BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 158
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Capítulo 158: Los recuerdos de la historia
La prisión tribal no era un lugar improvisado. Era memoria convertida en estructura: madera oscura, barro endurecido y huesos tallados como advertencia. No encerraba cuerpos; encerraba historias.
El silencio entre ellos ya no era incomodidad. Era conciencia.
Iston fue el primero en romperlo.
—Quiero que me lo digan sin rodeos. ¿Qué fue la Era Oscura?
Belial no respondió de inmediato. Esta vez no había humor, ni teatralidad, ni orgullo infernal.
—Fue colonización —dijo al fin.
La palabra cayó como un peso.
Lilith continuó, sin suavizar el golpe.
—Paimón decidió expandir el Infierno más allá de la Ciudadela. No por defensa, sino por desarrollo. Necesitaba infraestructura, mano de obra, territorios estratégicos.
Abyllie agregó:
—Y los pueblos que habitaban estas tierras ya sabían construir, extraer, organizarse. Eran eficientes. Eran útiles.
Iston sintió un nudo en el estómago.
—Entonces los usaron.
Belial no negó.
—Al principio, fueron tratados: contratos, intercambio. Después llegaron las exigencias. Luego la imposición.
Lilith lo dijo con una frialdad casi quirúrgica:
—Se les obligó a trabajar en fortalezas infernales, en minas, en murallas, bajo supervisión demoníaca.
Abyllie bajó la mirada.
—Cuando algunos se negaron… se les castigó para dar ejemplo.
El aire se volvió más denso.
Iston no apartó la vista.
—¿Castigó cómo?
Belial lo sostuvo con la mirada.
—Se arrasaron aldeas. Se ejecutaron líderes. Se separaron familias. Se forzó a los jóvenes a servir como trabajadores en territorios lejanos.
Lilith habló sin temblar.
—Hubo abusos sistemáticos. Explotación extrema. Violencia contra quienes no podían defenderse. Mujeres sometidas. Niños convertidos en herramientas de producción. Hombres asesinados por resistir.
No había gritos en la narración. Solo verdad.
Iston apretó los puños.
—¿Y el Consejo?
—Sabía —respondió Belial. Pero el desarrollo del Infierno estaba produciendo resultados: fortalezas mayores, círculos más organizados, poder creciente.
Lilith añadió:
—Hasta que el costo moral se volvió imposible de ocultar.
—Cuatro votos contra tres —dijo Belial. Se detuvo la expansión formal. Se dividieron los territorios. Se prohibió continuar con la “integración forzada”.
Abyllie lo corrigió.
—No fue integración. Fue dominación.
El silencio se extendió.
Iston entendía ahora por qué el Rosh había ordenado alarma apenas escuchó las palabras en lengua ancestral. Para ese pueblo, los extranjeros no eran visitantes; eran memoria de la invasión.
—Paimon quería crear una red de señores regionales —continuó Lilith—. Gobernantes intermedios que administrarán los pueblos sometidos para fortalecer la estructura infernal.
Belial asintió.
—Un sistema eficiente, productivo, estratégico.
Iston lo miró con dureza.
—¿Y humano?
Belial no respondió.
Abyllie lo hizo por él.
—No.
El crujido de la madera de la prisión parecía acompañar la confesión.
—Muchos demonios cruzaron límites —dijo Lilith. El poder sin supervisión revela lo peor.
Iston habló en voz baja.
—Entonces el pueblo de Dalah no teme una guerra futura… teme el regreso de lo que ya vivieron.
Belial inclinó la cabeza.
—Para ellos, la Era Oscura no terminó. Solo se congeló.
Abyllie levantó la vista hacia Iston.
—Y tú caminas con quienes fueron responsables.
Iston respiró hondo.
—Yo no soy parte de ese sistema.
Lilith lo miró con profundidad.
—No. Pero eres producto de él.
La frase quedó suspendida.
Belial dio un paso al frente.
—Por eso Jojma te llamó el fallo.
Iston no apartó la mirada.
—No repetiré lo que hicieron.
Belial respondió con gravedad.
—Eso no se promete. Se demuestra.
Fuera de la prisión, los tambores tribales comenzaron a sonar. No era una celebración. No era una ejecución.
Era consulta.
El pueblo decidiría qué hacer con los enviados del sistema que casi los extinguió.
Iston apoyó la mano contra la pared de madera.
—Si quiero unir pueblos… primero debo reconocer el daño.
Lilith asintió.
—Un rey que no reconoce la herida no merece gobernar la cicatriz.
Abyllie lo observó en silencio. Ya no había celos ni capricho.
Solo evaluación.
Belial finalmente habló:
—La Era Oscura no fue un accidente. Fue una decisión.
Iston cerró los ojos durante un segundo.
—Entonces la nueva era también lo será.
Y por primera vez desde que llegaron, el silencio no fue opresión.
Fue el inicio.
Pasos apresurados se acercaron por el pasillo de tierra. No eran los guardias. Era alguien que dudaba.
La puerta de la prisión se abrió con brusquedad.
Dalah entró.
Sus ojos ya no tenían la calidez ni la curiosidad de antes. Había algo más antiguo.
—Mi abuelo habló —dijo sin preámbulo.
Belial se tensó.
Abyllie observó en silencio.
Iston dio un paso al frente.
—¿Qué decidió?
Dalah no respondió de inmediato. Miró a cada uno, deteniéndose más tiempo en Belial.
—Él fue uno de los últimos niños de la Era Oscura.
La frase cayó como una piedra.
—Tenía ocho años cuando llegaron —continuó—. No recuerda el cielo. Solo el humo. No recuerda el juego. Solo órdenes.
Lilith cerró los ojos.
Dalah apretó los dientes antes de seguir.
—Fue llevado junto a otros niños. Les dijeron que era para “educarlos”. Para “prepararlos”. Para convertirlos en útiles.
Su voz se volvió más dura.
—Los obligaron a trabajar hasta que sus manos sangraban. Si caían, los levantaban. Si lloraban, los castigaban.
Belial no dijo nada.
Iston sintió que le faltaba el aire.
—Pero eso no fue lo peor —añadió Dalah.
El silencio se volvió insoportable.
—Mi abuelo fue asignado a la supervisión directa de Paimon.
El nombre se sintió como veneno.
Abyllie levantó la mirada.
Dalah no titubeó.
—No solo lo usó como trabajador. Lo usó para demostrar poder. Para recordarles a todos que podían hacer lo que quisieran sin consecuencias.
No dio detalles. No hizo falta.
—Lo trató como objeto. Como entretenimiento. Como propiedad.
La palabra quedó flotando.
Propiedad.
Iston apretó los puños.
Belial bajó la cabeza por primera vez.
—Mi abuelo sobrevivió —dijo Dalah. No por misericordia. Por resistencia. Por pura obstinación.
Su voz tembló apenas.
—Pero nunca volvió a ser el mismo. Nunca volvió a dormir sin sobresaltos. Nunca volvió a confiar en un demonio.
Abyllie dio un paso adelante.
—Yo no soy Paimón.
Dalah la miró con dolor, no con odio.
—Para él, todos ustedes llevan la misma sombra.
Silencio.
—El Rosh ha decidido —continuó Dalah— que no puede ejecutarles. No sin repetir lo que odia.
Belial levantó la vista.
—Entonces…
—Serán sentenciados.
Los guardias comenzaron a reunirse afuera.
—No por lo que ustedes hicieron —dijo Dalah. Sino como expiación de los pecados de Paimón.
Iston frunció el ceño.
—¿Expiación cómo?
Dalah sostuvo su mirada.
—Deberán ayudar al pueblo. Reparar lo que fue destruido. Defender lo que fue arrasado. Trabajar sin exigir nada. Sin trato. Sin contrato.
Belial exhaló lentamente.
—Servicio.
—Redención —corrigió Dalah.
Lilith habló con calma.
—¿Y si nos negamos?
Dalah no parpadeó.
—Entonces la sentencia cambia.
El sonido del metal rozando la madera dejó clara la alternativa.
Iston dio un paso al frente.
—Acepto.
Belial lo miró.
—No tienes autoridad para hablar por todos.
Iston lo sostuvo.
—No. Pero tengo responsabilidad.
Abyllie observó a Iston con una expresión distinta. No era un capricho. Era una evaluación profunda.
—Si queremos unir pueblos —dijo Iston—, no podemos ignorar la sangre que manchó el camino.
Lilith asintió lentamente.
Belial finalmente habló.
—Paimón no está aquí para responder.
Dalah lo miró con firmeza.
—Pero el sistema que lo permitió sí.
La frase atravesó la prisión.
Iston entendió algo entonces.
No era un juicio personal.
Era un juicio histórico.
—¿Qué exige el Rosh? —preguntó.
Dalah respondió:
—Demuestren que no son repeticiones.
El silencio volvió.
Pero esta vez no era miedo.
Era peso.
Y fuera de la prisión, el pueblo tribal no gritaba.
Esperaba.
Porque la Era Oscura no era el pasado.
Era una herida abierta.
Y ahora, tenían su primera prueba real.
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