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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 148

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  4. Capítulo 148 - Capítulo 148: El Nuevo Amanecer
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Capítulo 148: El Nuevo Amanecer

El féretro fue llevado con solemnidad al hospital improvisado bajo la iglesia. Cada paso del patriarca resonaba en los pasillos de piedra como un eco ritual, acompañado por el murmullo de sacerdotes y acólitos que portaban incensarios y cálices de agua bendita.

En la sala principal, el cuerpo fue colocado sobre una camilla especial, conectada a una máquina que emitía un zumbido bajo y constante. Los técnicos religiosos habían trazado cruces, pentagramas y símbolos antiguos sobre su superficie; cada línea y cada sello eran intentos de canalizar la divinidad que residía en ella. La luz de las velas titilaba, reflejándose en los sellos dorados, proyectando sombras danzantes sobre las paredes como guardianes silenciosos.

Ezequiel, con la respiración contenida y el rostro tenso, se acercó al patriarca.

—Su Santidad… ¿qué sigue ahora? —preguntó con voz temblorosa, consciente de que cualquier respuesta cambiaría la historia.

El patriarca, anciano y solemne, lo miró con ojos que parecían contener siglos de secretos. Su voz, profunda y resonante, atravesó el silencio de la sala:

—Ahora solo queda esperar, hijo mío. El proceso… no sabemos cuánto tomará. Pero es momento de celebrar. Ella ha logrado algo que no ocurría desde Yeshua.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Ezequiel. No era solo el peso de la historia, sino la certeza de que estaban presenciando un cambio de era.

—Esto es… el inicio de un nuevo mundo —continuó el patriarca—. Con la segunda hija… tendremos una deidad viva entre nosotros, nuestro nuevo contacto con Dios.

Ezequiel tragó saliva, con la garganta seca. Sus manos se cerraron en un puño inconsciente. La magnitud de lo que decía el patriarca lo abrumaba: estaban ante una manifestación de la divinidad, y él sería testigo directo de su nacimiento.

—Ahora… pequeño —dijo el patriarca con un leve gesto hacia Ezequiel—, ayúdame a realizar la celebración de Kalenda.

Ezequiel asintió, aunque su corazón latía como un tambor de guerra. Sabía lo que venía: la ceremonia marcaría el nacimiento del nuevo mesías. No solo un ritual, sino un acto que uniría lo humano y lo divino, capaz de cambiar la historia para siempre.

—Tú eres el primero —continuó el patriarca, sus ojos brillando con un fuego antiguo— que tendrá la visión del nuevo amanecer.

En ese momento, los acólitos comenzaron a entonar cánticos antiguos, sus voces mezclándose con el zumbido de la máquina. Humo de incienso llenó el aire, flotando en espirales que parecían danzar alrededor del féretro. Las luces titilaban al ritmo de los cánticos, y los símbolos sobre la camilla comenzaron a brillar suavemente, irradiando un resplandor cálido y casi viviente.

Ezequiel observaba con reverencia y temor cómo el cuerpo reaccionaba. Un calor sutil emanaba de la máquina, y por un instante, creyó ver cómo los sellos parecían moverse por sí mismos, entrelazándose con la piel y la sangre del cuerpo.

—El mundo que conocíamos —murmuró el patriarca, como si hablara para sí mismo— termina aquí. Lo que nacerá en Kalenda será algo distinto, algo que trasciende toda comprensión humana.

Afuera, la ciudad dormía, ajena a la monumental transformación que ocurría bajo la iglesia. Adentro, la atmósfera era densa, cargada de poder, misterio y promesa. Cada segundo se sentía como un siglo, cada respiración como un presagio.

Y mientras los cánticos ascendían, las luces parpadeaban y el aire vibraba con energía sobrenatural, Ezequiel comprendió que no solo era testigo, sino un partícipe de la historia que cambiaría todo. La segunda hija de Dios estaba despertando, y con ella, un nuevo amanecer.

El mundo no comprendía la celebración.

Por primera vez, algo antiguo y ajeno se filtraba en la superficie sin máscaras ni explicaciones. Los turistas del Vaticano, que habían llegado esperando reliquias, arquitectura y silencio, comenzaron a unirse sin entender por qué. Sus voces se mezclaron con las de los clérigos, primero tímidas, luego firmes, hasta convertirse en un solo canto.

No era fe. Era arrastre.

Las campanas repicaban sin orden litúrgico. Las calles se llenaron de luz, de manos alzadas, de lágrimas que nadie sabía justificar. La ciudad entera se ceñía de celebración y gozo, como si algo hubiese sido perdonado… o anunciado.

Y mientras arriba nacía un falso amanecer, abajo se forjaba algo real.

En la casa de Min, la prótesis fue completada.

El proceso había durado más de siete horas. Siete horas de dolor continuo, sin pérdida de conciencia, sin anestesia total. El cuerpo de Canon temblaba aún sobre la mesa, empapado en sudor y sangre seca.

Entonces, sin previo aviso, comenzó a reír.

No una risa suave. No alivio.

Una risa quebrada, desquiciada, nacida desde un lugar donde el dolor ya no tenía significado.

—Por fin… —jadeó—. Por fin tengo un brazo.

Min no sonrió.

La observó con la frialdad de quien sabe que lo peor aún no ha comenzado.

—Aún no está todo listo, pequeña —dijo con calma—. Tenerlo no es suficiente.

Canon giró lentamente el cuello hacia él, la risa apagándose en una sonrisa tensa.

—¿Qué falta?

Min tomó herramientas de una bandeja metálica. Su voz no cambió.

—Ahora debemos inscribir los símbolos. Las palabras. Las rutas que guiarán tu camino hacia la matanza.

Canon no parpadeó.

—Cuando terminemos, los demonios no serán capaces de soportarte —continuó—. Tu cuerpo podrá romperlos… sin romperse a sí mismo.

Se inclinó más cerca.

—Por eso voy a trazar el mejor camino posible hacia tu objetivo.

Min levantó el láser.

—El sufrimiento será tu camino. Y la muerte… tu palabra.

El haz rojo se encendió.

Las runas comenzaron a grabarse en el brazo artificial, pero no solo en el metal. Cada símbolo reaccionaba, hundiéndose, conectándose con nervios, con impulsos, con algo más profundo que la carne. El olor a metal caliente se mezcló con el de la sangre.

Canon no gritó.

Esperó.

Pacífica. Aceptante.

Como si supiera que ese dolor no era castigo, sino lenguaje.

El tiempo pasó sin que ninguno hablara.

Cuando el láser se apagó, el brazo estaba cubierto de inscripciones vivas, pulsando con un brillo tenue, casi respirando.

Min dio un paso atrás.

—Ahora… es hora de probarlo.

La condujo más abajo aún, a una sección del laboratorio que pocos conocían. El aire cambió. Olor a azufre. A sangre antigua. A algo que había sido invocado demasiadas veces.

Una sala se abrió ante ellos.

—Tu brazo debe responder a tu mente —explicó Min—. No a órdenes conscientes, sino a intención. Pensamiento previo al movimiento.

Canon observó su nueva extremidad.

—Debe sentirse natural —continuó—. Como si siempre hubiera sido parte de ti.

Min activó los sistemas de contención.

—Así que ahora tendrás que volver a aprender —dijo—. Desarrollar nuevamente tus habilidades. Forzar al cuerpo a aceptar lo que ya decidió.

Canon cerró los ojos.

Pensó en cerrar el puño.

El brazo respondió.

No lento. No torpe.

Perfecto.

Min la observó en silencio, entendiendo que ya no estaba creando un arma…

…sino soltándola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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