BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 153
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Capítulo 153: La Sala Regia
Los franciscanos no cantaban.
No rezaban en voz alta.
Solo caminaban.
Cuatro al frente. Cuatro atrás. Guantes blancos sobre las barras de acero. La madera del féretro, sellada bajo el cristal grueso, dejaba ver la sangre girando en su interior.
No era un líquido quieto.
No era sangre derramada.
Era algo suspendido.
Algo que se movía incluso cuando ellos estaban inmóviles.
—Levanten.
El peso no fue uniforme.
Al alzarlo, uno de ellos sintió que el lado derecho descendía una fracción más de lo debido. No por error humano.
Por compensación.
Como si desde dentro algo hubiera redistribuido la masa.
Nadie lo dijo.
Pero todos lo sintieron.
Avanzaron por el corredor subterráneo. El eco de sus pasos no era limpio; había una vibración baja, casi orgánica, que viajaba por las barras hasta sus muñecas.
Cada diez pasos, el interior reaccionaba.
La sangre se arremolinaba contra el cristal.
No con violencia.
Con intención.
Como si midiera la resistencia.
Uno de los más jóvenes apretó los dientes cuando algo golpeó desde dentro. No fue un golpe seco; fue una presión prolongada, expandiéndose contra la superficie transparente hasta que el vidrio emitió un sonido fino, agudo.
—No la inclinen —susurró el superior.
—No la estoy inclinando.
Y no mentía.
El féretro se ajustaba solo.
Al llegar al ascensor ceremonial, se detuvieron un segundo.
Y fue ahí cuando ocurrió.
En cuanto cesó el movimiento, el líquido reaccionó.
No se aquietó.
Se agitó con violencia.
La sangre se lanzó contra el cristal en una oleada completa, como si el reposo la irritara. Una masa oscura se formó en el interior, elevándose hasta tocar la superficie, extendiéndose como una mano incompleta.
Uno de los franciscanos soltó una exhalación involuntaria.
El cristal vibró.
Y durante un instante —apenas un parpadeo— el líquido pareció estirarse hacia ellos.
No hacia el exterior.
Hacia ellos.
Como si supiera dónde estaban.
Como si pudiera olerlos.
El ascensor comenzó a subir.
Cada metro vertical aumentaba la presión en sus brazos. No porque pesara más, sino porque el interior se desplazaba, empujando hacia arriba, como si quisiera forzar la tapa desde dentro.
Uno sintió calor atravesar el guante.
Otro juró que algo rozó el cristal desde el otro lado, siguiendo el contorno de su mano.
Nadie rezó.
Porque rezar implicaba aceptar que aquello necesitaba protección.
Y aquello no estaba desprotegido.
Las puertas se abrieron hacia el corredor que conducía a la Sala Regia.
La luz cambió.
Más amplia. Más ceremonial. Más expuesta.
El interior del féretro se calmó al sentir el espacio abierto.
Pero no era calma.
Era concentración.
Avanzaron sobre el mármol pulido. El sonido de las ruedas metálicas del soporte resonó bajo la bóveda.
Cada paso amplificaba el eco.
Y con cada eco, pequeñas ondas recorrían la sangre.
No golpes.
Ondas.
Como si respondiera al sonido.
Como si estuviera escuchando.
Al cruzar el umbral de la Sala Regia, el aire parecía distinto. Más frío. Más alto. Más solemne.
Las monjas, alineadas en los laterales, bajaron la mirada.
Algunos clérigos besaron sus crucifijos.
Uno murmuró algo que no terminó.
En el centro de la sala ya estaba marcado el punto exacto.
Ahí debían colocarla.
Ahí debía reposar el contenedor.
—Ahora.
Descendieron el féretro con cuidado.
Y en el instante en que tocó el soporte central…
La sangre explotó contra el cristal.
No hacia arriba.
No hacia los lados.
Hacia ellos.
Una presión total.
Una masa oscura golpeando desde dentro con la forma difusa de algo que empujaba, que se expandía, que buscaba atravesar.
El vidrio emitió un sonido agudo, largo.
Una microfractura apareció en una esquina.
Fina.
Casi invisible.
Pero real.
Uno de los franciscanos retrocedió un paso.
El superior no.
Se quedó mirando.
La sangre se deslizó lentamente por la superficie interior, cubriendo la fractura.
Y la línea dejó de verse.
No porque desapareciera.
Sino porque fue absorbida bajo la presión.
Silencio.
El líquido volvió a girar lentamente.
Más denso.
Más compacto.
Como si hubiera probado el límite.
Y decidido esperar.
Ninguno de los hombres habló.
Pero todos entendieron lo mismo:
No la habían trasladado.
Ella se había dejado llevar.
Y ahora estaba exactamente donde quería estar.
La Sala Regia estaba sellada.
Las puertas cerradas desde dentro. Guardias en cada acceso. Cortinas gruesas bloqueando cualquier mirada exterior.
El féretro reposaba en el centro como un órgano gigantesco contenido en cristal.
No respiraba.
Pero parecía esperar.
El Patriarca avanzó.
El sonido de su báculo contra el mármol marcaba el ritmo de la sala. Tac. Tac. Tac.
Una monja en la tercera fila ya estaba llorando antes de que él hablara.
—Hermanos.
Su voz no fue alta. Fue profunda.
Algunos obispos inclinaron la cabeza inmediatamente. Un cardenal comenzó a girar su anillo episcopal entre los dedos. Otro besó discretamente el crucifijo que llevaba oculto bajo la túnica.
—Durante siglos aceptamos la herida como voluntad divina.
Una respiración irregular rompió el silencio. Una joven novicia murmuró un Padrenuestro demasiado rápido.
—Nos infiltraron. Nos ridiculizaron. Nos llamaron débiles.
El Patriarca se detuvo frente al féretro.
Apoyó la palma sobre el cristal.
Un leve sonido, casi imperceptible, vibró desde el interior.
No un golpe.
Una presión.
Una línea finísima apareció en la superficie, como un hilo de hielo.
Nadie habló.
—Pero la paciencia no es debilidad.
Una monja se llevó ambas manos al pecho. Sus labios se movían sin sonido. Otra comenzó a reír suavemente entre lágrimas, un susurro quebrado de emoción desbordada.
—Es acumulación.
El vidrio emitió un crujido mínimo.
Un sacerdote dio un paso atrás sin darse cuenta.
—Nos enseñaron que el amor lo soporta todo.
El Patriarca inclinó la cabeza.
—Hoy aprenderán que el amor también exige.
La microfractura se extendió apenas un centímetro más.
Un obispo cayó de rodillas.
—¡Bendito sea el instrumento del Señor! —susurró, casi sollozando.
Varias monjas comenzaron a rezar en latín. No coordinadas. No armónicas.
Era un murmullo desquiciado.
Un tejido de voces quebradas.
Dentro del féretro, la sangre suspendida en el líquido oscuro comenzó a moverse en espirales lentas.
No violentas.
Orgánicas.
Como si escuchara.
El Patriarca alzó la voz.
—No descendemos al infierno por venganza.
Un sacerdote besó su rosario con tanta fuerza que sus labios sangraron.
—Descendemos porque el orden fue roto.
El cristal crujió otra vez.
Esta vez varios lo escucharon.
Una novicia dejó escapar un gemido involuntario.
—¡Ella nos oye! —susurró alguien desde el fondo.
La línea en el vidrio se multiplicó en pequeñas ramificaciones. Microfracturas, como raíces buscando salida.
La estructura aún firme.
Pero ya no intacta.
—Este no es el nacimiento de un arma.
El Patriarca bajó la voz, casi íntima.
—Es la restauración de la voluntad.
Una monja comenzó a balancearse hacia adelante y atrás. Repetía: “Elegidas… elegidas… elegidas…”
Un cardenal cerró los ojos con fuerza. Estaba temblando.
Dentro del féretro algo se movió.
No un cuerpo completo.
Una silueta parcial.
Una forma apenas insinuada detrás de la sangre flotante.
El cristal vibró.
Una microfractura nueva cruzó en diagonal la superficie frontal.
Un sonido seco.
Contenido.
La sala entera se quedó inmóvil.
—No teman —dijo el Patriarca sin retirar la mano del vidrio.
Y lo dijo con calma.
Demasiada calma.
—La fe no se asusta ante la transformación.
Una lágrima cayó desde la barbilla de la monja que lloraba al inicio.
Golpeó el mármol.
El eco fue más fuerte de lo que debería.
Dentro del féretro, una presión interna hizo que el líquido se comprimiera contra el cristal… justo en el punto donde las fracturas se cruzaban.
Un leve latido.
No fuerte.
Pero sincronizado.
Varias gargantas comenzaron a recitar el Credo al mismo tiempo.
Demasiado rápido.
Demasiado alto.
No era devoción pura.
Era euforia mezclada con miedo.
El Patriarca sonrió apenas.
—Aún no.
No se lo dijo a la sala.
Se lo dijo al féretro.
Las fracturas se detuvieron.
No desaparecieron.
Quedaron ahí.
Como promesa.
El vidrio seguía entero.
Pero ya no era sólido.
Y todos en la sala lo sabían.
Habían cruzado un punto invisible.
No había retorno.
La fe los mantenía de pie.
Pero el miedo… ya respiraba con ellos.
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