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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 145

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Capítulo 145: La Cúspide del Bosque

La cara de Iston se contrajo en confusión al ver el número que emergió de Dalah, flotando como un reflejo imposible en su mente. No entendía nada, y por un instante, su cabeza se llenó de ecos ajenos.

—¿Qué… qué es eso en tu cabeza? —balbuceó, más para sí mismo que para ella.

Dalah lo miró fijamente, evaluando la incomodidad que lo atravesaba.

—El contador de tratos —dijo finalmente—. El que todo el mundo conoce.

Iston abrió los ojos, incrédulo, incapaz de procesar la idea.

—¿Contador de tratos? —susurró, pensando que era alguna broma cruel.

—No tenemos tiempo para juegos —la voz de Dalah era firme—. ¿Quieres encontrar a tu grupo o no?

Iston asintió, aunque el miedo y la confusión se retorcían en su pecho como raíces secas. Dalah lo observó un instante más, midiendo sus dudas, y continuó:

—Hay dos posibilidades: tus amigos están bien… o se enfrentan a una jauría de Jatáp-Inshá, atacando junto a los Qalá-Bishá para separar a sus presas. Podrían estar atrapados con ellos.

Sin esperar respuesta, tomó la lanza que reposaba a su lado. Era antigua, casi ritual, con una punta blanca y un palo negro; más una reliquia que un arma moderna. Extendió la mano hacia Iston y lo guió hacia la espesura del bosque.

A medida que avanzaban entre los árboles, el aire se tornó más denso. Iston empezó a percibir sonidos indescifrables: murmullos, crujidos, voces entrelazadas con el viento, resonando entre la madera y la sombra. Dalah se detuvo y, con un movimiento casi imperceptible, imitó un sonido: mitad búho, mitad halcón, un canto que cualquier oído humano no podría descifrar.

Las voces se apagaron. Un pájaro, inquieto, levantó vuelo. Pero, de repente, algo más grande descendió entre las ramas: una criatura imponente, de alas enormes y presencia dominante. Con un solo mordisco, arrancó la cabeza del Qalá-Bishá que lo seguía, y su cuerpo sin vida cayó a unos metros, golpeando el suelo con un ruido sordo. La sombra se retiró volando, desvaneciéndose en la penumbra del bosque.

Iston retrocedió, más confundido que asustado, mirando a Dalah.

—¿Qué demonios… fue eso? —dijo, con la voz temblorosa.

Dalah alzó la lanza, fijando su mirada en la dirección en que la sombra se desvaneció.

—El rey del bosque —murmuró con gravedad—. Niz-Yanshuph. La cúspide de este lugar.

El silencio regresó, pero ya no era un silencio convencional: era denso, lleno de ojos invisibles y presencias que los observaban desde las sombras. Iston sentía la presión del bosque, el peso de cada rama, cada hoja moviéndose con intencionalidad. Su corazón latía como un tambor de guerra, resonando en un vacío ensordecedor.

Dalah avanzó un paso, firme, arrastrando a Iston consigo.

—Debemos movernos rápido —dijo—. Si el Niz-Yanshuph ha aparecido, otros depredadores estarán cerca.

Cada crujido bajo sus pies resonaba en el bosque. Cada sombra era una amenaza. Iston sentía la piel erizarse, y a pesar del miedo, su instinto lo mantenía alerta. Las voces volvieron, más tenues, distantes, mezcladas con el viento y los ecos de ramas que se quebraban.

De repente, algo se movió entre los troncos, demasiado rápido para identificarlo. Dalah se giró, lanza lista, y el aire se tensó como un hilo cortante. La criatura no apareció, solo un murmullo que se perdió entre las hojas.

—Esto no es un lugar para humanos —susurró Iston, aunque Dalah parecía no escuchar.

—No venimos a ser humanos aquí —contestó ella, con voz firme—. Venimos a sobrevivir.

El bosque parecía cobrar vida a su alrededor. Cada sombra se alargaba, cada rama susurraba, y el recuerdo del Niz-Yanshuph se grababa en la mente de Iston como un tatuaje invisible. Sabía que cada paso los acercaba a lo desconocido, y que lo que aguardaba no era simplemente peligro, sino una prueba del propio límite de la realidad.

Dalah, siempre un paso adelante no miró atrás. Su lanza brillaba levemente, blanca bajo el dosel oscuro, como un faro en la noche. Iston la siguió, con cada músculo tenso, cada sentido alerta, comprendiendo que nada volvería a ser igual.

El bosque no solo los observaba. Los juzgaba. Y apenas habían comenzado a caminar en su reino.

—Ahora nos moveremos hacia la zona de los Jatáp-Inshá —susurró Dalah, sus pasos sigilosos entre la hojarasca—. Ten cuidado con cualquier movimiento brusco; su olfato y su odio pueden detectarte más rápido de lo que puedes respirar.

Iston la siguió con cautela, cada músculo tenso. El bosque parecía contener la respiración, y cada rama que crujía bajo sus pies resonaba como un tambor de alerta.

—Sigue mis pasos —continuó Dalah—. Si escuchas cualquier ruido, detente de inmediato. Atacan de ocho en ocho. No los subestimes.

La tensión se tornó palpable, pesada como plomo en el pecho. Dalah se detuvo un momento y añadió:

—Si nos descubren, sube al árbol más cercano. Pero ten cuidado con la sabia; quema como mil demonios.

Un crujido leve salió de un arbusto cercano. Los ojos de Dalah se endurecieron, y su lanza se levantó con precisión felina, la punta blanca apenas reflejando la luz que se filtraba entre las ramas. Esperaba como un depredador, quieta, acechando el momento exacto del ataque.

Iston levantó su arma, preparado para ayudar. Sus manos temblaban ligeramente, pero no podía quedarse atrás.

Dalah lo miró, fría y concentrada, y le apuntó con su lanza entre susurros:

—Si disparas… estamos muertos.

—¿Qué? —musitó Iston, paralizado por la advertencia.

—Llamas a todos los seres del bosque con eso, idiota.

El bosque seguía vivo; cada sombra parecía moverse, y el aire olía a humedad y peligro. La tensión crecía con cada segundo, hasta que una voz resonó entre los árboles, clara, inconfundible. Era Abyllie.

—Lilith… Belial… —susurró Iston, y sin dudarlo avanzó hacia la voz.

Por fin los encontró. Abyllie lo miró, y sin decir palabra, comenzó a derretirse lentamente. La baba viscosa se arrastró hacia él con intención de atacar, chisporroteando al contacto con el suelo. Cada movimiento del líquido parecía guiado por una inteligencia maligna.

Iston retrocedió, incapaz de reaccionar. Pero Dalah se adelantó, sujetando la lanza con firmeza. La punta comenzó a brillar con un resplandor frío y mortal.

—Esto es Rir-Caenum —dijo—. Son peligrosos cuando no los entiendes. Utilizan sus jugos gástricos para derretir a sus presas.

La baba avanzó, burbujeando y chisporroteando. El olor ácido llenó el aire, mordiendo la piel y recordándole a Iston el peligro que enfrentaban. La tensión subió hasta sus hombros, cada fibra de su cuerpo gritaba alerta.

Dalah golpeó el suelo con la lanza, y un destello de luz cortó la baba en varias partes, que retrocedieron con un siseo amargo.

—Mantente cerca —dijo Dalah—. No los subestimes. No hemos terminado con lo que acecha aquí.

Iston asintió, empapado en adrenalina, comprendiendo que cada paso los acercaba no solo a sus amigos, sino también a la muerte que el bosque guardaba para quienes no entendían sus reglas.

El aire se volvió más pesado, la luz más escasa, y entre las sombras, Rir-Caenum los observaba, paciente y mortal. La única opción era moverse rápido, silencioso y con precisión… o no sobrevivir.

Iston respiraba con dificultad, la adrenalina corriendo por sus venas, mientras la luz de la lanza de Dalah barría las sombras que los rodeaban. El Rir-Caenum se retiró momentáneamente, pero su presencia se sentía como un aliento helado sobre su nuca.

Dalah bajó la lanza apenas un instante y lo miró:

—Esto fue solo el principio. Aquí no hay reglas para los débiles. Cada sombra, cada sonido… puede matarte.

Iston tragó saliva, sabiendo que no podía retroceder. La baba derritiéndose, los ojos invisibles del bosque y el olor ácido en el aire le recordaban que estaban en territorio enemigo.

—¿Estamos listos? —preguntó, aunque su voz sonaba más débil de lo que quería.

Dalah no respondió, solo avanzó entre los árboles, su lanza brillando como un faro mortífero en la oscuridad. Iston la siguió, consciente de que cada paso los acercaba a lo desconocido, y que lo que aguardaba más adelante no era simplemente un enemigo… sino algo que desafiaba la razón y devoraba la esperanza.

El bosque se cerró tras ellos, y un silencio pesado, lleno de ojos invisibles, los envolvió. Nadie dijo una palabra. Solo se movían, preparados para lo que venía.

Y en la penumbra, algo los observaba. Algo que sabía que habían llegado… y que la verdadera cacería recién comenzaba.

Queridos lectores de Bendecidos por Belial,

Disculpen la ausencia de capítulos estos últimos días; estuve enfermo y necesité tiempo para recuperarme. Gracias por su paciencia y apoyo constante. Hoy retomo la historia con más fuerza, y el capítulo 145 estará disponible para sumergirse nuevamente en este oscuro mundo que compartimos.

¡Gracias por seguir conmigo en esta travesía!

— amacaow

Abyllie, Lilith y Belial avanzaban por el bosque con pasos medidos, los sentidos tensos como cuerdas a punto de romperse. Buscaban a Iston, y cada sonido, cada crujido, hacía que su corazón latiera con fuerza.

El eco de sus nombres recorrió las ramas y el aire húmedo del bosque, despertando a los depredadores. Criaturas desconocidas, que Belial y Lilith jamás habían visto, comenzaron a moverse desde sus escondites: ojos brillantes entre la maleza, movimientos rápidos y calculados.

Un grupo de seres extraños emergió entonces: criaturas similares a monos, de pelaje negro como carbón y ojos oscuros, que se desplazaban con agilidad por los árboles. Ramitas y hojas volaban a su alrededor, lanzadas como proyectiles, mientras los observaban con una inteligencia inquietante.

—Comiencen a juntarse —ordenó Belial, firme—. No dejaremos la espalda expuesta.

Lilith y Abyllie se movieron en formación triangular, cada paso medido, cada mirada evaluando la amenaza. Los monos arrojaban ramas con precisión, y cada golpe resonaba en el pecho de los demonios como un aviso: aquí, cualquier error podía ser mortal. Avanzaron lentamente, sintiendo la presión de cada sombra y el crujir de las ramas bajo sus pies.

Pronto llegaron a una cueva, pero lo que encontraron los dejó sin aliento: una jauría de Jatáp-Inshá, ocho en formación de pinza, cerrando el cerco. Se movían con una coordinación casi humana, conscientes de que cualquier oportunidad de escape se reducían a segundos.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Abyllie, sus ojos buscando desesperadamente una salida.

Lilith, en silencio por un instante, solo pudo murmurar:

—Solo podemos pelear… y rezar para que Iston esté bien.

Belial apoyó la mano en una rama cercana, y una risa corta y aguda emergió de sus labios, rememorando tiempos más oscuros.

—Sí… como la primera vez que cruzamos este bosque —dijo—. Ahora solo toca pelear.

Antes de que comenzara la confrontación, un sonido recorrió el aire, cortando la tensión. Los depredadores se congelaron, alzando la mirada hacia el cielo. Un aleteo leve, constante, se transformó en un silencio absoluto que lo llenó todo.

Y apareció.

Un búho con cuerpo de halcón descendió desde las copas de los árboles. Sus ojos amarillos ardían con un brillo que penetraba incluso en la oscuridad más densa, y su pico negro y afilado reflejaba la escasa luz del bosque. Su vuelo era silencioso, perfecto, mortal.

Se lanzó en picada hacia Belial, Lilith y Abyllie. Cada movimiento era calculado, cada respiración contenida. Se acercó lentamente a Belial, evaluando a su nueva presa. El aire se volvió ácido de tensión; incluso los monos y los Jatáp-Inshá retrocedieron, conscientes de que enfrentaban algo superior.

De pronto, un disparo cortó el aire como un relámpago. La criatura se detuvo en seco, confundida y enfadada. El silencio del bosque se rompió en un instante, y todos los ojos se volvieron hacia el origen del disparo.

—Ahora vendrá por ti —susurró una voz distante, cargada de advertencia y furia.

Iston emergió de entre las sombras, firme y decidido, con su arma aún humeante. Sus ojos se clavaron en el búho-halcón. La tensión se transformó en un instante: depredadores, monos, Jatáp-Inshá y la propia criatura dejaron de moverse, conscientes de que algo había cambiado.

El búho-halcón giró la cabeza, sus ojos amarillos fijos en Iston, midiendo, calculando. Sus alas se abrieron lentamente, como si aguardara el momento exacto para atacar. Pero algo había cambiado; Iston no era una presa fácil.

Belial, Lilith y Abyllie respiraron hondo, preparados para el choque inevitable. El bosque se cerró a su alrededor, cargado de presencias invisibles, sonidos apenas perceptibles y un aire que olía a peligro y muerte. Cada segundo contaba, y todos sabían que la verdadera cacería apenas comenzaba.

El búho-halcón se movió un paso más, su mirada fija, su vuelo controlado. Iston apretó el arma, la tensión recorriendo cada fibra de su cuerpo. El bosque, silencioso y mortal, esperaba… y en ese instante, todos comprendieron que la partida había cambiado, que sobrevivir requeriría más que fuerza: astucia, rapidez y voluntad de hierro.

El bosque parecía contener la respiración. Cada rama, cada sombra, cada hoja se movía con intención. Iston avanzaba con cautela, creyendo que estaba frente a un depredador que podía medir, un enemigo que podía estudiar y anticipar. Su corazón latía fuerte, pero creía que aún estaba cazando, que podía controlar la situación.

—¿Qué hace un elegido por Tanín-Magnum en mi bosque? —tronó la voz del Rey del Bosque, profunda y milenaria, resonando entre los árboles.

Iston se detuvo. La criatura no era un simple depredador; era la cúspide de la cadena alimentaria, un apex predator que emanaba autoridad y peligro con cada movimiento. Pero en su mente, Iston aún evaluaba: “Si entiendo sus patrones, puedo salir de esto”.

—¿Tú… puedes hablar? —susurró, sin poder ocultar el asombro.

El Rey del Bosque se acercó lentamente, evaluando cada gesto, cada respiración. Para él, Iston era una presa más, alguien que se creía valiente pero que aún no entendía la diferencia de poder. Su mirada lo examinaba como un gourmet inspecciona una delicadeza, como si ya hubiera decidido su destino.

—Si piensas que solo esas sanguijuelas podían hablar… —dijo, con un tono que rebosaba confianza—. Ahora, elegido de Tanín… ¿qué haces aquí?

Iston levantó la mano, buscando sostenerse, pero el miedo latente hizo que su poder inconsciente comenzara a surgir. El anillo en su dedo brilló primero tenue, luego más intenso, hasta inundar el bosque con luz pura y cortante.

El Rey del Bosque se detuvo en seco. Su confianza, su postura de depredador absoluto, comenzó a temblar. Cada fibra de su cuerpo percibió algo imposible: el control no estaba en él. El poder estaba en Iston.

—¿Qué…? —murmuró, incrédulo, dando un paso atrás—. ¿Qué eres tú?

Iston ni siquiera comprendía lo que estaba haciendo. No era intención ni plan; era instinto, la fuerza de Tanín-Magnum fluyendo a través de él, activándose en el momento preciso. La criatura que antes dominaba el bosque ahora sentía miedo, respeto y desconcierto, todo al mismo tiempo.

Un temblor recorrió al Rey del Bosque. Sus alas se agitaron, no con furia sino con incertidumbre. Su pico se abrió, y su cuerpo entero, la misma presencia que había aterrado a incontables criaturas y demonios, tembló como un polluelo recién salido del cascarón.

Iston levantó la mano y sostuvo la mirada del Rey del Bosque. No necesitaba palabras. La luz del anillo y la presión que emanaba dejaban claro algo imposible de ignorar: él no era la presa, él era el poder absoluto en ese instante.

El bosque guardó silencio. Los monos negros, los Jatáp-Inshá, los Rir-Caenum, incluso las sombras más antiguas del lugar parecían contener la respiración. Todos sabían que algo había cambiado.

El Rey del Bosque retrocedió, comprendiendo la verdad: había venido a cazar, pero ahora se hallaba frente a un ser que superaba su propia cima. La arrogancia que lo mantenía en la cúspide se desmoronó, reemplazada por la claridad absoluta de que Iston, la presa que él creía era el verdadero amo del juego.

Y en ese instante, un nombre surgió en la mente del Rey del Bosque, un recuerdo de respeto y temor ancestral:

—Salomon… —susurró, incapaz de apartar la mirada.

Iston respiró hondo, sin necesidad de pronunciar palabras, sin necesidad de atacar. La luz del anillo brillaba, y el bosque entero parecía inclinarse ante él. La caza había terminado antes de empezar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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