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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 166

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Capítulo 166: Deuda y Honra

El círculo tribal estaba lleno.

No era una multitud.

Era un juicio.

La madera oscura del estrado conservaba las marcas de antiguas sentencias: hendiduras profundas, grietas abiertas por puños que no aceptaron la derrota, manchas oscuras que ningún invierno pudo borrar del todo. Huesos tallados colgaban de los pilares como memoria viva, alineados con precisión ritual. Advertían, no decoraban.

El aire era espeso.

Tierra húmeda. Sudor. Resentimiento antiguo.

Roth permanecía sentado en el asiento central.

No parecía un rey.

Parecía una herida abierta que había aprendido a gobernar su dolor.

Dalah estaba un paso por delante de él. Esa era su posición como traductora, como puente. Pero hoy se sentía más como un abismo. Detrás de ella, Belial y Lilith se mantenían inmóviles en el centro del círculo de tierra marcada. Frente a ella, el pueblo Roth, armado y expectante.

Respiró hondo.

Su padre cerró la mano sobre el bastón ceremonial.

Lo clavó contra la madera.

TAC.

El sonido fue seco.

El pueblo bajó la cabeza. El viento dejó de moverse.

Roth comenzó.

Su voz no tembló.

Pero dolía.

—Roth vael’kael enash.

Nareth Morra’thar vel Tyr’kael.

Sol enash thir-nareth.

Sol enash vel-surveth.

Un hombre escupió al suelo.

—Nareth! —respondieron varios al unísono.

Las armas comenzaron a golpear la tierra en un ritmo lento.

Thum.

Thum.

Dalah sintió el pulso en la garganta. Giró levemente hacia Belial y Lilith.

—Yo, Roth, alzo mi voluntad —tradujo—.

Memoria del Abismo bajo voluntad impuesta.

Pocos aquí recuerdan la sangre.

Pocos aquí sobrevivieron.

Mientras hablaba, miraba los rostros de los suyos. Viejos con cicatrices. Jóvenes que solo conocían la historia por relatos y rabia heredada.

Roth continuó.

—Eshvar Roth exor kael-justhar.

Perio Ondrak Nareth-Umbral.

Vel-surveth kael thir.

Vel-surveth kael nareth.

—Justhar! —rugió un joven, golpeando su lanza con más fuerza.

Dalah tradujo, palabra por palabra.

—Exijo justicia por el periodo oscuro de nuestra historia.

Por los que resistieron con sangre.

Por los que sobrevivieron con cicatrices.

Una anciana lanzó polvo hacia el centro del círculo. No hacia los demonios, sino hacia la tierra compartida.

Roth avanzó un paso.

—Vaelor-demon esh kael-parthe.

Dol’thar Roth vel eshva.

Traumeth vel-nareth kael asoth.

Xarun kael-pagor.

Thir-debth vel Luthar-frath.

Frath esh-vel, frath esh-kael.

Morra testhar.

Kael testhar.

Thir… testhar.

Al oír “Luthar”, el círculo se tensó.

—Luthar!

—Thir-debth!

Escupitajos.

Armas golpeando.

Dalah tragó saliva.

—Exijo que paguen la deuda de sangre que su hermano generó.

Sangre por vínculo.

Sangre por voluntad.

El Abismo es testigo.

La voluntad es testigo.

La sangre es testigo.

Silencio.

Belial rió.

No fuerte.

Una exhalación breve, casi divertida.

Dalah sintió cómo el aire se partía.

Belial dio un paso al frente.

—¿Quieres que paguemos por crímenes que nosotros no cometimos? —su voz fue firme—. Nosotros buscamos la coexistencia de los mundos. Si una oveja tomó el control, fue nuestra culpa no detenerla… pero no ejecutamos sus acciones.

El murmullo subió como fuego sobre paja seca.

—¡Coexisteth?!

—¡Ondrak-solkar!

—¡Menthar-vaelor!

Dalah sabía que estaba a punto de incendiar el círculo.

Pero no podía omitir nada.

Giró hacia su pueblo.

—Roth enash kael-accor vel-crimeth.

Vaelor-demon vel-esh thir-no.

Morra vel-kael coexisteth.

Solkar no-esh vel-ondrak.

Luthar-frath esh-vel una’oveth.

Kael-tomar vel-nareth esh culpa-shar.

Mael’vaelor no-esh parthe vel-asoth.

No-esh kael-acthar vel-dol’thar.

Frath Luthar camineth solo.

Frath luthar elegor kael-propria.

Morra testhar.

Kael Testhar.

Thir separath vel-crimeth.

Cuando pronunció “una’oveth”, el estrado vibró.

—¿Una’oveth?!

Un hombre escupió con fuerza hacia el centro.

Roth se levantó de golpe.

El asiento crujió.

Golpeó el estrado con el puño.

La madera se astilló.

Sus ojos estaban rojos.

No magia.

Ira.

—¿Kael-creth inocen?

La plaza rugió.

—¡NO!

Roth avanzó un paso.

—Thir-esh vel-frath luthar.

Thir-esh vel-crimeth.

Usurpar-thar vel-nareth Roth.

Eshva-suciar vel-tir.

¿Kael-trusthar? No-esh.

No-esh nun’vaelor.

Thir-esh igual vel-frath luthar.

Igual vel-asoth.

Igual vel-debth thir.

Dalah tradujo, sintiendo que cada frase era un golpe.

—¿Crees que eres inocente? No.

Tu sangre es la misma que la del que cayó.

Eres un usurpador de nuestras tierras.

Jamás confiaré en ti.

Eres igual que él.

Igual en la deuda de sangre.

El círculo estaba a punto de romperse.

Un tribal dio medio paso adelante.

Otro levantó la lanza.

Dalah lo vio.

Si esto sigue así, mi padre ordenará un ataque.

Sintió el miedo por primera vez.

No por ella.

Sino por lo que vendría después.

Se giró hacia Belial y Lilith.

Bajó la voz.

—Si quieren que esto no termine en guerra… usen el Var’keth.

Belial la miró.

Lilith entendió.

Dalah volvió hacia su padre.

Sabía que estaba cruzando un límite.

—Vaeth —dijo en lengua tribal—, si ellos dicen que no comparten esa culpa… que lo prueben bajo ley.

El pueblo murmuró.

—Ley-nareth…

—Var’keth…

Roth la miró.

No como líder.

Sino como padre.

Por un segundo.

Dalah sostuvo la mirada.

No retrocedió.

Se volvió hacia Belial.

—Si desean limpiar su nombre… invoquen el Var’keth.

Belial dio medio paso.

Lilith también.

Al unísono:

—Var’keth.

El sonido cayó como una cuchilla.

El pueblo dejó de gritar.

Las armas dejaron de golpear.

El silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

Roth descendió un escalón.

Miró a Lilith.

Luego a Belial.

Finalmente, a su hija.

—Var’keth aceptor.

Aceptado.

El viento finalmente sopló.

Dalah sintió el peso completo de lo que había hecho.

Había detenido una masacre.

Había invocado un duelo.

Había elegido.

Y sabía, con una certeza amarga…

Que esto no terminaría con el combate.

Terminaría despertando algo más antiguo.

En el pueblo Roth…

La ley no se negocia.

Se sangra.

El silencio que siguió a la palabra Var’keth no fue alivio.

Fue suspensión.

El viento volvió a moverse, arrastrando polvo por el círculo. Las armas dejaron de golpear la tierra, pero nadie bajó la guardia. El pueblo respiraba fuerte, expectante.

Roth descendió un escalón del estrado.

Sus pasos no fueron apresurados.

Fueron medidos.

Cada crujido de la madera se escuchó como una sentencia.

Dalah sintió el cambio antes de verlo. No miró a su padre de inmediato. Sabía que la decisión ya estaba tomada.

Roth se detuvo frente a Lilith y Belial.

Los observó sin parpadear.

Luego habló.

—Var’keth aceptor.

Aceptado.

Un murmullo recorrió la plaza.

—“Var’keth…”

—“Ley-nareth…”

Pero Roth no volvió al estrado.

Giró lentamente.

Caminó hacia Dalah.

El murmullo bajó.

Dalah no retrocedió.

Sabía lo que venía.

Sabía que al proponer el Var’keth había protegido la ley… pero había desafiado la autoridad de su padre ante todos.

Roth se detuvo frente a ella.

La miró desde arriba.

No como líder.

Sino como hombre herido.

Por un segundo, Dalah vio algo en sus ojos.

Dolor.

Luego desapareció.

La mano de Roth se levantó.

El golpe fue seco.

La bofetada resonó en el círculo con más fuerza que el bastón.

Dalah no cayó.

Pero el impacto le giró el rostro.

El pueblo inhaló al unísono.

Algunos bajaron la mirada.

Otros observaron con aprobación fría.

Roth habló en lengua tribal, su voz baja, controlada, más peligrosa que un grito.

—“Eshva-suciar… traeth-vel Roth.”

Sucia traidora del pueblo Roth.

Dalah mantuvo el rostro ladeado unos segundos.

La mejilla ardía.

Pero no lloró.

Roth dio medio paso más cerca.

—“Var’keth decidhar.

Ganor vel-perdor…

desthar-esh tu kael.”

El Var’keth decidirá.

Si ellos ganan o pierden…

tu destino será juzgado.

El murmullo volvió.

—“Ley esh ley…”

—“Thir decidhar…”

Dalah levantó lentamente el rostro.

Lo miró a los ojos.

No desafío.

No sumisión.

Convicción.

—“Vaeth…” —dijo en voz baja, solo para él—.

Padre.

Roth parpadeó apenas.

El pueblo no entendió ese susurro íntimo.

Pero sintió la fractura.

Belial observaba en silencio.

Lilith también.

No intervinieron.

No era su momento.

Roth dio media vuelta.

Regresó al estrado.

Su voz volvió a elevarse.

—“Var’keth esh ley.

Thir esh prueba.

Kael esh destino.”

El Var’keth es ley.

La sangre será prueba.

La voluntad decidirá el destino.

El pueblo golpeó las armas una vez.

Solo una.

Thum.

La sentencia estaba dada.

Dalah permaneció en el centro del círculo.

La mejilla roja.

La respiración firme.

Sabía que ahora ya no era solo mediadora.

Era parte del riesgo.

Si los demonios perdían… la ley caería sobre ellos.

Si ganaban…

La ley caería sobre ella.

Y en el pueblo Roth…

La honra no se discute.

Se paga.

El anuncio cayó como una sentencia.

Chroneth vel-elethor champeth esh,

kael-tyr Morra-chron marcareth

tri milreth ombra.

Dalah tradujo con voz firme, aunque sentía que algo se quebraba dentro de ella.

—El tiempo para la elección del campeón será decidido

cuando la marca del reloj de sombra

señale tres milímetros.

El pueblo no respondió con gritos.

Respondió con silencio.

Los cuatro juzgados permanecieron en el centro del círculo, bajo miradas que no parpadeaban.

Roth no regresó al estrado.

Tomó a su hija del brazo.

No con violencia.

Pero tampoco con suavidad.

La condujo hacia una choza cercana.

El murmullo quedó atrás, como un rumor de mar oscuro.

Dentro, la luz era baja.

El olor a humo viejo y madera húmeda envolvía el espacio.

Roth soltó su brazo.

Se giró lentamente.

La miró.

No como líder.

Sino como un hombre traicionado.

Sus ojos no estaban húmedos.

Estaban duros.

Thir-esh rethar kael.

Has quebrado mi voluntad.

Dalah sostuvo su mirada.

Le dolía el pecho más que la mejilla aún intacta.

—Yo no he roto tu voluntad. Solo pedí lo justo.

Roth dio un paso adelante.

Su sombra cubrió la de ella.

Kael-creth justhar esh

que Vaelor-demon saleth impunor,

despueth mor’kael asoth vel-tir?

Kael-creth justhar esh

que thir-nareth frath-anteva

cayereth vel-mano esh?

¿Crees que es justo que salgan impunes después de todo lo que hicieron en nuestras tierras?

¿Que la sangre de tus antepasados cayera por sus manos?

Su voz ya no era discurso.

Era una herida abierta.

Dalah sintió la rabia del pueblo en cada palabra.

Pero no retrocedió.

—Ellos no son culpables. No eran conscientes, padre. Ellos no eran él.

La mandíbula de Roth se tensó.

Mareth kael, Dalah.

Cierra tu boca.

La palabra no fue gritada.

Fue una orden.

Ut esh elethor Var’keth

cudo Vaelor-demon no-esh genthar ut.

No-esh genthar Roth.

No-esh thir ut.

Tú solicitaste el Var’keth cuando esos demonios no son tu gente.

No son pueblo Roth.

No son tu sangre.

El silencio entre ellos se volvió más pesado que cualquier grito afuera.

Dalah sintió algo romperse.

No la ley.

Sino el recuerdo.

—Tú no pides justicia. Pides venganza. ¿Qué te hace distinto de ellos? Siempre dijiste que éramos mejores… pero al parecer solo eran palabras.

Roth avanzó.

El bastón aún estaba en su mano.

No dudó.

El golpe fue rápido.

La madera impactó su rostro.

No la mano.

El bastón.

Dalah cayó al suelo.

El sabor metálico inundo su boca.

Desde el suelo, miró hacia arriba.

Y no vio al padre que la levantaba cuando tropezaba en el bosque.

Vio a un líder que defendía su poder.

Vio a un demonio más.

—No eres distinto a ellos —susurró—. Solo tenías una máscara.

Roth respiraba fuerte.

La ira lo sostenía de pie.

—Si no tuvieras el apoyo del pueblo, no serías más que un anciano emborrachado de ira.

Esa frase cruzó algo invisible.

Kael-creth tu esh,

apra hablreth asoth vel-ley?

Tú no-esh vaelor,

no-esh thar’raiz Roth.

No sabreth cuanto dareth-esh thir-nareth

apra susthar genth.

Morra testhar.

Kael testhar.

Oy dareth otdo.

¿Quién te crees que eres para hablar así ante la ley?

No eres líder.

No eres raíz Roth.

No sabes cuánto he entregado de mi sangre para sostener al pueblo.

El Abismo es testigo.

La voluntad es testigo.

Yo lo di todo.

Su voz tembló apenas en esa última línea.

No por debilidad.

Sino por cansancio.

Dalah logró ponerse de pie.

La mejilla hinchada.

La respiración irregular.

—Tú no eres el padre amoroso que me crió. Solo eres lo que más odias de ellos. Un gobernante que busca miedo y control.

Esa frase quedó suspendida entre ambos.

Roth no respondió de inmediato.

Sus ojos ardían.

No por lágrimas.

Sino por orgullo herido.

Dalah dio un paso hacia la salida.

La luz del exterior se filtraba por la abertura.

—Eres igual que Paimon.

El nombre cayó como una cuchilla.

Roth no la detuvo.

No esta vez.

Dalah salió de la choza.

Afuera, algunos tribales la miraron.

Otros apartaron la vista.

Ella caminó hacia los únicos que no eran su sangre…

pero que no la habían golpeado.

Y en ese momento entendió algo con brutal claridad:

El Var’keth no decidiría solo un campeón.

Decidiría a qué mundo pertenecía ella.

Dentro de la choza, Roth permaneció inmóvil.

El bastón aún en su mano.

Respirando.

Solo.

Y por primera vez desde que comenzó el juicio…

El líder Roth no sabía si estaba defendiendo su pueblo.

O perdiendo a su hija.

La puerta de la choza se abrió con un golpe seco.

Roth salió primero.

La luz del exterior le dio de lleno en el rostro, marcando aún más las líneas de su expresión endurecida. El bastón seguía en su mano. No como apoyo. Como recordatorio.

Lo primero que vio fue a Dalah.

De pie.

Junto a ellos.

Junto a los señores demonios.

No hablando. No riendo. Pero lo suficientemente cerca como para que la imagen pesara más que cualquier palabra.

El pueblo también lo vio.

El murmullo fue bajo.

No acusador.

Observador.

Roth no dijo nada.

Pero su mandíbula se tensó.

Su mirada se detuvo apenas un segundo más de lo necesario en su hija. Luego la apartó. No le daría ese momento frente a todos.

Escaneó el círculo.

Eligió.

Señaló con el bastón a un muchacho que conocía desde niño. Hombros anchos, aún sin barba completa, pero firme.

Lo llamó con un gesto.

—Yareth, vareth Adir.

—Adir esh askar Var’keth.

El joven sintió el peso inmediato de la orden.

Asintió sin hablar.

No era petición.

Era mandato.

Se abrió paso entre la multitud. Algunos lo tocaron en el hombro al pasar. Otros solo apartaron el cuerpo. El murmullo lo siguió como un eco.

Corrió hacia el claro del bosque, donde el sonido del juicio no llegaba con la misma intensidad.

Allí, entre troncos marcados por golpes repetidos, Adir entrenaba.

El torso desnudo.

El cuerpo cubierto de cicatrices.

La respiración medida.

Golpeaba un poste de madera con ritmo constante.

Thud.

Thud.

El muchacho se detuvo al borde del claro, aún jadeando.

Adir no dejó de golpear.

Solo habló.

—Kael-creth tu esh uiqa?

El joven tragó saliva.

—No-esh chroneth-ley.

Adir bajó el brazo.

Giró lentamente el rostro hacia él.

Los ojos no eran furiosos.

Eran fríos.

El muchacho dio un paso adelante.

Solo dijo una oración.

—Roth voreth ut.

Esh Var’keth.

El silencio que siguió fue distinto al del juicio.

Más íntimo.

Más peligroso.

Adir cerró la mano lentamente.

El poste frente a él tenía marcas profundas. La madera astillada mostraba capas antiguas de entrenamiento y violencia contenida.

No preguntó contra quién.

No preguntó por qué.

Simplemente tomó su arma.

Un arma que no era ornamental.

Era usada.

Pasó junto al joven sin decir palabra.

El muchacho sintió el cambio en el aire al cruzarlo.

No era emoción.

Era determinación.

Ambos regresaron al sector del juicio.

Mientras caminaban, los sonidos del círculo volvían.

Pero no eran gritos.

Eran susurros.

Cuando Adir cruzó el último árbol y la plaza se abrió ante él, se detuvo un instante.

Todos estaban reunidos.

En silencio.

Eso no era normal.

El pueblo Roth no guardaba silencio por respeto.

Guardaba silencio cuando la sangre estaba por decidir algo.

Adir avanzó hacia el centro.

Roth lo observó desde el estrado.

Belial también.

Lilith no parpadeó.

Dalah sintió el frío recorrerle la espalda.

El campeón del pueblo había llegado.

Y el silencio no era espera.

Era hambre.

Y en el pueblo Roth…

Cuando el campeón es llamado…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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