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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 154

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Capítulo 154: Cambio de Frecuencia

En el laboratorio, el silencio no llegó de inmediato.

Primero fue incomprensión.

Los Tronos permanecían inmóviles, pero esa inmovilidad no era calma; era el colapso del cálculo. Sus estructuras no estaban diseñadas para procesar lo que acababan de presenciar.

Min sí.

No reaccionó.

Observó.

Mientras la sangre metálica aún escurría desde el cráneo abierto de la bestia, comprendió algo que nunca había logrado demostrar con ecuaciones: Canon no encajaba en el estándar humano.

No era fortaleza.

No era brutalidad.

No era resistencia.

Era voluntad de apropiación.

Su sujeto perfecto.

Todo lo que los experimentos del Vaticano habían intentado forzar mediante mutilación, implantes, supresión emocional y manipulación genética… ella lo había logrado por decisión propia.

Había devorado el destello divino.

Y seguía masticando.

Min dio un paso adelante, casi sin darse cuenta.

Por primera vez, desde que formuló la hipótesis de un organismo capaz de consumir voluntad divina sin desintegrarse, estaba ante evidencia.

No creada por él.

Surgida sin permiso.

Mientras él comprendía, Canon terminaba de tragar.

La sangre y el metal líquido se mezclaban en su boca. No escurrían como saliva; se movían con una densidad distinta, como si aún conservaran memoria estructural.

Su color comenzó a estabilizarse a medida que el cerebro desaparecía entre sus dientes.

Demasiado rápido.

Y entonces llegó el rechazo.

No fue inmediato.

Fue interno.

Un calor comenzó en su garganta.

Descendió por el pecho.

Se expandió hacia las costillas.

Canon inhaló una sola vez.

El aire salió como vapor.

Su temperatura corporal se elevó en segundos. La piel se enrojeció, luego palideció. Las venas marcaron trayectorias oscuras bajo la superficie, como si algo trazara mapas desde dentro.

Sus encías comenzaron a sangrar.

Un diente cayó.

No por golpe.

Por liberación.

Luego otro.

Uno tras otro, golpeando el suelo metálico con un sonido pequeño, casi doméstico.

Canon no gritó.

La sangre comenzó a salir de su boca, mezclada con fragmentos de metal líquido que chisporroteaban al tocar el suelo.

Su estómago se contrajo.

Vómito.

No alimento.

Restos de la bestia.

El metal rechazado se movía levemente en la sangre, como si buscara regresar.

Su cuerpo entró en un estado de shock incompatible con la supervivencia humana normal.

Los monitores comenzaron a fallar.

Pero dentro de su mente…

Algo distinto ocurría.

Su fragmento —esa porción que no pertenecía del todo a lo orgánico— comenzó a moverse.

No caóticamente.

En ritmo.

Como si respondiera a una canción que no se oía en el laboratorio.

Un compás invisible.

Cada pulso interno sincronizaba un espasmo externo.

Canon dio un paso.

Luego otro.

No eran movimientos erráticos.

Eran precisos.

Como un ballet ensayado.

Mientras su piel ardía, mientras mechones de cabello comenzaban a desprenderse y caer al suelo, mientras su cuerpo se doblaba por la fiebre imposible…

Ella se movía con exactitud matemática.

Cada giro coincidía con una contracción muscular.

Cada inclinación con una descarga nerviosa.

No estaba perdiendo el control.

Estaba reordenándose.

Uno de los Tronos intentó hablar.

El reflejo levantó la mano.

—No.

Su voz no tembló.

Sus ojos brillaban con algo que no era miedo.

Era reconocimiento.

Canon cayó de rodillas.

Otro diente golpeó el suelo.

Su mandíbula se tensó.

El metal en su sangre vibró.

Y por un segundo… el calor dejó de expandirse.

Se concentró.

Min dio un paso decisivo hacia ella.

—Prepáren el saco amniótico.

Ahora.

Esa frase hizo que los Tronos reaccionaran.

El laboratorio comenzó a moverse.

Pero Canon…

Seguía bailando en el borde entre la combustión y la asimilación.

En aquel momento, todo se tornó oscuro.

No fue pérdida de conciencia.

Fue la reducción del mundo.

El laboratorio desapareció.

El dolor desapareció.

El calor dejó de expandirse.

Solo quedó una imagen.

Un escenario vacío.

Negro absoluto.

Y su cuerpo en el centro.

Los movimientos comenzaron sin orden consciente.

Limpios.

Exactos.

No era un recuerdo.

No era imaginación.

Era una estructura.

El baile se asemejaba al del cisne negro, pero no por fragilidad.

Por precisión.

Por determinación silenciosa.

Su cuerpo la guiaba.

No al revés.

Dentro del saco amniótico, su silueta flotaba mientras repetía la coreografía invisible. El líquido reaccionaba en ondas lentas, como si estuviera escuchando.

Cada paso redistribuía el calor.

Cada giro reorganizaba la fiebre.

Su piel comenzó a brillar tenuemente, no como luz externa, sino como metal incandescente enfriándose desde dentro.

No ardía.

Se ordenaba.

Cada pirueta absorbía el incendio interno que antes la consumía. El metal en su sangre dejó de resistirse. Comenzó a desplazarse al mismo ritmo.

En el laboratorio, los primeros pitidos comenzaron a sonar.

Irregulares.

Luego múltiples.

Las máquinas no encontraban un patrón compatible.

Canon no se inmutó.

Sabía —sin saber cómo— que debía terminar la coreografía.

El sentido no estaba en sobrevivir.

Estaba por completar.

Afuera, Min vio el peligro antes que los Tronos.

Los movimientos que al inicio parecían erráticos comenzaron a tensar los cables que flotaban dentro del saco. Uno rodeó su cuello.

Luego otro.

La presión aumentó lentamente.

Min dio un paso hacia el panel.

Si abría el saco, el choque térmico la mataría.

Si no intervenía, la presión mecánica interrumpiría la respiración.

Por primera vez desde que inició el programa, no tenía una variable controlable.

—No… —murmuró.

Dentro del líquido, Canon giró.

Última pirueta.

Su cuerpo se arqueó con una elegancia imposible para alguien en estado de shock.

El brillo aumentó un instante.

Los monitores emitieron un tono continuo.

Línea plana.

Silencio.

Pero no fue asfixia.

Fue una transición.

El oxígeno dejó de ser necesario en ese segundo exacto.

El corazón no se detuvo.

Cambió de ritmo.

Las máquinas dejaron de sonar porque el pulso ya no correspondía a un patrón humano.

Min se quedó inmóvil.

La frustración fue inmediata. No por pérdida emocional, sino por hipótesis truncada.

Se dio media vuelta.

Tenía que explicarle a Michael que el sujeto más prometedor había colapsado en el punto final.

Dio dos pasos.

Entonces, una máquina emitió un pulso.

Único.

Bajo.

Distinto.

Min no se giró de inmediato.

Esperó.

El líquido del saco dejó de ondular.

Se volvió denso.

Compacto.

Desde el interior, una leve presión expandió la membrana.

No fue espasmo.

No hubo convulsión.

Latido.

Uno que no correspondía a ningún estándar.

Más lento.

Más profundo.

Más estable.

Los sensores comenzaron a recalibrarse por sí solos.

La temperatura descendió en línea recta.

El metal dejó de fragmentarse en su sangre.

Se distribuyó.

Arquitectura encontrada.

Dentro del saco, los ojos de Canon se abrieron.

No jadeó.

No tosió.

No luchó por el aire.

Respiró una sola vez.

Y el saco, por primera vez desde su inmersión, se enfrió por completo.

Min comprendió.

No había muerto.

Había terminado de reorganizarse.

La asimilación no fue devorar.

Encontró su ritmo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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