Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 149

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 149 - Capítulo 149: El Ensayo de la Carne
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 149: El Ensayo de la Carne

El laboratorio se extendía como una nave silenciosa, un vientre artificial donde la luz no entraba, sino que se filtraba. Filamentos fríos descendían del techo y se hundían en filas de bolsas amnióticas suspendidas, cada una palpitando con un contenido metálico que no reflejaba, sino que absorbía. El aire tenía un olor limpio y erróneo, como si alguien hubiese intentado borrar la sangre con ciencia.

Min empujó a Canon al centro de la sala sin ceremonias. El cierre hidráulico selló las compuertas con un sonido grave, definitivo. Canon no la miró.

—Atención —dijo al comunicador—. Protocolo de liberación uno.

Canon no pidió explicaciones; no las necesitaba.

Un chasquido seco. Luego otro. Una de las bolsas tembló, se tensó como una membrana viva… y estalló.

El contenido cayó al suelo con un peso húmedo.

La cosa tardó en entender que había nacido.

Su piel estaba derretida, no quemada; como si hubiese sido disuelta desde dentro. Dos brazos metálicos emergían de los hombros, injertados sin intención estética, cubiertos de inscripciones irregulares por donde corría un líquido rojo, hirviente, que goteaba al piso y lo marcaba. No gritó. Se arrastró.

Canon inclinó la cabeza, curiosa, y sonrió.

—¿Eso es todo? —preguntó, con una suavidad que no coincidía con la escena.

El ser levantó el rostro sin rostro. Avanzó un metro, dejando surcos en el suelo.

Min presionó el comunicador.

—Pequeña, ese es el primero. Uno de mil. Aumentarán en dificultad.

Canon flexionó los dedos del nuevo brazo. No lo miró, solo lo sintió. La conexión no era perfecta aún, pero respondía. Lenta. Pesada.

—Bien —dijo—. Así no me aburriré.

El ser intentó incorporarse. Uno de sus brazos metálicos golpeó el suelo, buscando apoyo. Canon dio un paso adelante, no para atacar, sino para colocarse frente a él. Se agachó a su altura.

—Mírame —susurró—. Aprende esto.

No había desafío en su voz; era una instrucción.

Min continuó, clínico.

—Mientras más pierdas… extremidades, masa, integridad… serán reemplazadas. Metal vivo. Hasta que tu cuerpo sea irrompible. O hasta que ya no quede nada humano que preservar.

Canon escuchaba con atención, pero sus ojos no se apartaban del ser. Cuando este intentó lanzarse, ella no retrocedió. Alzó el brazo nuevo con torpeza calculada y dejó que el impacto ocurriera. El golpe la lanzó contra una mesa. El metal del brazo chirrió.

Rió.

No por nervios, ni por dolor.

Rió porque el cálculo había sido correcto.

—Funciona —murmuró, incorporándose con lentitud—. Siente distinto… pero funciona.

El ser avanzó de nuevo. Esta vez, Canon no esperó. Pensó el movimiento antes de hacerlo. El brazo respondió tarde, pero respondió. El impacto destrozó parte del torso derretido. El líquido rojo hirvió con más fuerza.

Canon observó el daño como quien evalúa un experimento fallido.

—Más fuerza —se dijo a sí misma—. Menos emoción.

Min guardó silencio. La observaba.

Cuando el ser, aún vivo, intentó arrastrarse lejos, Canon lo detuvo apoyando el pie sobre su cabeza informe. No presionó de inmediato; esperó.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo, sin elevar la voz—. Que no siento nada especial.

Aplicó presión. El crujido fue breve.

Retiró el pie y miró su brazo una vez más.

—Habrá que entrenarlo —concluyó—. Hasta que se sienta natural.

Min respondió al comunicador.

—Exacto. Y si no aprendes con el brazo… aprenderás con el cuerpo.

Canon se enderezó. Al fondo, otras bolsas comenzaban a palpitar.

Esperó.

No con miedo.

Con paciencia.

El movimiento fue torpe, no por debilidad, sino por desajuste.

El brazo pesaba más de lo que su memoria corporal anticipaba, y el resto del cuerpo reaccionó antes de que ella pudiera corregirlo: los hombros se tensaron, la cadera giró unos grados de más, los pies buscaron un equilibrio que no existía aún.

Canon no maldijo, no se quejó.

Observó.

Interesante, pensó, mientras su respiración se ajustaba sola.

Pensó en un arma.

No en una forma, ni en un nombre.

Solo en función.

El brazo respondió con obediencia incompleta.

Del antebrazo emergió una hoja opaca, pesada, una punta informe de plomo vivo que se solidificó a medio trayecto. No fue elegante ni limpia. Atravesó al ser recién nacido como si empujara barro caliente.

El cuerpo se abrió con un sonido húmedo. No hubo grito.

Canon ladeó la cabeza, estudiando cómo la hoja tardaba una fracción de segundo de más en retraerse.

—Tardo —murmuró—. Piensa después de mí.

No era una queja, sino un diagnóstico.

Min no esperó a que ella ajustara nada.

Apretó otro botón.

Dos bolsas más se rompieron casi al mismo tiempo.

El segundo ser cayó de rodillas, convulsionando. El tercero ni siquiera intentó ponerse de pie.

Uno de ellos —el deforme, con la mandíbula descolgada— comenzó a comer la masa amniótica que aún lo cubría, arrancándola con dedos metálicos, llevándosela a la boca como si supiera que aquello lo fortalecía.

Canon sonrió.

No por placer, sino por reconocimiento.

El cuerpo del primero, al que ella había atravesado, no murió. La herida comenzó a cerrarse, la carne derretida se plegó sobre sí misma y las inscripciones reaparecieron, marcándose más profundas, más definidas, como si el daño hubiera sido una instrucción.

El aire cambió.

El olor a azufre se volvió espeso, casi dulce. Las manos del ser empezaron a brillar con un dorado sucio, irregular, como metal bendecido a la fuerza.

Canon dio un paso adelante.

No retrocedió, no se preparó para defenderse.

Avanzó.

—Se está adaptando —dijo, con una calma que no correspondía al momento—. No está sanando. Está aprendiendo.

Min, por primera vez desde que comenzó el experimento, rió.

No una carcajada, sino una risa breve, sorprendida.

—Había olvidado que tenía este espécimen aquí —admitió—. La mayoría grita cuando entiende lo que enfrenta.

Canon flexionó el brazo. La hoja salió… un poco más rápido.

—Gritar desperdicia oxígeno —respondió—. Y tiempo.

El ser dorado levantó la cabeza.

Los símbolos en su piel se encendieron al unísono.

Min inclinó ligeramente el rostro, divertido.

—Prepárate, pequeña —dijo—. Este te va a doler.

Canon no cambió de postura.

Sus ojos no se abrieron más. Su pulso no se aceleró.

Solo ajustó el ángulo de su cuerpo, milimétricamente, como si ya estuviera corrigiendo un error futuro.

—Entonces —contestó— servirá.

El ser avanzó.

Y Canon, por primera vez, esperó a que la atacaran.

Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. Esperaba que no la decepcionara… como el anterior.

El ser comenzó a desplazarse por el laboratorio con movimientos animales, irregulares, demasiado fluidos para algo que había nacido sin propósito. No caminaba; avanzaba a tirones, apoyándose en superficies, arrancando fragmentos del entorno con una violencia distraída. Sus manos metálicas rasgaron otro saco amniótico. Luego otro.

El líquido se derramó por el suelo como sangre artificial.

Canon no lo miró de inmediato.

Frente a ella, el segundo espécimen aún se movía. Convulsionaba, incompleto, intentando incorporarse sin lograr coordinar sus extremidades. Canon dio dos pasos, ajustó el peso de su cuerpo y lo atravesó sin ceremonia. No hubo precisión ni furia, solo ejecución.

El cuerpo cayó.

Detrás de ella, algo cambió.

Cada saco que el primero rompía no solo era consumido; era asimilado. El metal de sus brazos se reconfiguraba. Las inscripciones se reorganizaban solas, como si aprendieran de la materia ingerida. Su columna se enderezó un poco más. El movimiento dejó de ser errático.

Min lo vio antes que Canon.

—Canon —dijo, esta vez sin el tono clínico—. Con el nivel actual de movilidad de tu prótesis… no podrás detenerlo si absorbe los sacos restantes.

Canon se giró despacio.

Observó la sala, calculó distancias, y contó mentalmente los sacos intactos.

Luego sonrió.

No con burla.

Con interés.

Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra una estructura metálica.

—Dime —preguntó—. ¿Cuánto se demorará en absorberlos todos?

Min la miró en silencio. Por un instante pareció debatirse entre detener el experimento… o dejar que ocurriera.

Entonces rió.

—Dos horas.

Canon asintió.

—Entonces esperaré —dijo—. Quiero saber qué puede hacer.

Min no respondió. No la contradijo. No intervino.

El tiempo comenzó a correr.

Los sacos estallaban uno a uno. La criatura ya no se arrastraba; caminaba. Sus movimientos se volvieron más económicos, menos desperdiciados. Cada absorción corregía un error previo. El metal dejaba de sobresalir y se integraba. La carne dejaba de gotear.

Canon observaba sin parpadear.

Y comenzó a reír.

No por nervios, ni por desafío.

Reía como quien presencia una solución elegante a un problema mal planteado.

Entonces la voz apareció en su cabeza.

—Pequeña…

Zadkhiel.

Canon no reaccionó. No respondió de inmediato.

—Sé que no querías que interviniéramos en tu camino —continuó—, pero todo tu ser puede no salir de aquí.

Antes de que ella pudiera contestar, otra presencia irrumpió.

—Eso no estaba acordado.

Masshit.

La tensión no fue sonora; fue conceptual.

—Habíamos decidido observar —reclamó Masshit—. Dejar su camino libre. ¿Por qué rompiste el acuerdo?

Zadkhiel no apartó la atención de la criatura.

—Por lo mismo que estás viendo ahora.

Un silencio pesado se instaló entre ellos.

—¿Cómo es posible —continuó Zadkhiel— que sigan existiendo las bestias de hierro? Fueron eliminadas del mundo por Dios. Demasiado caóticas. Demasiado inestables.

La criatura arrancó otro saco. Su torso se expandió. Las inscripciones comenzaron a ordenarse.

—¿Cómo es posible que aún existan?

Masshit la observó con detenimiento.

Y sonrió.

—Porque esa no es una bestia de nuestro padre —dijo—. Es una versión humana.

Canon dejó de reír.

Escuchaba.

—Si las originales siguieran existiendo —continuó Masshit—, el mundo ya no existiría. Así que no interfieras.

Una pausa.

—Ella debería poder salir adelante —añadió—. Aunque aún es demasiado estúpida para notarlo.

Canon no respondió.

No se ofendió.

No se defendió.

Seguía mirando.

El ser ya no era informe. Su silueta comenzaba a definirse. El cuerpo adquirió proporciones humanas. Grabados en hebreo emergieron sobre la piel blanquecina, que lentamente mutó a un dorado opaco, irregular, como si la luz no quisiera reflejarse del todo.

Los ojos, antes muertos, se encendieron.

Azules.

Vacíos, pero conscientes.

Giró la cabeza hacia Canon.

Sonrió.

Sus dientes metálicos brillaron con un dorado sucio, imperfecto.

La voz que salió de su garganta no era animal.

Era funcional.

—Ahora estoy listo.

Canon no se levantó.

Lo observó como quien evalúa una herramienta peligrosa.

—¿Me vas a seguir esperando?

La pregunta quedó suspendida en el aire del laboratorio.

Canon inclinó levemente la cabeza.

Seguía sentada.

Seguía sonriendo.

Esperando.

El ser avanzó.

Cada paso fue más estable que el anterior, como si el suelo ya no fuera un obstáculo sino un dato aprendido. Su voz, antes metálica y disgregada, comenzó a reintegrarse en algo reconocible. No hablaba, sino que cantaba.

Un canto bajo, irregular, sin melodía fija.

—Oh… pequeña cordero…

La palabra no fue insulto; fue clasificación.

—El matadero ha abierto sus puertas…

Sus brazos se movían al ritmo del canto, no como amenaza, sino como preparación.

—Tus muslos, tu corazón y tu cerebro serán el festín.

Canon no se movió.

—Ese festín será mi inicio… y tu muerte, mi futuro.

El ser inclinó la cabeza, casi con devoción.

—Oh Dios… el que me abandonó.

Una pausa.

—Oh Señor… tu vieja máquina de muerte…

Sonrió.

—Sonríe de nuevo.

Zaphkiel y Masshit quedaron inmóviles.

No por miedo.

Por reconocimiento.

—¿Cómo…? —susurró Zaphkiel—. ¿Cómo consiguió un humano una bestia de hierro?

—Es imposible —añadió Masshit—. Fueron destruidas. Borradas. No debía quedar ninguna.

Min, desde su posición, comenzó a reír.

No fuerte.

Satisfecha.

—Te lo dije —comentó—. No era buena idea dejarlo evolucionar.

Canon se levantó.

No de golpe. No con tensión.

Se incorporó como si el cuerpo ya supiera que era momento de moverse.

Seguía mirándolo.

—Esto… —dijo— se ha vuelto interesante.

Algo se desplazó dentro de ella.

No un pensamiento.

Una redistribución.

La fragmentación de su mente se reorganizó sin ruido, sin conflicto. El brazo comenzó a vibrar. No como falla, sino como anticipación. La hoja emergió sola, limpia, sin que Canon la pidiera.

Sus piernas avanzaron.

El brazo mecánico respondió sin orden consciente.

Ya no había retraso.

Todo su ser se movía como una sola entidad…

…aunque su mente era dos.

La criatura lo notó.

Sonrió más.

Y la imitó.

Cada paso que Canon daba, el ser lo replicaba. No copiaba; comprendía. Ajustaba. Analizaba. No había prisa.

Era una cacería.

Dos depredadores midiendo distancias, tensiones, errores futuros. Sus miradas no se apartaban. No buscaban intimidar; buscaban confirmar.

Canon giró de improviso y cortó una bolsa amniótica con un movimiento seco.

El líquido estalló contra el suelo.

No para atacar.

Para alterar el entorno.

La criatura se detuvo una fracción de segundo.

Y Canon sonrió.

Había encontrado algo.

El juego acababa de empezar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo