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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Del abismo a la pimienta
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2: Del abismo a la pimienta 2: Del abismo a la pimienta Han pasado algunos días desde aquel encuentro con Belial.

Logré pagar mi deuda al banco, y los empleados me miraron sorprendidos, como si no pudieran creer que un perdedor como yo hubiera conseguido reunir semejante cantidad.

Sus palabras me hirieron, aunque en el fondo comprendía su incredulidad.

Aún no sé cuándo conoceré a la hija de Belial, pero él sigue en mi departamento, como una sombra constante.

Mientras tanto, intento prepararme para ese momento.

—No creo que tu hija sea tan terrible como dices —le solté, recostándome en la silla—.

Seguro es solo una mimada caprichosa, nada que un par de gritos y una chancleta no arreglen.

Belial me miró como si acabara de blasfemar contra toda la corte infernal.

—¡No sabes de lo que hablas!

Ella ha hecho llorar a múltiples prometidos que le presenté en todo el infierno.

¡Incluso hizo llorar a Belcebú, el señor de las moscas!

—¿Belcebú?

—me reí nerviosamente—.

Vamos, Belial… a ese lo hace llorar cualquier Raid.

Pero apenas solté la burla, la sonrisa se me borró.

Ese nombre no era cualquiera; sentí un escalofrío subiéndome por la espalda.

En mi familia había un libro que hablaba de él… de Belcebú, el señor de las plagas.

No era solo un demonio; era el azote de los campos, el que dejaba todo en podredumbre y traía peste y destrucción donde ponía un pie.

Recordé de golpe esas páginas amarillentas, la forma en que mi padre me había advertido, si alguna vez escuchas su nombre, no lo repitas.

Ni en broma.

Ese no ríe.

Me quedé callado, tragando saliva.

El aire del departamento se sintió más pesado, como si las paredes mismas hubieran escuchado.

—Belcebú… —susurré al final, ya sin risa y con la piel erizada.

—¿Lo hizo llorar?

—pregunté, con incredulidad, sintiendo cómo se me erizaba la piel—.

¿Qué le hizo?

¿Cómo logró algo así?

Belial se cruzó de brazos, con un gesto grave.

—No lo sé… no estuve ahí.

Pero lo único que sé es que es una acción que nadie, ni en el cielo ni en el infierno, ha logrado jamás.

Tragué saliva.

Si alguien podía hacer llorar a Belcebú, señor de la podredumbre y de las plagas, ¿qué clase de monstruo sería entonces la hija de Belial?

—Desde ese momento le pusimos “La Princesa Abisal” —dijo Belial con orgullo, cruzándose de brazos y erguido como si anunciara un título real—.

Porque cuando uno mira al abismo… cambia todo.

Créeme, ese título no lo lleva cualquiera.

—Es la primera… la primera en toda la historia en lograr que los demonios del inframundo derramen lágrimas —continuó Belial, su voz temblando entre orgullo y asombro—.

Algo que ni la corte celestial ha conseguido en todos estos milenios.

Cada criatura que la enfrenta… cambia al instante.

Cada mirada dirigida hacia ella tiembla ante su presencia.

Por eso… es “La Princesa Abisal”.

Aún asombrado por cómo la describía Belial, no podía comprender en qué me había metido.

Si hasta los mismos demonios lloran al verla… ¿cómo diablos iba a convencerla de casarse conmigo en tres años?

Cada palabra que Belial pronunciaba sobre ella me hacía sentir más pequeño, más inútil.

Con cada detalle sobre sus hazañas infernales, mi corazón latía más rápido, temiendo el encuentro inevitable con su hija.

Belial me advirtió que ella llegaría dentro de dos días.

La invocaría a este plano para que tuviéramos nuestro primer encuentro.

Me quedé paralizado.

La mismísima Princesa Abisal, aquella que había hecho llorar a demonios y que llevaba un título que parecía inventado para asustar hasta al valiente más idiota… iba a aparecer en mi casa.

¿En mi casa?

El mismo lugar donde todavía tenía platos sucios en el fregadero y una gotera en el baño.

Y lo peor iba a ser nuestra primera cita.

¿Dónde se supone que llevaba a la Princesa Abisal?

¿A un restaurante?

¿A un café?

¿O le pedía un Uber directo al mismísimo Pandemónium?

Ni siquiera sabía cómo lograr que se interesara en mí.

Apenas podía convencer a la cajera del supermercado de que me diera bolsas de más… ¿y ahora debía conquistar a un demonio que hacía llorar al infierno entero?

Belial no era de mucha ayuda.

Sus “consejos” eran dignos de un manual de supervivencia más que de citas.

—No le lleves flores; las marchita con la mirada.

—No hables de ángeles; los odia.

—No intentes chistes; detesta reírse.

—¿Entonces qué hago?

—pregunté, casi rogando.

Belial se cruzó de brazos y me miró con esa seriedad exagerada que tenía cuando se sentía importante.

—Sobrevive.

Lo dijo como si fuera un gran consejo de padre… pero a mí lo único que me dejó fue un sudor frío bajando por la espalda.

La Princesa Abisal, en dos días, iba a estar frente a mí.

Y yo no sabía si me esperaba una cita romántica… o mi funeral.

Me puse a ordenar la casa como si ella fuera a llegar en treinta minutos.

Lavé los platos, los guardé con cuidado y hasta me atreví a pelear con la gotera del baño.

Gané gracias a un tutorial que vi en internet y mucha cinta aislante.

Lavé mi ropa, doblé hasta los calcetines que llevaba meses arrumbados en una silla y dejé cada centímetro de la casa impecable.

Nunca había hecho tanto aseo en mi vida; parecía que esperaba a un inspector del infierno, no a una cita.

Cuando bajé la escalera, vi que Belial se movía en la cocina con la seriedad de un general preparando una guerra, pero la imagen se arruinaba con el delantal blanco lleno de corazoncitos rojos que colgaba sobre su pecho.

En una mano sostenía una enorme cuchara de madera con la que removía una olla que burbujeaba como si fuese magma recién salido del infierno.

—¡Iston!

—rugió de repente, con la voz que había hecho temblar ejércitos en eras pasadas—.

¡Ven acá de inmediato!

Corrí, pensando que algo grave pasaba, quizás un portal abierto o un demonio escapado.

Incluso me cruzó por la cabeza la idea de que la cocina se estuviera incendiando… o, peor aún, que su hija hubiera adelantado su llegada.

Pero cuando llegué, lo encontré con la frente perlada de sudor y cara de desesperación, señalando la olla como si hubiera visto al mismísimo apocalipsis dentro.

—No sé qué demonios le falta —gruñó, dándome la cuchara como si me pasara la espada maldita de algún ritual prohibido—.

Pruébalo.

Yo metí apenas la punta de la cuchara, rezando por no terminar con siete maldiciones encima.

—Está bien, pero… —miré a mi alrededor, levanté el salero y luego me di cuenta—.

Falta pimienta.

—¡Pimienta!

—exclamó Belial, como si le hubiese revelado un secreto cósmico—.

¡Claro!

¿Cómo no lo pensé?

Y ahí estaba, el gran señor del inframundo, echándole pimienta con la delicadeza de un chef en MasterChef, mientras el olor se volvía más apetitoso y menos… apocalíptico.

—Esto le va a encantar —dijo, orgulloso, como si no estuviéramos a punto de recibir a un monstruo capaz de hacer llorar a Belcebú.

Yo lo miraba sin entender cómo podía estar tan relajado.

Ahí estaba yo, temblando con la idea de conocer a la Princesa Abisal, mientras él parecía preparar una cena familiar de domingo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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