BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 147
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Capítulo 147: Legado
El Rey del Bosque lo miró fijamente y, por primera vez en toda su historia, hizo lo impensable: se inclinó ante una existencia que todos los animales consideraban inferior.
Iston permaneció inmóvil, sin saber qué decir. Sus ojos se clavaron en la imponente criatura y, con voz temblorosa, preguntó:
—Explícame… ¿por qué hablas de Salomon?
El Rey del Bosque bajó la mirada, y su voz, profunda y antigua, resonó entre los árboles como un eco que parecía surgir de la misma tierra.
—Todos los seres conscientes de esta tierra están bajo el mandato de un solo rey: Salomon. Él nos otorgó conciencia al crear este mundo.
Belial frunció el ceño, incapaz de aceptar lo que escuchaba.
—¿Cómo es posible que él lo haya creado si nosotros realizamos el ritual para formar este plano?
Los ojos del Rey del Bosque se llenaron de un odio milenario, y avanzó un paso, cada movimiento irradiando amenaza.
—Ustedes no lo crearon. Este mundo existía antes de la llegada de la humanidad. Fue obra del primer rey, Leuvar. Él diseñó un mundo donde la experimentación no era importante; lo que importaba era cómo se desarrollaría la vida. Independiente, sin intervención externa.
El aire se volvió denso, pesado. Lilith y Belial intercambiaron miradas. La colisión de las almas de Enoc y Lucifer, los sacrificios, todo parecía reducirse a un simple acto de apertura: habían abierto una puerta, no creado un mundo.
—¿Me estás diciendo que… nosotros no lo creamos? —musitó Belial, la mandíbula tensa—. Solo abrimos una puerta…
—Exactamente —dijo el Rey del Bosque—. Ustedes son invasores. Creen que, al encontrar a los Arcontes, posean el conocimiento absoluto. No son más que una vil blasfemia frente al primer rey.
Abyllie, con los ojos abiertos y la voz apenas un susurro, preguntó:
—Entonces… ¿hay más seres como tú?
El Rey del Bosque la observó con atención, evaluando su esencia.
—Tú no eres como ellos. Eso es extraño… pero sí. Hay un total de doce animales conscientes como yo. Todos tenemos una función. Todos cumplimos un rol infundido por Salomon.
Un silencio absoluto descendió sobre el bosque. Incluso los monos negros, los Jatáp-Inshá y las sombras más antiguas parecían contener la respiración. Iston podía sentir la presión de mil ojos invisibles sobre él. Cada árbol, cada rama, cada hoja parecía inclinarse ante la revelación.
Lilith y Belial comprendieron, con un escalofrío recorriéndoles la columna vertebral: la colisión de Enoc y Lucifer, el sacrificio de su amigo… todo había sido apenas una pieza de un tablero mucho más grande. La verdad los golpeó como un martillo de hierro: el mundo que creían haber creado tenía raíces que superaban su entendimiento.
Iston, aunque joven y confundido, comenzó a sentir algo despertar dentro de él: un poder antiguo y silencioso, un legado que ni siquiera él comprendía. La presencia de Salomon y de estos animales conscientes abría un abismo de posibilidades… y de peligros.
El Rey del Bosque dio un paso atrás, sus ojos antiguos fijándose en Iston con una mezcla de respeto, temor y sorpresa. Por primera vez, la criatura que había dominado incontables eras comprendió que no todo poder estaba bajo su control.
Y en ese instante, el bosque se llenó de un aire distinto: un reconocimiento silencioso de jerarquías más profundas, de fuerzas más antiguas, de un orden que nadie hasta ahora había cuestionado.
—El sacrificio de tu amigo… la apertura del portal… todo esto ha desatado algo que ni ustedes ni yo podemos controlar —dijo el Rey del Bosque, su voz un murmullo cargado de gravedad—. Y tú, Iston, no eres simplemente un invasor. Eres… distinto.
Una luz de comprensión se filtró en la mente de Iston. No era solo un superviviente ni un humano atrapado entre depredadores; era un actor en un escenario que apenas empezaba a comprender. Y frente a él, el Rey del Bosque no era enemigo ni aliado: era la primera pieza que mostraba cuán vasto y peligroso era realmente este mundo.
El aire del bosque permaneció pesado y silencioso, como si todo esperara la siguiente decisión, la siguiente acción. Todos comprendieron, incluso sin palabras: el juego acababa de cambiar.
El silencio del bosque se rompió apenas cuando Dalah emergió de su escondite. Sus pasos eran sigilosos, pero su presencia era imposible de ignorar.
—Entonces… yo también estoy protegida —dijo, con firmeza.
Todos quedaron congelados. Un demonio, caminando entre ellos, rompiendo cualquier expectativa de prudencia o miedo. Iston, consciente de la tensión que generaba, explicó rápidamente:
—Su nombre es Dalah. Me ayudó a buscar a todos cuando me perdí… y, bueno… hice un trato con ella.
Un número apareció en la mente de Iston, flotando como un espectro imposible.
—¿Alguien puede explicarme qué es eso? —preguntó, confundido.
Belial, Lilith y Abyllie lo miraron con horror.
—¿Qué trato hiciste con ella? —preguntó Belial, la voz cargada de incredulidad y miedo.
Todos se apartaron, dejando un espacio prudente alrededor del demonio, conscientes de que no era simplemente peligrosa; era una presencia que alteraba las reglas del juego.
Dalah los observó con calma, su sonrisa apenas perceptible.
—Quería estudiarlo —dijo—. Es un ente con conciencia, algo que nunca había visto antes. Tenía que entender qué era. Poseo una bitácora de todos los animales del bosque, y él… era único.
Belial la miró, la incredulidad y el respeto luchando en su expresión.
—Hiciste algo que ningún demonio se atrevió a hacer… algo que incluso los Señores Demonios no lograron. Todos los que intentaron estudiar a estos seres terminaron traumatizados o desaparecieron. Y tú lo hiciste sola.
Dalah sonrió, orgullosa, como si la admiración no le sorprendiera.
—Sí. Es mi sueño. Por eso pedí el trato. No quiero nada malo de él.
Iston frunció el ceño, totalmente perdido.
—No entiendo… ¿qué es eso de “trato”?
Belial dio un paso al frente, apartando a Iston y a los demás con un gesto firme. Su voz era grave, calculada, como quien revela secretos que pueden cambiar la vida de los oyentes.
—Ahora te explicaré cómo funciona el sistema de poder y economía aquí. —Hizo una pausa, midiendo la comprensión de todos—. Todos los tratos son nuestra moneda de cambio y nuestra influencia política en el Infierno.
El bosque parecía contener la respiración, incluso las criaturas más pequeñas retrocedieron ante la solemnidad de sus palabras.
—El sistema se divide en dos fragmentos: tratos habilitados y tratos completados. —Belial hizo un gesto hacia Iston, asegurándose de que comprendiera la magnitud de lo que decía—. Mientras más tratos completados tengas, mayor será tu poder e influencia en cada círculo.
El miedo se filtró en los ojos de Iston.
—¿Y los tratos incompletos? —preguntó con cautela.
—Si tienes demasiados tratos inconclusos, la sociedad te aparta. Te consideran alguien incapaz de cumplir su palabra. —La voz de Belial se endureció—. Aquí, hacer tratos no es como en el mundo humano. Un error puede destruirte… o matarte.
Iston tragó saliva. Cada número, cada trato, cada promesa incompleta era una condena potencial.
—Cada demonio busca alcanzar un número de tratos completos para poder vivir en los círculos —continuó Belial—. Cada trato hecho funciona como una moneda de cambio para asegurar tu posición y tu supervivencia.
Dalah añadió con calma:
—Los tratos dependen del nivel económico de quien realiza la acción y de quien la acepta. —Se inclinó levemente hacia Iston—. Cuando aceptas parte de los tratos de otra persona, actúas como un porcentaje del valor que ellos tienen.
Iston miró el número flotando sobre su cabeza, apenas un dígito.
—Por eso… solo tengo uno —dijo, comprendiendo la magnitud de su vulnerabilidad.
El silencio se apoderó del grupo. Cada palabra pesaba como piedra, cada explicación era un recordatorio brutal de que aquí, cumplir un trato no era un juego, sino una cuestión de vida y muerte.
Belial fijó su mirada en Iston, con gravedad.
—Ahora lo entiendes. Todo lo que hagas, cada acuerdo que aceptes o rechaces, define tu posición en este mundo. Y hasta ahora, solo tienes un trato. Uno solo.
El bosque parecía observarlos, expectante. Los números, los tratos, las consecuencias… cada decisión podía desencadenar un desastre. Iston comprendió, por primera vez, que la protección de Dalah no era suficiente. Sobrevivir en este lugar requería inteligencia, astucia y un entendimiento completo del precio de cada palabra y cada acuerdo.
Y en ese instante, la dimensión oscura del Infierno se reveló ante él, fría, calculadora y absolutamente implacable.
El féretro fue llevado con solemnidad al hospital improvisado bajo la iglesia. Cada paso del patriarca resonaba en los pasillos de piedra como un eco ritual, acompañado por el murmullo de sacerdotes y acólitos que portaban incensarios y cálices de agua bendita.
En la sala principal, el cuerpo fue colocado sobre una camilla especial, conectada a una máquina que emitía un zumbido bajo y constante. Los técnicos religiosos habían trazado cruces, pentagramas y símbolos antiguos sobre su superficie; cada línea y cada sello eran intentos de canalizar la divinidad que residía en ella. La luz de las velas titilaba, reflejándose en los sellos dorados, proyectando sombras danzantes sobre las paredes como guardianes silenciosos.
Ezequiel, con la respiración contenida y el rostro tenso, se acercó al patriarca.
—Su Santidad… ¿qué sigue ahora? —preguntó con voz temblorosa, consciente de que cualquier respuesta cambiaría la historia.
El patriarca, anciano y solemne, lo miró con ojos que parecían contener siglos de secretos. Su voz, profunda y resonante, atravesó el silencio de la sala:
—Ahora solo queda esperar, hijo mío. El proceso… no sabemos cuánto tomará. Pero es momento de celebrar. Ella ha logrado algo que no ocurría desde Yeshua.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Ezequiel. No era solo el peso de la historia, sino la certeza de que estaban presenciando un cambio de era.
—Esto es… el inicio de un nuevo mundo —continuó el patriarca—. Con la segunda hija… tendremos una deidad viva entre nosotros, nuestro nuevo contacto con Dios.
Ezequiel tragó saliva, con la garganta seca. Sus manos se cerraron en un puño inconsciente. La magnitud de lo que decía el patriarca lo abrumaba: estaban ante una manifestación de la divinidad, y él sería testigo directo de su nacimiento.
—Ahora… pequeño —dijo el patriarca con un leve gesto hacia Ezequiel—, ayúdame a realizar la celebración de Kalenda.
Ezequiel asintió, aunque su corazón latía como un tambor de guerra. Sabía lo que venía: la ceremonia marcaría el nacimiento del nuevo mesías. No solo un ritual, sino un acto que uniría lo humano y lo divino, capaz de cambiar la historia para siempre.
—Tú eres el primero —continuó el patriarca, sus ojos brillando con un fuego antiguo— que tendrá la visión del nuevo amanecer.
En ese momento, los acólitos comenzaron a entonar cánticos antiguos, sus voces mezclándose con el zumbido de la máquina. Humo de incienso llenó el aire, flotando en espirales que parecían danzar alrededor del féretro. Las luces titilaban al ritmo de los cánticos, y los símbolos sobre la camilla comenzaron a brillar suavemente, irradiando un resplandor cálido y casi viviente.
Ezequiel observaba con reverencia y temor cómo el cuerpo reaccionaba. Un calor sutil emanaba de la máquina, y por un instante, creyó ver cómo los sellos parecían moverse por sí mismos, entrelazándose con la piel y la sangre del cuerpo.
—El mundo que conocíamos —murmuró el patriarca, como si hablara para sí mismo— termina aquí. Lo que nacerá en Kalenda será algo distinto, algo que trasciende toda comprensión humana.
Afuera, la ciudad dormía, ajena a la monumental transformación que ocurría bajo la iglesia. Adentro, la atmósfera era densa, cargada de poder, misterio y promesa. Cada segundo se sentía como un siglo, cada respiración como un presagio.
Y mientras los cánticos ascendían, las luces parpadeaban y el aire vibraba con energía sobrenatural, Ezequiel comprendió que no solo era testigo, sino un partícipe de la historia que cambiaría todo. La segunda hija de Dios estaba despertando, y con ella, un nuevo amanecer.
El mundo no comprendía la celebración.
Por primera vez, algo antiguo y ajeno se filtraba en la superficie sin máscaras ni explicaciones. Los turistas del Vaticano, que habían llegado esperando reliquias, arquitectura y silencio, comenzaron a unirse sin entender por qué. Sus voces se mezclaron con las de los clérigos, primero tímidas, luego firmes, hasta convertirse en un solo canto.
No era fe. Era arrastre.
Las campanas repicaban sin orden litúrgico. Las calles se llenaron de luz, de manos alzadas, de lágrimas que nadie sabía justificar. La ciudad entera se ceñía de celebración y gozo, como si algo hubiese sido perdonado… o anunciado.
Y mientras arriba nacía un falso amanecer, abajo se forjaba algo real.
En la casa de Min, la prótesis fue completada.
El proceso había durado más de siete horas. Siete horas de dolor continuo, sin pérdida de conciencia, sin anestesia total. El cuerpo de Canon temblaba aún sobre la mesa, empapado en sudor y sangre seca.
Entonces, sin previo aviso, comenzó a reír.
No una risa suave. No alivio.
Una risa quebrada, desquiciada, nacida desde un lugar donde el dolor ya no tenía significado.
—Por fin… —jadeó—. Por fin tengo un brazo.
Min no sonrió.
La observó con la frialdad de quien sabe que lo peor aún no ha comenzado.
—Aún no está todo listo, pequeña —dijo con calma—. Tenerlo no es suficiente.
Canon giró lentamente el cuello hacia él, la risa apagándose en una sonrisa tensa.
—¿Qué falta?
Min tomó herramientas de una bandeja metálica. Su voz no cambió.
—Ahora debemos inscribir los símbolos. Las palabras. Las rutas que guiarán tu camino hacia la matanza.
Canon no parpadeó.
—Cuando terminemos, los demonios no serán capaces de soportarte —continuó—. Tu cuerpo podrá romperlos… sin romperse a sí mismo.
Se inclinó más cerca.
—Por eso voy a trazar el mejor camino posible hacia tu objetivo.
Min levantó el láser.
—El sufrimiento será tu camino. Y la muerte… tu palabra.
El haz rojo se encendió.
Las runas comenzaron a grabarse en el brazo artificial, pero no solo en el metal. Cada símbolo reaccionaba, hundiéndose, conectándose con nervios, con impulsos, con algo más profundo que la carne. El olor a metal caliente se mezcló con el de la sangre.
Canon no gritó.
Esperó.
Pacífica. Aceptante.
Como si supiera que ese dolor no era castigo, sino lenguaje.
El tiempo pasó sin que ninguno hablara.
Cuando el láser se apagó, el brazo estaba cubierto de inscripciones vivas, pulsando con un brillo tenue, casi respirando.
Min dio un paso atrás.
—Ahora… es hora de probarlo.
La condujo más abajo aún, a una sección del laboratorio que pocos conocían. El aire cambió. Olor a azufre. A sangre antigua. A algo que había sido invocado demasiadas veces.
Una sala se abrió ante ellos.
—Tu brazo debe responder a tu mente —explicó Min—. No a órdenes conscientes, sino a intención. Pensamiento previo al movimiento.
Canon observó su nueva extremidad.
—Debe sentirse natural —continuó—. Como si siempre hubiera sido parte de ti.
Min activó los sistemas de contención.
—Así que ahora tendrás que volver a aprender —dijo—. Desarrollar nuevamente tus habilidades. Forzar al cuerpo a aceptar lo que ya decidió.
Canon cerró los ojos.
Pensó en cerrar el puño.
El brazo respondió.
No lento. No torpe.
Perfecto.
Min la observó en silencio, entendiendo que ya no estaba creando un arma…
…sino soltándola.
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