si la madera hubiera crecido alrededor del lenguaje.

Iston se detuvo.

—¿Qué es este lugar?

Belial alzó la mirada.

—El camino hacia Cumulata.

Lilith añadió, sin dramatismo:

—Y un bosque que no nos reconoce como propios.

Las inscripciones hebreas parecían moverse con la luz. No cambiaban de forma, pero la percepción de ellas sí, como si el significado se reorganizara según quién las mirara.

—Aquí la fauna es territorial —dijo Belial—.

—Y no distingue entre tránsito y amenaza.

Iston tragó saliva.

—¿Hay… mucha?

Belial soltó una exhalación breve.

—No lo sabemos.

Iston parpadeó.

—¿Cómo que no?

Lilith respondió esta vez.

—No existe un bestiario completo del Infierno.

La afirmación cayó pesada.

—Tenemos registros —continuó—.

—Listas incompletas. Observaciones parciales.

—Pero nadie ha querido mapearlo todo.

Iston frunció el ceño.

—¿Por qué?

Belial lo miró.

—Porque desarrollar un círculo implica expandirlo.

—Y expandirlo… es invitar a más.

Lilith completó:

—Los círculos ya tienen capacidad para albergar a todos los humanos que existen ahora mismo en la Tierra.

Iston se detuvo en seco.

—¿Todos?

—Con margen —respondió Belial.

El silencio que siguió fue distinto.

No era amenaza inmediata.

Era escala.

—Entonces… —dijo Iston con cuidado—

—¿a qué nos enfrentamos aquí?

Belial avanzó un paso más dentro del bosque.

—A lo que sabemos… y a lo que no.

Señaló sin dramatizar.

—Dibá-Akál.

—Un oso demoníaco. Huele el miedo como una sustancia.

—Muchos humanos murieron sin entender por qué sus piernas dejaron de responder.

Iston sintió un nudo en el estómago.

—Jatáp-Inshá —continuó Belial—.

—Una jauría. Lobos.

—La boca no está donde debería. Se abre más de lo que el cráneo permite.

—Muerden como sierras.

Lilith no apartaba la vista de los árboles.

—Y el peor —dijo— es el Qalá-Bishá.

Iston levantó la mirada.

—¿Un demonio?

—Un ave —respondió ella—.

—Negra. Grande.

—No ataca con garras.

Belial agregó:

—Usa la voz.

El bosque pareció inclinarse hacia ellos.

—Canta —dijo Lilith—.

—Y los demonios responden.

Iston sintió un escalofrío.

—¿Para ayudarlos?

Lilith negó.

—Para devorarlos.

El silencio se cerró como una trampa.

—Esas son las especies conocidas —dijo Belial—.

—Registradas. Observadas. Sobrevividas.

Hizo una pausa.

—Debe haber miles más.

Iston apretó los puños.

—Entonces… nadie sabe realmente qué es el Infierno.

Belial lo miró con algo que no era dureza.

—No del todo.

Lilith dio un paso adelante.

—Por eso camina atento —dijo—.

—No todo lo que vive aquí responde al castigo.

—Algunas cosas… solo existen.

El viento pasó entre los árboles grabados.

Las letras parecieron acomodarse.

Belial cerró la mano.

—Prepárense.

No levantó armas.

—Porque en este camino —dijo—

—no sabremos si algo nos ataca…

o si solo está cumpliendo un trato que ninguno de nosotros recuerda haber firmado.

Y el bosque, al escucharlos avanzar,

no reaccionó.

Como si aún estuviera decidiendo

qué hacer con ellos.

El silencio se volvió espeso mientras avanzaban por el bosque.

La luz del Infierno, ya de por sí mortecina, se fragmentaba entre las copas altas, como si los árboles la filtraran a propósito, dejando solo lo justo para no perderse… del todo.

Iston caminaba con el corazón desacompasado, demasiado consciente de cada paso. Oía a los demás detrás de él: el peso firme de Belial, el andar contenido de Lilith, la respiración irregular de Abyllie.

O eso creía.

Porque, de pronto, el sonido cambió.

No hubo aviso.

Solo la certeza brutal de que estaba solo.

El bosque seguía ahí, idéntico, pero las presencias habían desaparecido. Aun así, las voces continuaban.

—Iston…

—No te detengas…

—Aquí…

Giró sobre sí mismo, desorientado. Las palabras venían de todas partes y de ninguna, superpuestas, mal sincronizadas, como ecos que no pertenecían al lugar.

Entonces alzó la vista.

Entre las ramas, recortado contra la luz enferma, un pájaro negro lo observaba.

Era demasiado grande para sostenerse así.

Demasiado quieto.

Abrió el pico.

Y de su interior salieron las voces.

Las de Lilith.

Las de Belial.

Las de Abyllie.

Todas al unísono.

Iston retrocedió un paso. Luego otro.

El ave descendió con lentitud, sin batir las alas, como si el aire mismo la obedeciera.

Iston corrió.

No pensó. No gritó. Solo corrió hasta que el bosque se abrió de golpe y el suelo cambió bajo sus pies.

Un claro.

Un arroyo estrecho cruzándolo.

Y, junto al agua, una figura agachada.

Un demonio lavaba ropa con movimientos tranquilos, casi domésticos. Su expresión era distraída, concentrada en la tela… hasta que notó la sombra.

Levantó la cabeza.

Sus ojos se abrieron con sorpresa genuina.

Iston cayó de rodillas, jadeando.

—Ayuda… —alcanzó a decir—. Me separé… no estoy solo…

No terminó la frase.

El graznido rasgó el aire.

El pájaro emergió del borde del claro, lanzándose directo hacia él, el pico abierto, las voces multiplicándose.

La demonia reaccionó sin pensar.

Tomó una piedra del suelo y la lanzó con una precisión seca.

No fue un impacto perfecto, pero fue suficiente.

El Qalá-Bishá se desvió, chilló con furia y se replegó hacia el bosque, desapareciendo entre las sombras como si nunca hubiera estado ahí.

El silencio volvió.

La demonia miró a Iston con atención renovada.

—¿Qué eres? —preguntó, más intrigada que alarmada—.

—¿De qué criatura naciste?

Sacó un cuaderno de tapas gastadas y, sin pedir permiso, comenzó a dibujar. Su mirada iba y venía entre el papel y él.

—Es extraño… —murmuró—.

—Tu pelaje solo crece en la cabeza. Y no es rígido… es ondulado.

Iston negó con la cabeza, todavía en shock.

—No importa lo que soy. Necesito volver. Ellos están en peligro.

Ella no parecía escucharlo. Su lápiz se movía rápido.

Iston dio un paso adelante y le tomó la muñeca.

No con fuerza.

Con urgencia.

—Mírame —dijo—.

—No soy el único en el bosque.

La demonia se detuvo.

Lo observó de nuevo, esta vez sin curiosidad superficial. Midió su postura, su respiración, el temblor leve en las manos.

—Puedo ayudarte —dijo al fin—.

—Pero no gratis.

Cerró el cuaderno.

—Tú me ayudas a mejorar mi bitácora. Me das información. Todo lo que sabes.

—Y yo te ayudo a encontrar a tus amigos.

Inclinó la cabeza, evaluándolo.

—Un trato simple.

Iston tragó saliva.

—¿Cómo se sella?

Ella alzó una ceja.

—Un apretón de manos basta.

Iston dudó un segundo. Luego extendió la suya.

—Me llamo Iston.

Ella sonrió apenas.

—Dalah.

Cuando sus manos se estrecharon, algo invisible se activó.

Un peso leve detrás de los ojos.

Un eco en la mente.

Un número apareció.

En la conciencia de Iston: uno.

En la de Dalah: diez.

Ninguno lo comentó.

Pero ambos entendieron lo mismo.

El trato no era simbólico.

Era contable.

Y el bosque, desde la distancia,

acababa de tomar nota.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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