BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 157
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Capítulo 157: El contacto
Al llegar al pueblo, todo era tribal.
Chozas de paja se levantaban en círculo, montones de leña apilados junto a fogatas apagadas y un gran tótem central, tallado con símbolos antiguos que el viento parecía respetar.
Cuando Dalah cruzó el límite del asentamiento, varias figuras emergieron entre las estructuras. Sus cuerpos estaban cubiertos de pieles curtidas y algunos presentaban rasgos apenas visibles de bestias del bosque.
Desde la choza central salió un anciano.
Caminaba apoyado en un bastón de madera negra, tallado con círculos superpuestos. Su cabello blanco, trenzado y adornado con pequeños huesos, ondeaba al viento.
Al ver a Dalah, su expresión se quebró. La abrazó con fuerza, luego la sostuvo por los hombros y habló en su lengua.
—¿Mi Eleh haZarim haEleh?
Dalah asintió con respeto, mirando al grupo.
—Es mi abuelo. El Rosh del pueblo.
Belial inclinó levemente la cabeza.
—Es como un cacique —le explicó a Iston en voz baja.
Iston asintió, comprendiendo que aquel lugar era más antiguo que cualquier ciudad que hubiera visto.
Abyllie, curiosa, miró a Dalah.
—¿Qué lengua están hablando?
Dalah dudó un instante.
—Es la lengua del inicio del pueblo. Somos una mezcla de muchas especies que habitaron estas tierras hace milenios. Ahora solo somos el remanente de una gran raza que existió antes de la Era Oscura.
Lilith frunció el ceño.
—¿Eran parte de los pueblos que vivían aquí cuando comenzó la colonización?
El silencio se volvió pesado. Dalah sostuvo la mirada.
—Sí.
Hubo expropiaciones. Hubo matanzas. Hubo decisiones tomadas en consejos lejanos.
Cuatro votos contra tres.
Y el mundo cambió.
—Somos Kabit —dijo finalmente, mezcla de bestias del bosque y demonios que hicieron lo impensable para sobrevivir.
El Rosh observaba en silencio. Dalah respiró hondo y habló en su lengua:
—Hem Ba’alei Brit iti,
Sheluchim miMelekh-Ya’ar.
Hu Halakh imanu ad kan.
Ba’im la’azor la’Am-Tzahal.
—Hem miCirukoth haAtikim,
veLo Yevakshu et Ma sheNishbar beEra haChashekhah.
El anciano se quedó inmóvil. Su bastón golpeó el suelo. Sus ojos se endurecieron. El miedo no era reciente. Era memoria.
—¡Alarma! —gritó en su lengua.
Un cuerno de hueso resonó por todo el asentamiento. Guerreros emergieron de entre las chozas, armados con lanzas de obsidiana y arcos tensos.
Para el Rosh, la historia no comenzaba; se repetía. Y él no permitiría que volviera a suceder.
El sonido del shofar rasgó el aire. No fue un llamado cualquiera; fue un recuerdo convertido en sonido.
El Rosh retrocedió un paso, pero no por debilidad. Sus dedos se aferraron al bastón con tal fuerza que los nudillos se le tornaron blancos. Sus ojos ya no miraban a Iston, sino más allá.
Miraban el pasado.
Su respiración se volvió irregular.
—Lo… —susurró primero, casi para sí mismo. Lo shuv pa’am…
Luego levantó la voz.
—¡Shimu! ¡Shimu kulam!
Las chozas comenzaron a abrirse. Hombres y mujeres salieron armados con lanzas de hueso, cuchillas de obsidiana y arcos tensados. Los niños fueron arrastrados al centro del círculo tribal.
El Rosh avanzó hasta quedar frente a los suyos y alzó el bastón.
—MiCirukoth! —Escupió la palabra como si quemara—. MiCirukoth haAtikim!
Un murmullo colectivo recorrió el pueblo. Algunos retrocedieron; otros apretaron sus armas.
El Rosh señaló al grupo de Iston.
—Hem ba’im im brit… brit shel melakhim!
—Brit shel esh!
—Brit shel dam!
Su voz ya no era la de un abuelo; era la de un sobreviviente.
—Atem zokhrim! —gritó—. Zokhrim et haLayla sheHaShamayim niftaḥ!
Zokhrim et haOrdot!
Zokhrim et haDam baAdamah!
Varias mujeres comenzaron a llorar. Un joven dio un paso al frente, temblando. El Rosh lo señaló con dureza.
—Lo tam’in! Lo ta’amin lahem!
Kol pa’am hem omrim “ba’im la’azor”!
Kol pa’am hem lokḥim!
Su voz se quebró por un instante, pero no se detuvo.
—Ani ra’iti et imi nofelet.
Ani shamati et avi tzo’ek beEsh.
Ve’atem rotzim she’a’amin leBrit chadasha?
El pueblo guardó silencio absoluto. El Rosh volvió a mirar a Dalah.
No con ternura, sino con miedo.
—At bat, Kabit.
At zocheret ma hem asu.
Dalah bajó la mirada. El Rosh golpeó el suelo otra vez.
—Lo yikanesu!
Lo beShmi!
Lo beYemei chayai!
Los guerreros formaron una media luna protectora. Nadie atacó, pero todos estaban listos.
El Rosh respiró hondo y habló más bajo, pero con una intensidad más peligrosa.
—Im hem emet… hem yakhinu.
Im hem sheker… haAdamah tova’at lahem.
Luego miró directamente a Iston.
Por primera vez.
Y en sus ojos no había odio, sino prueba.
Había un desafío.
Había una pregunta que no se formulaba con palabras.
¿Eres rey…
¿O eres repetición?
El bastón descendió lentamente. El pueblo esperaba. El pasado respiraba. Y el silencio era más peligroso que cualquier lanza.
El Rosh no dio la orden de ataque. Dio algo peor.
—Kach otam.
Cuatro guerreros avanzaron, no con violencia ciega, sino con precisión. Rodearon a Iston, Abyllie, Lilith y Belial, formando un círculo apretado, con lanzas apuntando al pecho, a la garganta y al vientre.
No hubo cadenas; no eran necesarias. El mensaje era claro: caminar o morir.
El pueblo tribal se abrió en dos, como si el suelo mismo hubiera decidido separarse. Iston pudo ver ahora lo que antes solo había sido una impresión superficial.
Las chozas no estaban dispuestas al azar. Formaban espirales. Cada espiral giraba hacia el centro, donde se alzaba la gran choza del Rosh, hecha de madera ennegrecida y huesos tallados. En los techos colgaban cráneos de bestias del bosque, no como trofeos, sino como advertencias.
Las paredes de barro estaban pintadas con pigmentos naturales: rojo oscuro, negro de carbón, blanco de ceniza.
Símbolos. Círculos incompletos. Manos abiertas. Ojos sin pupila.
El aire olía a humo constante, a resina, a carne seca.
Los niños observaban desde detrás de las piernas de sus madres. Algunos tenían pequeñas marcas tribales tatuadas en la frente. Otros sostenían amuletos hechos con colmillos y pequeñas vértebras.
Abyllie caminaba erguida, pero sentía las miradas. No eran miradas de fascinación, sino de recuerdo.
Lilith, en cambio, mantenía una sonrisa mínima, casi invisible. No por burla, sino por cálculo. Sus ojos recorrían cada esquina, cada estructura, cada posible salida.
Belial no hablaba, no porque no pudiera, sino porque entendía. Aquello no era odio irracional, sino trauma heredado.
El suelo comenzó a inclinarse levemente. El camino descendía hacia la parte más antigua del asentamiento. Allí, las chozas cambiaban.
Ya no eran simples construcciones de paja; eran estructuras semienterradas, como si el pueblo hubiera intentado proteger algo bajo tierra.
Llegaron a un claro cercado con troncos gruesos clavados verticalmente. Cada tronco tenía grabados profundos. No eran decorativos.
Eran sellos.
En el centro del claro se encontraba la prisión. No era una celda común; era un pozo circular, excavado en la tierra, reforzado con raíces entrelazadas que parecían vivas. Las raíces formaban una jaula natural, tensas, vibrantes.
No había puerta visible.
Uno de los guerreros golpeó el suelo con la lanza. Las raíces se abrieron lentamente, como si reconocieran la autoridad tribal.
El interior era amplio, pero profundo. El fondo estaba cubierto de tierra compactada y de una capa de arena oscura.
—Lo temuná shel brit —murmuró uno de los ancianos desde arriba.
Iston entendió lo suficiente.
Prisión para pactos.
Descendieron primero a Belial, luego a Lilith. Abyllie fue la única que vaciló un segundo al sentir cómo las raíces rozaban su piel, como si la evaluaran.
Iston fue el último. Las raíces se cerraron sobre ellos.
No eran gruesas al punto de asfixiar, pero sí lo suficiente como para impedir cualquier salto.
Desde arriba, el Rosh apareció en el borde del pozo. La luz del atardecer delineaba su figura como una sombra antigua.
—Im atem sheker… haAdamah tishmor aleichem ad shetishkach et shemchem.
Su bastón golpeó el suelo. El sonido resonó en el pozo como un eco sordo. El pueblo comenzó a retirarse lentamente.
No celebraban. No gritaban. No insultaban.
Simplemente volvían a sus tareas. Algunos reavivaban fogatas. Otros colgaban carne para secar. Un grupo de mujeres mezclaba pigmentos para repintar símbolos en los postes.
Era un pueblo que había sobrevivido a algo grande. Y por eso no reaccionaban con impulsividad. Reaccionaban con procedimiento.
Desde el interior del pozo, Iston alzó la vista. Podía ver el cielo a través del entramado de raíces.
Abyllie cruzó los brazos.
—Esto es humillante.
Lilith sonrió apenas.
—Es inteligente.
Belial exhaló lento.
—Nos están probando.
Iston no respondió de inmediato. Apoyó la palma en la tierra. La sintió. Era firme, pero no hostil.
El pueblo no los quería muertos. Los quería definidos.
Y arriba, en la superficie, los tambores comenzaron a sonar.
Lentos. Graves.
No era una celebración. Era vigilancia.
Y la noche empezaba a caer.
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