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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 167

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Capítulo 167: Cuando la sangre no es densa

El anuncio cayó como una sentencia.

Chroneth vel-elethor champeth esh,

kael-tyr Morra-chron marcareth

tri milreth ombra.

Dalah tradujo con voz firme, aunque sentía que algo se quebraba dentro de ella.

—El tiempo para la elección del campeón será decidido

cuando la marca del reloj de sombra

señale tres milímetros.

El pueblo no respondió con gritos.

Respondió con silencio.

Los cuatro juzgados permanecieron en el centro del círculo, bajo miradas que no parpadeaban.

Roth no regresó al estrado.

Tomó a su hija del brazo.

No con violencia.

Pero tampoco con suavidad.

La condujo hacia una choza cercana.

El murmullo quedó atrás, como un rumor de mar oscuro.

Dentro, la luz era baja.

El olor a humo viejo y madera húmeda envolvía el espacio.

Roth soltó su brazo.

Se giró lentamente.

La miró.

No como líder.

Sino como un hombre traicionado.

Sus ojos no estaban húmedos.

Estaban duros.

Thir-esh rethar kael.

Has quebrado mi voluntad.

Dalah sostuvo su mirada.

Le dolía el pecho más que la mejilla aún intacta.

—Yo no he roto tu voluntad. Solo pedí lo justo.

Roth dio un paso adelante.

Su sombra cubrió la de ella.

Kael-creth justhar esh

que Vaelor-demon saleth impunor,

despueth mor’kael asoth vel-tir?

Kael-creth justhar esh

que thir-nareth frath-anteva

cayereth vel-mano esh?

¿Crees que es justo que salgan impunes después de todo lo que hicieron en nuestras tierras?

¿Que la sangre de tus antepasados cayera por sus manos?

Su voz ya no era discurso.

Era una herida abierta.

Dalah sintió la rabia del pueblo en cada palabra.

Pero no retrocedió.

—Ellos no son culpables. No eran conscientes, padre. Ellos no eran él.

La mandíbula de Roth se tensó.

Mareth kael, Dalah.

Cierra tu boca.

La palabra no fue gritada.

Fue una orden.

Ut esh elethor Var’keth

cudo Vaelor-demon no-esh genthar ut.

No-esh genthar Roth.

No-esh thir ut.

Tú solicitaste el Var’keth cuando esos demonios no son tu gente.

No son pueblo Roth.

No son tu sangre.

El silencio entre ellos se volvió más pesado que cualquier grito afuera.

Dalah sintió algo romperse.

No la ley.

Sino el recuerdo.

—Tú no pides justicia. Pides venganza. ¿Qué te hace distinto de ellos? Siempre dijiste que éramos mejores… pero al parecer solo eran palabras.

Roth avanzó.

El bastón aún estaba en su mano.

No dudó.

El golpe fue rápido.

La madera impactó su rostro.

No la mano.

El bastón.

Dalah cayó al suelo.

El sabor metálico inundo su boca.

Desde el suelo, miró hacia arriba.

Y no vio al padre que la levantaba cuando tropezaba en el bosque.

Vio a un líder que defendía su poder.

Vio a un demonio más.

—No eres distinto a ellos —susurró—. Solo tenías una máscara.

Roth respiraba fuerte.

La ira lo sostenía de pie.

—Si no tuvieras el apoyo del pueblo, no serías más que un anciano emborrachado de ira.

Esa frase cruzó algo invisible.

Kael-creth tu esh,

apra hablreth asoth vel-ley?

Tú no-esh vaelor,

no-esh thar’raiz Roth.

No sabreth cuanto dareth-esh thir-nareth

apra susthar genth.

Morra testhar.

Kael testhar.

Oy dareth otdo.

¿Quién te crees que eres para hablar así ante la ley?

No eres líder.

No eres raíz Roth.

No sabes cuánto he entregado de mi sangre para sostener al pueblo.

El Abismo es testigo.

La voluntad es testigo.

Yo lo di todo.

Su voz tembló apenas en esa última línea.

No por debilidad.

Sino por cansancio.

Dalah logró ponerse de pie.

La mejilla hinchada.

La respiración irregular.

—Tú no eres el padre amoroso que me crió. Solo eres lo que más odias de ellos. Un gobernante que busca miedo y control.

Esa frase quedó suspendida entre ambos.

Roth no respondió de inmediato.

Sus ojos ardían.

No por lágrimas.

Sino por orgullo herido.

Dalah dio un paso hacia la salida.

La luz del exterior se filtraba por la abertura.

—Eres igual que Paimon.

El nombre cayó como una cuchilla.

Roth no la detuvo.

No esta vez.

Dalah salió de la choza.

Afuera, algunos tribales la miraron.

Otros apartaron la vista.

Ella caminó hacia los únicos que no eran su sangre…

pero que no la habían golpeado.

Y en ese momento entendió algo con brutal claridad:

El Var’keth no decidiría solo un campeón.

Decidiría a qué mundo pertenecía ella.

Dentro de la choza, Roth permaneció inmóvil.

El bastón aún en su mano.

Respirando.

Solo.

Y por primera vez desde que comenzó el juicio…

El líder Roth no sabía si estaba defendiendo su pueblo.

O perdiendo a su hija.

La puerta de la choza se abrió con un golpe seco.

Roth salió primero.

La luz del exterior le dio de lleno en el rostro, marcando aún más las líneas de su expresión endurecida. El bastón seguía en su mano. No como apoyo. Como recordatorio.

Lo primero que vio fue a Dalah.

De pie.

Junto a ellos.

Junto a los señores demonios.

No hablando. No riendo. Pero lo suficientemente cerca como para que la imagen pesara más que cualquier palabra.

El pueblo también lo vio.

El murmullo fue bajo.

No acusador.

Observador.

Roth no dijo nada.

Pero su mandíbula se tensó.

Su mirada se detuvo apenas un segundo más de lo necesario en su hija. Luego la apartó. No le daría ese momento frente a todos.

Escaneó el círculo.

Eligió.

Señaló con el bastón a un muchacho que conocía desde niño. Hombros anchos, aún sin barba completa, pero firme.

Lo llamó con un gesto.

—Yareth, vareth Adir.

—Adir esh askar Var’keth.

El joven sintió el peso inmediato de la orden.

Asintió sin hablar.

No era petición.

Era mandato.

Se abrió paso entre la multitud. Algunos lo tocaron en el hombro al pasar. Otros solo apartaron el cuerpo. El murmullo lo siguió como un eco.

Corrió hacia el claro del bosque, donde el sonido del juicio no llegaba con la misma intensidad.

Allí, entre troncos marcados por golpes repetidos, Adir entrenaba.

El torso desnudo.

El cuerpo cubierto de cicatrices.

La respiración medida.

Golpeaba un poste de madera con ritmo constante.

Thud.

Thud.

El muchacho se detuvo al borde del claro, aún jadeando.

Adir no dejó de golpear.

Solo habló.

—Kael-creth tu esh uiqa?

El joven tragó saliva.

—No-esh chroneth-ley.

Adir bajó el brazo.

Giró lentamente el rostro hacia él.

Los ojos no eran furiosos.

Eran fríos.

El muchacho dio un paso adelante.

Solo dijo una oración.

—Roth voreth ut.

Esh Var’keth.

El silencio que siguió fue distinto al del juicio.

Más íntimo.

Más peligroso.

Adir cerró la mano lentamente.

El poste frente a él tenía marcas profundas. La madera astillada mostraba capas antiguas de entrenamiento y violencia contenida.

No preguntó contra quién.

No preguntó por qué.

Simplemente tomó su arma.

Un arma que no era ornamental.

Era usada.

Pasó junto al joven sin decir palabra.

El muchacho sintió el cambio en el aire al cruzarlo.

No era emoción.

Era determinación.

Ambos regresaron al sector del juicio.

Mientras caminaban, los sonidos del círculo volvían.

Pero no eran gritos.

Eran susurros.

Cuando Adir cruzó el último árbol y la plaza se abrió ante él, se detuvo un instante.

Todos estaban reunidos.

En silencio.

Eso no era normal.

El pueblo Roth no guardaba silencio por respeto.

Guardaba silencio cuando la sangre estaba por decidir algo.

Adir avanzó hacia el centro.

Roth lo observó desde el estrado.

Belial también.

Lilith no parpadeó.

Dalah sintió el frío recorrerle la espalda.

El campeón del pueblo había llegado.

Y el silencio no era espera.

Era hambre.

Y en el pueblo Roth…

Cuando el campeón es llamado…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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