BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 155
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Capítulo 155: El mural
El Señor del Bosque tomó a Iston y lo guio hasta el claro donde se había encontrado con Dalah.
—Sígueme.
Caminaron juntos, sin prisa. El sendero parecía reconocerse bajo sus pasos, como si el bosque supiera hacia dónde se dirigían. La luz se filtraba con mayor intensidad entre las copas, hasta que el sonido del agua comenzó a llenar el aire.
Llegaron a una cascada.
El agua caía con fuerza, formando una cortina plateada que cubría la pared rocosa detrás de ella. Sin embargo, algo se erguía tras el velo líquido.
Un mural gigante.
Tallado directamente en la piedra.
Doce figuras colosales dominaban la superficie, cada una única, cada una con una presencia que parecía trascender el mero relieve.
—Estos son los doce animales sagrados de este mundo —dijo el Señor del Bosque.
Una presión se instaló en el pecho de Iston. No era miedo, sino reconocimiento.
—Son los únicos capaces de otorgar su bendición a una criatura y de sostener el delicado equilibrio del ecosistema. No alteran el mundo… lo mantienen.
El agua seguía cayendo, pero el mural permanecía seco, intacto.
—Cada uno ayuda en algo distinto.
Señaló una figura tallada con cuernos amplios y cuerpo robusto.
—Algunos apoyan la ganadería y la domesticación.
Otra figura, con formas angulares y estructuras superpuestas.
—Otros influyen en la construcción, en la organización de las ciudades y en el conocimiento técnico.
Una figura con las garras extendidas y una postura marcial.
—Incluso el desarrollo bélico tiene su guardián. La guerra también forma parte del equilibrio… cuando no se desborda.
El Señor del Bosque apoyó la pata en la piedra.
—Yo ayudo a desarrollar el mundo desde el bosque. Regulo el crecimiento, la regeneración, la expansión natural. La serpiente que conociste sostiene el lenguaje de las criaturas. Sin ella, no existirían la comunicación entre especies, los pactos ni la transmisión de la memoria.
Iston recorrió con la mirada cada figura.
—Entonces… ¿todo está diseñado para que el mundo funcione?
El silencio se volvió denso.
—Lo estaba.
El agua golpeó con mayor fuerza.
—Nuestro Señor envió a tu mundo dos criaturas que jamás debieron coexistir.
Los nombres llegaron rápidamente a su mente.
—Leviatán y Behemoth.
El mural parecía vibrar al pronunciarlo.
En el centro inferior de la piedra estaban ellos: colosales y opuestos.
—Desde que se encontraron, comenzaron a destruir.
La voz del Señor del Bosque no temblaba, pero había algo antiguo en ella.
—Son los principales seres capaces de arrasar este mundo… como cualquier otro.
Iston sintió el peso de esas palabras.
—Rompen las leyes de cada ecosistema. Donde uno pasa, la vida se distorsiona. Donde el otro pisa, el orden se fractura. No devoran por necesidad. Devastadas por naturaleza.
El aire se volvió pesado.
—Cada millón de años se enfrentan.
El sonido de la cascada parecía transformarse en un rugido distante.
—Y su choque provoca un cataclismo capaz de reiniciar el mundo. Continentes colapsan, océanos se levantan, los cielos se oscurecen durante generaciones.
Iston apretó los dientes.
—Entonces… ¿por qué siguen existiendo?
La respuesta fue inmediata.
—Porque el falso dios los utiliza.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
—El miedo es el método más eficiente de control. Las civilizaciones obedecen cuando creen que la aniquilación es inevitable. Los pueblos se someten cuando sienten que el fin está cerca.
El Señor del Bosque apartó la pata del mural.
—Leviatán y Behemoth no solo destruyen mundos. Mantienen a las criaturas arrodilladas.
Iston volvió a mirar las figuras talladas.
—¿Y si alguien impidiera que se enfrentaran?
El bosque guardó silencio.
—Si eso ocurriera —respondió al fin—, el ciclo impuesto se rompería. Y el falso dios perdería su mayor arma.
El agua volvió a cubrir el mural lentamente.
—Pero romper un ciclo que lleva millones de años repitiéndose… exige algo más que fuerza.
Iston comprendió que no lo habían llevado allí solo para mostrarle una historia.
El Señor del Bosque guardó silencio unos instantes antes de continuar.
—Esta es toda la información que puedo brindarte. Ni siquiera yo sé dónde se encuentra cada uno de los animales restantes.
Iston frunció el ceño.
—¿Ni tú?
—Este mundo es tan vasto como el tuyo —respondió con calma. Tal vez incluso más antiguo en ciertos rincones. Hay regiones que no han sido pisadas durante milenios. Hay mares que no figuran en ningún mapa. Cielos que no reconocen constelaciones.
El agua cayó con más fuerza.
—Pero los invasores nunca buscaron comprenderlo. Solo extraerlo. Solo dominarlo. Nunca reconocieron su estructura ni respetaron sus ciclos.
Iston sintió el peso de esas palabras.
—Pero tú… —continuó el Señor del Bosque— eres distinto.
La mirada se volvió directa.
—Eres el único que puede entenderlo. El único que puede ayudarnos a recuperar la prosperidad que existía al inicio.
Un viento leve recorrió el claro.
—Tú, que sigues su legado.
Iston no respondió.
Pero algo en su pecho reaccionó.
—Espero brindarte mi ayuda en tu causa —dijo el Señor del Bosque, inclinando levemente la cabeza. Y contribuir a la reconstrucción de lo que se perdió con el paso de las eras.
El nombre cayó como una piedra en un lago inmóvil.
—La Torre de Babel.
La cascada vibró al pronunciarlo.
—No como símbolo de soberbia… sino como punto de unión. Un eje en el que todas las criaturas puedan convivir nuevamente. Donde los mundos no estén fragmentados por el miedo.
Iston sintió que el aire se volvía más denso.
—Libre de las ataduras de este falso orden.
El Señor del Bosque dio un paso atrás.
Y entonces ocurrió algo que Iston no esperaba.
Se inclinó.
No con teatralidad.
Con solemnidad.
—Por ello, presento mis respetos a mi señor.
El bosque entero pareció inclinarse con él.
—Yo, el gran Jojmá, te ofrezco mi servicio.
El nombre resonó distinto al resto.
Antiguo. Verdadero.
—Así como Tanin te eligió para servirte, yo me coloco a tu causa.
Iston abrió la boca para responder… pero no encontró palabras.
El peso no era físico.
Era histórico.
—Los demás animales sagrados no seguirán sin cuestionar —continuó Jojmá—. Cada uno custodia su dominio con celo. Tendrás que convencerlos.
La cascada comenzó a cerrarse nuevamente sobre el mural.
—Algunos exigirán pruebas. Otros pedirán sacrificios. Y habrá quienes intenten destruirte antes de escucharte.
El agua terminó de cubrir la piedra.
—Pero si logras reunir sus bendiciones…
El silencio volvió a caer.
—Ni Leviatán ni Behemoth podrán repetir el ciclo.
Iston comprendió entonces la magnitud real de lo que se le pedía.
No era detener una guerra.
Era romper un mecanismo de millones de años.
Jojmá alzó la vista hacia el cielo oculto por las copas.
—El tiempo ya comenzó a moverse.
El bosque volvió a respirar.
Y por primera vez desde que había llegado a ese mundo…
Iston sintió que el destino no lo estaba arrastrando.
Lo estaba llamando.
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