BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 162
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Capítulo 162: Romper para Permanecer
Iston no apartó la mirada.
—Entonces… ¿qué vi?
Belial tardó en responder, no porque no supiera, sino porque elegir las palabras era más peligroso que el recuerdo.
—Técnicamente… no soy yo —dijo al fin—, pero tampoco puedo negar que lo sea.
Iston frunció el ceño mientras Belial avanzaba unos pasos en la oscuridad líquida.
—Dios no creó individuos. Creó líneas.
Iston estaba de rodillas en el líquido negro, respirando con dificultad. El espeso líquido se movía con cada exhalación, como si intentara arrastrarlo hacia abajo.
—Aumenta el entrenamiento —dijo sin levantar la cabeza.
Belial lo observó desde la penumbra.
—Estás en el suelo.
Iston levantó el rostro, una sonrisa torcida apenas visible en la oscuridad.
—No tenemos tiempo para dudar.
Escupió sangre.
—El dolor se va a multiplicar allá afuera. Prefiero que empiece aquí.
Silencio.
Belial no discutió.
El líquido vibró. La presión cambió.
Y el siguiente golpe no fue un aviso; fue ejecución.
El impacto golpeó en el cuello. Iston cayó de lado.
Antes de poder estabilizarse, otro golpe alcanzó la parte baja de las costillas.
No eran golpes aleatorios; Belial apuntaba a puntos vitales.
Donde el aire se corta, donde el equilibrio falla, donde el cuerpo deja de responder.
—El guerrero no buscará probarte —dijo Belial—. Buscará terminarlo rápido.
Un golpe en el muslo. El dolor subió como fuego.
Iston intentó moverse antes del siguiente. Falló.
Impacto en el hombro. Sintió algo crujir.
El líquido absorbía la sangre, pero no el dolor.
Cada vez que intentaba anticipar, Belial cambiaba el ángulo. Más rápido. Más preciso.
—No pienses en el golpe —ordenó Belial—. Piensa en el espacio antes del golpe.
Iston cerró los ojos. Inútil. No había nada que ver.
Sintió la vibración. Giró. Tarde.
El palo impactó en su abdomen. Se dobló. Por un instante, pensó que iba a vomitar, pero se obligó a ponerse de pie.
—Otra vez —dijo, casi sin voz.
Belial lo miró en silencio.
Y atacó.
El círculo comenzó a vibrar con más intensidad. La tierra se manchó.
Rojo.
Abyllie fue la primera en verlo.
—Está sangrando.
Dalah dio un paso adelante.
—Esto no es entrenamiento.
Intentaron acercarse, pero Lilith extendió el brazo, bloqueándolas.
—No.
Abyllie la miró con furia.
—Se está desangrando.
—Y en el Var’keth intentarán romperle la tráquea en el primer intercambio —respondió Lilith con frialdad.
Dalah apretó los puños.
—Esto es demasiado.
Lilith las miró a ambas.
—¿Cómo creen que quedará su honor si intervienen? ¿Qué dirá el pueblo cuando vea que protegieron al representante con privilegio?
Silencio.
—El honor que intentamos defender se perderá por ustedes.
Abyllie respiraba agitada.
—Es mi—
Se detuvo.
Lilith bajó la voz.
—No pueden detener el entrenamiento.
El círculo vibró con más violencia. Una gota de sangre salió disparada fuera del símbolo y cayó en la tierra tribal.
Dalah la miró.
Esa sangre no era demoníaca.
Era negra.
Belial dio un paso atrás.
—Este será el último ataque.
Iston apenas podía mantenerse en pie. Su respiración era irregular. El líquido parecía más pesado ahora, más lento.
Sintió la vibración, no en el frente, sino en diagonal. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Giró. El palo cortó el espacio donde había estado su cabeza.
El impulso lo desestabilizó. Cayó. Pero giró en la caída. El líquido lo envolvió.
Y por primera vez—
No hubo impacto.
Silencio.
Belial bajó el arma.
En la oscuridad, sonrió.
—Eso es.
Iston flotaba, exhausto, apenas consciente.
—Buen movimiento —dijo Belial—. Quédate con ese recuerdo.
Iston intentó respirar. El dolor era total. Pero su cuerpo había respondido. Sin vista, sin cálculo, sin miedo, solo instinto.
El líquido comenzó a disolverse. El suelo reapareció.
Afuera, el círculo se apagó lentamente.
Iston cayó sobre la tierra real, magullado, sangrando, pero vivo.
Abyllie dio un paso al frente, pero se detuvo. Lilith no la tocó esta vez. No hizo falta.
Belial se incorporó con calma, mirando a Iston en el suelo.
—Mañana será peor.
Iston, aún boca arriba, sonrió con dificultad.
—Entonces… mañana estaré más listo.
El tambor tribal sonó a lo lejos.
No marcaba amenaza; marcaba cuenta regresiva.
Al día siguiente, no hubo advertencia. Belial no explicó nada.
El líquido negro volvió a cerrarse sobre ellos como una tumba viva. Esta vez, no buscó medir resistencia; buscó el error.
Cada movimiento de Iston era observado, cada respiración, cada microtensión en los hombros, cada duda antes de girar.
Belial atacaba justo ahí, donde Iston aún pensaba.
Golpe en la clavícula.
Antes de que terminara de absorber el dolor, impactó en la rodilla.
El líquido amplificaba todo.
No había equilibrio.
No había referencia.
Solo presión y violencia calculada.
—Estás anticipando —dijo Belial en su mente.
Golpe en el costado.
—Y cuando anticipas… te rigidizas.
Iston cayó, intentando levantarse. No llegó. Impacto en la espalda.
El líquido tembló con la vibración. Belial no mostraba piedad, no repetía patrón, no mantenía ritmo.
Era impredecible. Porque el guerrero tribal no sería entrenamiento; sería intención de matar.
—Tu error no está en el cuerpo —dijo Belial—. Está en la expectativa.
Iston respiraba con dificultad. Dolía todo. Cada fibra, cada articulación.
Pero algo empezó a cambiar. En lugar de intentar ganar espacio, dejó de intentar controlar.
El siguiente golpe vino bajo.
Su cuerpo reaccionó antes de que su mente lo ordenara.
Giró.
Impacto parcial.
Menos daño.
Belial atacó de nuevo, más rápido. Esta vez al cuello.
Iston se inclinó, no porque pensara, sino porque sintió.
El líquido vibraba distinto antes de cada ataque. No era sonido, sino resistencia desplazándose.
Una fracción, una microonda.
Y entonces—
Iston comenzó a reír.
No fuerte, no con burla, sino con comprensión.
Belial detuvo el siguiente golpe apenas un segundo.
—¿Qué te resulta gracioso?
Iston escupió sangre.
—Por fin entiendo.
El siguiente impacto llegó con fuerza total. Costillas. Dolor blanco.
Pero Iston no cayó. Se movió. Giró. Protegió el cuello con el antebrazo. Desvió la trayectoria del palo.
No fue limpio. No fue elegante. Pero fue correcto.
Belial aumentó la intensidad. Ataques dobles, cambios de dirección, golpes de distracción.
Iston comenzó a recibir paliza tras paliza. El hombro se dislocó. La rodilla cedió una vez. El aire faltó. Varias veces estuvo a un segundo de perder la conciencia. Casi a la muerte.
Pero cada vez…
Se levantó.
No por orgullo, sino por adaptación.
Su cuerpo ya no buscaba atacar, primero protegía puntos vitales: cuello, costillas, rodillas, sien. Aprendió a cerrar el espacio del golpe, a absorber en ángulo, a no retroceder en línea recta.
Belial lo golpeaba con brutalidad creciente. Y cuanto más lo golpeaba, más vivos se volvían los ojos de Iston.
Ya no había miedo.
Había cálculo instintivo.
El siguiente ataque vino desde arriba. Iston no miró, no pensó.
Su torso se inclinó en diagonal. El palo pasó rozando.
Y por primera vez—
Iston respondió.
No con fuerza, sino con timing.
Golpeó el antebrazo de Belial. No lo dañó, pero interrumpió la secuencia.
Belial retrocedió medio paso. Silencio líquido.
Algo en él se tensó. Aumentó la velocidad.
Golpe triple.
Iston cayó. Se arrastró. Se levantó otra vez.
Belial atacó con todo. Ya no entrenaba; probaba límites.
Y entonces lo vio. Iston ya no reaccionaba tarde.
Reaccionaba en tránsito. No esquivaba el golpe; esquivaba el movimiento que lo precedía.
Belial sintió algo que no esperaba: frustración. Porque cuanto más lo rompía, más rápido se reconstruía.
Iston sangraba. Estaba al borde. Pero sonreía.
—No puedes romper algo que ya aceptó romperse —murmuró Iston.
Belial atacó con furia controlada. Impacto directo en el abdomen. Iston casi se desplomó, pero giró en la caída. Rodó.
Se incorporó usando el mismo impulso.
Belial se detuvo y lo miró. En la oscuridad, sus ojos brillaron.
No con orgullo, sino con inquietud. Porque lo que estaba viendo…
No era aprendizaje.
Era una adaptación acelerada.
Y eso— eso era exactamente lo que había hecho peligrosa a su generación.
Belial bajó el arma.
—Suficiente por hoy.
Iston respiraba como si el pecho fuera a partirse, pero seguía de pie. Y en la negrura líquida, sus ojos estaban más vivos que nunca.
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