BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 18
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18: La posesión 18: La posesión La sombra cambió al tocarlo, y el antiguo hogar se desvaneció en una oscuridad abrumadora.
De repente, Iston se encontró en una sala sumida en la penumbra, donde las paredes estaban cubiertas de sombras que danzaban, como si tuvieran vida propia.
A su alrededor, sus tíos estaban amordazados en sillas, sus rostros llenos de temor y confusión.
El aire era denso y frío, y una risa burlona resonó en la oscuridad, helando la sangre de Iston.
—Mira lo que hemos creado, Iston —susurró la sombra, su voz como un eco serpenteante—.
Un escenario donde tus más profundos deseos se hacen realidad.
¿Te gusta?
Un escalofrío recorrió la espalda de Iston al ver a sus tíos, figuras de autoridad que alguna vez lo guiaron, ahora atados y vulnerables.
Recordó las reprimendas de su infancia, los momentos en que la desaprobación de Fernando lo había hecho sentir insignificante.
El miedo en sus miradas, antes de desaprobación, lo atravesó como una daga.
La sombra se retorció en el aire, y de repente, una mesa oscura apareció en el centro de la sala.
Sobre ella brillaban instrumentos de tortura, cada uno más aterrador que el anterior: cuchillos afilados, pinchos y artefactos macabros que parecían esperar ansiosos por ser usados.
—Desahógate, Iston —susurró la sombra, deleitándose en cada palabra—.
Disfruta.
Saca tu ira y frustración de ese día.
Iston miró la mesa, su corazón golpeando con fuerza en su pecho, sintiendo una mezcla de asco y rabia.
La sombra se acercó, su risa burlona resonando en el aire, como un canto seductor.
—¿No quieres vengarte de ellos?
—continuó, señalando a sus tíos amordazados—.
Ellos te hicieron sufrir.
Te empujaron a este lugar oscuro.
Aquí tienes el poder de hacer que sientan lo mismo que tú.
Las palabras de la sombra hicieron que la furia de Iston ardiera en su interior.
Sus manos temblaban, atrapadas entre el deseo de venganza y la repulsión.
Sabía que lo que la sombra proponía no solo era una forma de venganza, sino una trampa cuidadosamente tejida.
—No soy como tú —respondió con firmeza, su voz resonando con un desafío que surgía de las profundidades de su ser—.
No caeré en tu juego.
La sombra soltó una risa, divertida por su resistencia.
—¿De verdad crees que puedes rechazar este poder?
—preguntó, acercándose más, su aliento gélido cortando el aire—.
Este es un camino hacia la liberación.
Puedes canalizar todo ese dolor en algo tangible, algo que te hará sentir vivo.
Iston sintió el latido de su corazón resonar en sus oídos, y en sus manos, el cuchillo se volvió un peso que lo llamaba.
Había una chispa oscura burbujeando en su interior, una mezcla de rabia y dolor que lo instaba a liberar la tormenta que lo consumía.
—No necesito torturarlos para sentirme mejor.
Mi venganza no será a través del sufrimiento —dijo, abriendo los ojos, ahora llenos de determinación y coraje—.
Enfrentaré mis miedos y lucharé por lo que realmente importa.
La sombra, sin embargo, no se detuvo.
Su voz sarcástica resonó en la penumbra, burlándose de su resolución.
—Entonces, ¿por qué sostienes ese cuchillo y esa sonrisa torcida?
—preguntó, como si disfrutara de la confusión interna de Iston.
Iston se detuvo, sintiendo el frío metal contra su piel, su mano cerrada en un puño.
La sombra tenía razón; había una emoción oscura burbujeando en su interior, una mezcla de rabia y dolor que deseaba liberar.
Pero en ese momento, comprendió que su verdadero poder residía en su decisión de no dejarse arrastrar por la oscuridad.
—Esto es el poder del sello —dijo la sombra, su risa resonando en la penumbra—.
La llamaremos “Iniciación del pecado”.
Tu cuerpo reacciona según tus deseos, Iston.
No puedes controlarlo.
La sombra se acercó, su presencia envolvente como un manto oscuro, y la atmósfera se hizo aún más pesada.
La risa burlona retumbó en la sala, como un eco de todas las tentaciones que había enfrentado.
—¿Ves?
—continuó, con un brillo siniestro en su mirada—.
Todos esos sentimientos reprimidos, esa ira acumulada, están a punto de estallar.
No tienes el poder de detenerlo.
Eres un prisionero de tus propios deseos.
Iston sintió cómo la sombra intentaba poseerlo, una fuerza oscura que se deslizaba dentro de él.
Sus emociones se multiplicaban, como un torrente desbordando un dique.
Su cuerpo comenzó a transformarse, cada fibra de su ser retorciéndose bajo la influencia de la sombra.
Un ojo se volvió negro, un abismo sin luz, y con cada segundo que pasaba, la racionalidad empezaba a desvanecerse.
El pánico lo invadió, pero al mismo tiempo, una extraña e intensa euforia lo envolvía.
La ira y la frustración que había reprimido durante tanto tiempo emergían como bestias salvajes, rugiendo por liberarse.
La sombra se alimentaba de sus emociones, riendo a carcajadas mientras Iston luchaba contra la creciente oscuridad que lo rodeaba.
—¡No!
—gritó, utilizando cada gramo de su fuerza de voluntad para resistir el abrazo de la sombra—.
¡No me dejaré llevar!
Pero la sombra se retorcía dentro de él, como un veneno desbordándose a través de sus venas.
Su alma sufría una transformación; cada fibra de su ser gritaba en agonía, “¡Detente!” mientras la sombra se movía, deslizándose hacia sus tíos amordazados.
Al llegar a la primera silla, la sombra se detuvo frente a su tío Fernando, un hombre que siempre había encontrado formas de golpearlo y reducirlo a silencio cuando era niño.
“Te falta disciplina”, solía decirle, con una voz dura como el acero.
“Los hombres no lloran”.
La sombra clavó el cuchillo en su muslo, un dolor agudo que se disparó por todo su cuerpo.
Un grito mudo inundó la sala, reverberando en los muros oscuros.
Iston sintió cómo una voz que no era la suya comenzaba a surgir, un eco retumbante de la ira y el odio que había reprimido durante tanto tiempo.
—¿Qué fue eso, Fernando?
—se burló la voz, afilada y cruel—.
No es que los hombres no lloren, tío.
¿Por qué comienzas a gemir como una puta barata cuando te apuñalo la pierna?
Esa retórica venenosa, alimentada por la sombra, lo atormentaba.
Iston se debatía entre la indignación y la repulsión.
Sabía que ese no era él; esa voz era la manifestación de todo lo que había sufrido, de la rabia que había acumulado durante años.
Su tío, con los ojos desorbitados y el rostro pálido, intentó responder, pero solo logró emitir un sonido ahogado, una mezcla de dolor y sorpresa.
Iston, sin embargo, no podía ceder; no podía permitir que la sombra lo controlara por completo.
En un grito mudo que no salía de su boca, Iston se esforzó por recuperar el control.
—¡No soy así!
—gritó, su voz resonando en su mente mientras la sombra se retorcía dentro de él, disfrutando de la agonía que había desatado.
Con cada palabra, la sombra se adentraba más en su mente, buscando profundizar la herida y convertirlo en el monstruo que sabía que podía ser.
—¿Qué pasaría si tu esposa te viera?
—susurró la sombra con una risa burlona—.
¿No que muy hombre?
¿Qué tal si hablamos de tus amantes y cómo comprabas mi silencio?
La cara de Fernando pasó de dolor a miedo, sus ojos desorbitados reflejando la terrorífica realidad que lo rodeaba.
—¿Te asusta enfrentar lo que has hecho?
—preguntó la sombra, su voz un susurro seductor—.
La verdad siempre encuentra la forma de salir a la luz.
Fernando tembló, las palabras de la sombra calando hondo.
No solo estaba atado por cuerdas invisibles, sino que su propia culpa lo mantenía prisionero.
Iston sintió una mezcla de compasión y repulsión; sabía que su tío había sido un tirano, pero también un hombre atormentado por sus propios errores.
La frustración se apoderó de Iston, y un pensamiento oscuro comenzó a tomar forma en su mente.
Ya me aburrí de este mal nacido.
Sin poder contenerse más, Iston se acercó a Fernando con una determinación aterradora.
La imagen de la muerte de su tío se dibujó en su mente como una visión seductora, y con cada latido de su corazón, la sombra lo empujaba hacia adelante.
Con la mano aun temblando alrededor del cuchillo, se lanzó a la acción.
Clavó el cuchillo en el cuerpo de Fernando, una y otra vez, sin descanso.
Apuñaló treinta y seis veces, cada estocada un grito de liberación y desesperación, cada golpe un eco de su dolor reprimido.
La sangre brotaba en un torrente, tiñendo el aire con un olor metálico que mezclaba la muerte con la rabia acumulada.
La expresión de Fernando se transformó de horror a una cara sin forma.
Mientras tanto, sus dos tíos lo miraban con miedo en sus ojos, gritando y moviéndose frenéticamente para evitar que se acercara.
Sus rostros estaban marcados por el horror, cada grito un intento desesperado de razonar con él, de detener la locura que se había desatado.
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