BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Los recuerdos de la guerra
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22: Los recuerdos de la guerra 22: Los recuerdos de la guerra Belial se sumergió en sus recuerdos, evocando los días de la tercera guerra celestial, antes del gran diluvio.
Recordaba cómo el mundo se desmoronaba, sumido en el caos, donde ángeles y demonios se enfrentaban en batallas épicas que reverberaban a través del cosmos.
Las alas de los guerreros celestiales brillaban con la luz de mil estrellas, reflejando tanto la gloria como la tragedia de una guerra que había cambiado el tejido mismo de la realidad.
El retumbar de sus poderes resonaba en el aire, un eco de la divinidad que una vez reinó en el cielo.
Era un tiempo en el que la lealtad y la traición eran monedas de cambio; la amistad podía desvanecerse con la misma facilidad con que un rayo rasgaba el cielo.
Cada decisión tenía el poder de alterar el destino del mundo, y Belial, como general y estratega, se encontraba en el centro de ese torbellino.
Sus decisiones forjaron alianzas y desataron conflictos, y en su mente aún resonaba el lamento de aquellos a quienes había perdido.
Había visto caer a amigos y enemigos por igual, cada pérdida un eco desgarrador de su propia humanidad.
Su mente viajaba a la imagen de su antiguo compañero, un ángel que había sido su hermano en la batalla.
Aquellos que una vez portaron la misma armadura de luz ahora se habían convertido en sombras, eligiendo el camino de la depravación en lugar del sacrificio.
La traición de esos hermanos caídos había marcado el inicio de la guerra, un evento que sumió a todos en un ciclo interminable de dolor y destrucción.
La guerra no solo se desató entre ángeles y demonios, sino que también despertó a los nefelin, una raza maldita engendrada a partir de uniones prohibidas entre lo divino y lo humano.
Estos seres, mitad ángeles y mitad mortales, se levantaron en defensa de sus creadores, desafiando a aquellos que buscaban exterminarlos.
El cielo, deseoso de erradicar a estas criaturas, los persiguió incansablemente, sin dudar en encerrar a los antiguos aliados que habían contribuido a su creación.
En medio de este caos, Lucifer, el mayor traidor de la historia humana, se enamoró de una simple mortal.
Su amor, tan profundo como prohibido, condenó a todos los revelados a morir.
En un acto de desesperación y transgresión, Lucifer rompió las barreras del cielo, desatando fuerzas que llevarían a la destrucción no solo de su mundo, sino de todos los mundos que se entrelazaban.
—Hermanos míos —recitó Lucifer, su voz resonando con una fuerza que atravesaba el estruendo de la batalla—, hoy estamos aquí para enfrentar a nuestro padre.
No somos solo ángeles y humanos; somos una familia, unida por la lucha y la esperanza.
Miró a su alrededor, observando las caras de los soldados que lo seguían, cada uno llevando el peso de sus propios miedos y esperanzas.
—Mi propio hijo está en riesgo, así como el de muchos de ustedes.
¿Vamos a permitir que nos quiten el libre albedrío, esa luz divina que nuestro padre tanto predicaba?
¿O lucharemos con todas nuestras fuerzas por la vida que hemos creado, por un nuevo amanecer?
El murmullo de la multitud creció, animándose a medida que las palabras de Lucifer calaban en sus corazones.
—Hoy no luchamos solo por nosotros mismos, sino por todos aquellos que creen en la libertad de elegir su propio destino.
Hemos sido marcados como traidores, pero la verdadera traición sería rendirse sin luchar.
Con cada palabra, su voz se llenaba de fervor.
—Luchamos por el amor que trasciende las fronteras de lo divino y lo mortal.
Luchamos por los sueños que nos han sido arrebatados, por un futuro donde nuestros hijos puedan vivir sin miedo.
La multitud comenzó a alzar sus armas, el brillo del acero reflejando la luz que comenzaba a surgir en sus corazones.
—Así que, ¿están conmigo?
¡Unámonos en esta batalla por nuestra libertad, por la vida, por el nuevo amanecer que juntos podemos forjar!
El clamor de la multitud resonó como un rugido, una ola de determinación que llenó el aire con la promesa de un cambio.
Lucifer sabía que este era el momento decisivo, y con su corazón ardiente y su espíritu indomable, condujo a sus seguidores hacia la lucha que definiría su destino.
—Es el momento de valernos por nosotros mismos —declaró Lucifer, su voz resonando con determinación—, y no por la creación de un ser que jura ser perfecto.
Durante demasiado tiempo hemos vivido bajo la sombra de su juicio, sometidos a las reglas de un orden que no refleja nuestras verdades.
Sus ojos recorrieron las caras de sus seguidores, llenas de determinación y miedo, pero también de esperanza.
—No somos meras marionetas en un gran teatro divino.
Somos seres de libre albedrío, capaces de elegir nuestro propio destino.
La perfección que él proclama no es más que una ilusión, un velo que oculta la realidad de nuestra lucha y nuestras pasiones.
La multitud comenzó a murmurar entre sí, sintiendo la verdad en sus palabras.
—Hoy, nos levantamos no solo como ángeles y humanos, sino como los arquitectos de nuestra propia existencia.
No permitiremos que sus ideales nos limiten; lucharemos por la vida que deseamos, por los sueños que llevamos en nuestros corazones.
Lucifer levantó su espada, su empuñadura brillando bajo la luz del amanecer, simbolizando la nueva era que estaban a punto de forjar.
—Que cada golpe que demos sea un grito de desafío, un eco de nuestra voluntad inquebrantable.
Juntos, podemos romper las cadenas que nos atan y construir un mundo donde nuestra esencia pueda florecer sin miedo.
Con un rugido de aprobación, los soldados alzaron sus armas, listos para la batalla que cambiaría todo.
Así comenzó la primera batalla, donde muchos murieron, tanto ángeles como humanos, en un conflicto que resonaría a través de las edades.
La oscuridad del cielo se iluminó con el resplandor de la guerra, y el aire se llenó con el estruendo de espadas chocando y gritos de desesperación.
Seres que buscaban el poder de vivir sus vidas, de forjar su propio destino, se encontraron atrapados en un torbellino de odio y miedo.
Cada golpe de espada era un grito desgarrador de libertad, y cada caída marcaba un sacrificio enorme, un recordatorio del precio que estaban dispuestos a pagar por su autonomía.
Los ángeles, con sus alas desplegadas y su luz divina, luchaban con una fervorosa determinación.
Sin embargo, lo que alguna vez había sido una lucha por la justicia se transformó en un espectáculo de dolor y destrucción.
Los humanos, armados con coraje y desesperación, se unieron a la causa, convencidos de que su lucha era por la libertad que siempre les había sido negada.
El campo de batalla, una mezcla de tierra y cielo se convirtió en un lugar de luto.
Los cuerpos caídos de amigos y enemigos se entrelazaban, la línea entre el bien y el mal difusa en la confusión del combate.
Pero en medio del caos, había una chispa de esperanza.
Un deseo ardiente de vivir, de luchar por un futuro donde pudieran ser dueños de su propio destino.
Aunque muchos cayeron, el eco de sus sacrificios resonaría en la memoria de aquellos que quedaban, un recordatorio de lo que estaban dispuestos a arriesgar.
Mientras las espadas seguían chocando y las luces se entrelazaban en la oscuridad, la primera batalla se convirtió en un símbolo de resistencia.
Aunque la victoria podría no estar asegurada, el espíritu de lucha brillaba intensamente, prometiendo que aquellos que luchaban no lo harían en vano.
Después de milenios de lucha, donde todos los bandos perdieron seres queridos y muchos ascendieron al poder en medio de la devastación, surgió una nueva raza, oculta a los ojos de nuestros padres.
Los ecos de la guerra resonaban en el aire, y la desolación dejada en el corazón de los sobrevivientes era palpable.
Sin embargo, en las sombras, una nueva esperanza comenzó a gestarse.
Esta raza, los arcontes, era algo oculto en el mundo, una revelación que desafiaba todo lo que habíamos creído.
Durante siglos, nos habían enseñado que nuestro padre creó todo a su semejanza, pero la verdad era mucho más compleja.
Los arcontes provenían de un mundo diferente, una dimensión que coexistía con la nuestra pero que había permanecido oculta, envuelta en mitos y leyendas.
Nuestro primer contacto con ellos ocurrió de manera inesperada, cuando un grupo de exploradores, impulsados por la curiosidad y la desesperación, descubrió unas ruinas antiguas en las profundidades de un bosque olvidado.
Estas estructuras, adornadas con inscripciones y símbolos desconocidos, parecían contar la historia de los arcontes, una raza que había vivido en armonía con la magia y el tiempo en un lugar donde las reglas de la existencia eran diferentes a las nuestras.
Mientras los exploradores examinaban las ruinas, comenzaron a sentir una energía pulsante, como si el lugar mismo respirara.
En el corazón de las ruinas, encontraron un portal, un umbral entre dimensiones, que emanaba un brillo suave e hipnótico.
Sin dudar, cruzaron el umbral y, al hacerlo, fueron transportados a un mundo deslumbrante, lleno de luces y sonidos que desafiaban la lógica.
Los arcontes, seres de poder y sabiduría, se presentaron ante ellos, sorprendidos pero intrigados por la llegada de estos visitantes.
A diferencia de nosotros, ellos eran la encarnación de un equilibrio entre la luz y la oscuridad; poseían habilidades que mezclaban lo celestial con lo terrenal, y su existencia desafiaba las creencias que habían sostenido a nuestra sociedad.
Entendiendo la gravedad de la situación, nuestros exploradores compartieron su conocimiento sobre la guerra que asolaba nuestro mundo y la necesidad de un nuevo aliado.
Los arcontes, al conocer el sufrimiento que habíamos enfrentado, accedieron a forjar una alianza.
Sabían que su poder podría ser la clave para restaurar el equilibrio y la paz que tanto anhelábamos.
Así, se estableció un pacto, donde la unión de nuestras fuerzas marcaría el comienzo de una nueva era.
Los arcontes, con su conexión a dimensiones desconocidas, se convirtieron en nuestros guías y protectores, dispuestos a luchar a nuestro lado y a desentrañar los secretos que podrían cambiar el rumbo de la guerra.
Con este nuevo apoyo, nuestra lucha tomó un giro inesperado.
La historia de los arcontes, una vez oculta, comenzaba a entrelazarse con la nuestra, y juntos nos preparábamos para enfrentar el desafío más grande que jamás habíamos conocido.
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