BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 165
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Capítulo 165: Antes de la Justicia
La prisión emanaba el olor a tierra húmeda y hierro. Iston estaba sentado contra la pared de madera, el torso desnudo, con marcas en la piel que contaban historias de golpes pasados.
Dalah se arrodilló frente a él, sosteniendo un cuenco de agua oscura. Sin pronunciar una palabra, sumergió un paño en el líquido y lo escurrió con un giro firme de muñeca.
Abyllie permanecía de pie detrás de Iston, no tan cerca como para tocarlo, pero tampoco tan lejos como para parecer indiferente.
Dalah presionó el paño contra la clavícula herida de Iston. Este cerró los ojos, apenas.
—No es profundo —dijo Dalah, inclinándose para observar el corte mientras sostenía su hombro con la otra mano—. Sangra más de lo que debería.
Abyllie cruzó los brazos, su expresión tensa.
—Se forzó —respondió, sin apartar la vista del suelo.
Dalah levantó la mirada un instante.
—Lo sé.
Y volvió a su tarea. El silencio se hizo denso.
Dalah deslizó los dedos por el borde del moretón en el abdomen de Iston, no con suavidad, sino con una evaluación fría.
Iston inhaló por la nariz.
—Puedes avisar antes —murmuró, intentando mantener un tono ligero.
Dalah no sonrió.
—Si aviso, tu cuerpo se prepara —respondió, ajustando la presión—. Necesito ver la reacción real.
Abyllie apretó los brazos contra su cuerpo.
—No es una prueba de laboratorio.
Dalah se incorporó un poco, mirándola desde su posición baja.
—Para el bosque, todo lo es.
La frase no sonó fría, sino práctica, y eso era aún peor. Abyllie avanzó un paso más cerca.
—No es “el bosque”.
Dalah volvió al hombro de Iston.
—Es diferente.
Abyllie tragó saliva.
—No es diferente. Es él.
Dalah sostuvo la venda entre sus dedos, tensándola antes de rodear el brazo de Iston.
—Precisamente.
El aire cambió.
Iston abrió los ojos y miró a Abyllie. Aunque no entendía del todo lo que sucedía, podía sentir la tensión en el ambiente.
Abyllie desvió la mirada primero.
Dalah terminó el vendaje con un tirón limpio.
—Si mañana recibes un golpe así en el duelo, el hueso cede —dijo, golpeando ligeramente el punto exacto con los nudillos.
Iston permaneció en silencio. Abyllie rompió el mutismo.
—No pasará.
Dalah se puso de pie con calma.
—Eso espero.
Llevó el cuenco consigo. Al pasar junto a Abyllie, no la rozó, pero la distancia fue mínima. Demasiado mínima.
Abyllie no se movió hasta que la puerta se cerró.
Iston intentó levantarse, pero ella lo sostuvo por la cintura, sin pedir permiso.
—No te levantes aún.
Iston la miró, sorprendido por el tono.
—Estoy bien.
Abyllie sostuvo su mirada.
—No lo estás.
No lo soltó de inmediato, y eso decía más que cualquier palabra.
Afuera, la noche era inmóvil. Belial se encontraba entre los árboles, los hombros tensos, los ojos fijos en algo que no estaba allí.
Lilith se acercó lentamente, las manos sueltas a los costados.
—No fue entrenamiento —dijo, deteniéndose a su lado.
Belial no la miró.
—Fue necesario.
Lilith inclinó ligeramente la cabeza.
—No era necesario ir tan lejos.
Belial apretó los dedos detrás de la espalda hasta que los nudillos palidecieron.
—Se levantó.
Lilith lo observó en silencio.
—Sí.
Belial giró el rostro apenas.
—No dudó.
El viento movió las hojas altas. Lilith dio un paso más cerca.
—Eso no es un crimen.
Belial soltó una risa breve y seca.
—No. Es un patrón.
Lilith sostuvo su mirada.
—No es él.
Belial bajó la vista al suelo.
—Sentí que debía matarlo.
La frase cayó pesada. Lilith no reaccionó de inmediato. Belial levantó la mirada, sin orgullo ni autoridad.
Solo algo quebrado.
—Lo vi levantarse —continuó, con voz más baja—. Y por un segundo, no vi a mi alumno.
Tragó saliva.
—Vi a Lucifer.
Silencio.
—Y mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Lilith se acercó lo suficiente para tocar su brazo.
—Belial—
Él la interrumpió.
—Sentí que debía matarlo.
La voz ya no era firme.
—A mi alumno. Al futuro esposo de mi hija.
La mandíbula de Belial se tensó.
—¿Cómo se supone que me sienta bien con eso?
Lilith no retiró la mano.
—No se supone que te sientas bien.
Belial la miró, contenida la rabia.
—Entonces, ¿qué?
Lilith sostuvo esa mirada sin retroceder.
—Se supone que lo reconozcas.
Belial negó apenas con la cabeza.
—No quiero repetir la historia.
Lilith se acercó más.
—No la estás repitiendo.
Belial soltó una exhalación dura.
—Lo ataqué con intención de matar.
Lilith apretó su brazo con suavidad.
—Y te detuviste.
Belial cerró los ojos un segundo.
—Demasiado tarde.
Lilith negó suavemente.
—Demasiado tarde habría sido no sentirlo.
Belial abrió los ojos. Lilith sostuvo su rostro entre sus manos esta vez, obligándolo a mirarla.
—Lucifer cayó porque nadie lo detuvo cuando empezó a arder —dijo con firmeza—. Tú te detuviste.
Belial respiró más lento.
—No confío en mí.
Lilith suavizó la presión.
—Entonces confía en que yo sí.
El silencio se volvió menos hostil. Belial miró hacia la prisión.
—Si vuelve a mirarme así…
Lilith inclinó la cabeza.
—Entonces míralo tú distinto.
Belial no respondió, pero la tensión en sus hombros cedió apenas.
Dentro, Abyllie aún sostenía a Iston. Y por primera vez, Belial entendió que el verdadero peligro no era que la historia se repitiera, sino que él mismo la provocara.
El amanecer no entró por la puerta.
La puerta se abrió con tres golpes secos. Medidos. No urgentes.
Abyllie fue la primera en levantarse, no corriendo, sino erguida, con el cuerpo ya tenso.
Belial ya estaba despierto antes del segundo golpe. No miró a nadie; su atención se centraba en la puerta.
Iston se incorporó, apoyando la mano contra la pared. El vendaje tiró ligeramente al enderezar el torso.
Lilith exhaló por la nariz.
—Llegaron.
La puerta se abrió sin permiso.
Dalah entró primero, sin armas visibles. Eso fue más incómodo.
Detrás de ella, ocho guerreros, con lanzas verticales, escudos a la espalda y rostros pintados con líneas negras que cruzaban el puente de la nariz.
Uno dio un paso adelante.
—“Roth kesh’na il var.”
La voz no gritó. No hizo falta.
Belial inclinó apenas la cabeza.
—Entendido.
Abyllie miró a Dalah.
—¿Ahora?
Dalah sostuvo su mirada un segundo más de lo habitual.
—El Roth no espera.
Dos guerreros avanzaron hacia Iston. No lo tocaron, pero se posicionaron a cada lado.
Uno murmuró algo bajo:
—“Sa’veth il tharos… vekh na’rath.”
El otro respondió con una leve risa nasal.
Iston no preguntó qué significaba. Miró al frente.
Belial dio medio paso, suficiente para quedar detrás de él. Presencia, no protección.
Lilith observó las manos de los guerreros. Ninguna temblaba.
—¿Es escolta o custodia? —preguntó suavemente, apoyando la mano contra su propia muñeca.
Dalah no respondió de inmediato.
—Custodia ceremonial.
Eso significaba: no libres.
Uno de los guerreros golpeó la base de su lanza contra el suelo.
—“Na’roth il’kesh!”
Los demás respondieron al unísono:
—“Il’kesh!”
La palabra vibró en el pecho más que en el oído.
Abyllie se colocó al lado de Iston. Un guerrero cruzó la lanza frente a ella. No agresivo, pero firme.
Dalah levantó la mano.
—Ella camina.
El guerrero sostuvo la mirada un segundo, luego retiró la lanza.
El grupo comenzó a moverse.
El bosque no estaba vacío. Estaba alineado. Guerreros apostados a los costados del sendero.
Nadie hablaba en voz alta. Solo murmullos.
—“Var… var…”
—“Il sa’veth…”
—“Roth kesh’tar…”
Iston caminaba recto. No rápido, no lento. El vendaje marcaba su respiración bajo la túnica.
Abyllie caminaba medio paso detrás. No por duda, sino porque medía todo.
Belial avanzaba con los hombros relajados, pero la mirada fija al frente. Las manos entrelazadas detrás de la espalda.
Lilith observaba las copas de los árboles. Demasiado silencio.
El sendero descendió hacia una estructura tallada en piedra oscura. No era un templo; era un hueco profundo rodeado por graderías naturales.
La Sala del Roth.
Doce figuras ya estaban allí, sentadas, inmóviles, esperando.
El tambor no sonaba. Eso lo hacía más grave.
Los guerreros formaron un semicírculo detrás del grupo. No cerraron el paso, pero lo definieron.
Dalah avanzó primero y se arrodilló. No inclinó la cabeza.
Uno de los ancianos golpeó el suelo con un bastón tallado.
—“Roth na’var.”
El eco cayó pesado.
Belial no se arrodilló. Iston tampoco. Abyllie sintió las miradas recorrerlos.
Uno de los ancianos habló. La voz era áspera.
—“Il var… sa’veth na’roth?”
Dalah respondió sin girarse.
—Sí.
Silencio.
Otro anciano inclinó apenas la cabeza hacia Belial.
—“Kareth il’vorn.”
No fue un saludo. Fue un señalamiento.
Belial sostuvo la mirada.
No respondió.
El más anciano golpeó el bastón una vez más.
—Justicia.
La palabra resonó en lengua común, más pesada que cualquier otra.
Los guerreros cerraron el semicírculo un paso más. No tocaron, pero ya no había espacio hacia atrás.
Iston respiró hondo. Belial no lo miró. Lilith sí.
Abyllie sintió el peso del lugar, como si el suelo estuviera evaluando su postura.
El Roth no gritó. No acusó. Solo miró. Y exigió.
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