BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 156
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Capítulo 156: La Bifurcación del Rey
—Ahora déjame guiarte fuera del bosque hacia la primera ciudad —dijo Jojma.
El bosque parecía haber comprendido que ya no debía oponerse. El camino avanzaba sin complicaciones.
Las bestias los seguían, ocultas entre la espesura, moviéndose en paralelo como sombras pacientes. No atacaban ni se acercaban; solo observaban.
El silencio era denso, pero no amenazante. Era un silencio expectante.
Dalah los siguió hasta el final del sendero, donde los árboles comenzaban a abrirse y el terreno descendía hacia tierras más habitadas.
Se detuvo.
—Tú aún debes cumplir mi trato. Yo cumplí el mío.
Iston la miró con una calma que no había tenido en semanas.
—Siempre estamos aceptando gente —respondió con una sonrisa tranquila. Si quieres seguirnos, sería de gran ayuda. Y podrías conocer a más criaturas. Más mundos.
Dalah dudó.
Su asentamiento la esperaba. Ella era la principal cazadora, la que mantenía a raya a las bestias, la que regresaba con alimento cuando los demás apenas podían sostener una lanza.
Sus ojos se endurecieron.
—Estamos bajo ataque constante —explicó—. Las bestias no se detienen. Cada luna perdemos gente. Rara vez salimos vivos al intentar cruzar el bosque.
El viento cambió.
Iston miró a Jojma.
—¿Puedes hacer que las bestias no ataquen su aldea?
Jojma no vaciló.
—No puedo.
No era una excusa, era un límite.
Iston guardó silencio, observando a cada uno de los que lo acompañaban: Belial, Lilith, Abyllie. Luego volvió a mirar a Dalah.
—Entonces iremos nosotros.
Belial arqueó una ceja.
—¿Desviarnos ahora?
Iston asintió.
—¿Es posible movernos y ayudarlos a sobrevivir, aunque eso retrase nuestro camino?
Belial lo estudió durante unos segundos que parecieron eternos, antes de sonreír levemente.
—Es posible.
Lilith permaneció en silencio, evaluando la gravedad de la decisión.
Abyllie infló las mejillas, con celos palpables en su expresión.
—No es como si… me importara perder tiempo por humanos desconocidos o algo así… —murmuró, mirando hacia otro lado.
Dalah no dijo nada. Corrió hacia Iston y lo abrazó con fuerza.
No era gratitud. Era un alivio.
—Jojma —dijo Iston con firmeza. ¿Puedes guiarnos al pueblo?
Jojma lo observó con detenimiento.
—¿Prefieres perder el tiempo con gente que no conoces en lugar de seguir tu destino?
La pregunta no era burla, era una evaluación.
Iston sonrió.
—Cada camino tiene bifurcaciones. Y una bifurcación puede convertirse en una nueva experiencia… o en una nueva responsabilidad.
El bosque pareció callar aún más.
Jojma no respondió de inmediato. Recordó una conversación antigua.
Una sala de piedra. Un trono desgastado por siglos. La voz de Salomón resonaba como si nunca hubiera abandonado aquellas paredes.
—Mi rey —había preguntado Jojma—, ¿cómo es posible que ayude a una raza que le ofreció la guerra como consuelo?
Salomón sonrió.
No con ingenuidad, sino con conocimiento.
—Jojma, mi pequeño… todo el mundo tiene un camino que seguir. Y un rey siempre debe tomar las bifurcaciones.
—Esas bifurcaciones nos dan anhelos o destinos extraños. A veces nos cuesta sangre, a veces años. Pero es mejor eso que vivir preguntándose qué habría pasado si no lo hubiéramos hecho.
—Yo soy el rey de estas tierras. Y siempre debo velar por todos mis ciudadanos.
El recuerdo se disipó.
Jojma volvió a mirar a Iston.
Y por primera vez, no vio a un joven reaccionando ante el caos.
Vio a alguien que empezaba a entender lo que significa elegir.
—Te guiaré —dijo finalmente.
Las bestias, a la distancia, se movieron inquietas.
Porque algo había cambiado.
No en el bosque.
En Iston.
Y sin proclamaciones, sin corona ni trono, había dado su primer paso como algo más que un heredero del Inframundo.
Había elegido actuar como rey.
Jojma guardó silencio.
No el silencio del bosque. No el silencio de quien duda.
El silencio de quien reconoce.
Se apartó unos pasos del grupo, mirando a Iston sin que este lo notara.
Y habló con una solemnidad que no había usado en milenios.
—Sí, mi rey… lo guiaré al pueblo.
La palabra no se pronunció como título, sino como aceptación.
El camino hacia el pueblo fue más rápido de lo esperado.
Las bestias retrocedían. El bosque se abría.
Algo en el aire parecía inclinarse hacia adelante, como si incluso la tierra quisiera ver qué decisión tomaría aquel joven.
Por primera vez en milenios, Jojma sintió algo que nadie había sentido desde el primer rey.
No miedo. No obediencia.
Esperanza.
Mientras caminaban, su mente se aventuró más lejos que sus pasos.
Tú eres quien guiará a todos los pueblos a ser uno… como lo intentó Salomón.
Ese será el primer camino hacia Babel.
No la Babel de castigo. No la Babel de confusión.
La verdadera.
La que nació antes de la ruptura.
La que fue fragmentada por orgullo, por miedo… por intervención.
La creación de la Gran Torre.
Donde todos seremos uno una vez más.
No por imposición. No por conquista.
Por decisión.
Jojma comprendió entonces lo que Tamit había visto.
Durante eones, Tamit buscó un signo.
Un elegido que no fuera elegido. Una voz que no proviniera del cielo ni del abismo. Alguien que pudiera hablar a todas las razas sin pertenecer por completo a ninguna.
Ahora lo entendía.
Eso era lo que había buscado.
Un ser capaz de dar voz a todas las razas que habitaban aquellas tierras.
A los humanos. A los arcontes. A los caídos. A los pueblos olvidados en los márgenes del bosque.
Por eso debes recorrer el mundo —pensó Jojma—. Por eso debes encontrar a mis hermanos. Para que vean el mundo que puedes crear.
Iston no era un ángel.
No era un demonio.
No era un diseño perfecto de los Leuvar.
No era una pieza creada para encajar.
Era lo contrario.
Un error.
Una variable no prevista.
Una grieta en la arquitectura.
Tú no eres parte del sistema.
Eres la falla del sistema.
Y esa falla nos guiará fuera de él.
Jojma bajó la mirada un instante.
No ante un dios.
Ante algo más peligroso.
Un rey que no fue designado.
Un rey que eligió.
Y en ese reconocimiento silencioso, una verdad tomó forma definitiva.
Iston no era el heredero del Inframundo.
No era el portador de un sello.
No era el prometido de una princesa.
Era algo que ningún libro había previsto.
El rey del fallo.
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