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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 151

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Capítulo 151: Limpieza

El primer movimiento no fue un ataque.

Fue una lectura.

La bestia de hierro avanzó con una cadencia irregular, como si cada paso naciera en un punto distinto de su estructura. No caminaba; se ajustaba al espacio. Sus pies deformaban el suelo cubierto de líquido amniótico, dejando huellas humeantes que tardaban en enfriarse.

Canon se desplazaba en diagonal.

No huía.

Desarmaba el entorno.

El brazo mecánico vibraba con una frecuencia casi inaudible, y cada vez que la hoja emergía, el aire silbaba. Cortaba sacos con precisión milimétrica. El líquido metálico explotaba contra el suelo, salpicando paredes y cayendo desde las estructuras superiores como lluvia espesa.

La criatura giraba hacia cada estallido.

Pero nunca dejaba de mirarla.

Aprendía mientras comía.

Sus brazos absorbían la materia como si la superficie misma se disolviera en su estructura. Las inscripciones en hebreo recorrían su piel dorada, como circuitos encendiéndose en secuencia. Cada absorción reorganizaba su postura. Su columna ya no se arqueaba. Su cuello ya no colgaba.

Se estaba perfeccionando.

Canon lo vio.

Y redujo la velocidad.

No por cansancio.

Por cálculo.

Cada segundo se convirtió en un intercambio silencioso de hipótesis. Ella probaba estímulos. La bestia ajustaba respuestas.

Hasta que ocurrió.

La criatura se detuvo en medio del laboratorio.

Por primera vez no siguió el saco más cercano.

La miró directamente.

Comprendió.

No estaba siendo desafiada.

Estaba siendo estudiada.

El cambio fue inmediato.

Su brazo derecho se abrió en segmentos, revelando capas internas de metal líquido aún inestable. La placenta metálica que colgaba de su estructura se comprimió en una masa densa y pulsante.

La lanzó.

No como un proyectil torpe.

Sino como un cálculo balístico.

La masa impactó la pierna izquierda de Canon.

El sonido no fue seco.

Fue húmedo.

El metal líquido se expandió sobre la carne como un organismo buscando superficie. La piel se ennegreció al instante. El olor a tejido quemado desplazó el azufre en el aire.

Canon perdió medio paso.

Nada más.

No gritó.

No miró la herida.

Sonrió.

La sangre comenzó a deslizarse por su tobillo, mezclándose con el líquido del suelo. Cada movimiento posterior dejó un rastro más oscuro.

La criatura avanzó, ahora con un ritmo estable.

Su mirada ya no analizaba.

Afirmaba.

Canon sintió el cambio en su equilibrio. La prótesis compensaba, pero el peso ya no era simétrico. El retraso mínimo que antes existía regresó, multiplicado por el dolor químico que se expandía bajo su piel.

Entonces lo decidió.

No como impulso.

Sino como ecuación.

Giró el torso y, con un movimiento limpio, desgarró un saco amniótico suspendido sobre su cabeza.

Lo dejó caer.

Sobre su propia pierna herida.

El líquido metálico chocó con la carne abierta.

El sonido fue un siseo largo.

La visión de Canon se volvió blanca por una fracción de segundo.

No fue dolor.

Fue sobrecarga.

Sus pupilas se dilataron.

Su respiración se hizo lenta.

El temblor en su pierna cesó.

El dolor había quemado cualquier interferencia.

Se dejó caer hacia atrás.

El metal del suelo resonó cuando su espalda lo tocó.

La criatura interpretó el gesto.

Saltó.

Su cuerpo se comprimió y explotó hacia adelante con violencia controlada. El aire se partió cuando pasó por encima de una mesa quirúrgica, lanzando instrumentos al vacío.

Mientras descendía sobre ella, su risa vibró como un engranaje mal alineado.

—Te rendiste… al no entenderme…

Su sombra cubrió el rostro de Canon.

—Corderito.

Sus manos descendían para inmovilizarla.

—Tu sacrificio será mi cercanía con el Padre.

Canon levantó la mirada.

Sus labios se curvaron apenas.

No había rendición.

No había miedo.

Solo espera exacta.

La hoja de su brazo comenzó a emerger, esta vez más larga y más densa.

El laboratorio entero pareció contener la respiración.

El juego ya no era estudio.

Era colisión.

Y alguien iba a perder más que una extremidad.

La bestia no dudó.

Se inclinó sobre la pierna quemada y comenzó a devorar.

No era hambre.

Era cálculo.

El metal líquido que había arrojado había abierto la carne. Ahora sus dientes dorados penetraban músculo y fibra como si estuvieran desarmando una máquina. El sonido fue húmedo, rítmico, metódico.

Canon no gritó.

Observaba.

El brazo se movió.

Una sola estocada.

Directa al cráneo.

La hoja atravesó piel dorada, pero no encontró el colapso esperado. La criatura apenas se sacudió, molesta, como si le hubieran interrumpido una tarea.

Min inhaló con sorpresa.

—Correcto el reflejo —dijo—. Incorrecto el punto débil.

Canon no respondió.

Miraba.

Algo estaba cambiando.

Mientras más carne consumía la bestia, más se reorganizaba su estructura. La piel perdía la textura metálica y adquiría tensión humana. Los grabados se suavizaban. La mandíbula se alineaba.

La mitad de su pierna ya no existía.

La sangre se escapaba en pulsos más débiles. El rostro de Canon perdía color.

Pero sus ojos… no mostraban desesperación.

Esperaban.

Zadkhiel gritó dentro de su mente.

—¡Deja de esperar! ¡Muévete!

Había asco en su voz. Horror auténtico.

Masshit, en cambio, guardó silencio unos segundos.

Luego habló.

—Entiendo.

Zadkhiel lo miró con furia.

—¡Intervén! No está en sus cabales. Está perdiendo su humanidad por voluntad propia.

Masshit negó.

—Por eso nunca venceríamos algo así.

Señaló a Canon, que seguía inmóvil mientras el hueso comenzaba a crujir bajo los dientes de la bestia.

—Ese pensamiento tuyo… esa necesidad de preservar… es debilidad.

La bestia levantó la vista un instante, sangre mezclada con metal escurriendo por su mentón.

—Gracias por el banquete —dijo con voz cada vez más clara—. Tu muerte me devolverá al Padre.

La rodilla cedió.

Canon apenas respiraba.

Y entonces ocurrió.

Uno de los ojos de la criatura cambió.

Azul… y marrón.

Heterocromía.

Un error.

Un desbalance.

Canon sonrió.

La hoja emergió otra vez.

Esta vez no apuntó al centro.

Apuñaló el ojo marrón.

El grito fue inmediato.

Desgarrado.

Incomprendido.

La bestia retrocedió por primera vez.

—¿Qué…?

Tocó su rostro.

Sangre. Dolor.

Dolor real.

Canon habló con voz baja, casi didáctica.

—Eso es humano. Y tú no sabes cerrarlo.

Arrastrándose, dejó un rastro rojo tras de sí.

—Te contaminaste.

La bestia comenzó a retroceder.

No por cálculo.

Por miedo.

Un escalofrío —nuevo, primitivo— recorrió su espalda. Intentó correr hacia los sacos restantes.

No quedaba ninguno intacto.

Canon los había abierto todos.

No había alimento.

No había escondite.

—Ahora eres mío —susurró.

Se impulsó con lo que quedaba de su pierna y atrapó el tobillo del ser.

El brazo descendió.

Una vez.

Otra.

Otra.

No buscaba matar.

Buscaba romper.

Cada puñalada era un patrón distinto. Costillas. Hombro. Mandíbula. Clavícula. No repetía ángulo. No repetía ritmo.

El ser gritaba.

Un sonido imposible.

Zadkhiel quedó en silencio absoluto.

Min dejó de sonreír.

Un humano… haciendo gritar a algo que debía estar por encima.

La mente de la bestia comenzó a fragmentarse.

No estaba diseñada para el miedo sostenido.

No para el dolor sin propósito.

Su cuerpo intentaba regenerar.

Su mente no encontraba orden.

Entró en disrupción.

Los grabados se encendieron. Parpadearon. Fallaron.

Y entonces…

Silencio.

No externo.

Interno.

Canon quedó inclinada sobre él.

Respiraba con dificultad. La sangre le cubría el torso. La pierna era una ausencia sangrante hasta más allá de la rodilla.

La criatura aún estaba tibia.

Canon hundió los dedos en el cráneo roto.

Lo abrió.

Y comenzó a comer.

La sangre metálica se mezcló con la suya. Espesa. Caliente. Antinatural.

No era hambre.

Era adquisición.

En el laboratorio nadie habló.

Tronos y Min.

Nadie había previsto esto.

Un ser creado por Dios había gritado.

Y ahora…

estaba siendo devorado por algo humano.

Canon levantó la mirada un segundo.

Sus ojos ya no estaban esperando.

Estaban aprendiendo.

Las monjas fueron reunidas en la sala capitular antes del anochecer.

Las velas ya estaban encendidas cuando el patriarca entró. Nadie habló. Nadie respiró más fuerte de lo necesario.

El anuncio no fue largo.

—Hijas, ha llegado el momento de servir de una forma que ninguna generación antes que ustedes pudieron.

El silencio no se rompió con miedo.

Se rompió con expectativa.

Algunas bajaron la cabeza. Otras sonrieron.

—Serán separadas por edades.

No hubo confusión. Solo orden.

Las más jóvenes formaron una fila a la derecha, las adultas al centro y las mayores atrás. El proceso comenzó como una revisión médica, pero todas entendían que aquello era una selección sagrada.

Altura. Peso. Estructura ósea. Simetría.

Las manos que examinaban no eran frías; eran reverentes.

Cuando cuatro fueron apartadas, un murmullo recorrió la sala.

No era compasión.

Era deseo.

La menor de ellas sintió que las demás la miraban con una mezcla de orgullo y envidia santa.

El patriarca se colocó frente a las elegidas.

—Ustedes serán ofrecidas a una parte viva de Dios.

Un suspiro colectivo llenó el recinto.

—Ella las escuchará. Ella las integrará. Y por medio de ella… conocerán al Creador.

Una de las monjas comenzó a llorar.

No de tristeza.

De gratitud.

—Gracias, Padre… —susurró.

Las otras tres tomaron sus manos. Sus ojos brillaban.

El resto de las hermanas comenzó a entonar un canto suave, espontáneo, que fue creciendo hasta llenar la sala.

—Benditas las elegidas. Benditas las que serán una con Él. Benditas las que cruzan antes que nosotras.

No había duda en sus voces.

Solo fervor.

Cuando las cuatro fueron escoltadas hacia el subterráneo, varias se arrodillaron al paso de ellas. Una anciana tocó el borde del hábito de la más joven, como quien toca una reliquia.

—Reza por nosotras cuando lo veas —le pidió con una sonrisa temblorosa.

La joven asintió.

—Lo haré.

El descenso fue lento.

Los cantos continuaban arriba, filtrándose por la piedra como un eco distante.

Cuando entraron en la sala del hospital improvisado, el aire era distinto. Más pesado. Más húmedo.

El féretro reposaba en el centro.

La sangre en su interior no estaba quieta. Se movía en espirales suaves, densas, como si respirara.

La menor fue llamada primero. Caminó sin vacilar.

Su corazón latía rápido, sí. Pero no por miedo.

Por emoción.

Al acercarse, una sensación recorrió su cuerpo. No era incomodidad, sino una conciencia de estar frente a algo inmenso. Algo que no necesitaba explicar su existencia.

La sangre se arremolinó hacia ella.

Las demás monjas observaron con lágrimas de orgullo.

—Está respondiendo —susurró una.

—La reconoce —dijo otra.

La joven colocó una mano sobre el cristal.

—Estoy lista —dijo en voz baja—. Mi cuerpo es tuyo.

El féretro se abrió con un susurro mecánico.

El aroma dulce llenó la sala.

No era putrefacción.

Era promesa.

La sangre se elevó en hilos finos, casi delicados, tocando primero sus dedos, luego sus muñecas. La joven no retrocedió. Cerró los ojos y comenzó a orar.

—Recíbeme. Hazme útil. Hazme parte.

Cuando la sangre cubrió su torso, su respiración se agitó. Sus músculos se tensaron por instinto, pero su voz siguió firme.

—Gloria al Padre…

Los hilos se volvieron más densos. La envolvieron. La levantaron ligeramente del suelo.

Desde afuera parecía una ascensión.

Desde adentro… el proceso era más profundo.

La sangre no la desgarraba.

La recorría.

Medía.

Comparaba proporciones.

Analizaba densidad ósea.

Ajustaba.

La joven abrió los ojos una última vez. No gritó.

Sonrió.

Y desapareció bajo la superficie roja.

Las otras tres monjas cayeron de rodillas, llorando de gozo.

—¡Ha sido aceptada!

El féretro comenzó a latir con más fuerza.

Un pulso grave, constante.

La sangre cambió levemente de tonalidad. Más estable. Más rica.

El patriarca observaba en silencio, satisfecho.

—La Segunda Hija se está completando —murmuró.

La segunda monja fue llamada.

Esta vez la sangre reaccionó antes de que ella llegara.

Golpeó suavemente el interior del cristal, como si impacientara.

La mujer rió entre lágrimas.

—Ella nos desea…

Se acercó casi con prisa.

Las demás comenzaron a cantar con mayor intensidad.

—Nuestro cuerpo será su ayuda. Nuestra carne, su templo. Nuestra sangre, su puente.

Una por una fue entrando.

No hubo resistencia.

No hubo súplicas de salvación.

Solo entrega.

Y con cada absorción, el féretro se transformaba.

La superficie interna comenzó a delinear contornos. Un torso más definido. Hombros más proporcionados. Una columna que ya no era informe.

La sangre no solo acumulaba.

Seleccionaba.

Cuando la última fue integrada, el silencio cayó por primera vez.

El latido dentro del féretro era más fuerte que cualquier canto.

Algo bajo la superficie se movió.

No como masa.

Como forma.

En la sala capitular, arriba, las monjas restantes seguían orando.

Algunas sonreían con esperanza.

Otras tocaban su propio rostro, preguntándose en silencio si algún día también serían elegidas.

El patriarca levantó la mirada hacia el techo de piedra.

—Aún faltan alas —dijo en voz baja.

Y ordenó traer la paloma blanca.

El Palomar del Palacio Apostólico fue la primera parada.

Esperaban silencio blanco. Esperaban arrullos suaves.

Encontraron violencia.

Una lechuza descendía con precisión quirúrgica sobre palomas comunes. No había caos en su ataque. Solo cálculo. Golpeaba el cuello. Retiraba. Observaba. Volvía a atacar.

Plumas suspendidas en el aire como ceniza.

Uno de los asistentes no apartó la mirada.

—Mire cómo espera el segundo exacto —susurró.

No era salvajismo.

Era método.

La red cayó con rapidez entrenada. La lechuza quedó atrapada, pero no gritó. No se agitó con pánico. Giró el rostro lentamente. Sus ojos eran redondos, negros, antiguos.

—No es lo que pidió el patriarca.

—No… pero mírela.

La guardaron.

La orden fue clara: conseguir palomas blancas.

En el barrio Borgo apareció el cartel.

Emolumento. Se solicita atrapar palomas blancas para el gesto de la paz. Por cada dos palomas blancas se entregarán cien euros para uso inmediato.

No llevaba escudo oficial.

No hacía falta.

La palabra “paz” bastaba.

En menos de una hora, los primeros jóvenes llegaron con cajas perforadas. Luego otros. Luego grupos enteros.

Cuarenta palomas blancas.

Dos mil euros entregados en billetes limpios.

Los franciscanos agradecieron con sonrisas contenidas.

—El gesto será recordado.

Las cajas descendieron por la escalera interior hacia la sala del féretro.

Y allí comenzó el temblor.

Las palomas, dóciles en el trayecto por las calles, empezaron a golpear los barrotes apenas cruzaron la puerta de piedra.

El aire era distinto.

Más denso.

Un pulso grave atravesaba el suelo.

Las aves chocaban entre sí, alas descontroladas, ojos abiertos en una alarma que no sabían nombrar.

—Sus instintos reaccionan —dijo uno de los clérigos.

—Eso significa que perciben.

El féretro reposaba en el centro de la sala como un órgano suspendido en espera.

La sangre en su interior no estaba quieta.

Giraba.

Lenta.

Respiraba.

—Ahora, Patriarca, estamos listos con las palomas.

El patriarca descendió sin prisa. Su mirada recorrió las jaulas como quien examina reliquias antes de consagrarlas.

Tomó la primera.

La sostuvo frente a la luz.

La pureza del plumaje parecía intacta. Blanca absoluta.

—La paz necesita forma —murmuró.

El féretro se abrió apenas lo necesario.

La sangre reaccionó antes del contacto completo. Un filamento rojo emergió, tocó el ala y luego el pecho.

La absorción fue inmediata.

No hubo grito prolongado.

Solo un estremecimiento y vacío.

La superficie volvió a cerrarse.

Pero algo cambió bajo el rojo.

Un pliegue lateral comenzó a marcarse.

Luego otro.

No eran alas aún.

Eran intentos.

Las siguientes palomas entraron en secuencia. Cada integración afinaba la estructura. Más extensión. Más simetría. Más densidad en el hueso.

El sonido interno del féretro dejó de parecer un latido.

Ahora era respiración.

Más profunda.

Más amplia.

El patriarca observaba con atención matemática.

Entonces sus ojos se desviaron.

La lechuza.

Encerrada aparte.

No golpeaba los barrotes.

No chillaba.

Miraba.

Sus pupilas no reflejaban terror. Reflejaban conciencia.

El patriarca se acercó lentamente.

La sorpresa en su rostro no fue escándalo.

Fue deleite.

—Esto no es paz —susurró—. Es visión.

Los asistentes intercambiaron miradas breves.

—¿También, Santidad?

Él no respondió de inmediato.

Extendió la mano.

La jaula fue abierta.

La lechuza no intentó escapar.

Salió.

Caminó con pasos cortos y firmes hasta el borde del féretro.

La sangre se agitó antes de tocarla.

Golpeó contra el interior del cristal como si reconociera algo.

—Déjenla entrar.

La lechuza abrió las alas por completo.

Majestuosa. Silenciosa.

Saltó.

El contacto no fue inmediato como con las palomas.

La sangre se tensó alrededor de ella.

Como si evaluara resistencia.

Hubo un segundo de suspensión.

Luego la envolvió.

Esta vez el féretro vibró.

Las luces de la sala titilaron.

El pulso se hizo más grave.

Las estructuras internas cambiaron.

Las alas en formación dejaron de ser suaves.

Se alargaron.

Se afilaron.

Las plumas marcaron bordes más rígidos, más densos.

No blancas.

No oscuras.

Algo intermedio.

Algo funcional.

El patriarca dio un paso atrás.

Sonrió.

—Ahora sí.

Bajo la superficie roja, una forma presionó hacia arriba.

No en espasmo.

En intención.

El féretro ya no parecía contenedor.

Parecía incubadora.

Y en su interior, Naqam comenzaba a recordar que no estaba siendo creada.

Estaba adaptándose.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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