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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 De la luz a la locura
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23: De la luz a la locura 23: De la luz a la locura Los arcontes nos ayudaron a desarrollar nuestros poderes y modificaron el destino escrito por el creador.

Con su conocimiento ancestral y su conexión con lo divino, nos enseñaron a aprovechar fuerzas que antes creíamos limitadas, transformando nuestras habilidades en algo que desafiaba las expectativas de nuestro linaje.

A través de ellos, adquirimos la capacidad de manipular la magia de maneras que jamás habíamos imaginado, forjando un nuevo camino en medio de la tormenta que asolaba nuestro mundo.

Por eso te di mi sangre.

A pesar de que mi sello había sido modificado, mi sangre seguía siendo angelical, un regalo que llevaba consigo la esencia de mis antepasados y su poder curativo.

Sabía que este sacrificio era necesario; la vida que latía en mis venas podía ofrecer una solución a muchos de los que sufrían en la guerra.

Con cada gota que ofrecía, sentía que el peso de la historia se aligeraba, como si al sanar a otros también sanara las cicatrices de mi propia alma.

Al dar mi sangre, no solo ayudaba a quienes estaban heridos; reafirmaba mi compromiso con la causa y el nuevo amanecer que todos anhelábamos.

Este acto de entrega convertía la lucha por la libertad y la supervivencia en un esfuerzo conjunto, donde cada sacrificio contaba y cada vida se entrelazaba en la búsqueda de un destino compartido.

Además, conocí a tres arcontes en quienes confié mi vida más de una vez: Enoc el Profeta, Barbatos el Libertador y Buer la Mente Sabia.

Cada uno de ellos representaba un aspecto único de la sabiduría y el poder que los arcontes ofrecían, y su presencia se convirtió en un faro de esperanza en medio del caos de la guerra.

Enoc el Profeta era un visionario, capaz de vislumbrar fragmentos del futuro y revelar verdades ocultas.

Su sabiduría era profunda, y sus palabras resonaban con una claridad que iluminaba incluso los momentos más oscuros.

Enoc me guió en decisiones cruciales, ayudándome a trazar el camino en tiempos de incertidumbre.

Su capacidad para interpretar los signos del destino me dio la confianza necesaria para enfrentar los desafíos que se avecinaban.

Barbatos el Libertador era un guerrero formidable, cuyas hazañas en el campo de batalla eran legendarias.

Su valentía era contagiosa, y su espíritu indomable inspiraba a todos a su alrededor.

En las horas más difíciles, cuando la desesperanza amenazaba con apoderarse de nuestras filas, Barbatos se erguía como un símbolo de resistencia, recordándonos que la libertad valía la pena luchar.

Con su fuerza y determinación, no solo salvó vidas, sino que también avivó el fuego de la lucha por nuestra independencia.

Buer la Mente Sabia era un maestro de la estrategia y el conocimiento.

Su mente brillante podía analizar cualquier situación, descomponiendo problemas complejos en soluciones prácticas.

Siempre tenía un plan, y su habilidad para prever los movimientos del enemigo nos daba una ventaja crucial en el campo de batalla.

Buer no solo era un aliado; era un mentor, y cada lección que compartía me ayudaba a crecer y a comprender mejor el arte de la guerra.

Confiar en estos tres arcontes fue un acto de entrega, una muestra de que nuestras vidas estaban entrelazadas en esta lucha por la libertad.

Sabía que juntos formaríamos un frente poderoso, uniendo nuestras fuerzas para desafiar el destino impuesto por el creador.

En sus manos, encontré la esperanza de un futuro donde el equilibrio y la paz pudieran ser restaurados.

Hasta aquella noche, cuando Enoc habló conmigo, mis esperanzas de victoria seguían intactas.

Pero su rostro, normalmente sereno y lleno de sabiduría, estaba marcado por una grave preocupación.

—Esta guerra va a perderse —dijo Enoc, su voz grave resonando en la oscuridad de la noche—.

He visto un gran diluvio que azotará este mundo, un castigo enviado por tu creador, querido amigo.

Sus palabras cayeron sobre mí como una losa.

Sentí que el aire se volvía pesado.

La idea de un diluvio, una catástrofe que borraría todo lo que habíamos luchado por preservar, clavó un puñal de terror en mi corazón.

—¿Qué podemos hacer?

—pregunté, confundido y angustiado ante la gravedad de sus palabras.

No entendía por qué me lo decía, ni cómo podríamos cambiar el rumbo de la guerra.

Enoc respiró hondo, su mirada intensa y seria.

—Debemos crear un nuevo mundo en el que todos ustedes vivan sin miedo.

Un lugar donde la muerte y la destrucción no sean las únicas opciones disponibles.

Pero tengo un temor que me consume: el mayor miedo que tengo es que tu hermano caiga en la locura.

Lucifer, con su poder y su pasión, podría ser tanto nuestra salvación como nuestra perdición.

Si sucumbe a la desesperación, podría destruir nuestro ejército desde adentro.

Sus palabras resonaron en mi mente como un eco aterrador.

Durante tanto tiempo, había creído que Lucifer era nuestro líder indiscutible, el faro de esperanza en medio de la oscuridad.

Pero también sabía que su fervor podría volverse contra nosotros, que la pasión podía transformarse en locura si no se controlaba.

—¿Cómo podemos evitar que eso suceda?

—pregunté, buscando respuestas, consciente de que el destino de todos dependía de nuestras decisiones.

Enoc me miró con firmeza.

—Debemos asegurarnos de que Lucifer se mantenga enfocado, de que canalice su energía hacia la construcción de un futuro, no hacia la destrucción.

Necesitamos recordarle lo que realmente está en juego, no solo su propia lucha, sino el bienestar de todos los que lo siguen.

Si su corazón se llena de desesperación, el caos que se desatará podría ser incontrolable.

La presión de la responsabilidad se asentó sobre mis hombros.

Sabía que debía actuar, que el tiempo se estaba agotando.

—Haré lo que sea necesario para mantener a Lucifer en el camino correcto.

No puedo permitir que su locura nos arrastre a la perdición.

Enoc asintió, una chispa de esperanza brillando en sus ojos.

—Entonces, actuemos rápido.

La clave de nuestro éxito radica en la unidad y la claridad de nuestro propósito.

Solo juntos podremos enfrentar las tormentas que se avecinan.

Con el corazón acelerado y la determinación renovada, supe que debía prepararme para lo que estaba por venir.

No solo luchábamos por nosotros mismos, sino por la posibilidad de un nuevo amanecer, un mundo donde la libertad y la esperanza pudieran florecer lejos de la sombra de la guerra.

Pero nunca pude anticipar lo que iba a suceder.

Ese día, la lluvia caía de forma indiscriminada, como si el cielo mismo llorara por lo que estaba por ocurrir.

La atmósfera estaba cargada de tensión, y el aire olía a tierra mojada y desesperación.

Fue en ese momento trágico cuando vi a Lucifer, su figura desgarradora emergiendo entre las sombras, con el cuerpo de su hijo y de su mujer en sus brazos.

El dolor que irradiaba de él era palpable, como una tormenta oscura que envolvía su ser.

Un ser que siempre había luchado por el bienestar de los mortales ahora se encontraba atrapado en el abismo del sufrimiento.

La pérdida de su familia lo había transformado, y su corazón, antaño lleno de pasión y propósito, ahora parecía un hervidero de venganza.

—¡Mira lo que ha hecho este mundo!

—gritó, su voz desgarrada por la rabia y el dolor.

Las lágrimas se mezclaban con la lluvia, y en su mirada había una furia que no podía ser ignorada.

—¿Por qué deberíamos seguir luchando por un mundo que no valora nuestras vidas?

¿Por qué no destruirlo todo y acabar con este ciclo de sufrimiento?

Sus palabras resonaban como un eco amenazante en mi mente.

Sabía que su sufrimiento lo había llevado a un lugar oscuro, y el deseo de venganza podía ser un veneno mortal, no solo para él, sino para todos nosotros.

—No —respondí con firmeza, intentando alcanzar la humanidad que aún podía existir en su corazón—.

No puedes dejar que el dolor te consuma.

Hay esperanza; hay un futuro que aún podemos construir.

Pero Lucifer estaba cegado por la pérdida, por la angustia que lo había consumido.

Su mente, embriagada por la desesperación, consideraba la destrucción como la única salida.

Vi cómo su mirada se oscurecía, y su espíritu se fragmentaba aún más.

—¡No puedo salvar este mundo!

—exclamó, con una voz llena de desesperación—.

Si no hacemos algo, seremos arrastrados junto con ellos en su caída.

Era un momento crucial, un punto de quiebre que podría definir el futuro de nuestra guerra.

Necesitaba encontrar la manera de guiar a Lucifer de regreso a la luz, antes de que su dolor lo llevara a cometer un acto irreversible.

Con el corazón pesado, sabía que debía actuar.

No solo por él, sino por todos los que aún creían en un nuevo amanecer.

Tenía que recordarle que, incluso en medio de la tormenta, la esperanza podía surgir de las cenizas del dolor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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