BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 25
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25: El sacrificio 25: El sacrificio Realizamos el ritual utilizando el cuerpo y la sangre de los caídos, un acto sagrado y sombrío que marcaría el comienzo de un nuevo mundo.
En el centro del claro, trazamos un pentagrama, un símbolo antiguo que representaba la conexión entre los mundos y el poder que emanaba de cada sacrificio.
Buer, quien nos había guiado nos enseñó el profundo significado detrás de este ritual: la sangre y las almas de los caídos no solo eran materia, sino energía vital que podíamos canalizar para dar vida a un mundo aparte del universo.
Con cada trazo del pentagrama, sentía la energía vibrar a nuestro alrededor, como si el mismo suelo respondiera a nuestras intenciones.
La oscuridad del lugar se llenaba de una luz tenue, emanando del símbolo que estábamos creando.
Buer se erguía a nuestro lado, su presencia imponente y sabia, recordándonos que estábamos a punto de cruzar un umbral que cambiaría nuestro destino.
—A través de este ritual —dijo Buer, su voz resonando con autoridad—, no solo invocamos un nuevo mundo, sino que también honramos a aquellos que han caído.
Cada gota de sangre que derramamos es un paso hacia la libertad, una manifestación de nuestra determinación por romper las cadenas del sufrimiento.
A medida que completábamos el pentagrama, podía sentir la conexión entre todos nosotros, una unidad forjada en la lucha y el sacrificio.
La atmósfera se cargó con una energía palpable, y comprendí que lo que estábamos a punto de hacer era tanto un acto de creación como de redención.
En nuestras manos teníamos el poder de transformar el dolor en esperanza, de convertir la muerte en vida.
Con el ritual en marcha, el aire se volvió denso, como si el universo mismo estuviera conteniendo el aliento.
Sabía que este era un momento crucial; la línea entre la creación y la destrucción se desdibujaba y, en sus extremos, se encontraba nuestro futuro.
Mientras realizábamos el ritual, una oscuridad repentina cubrió el claro, como si el mismo cielo estuviera respondiendo a la gravedad de lo que estábamos a punto de hacer.
Fue entonces que, en un destello de luz celestial, Metatrón descendió entre nosotros.
Su presencia era abrumadora, y una mezcla de temor y reverencia invadió el aire.
—Hoy ustedes morirán a manos de este mismo mundo —anunció, su voz resonando como un trueno en el silencio.
Estas palabras caían con el peso de un destino inexorable.
—Todo se inundará para dar paso a una nueva vida, ya que su líder ha muerto.
El eco de su declaración reverberó en mi mente.
Recordé a Lucifer, el faro de nuestra esperanza y lucha, ahora consumido por el dolor y la desesperación.
El sacrificio de su vida había dejado un vacío que Metatrón parecía dispuesto a llenar con catástrofes y destrucción.
El cielo se oscureció aún más, y una lluvia torrencial comenzó a caer, como si el universo llorara la pérdida de un líder y al mismo tiempo condenara a sus seguidores.
Sentí que la tierra temblaba bajo nuestros pies, como si se preparara para tragarnos.
La promesa de un nuevo comienzo se desvanecía ante la inminente aniquilación.
—¿Por qué?
—grité, sintiendo que la desesperación me invadía.
—¿Por qué todo tiene que terminar así?
¡Hemos luchado por un futuro mejor!
Metatrón me miró con una mezcla de tristeza y determinación.
—La muerte no es el final, sino una transformación.
Este mundo necesita purgarse para renacer.
Ustedes, aquellos que han sido tocados por la sangre de los caídos, tienen la oportunidad de evocar algo nuevo, algo que trascienda lo que han conocido.
Mis pensamientos se entrelazaban en un torbellino.
La visión de un futuro mejor, un mundo donde pudiéramos vivir sin miedo, me motivaba, pero ahora parecía estar a punto de desvanecerse.
La llegada de Metatrón traía consigo la verdad brutal de que todo lo que habíamos construido podría desmoronarse en un instante.
—No dejaremos que la muerte de Lucifer sea en vano —declaré con firmeza, sintiendo cómo la energía del ritual comenzaba a elevarse a nuestro alrededor, resistiendo la tormenta que se avecinaba.
—Si este mundo va a inundarse, que sea para dar paso a lo nuevo, no para aniquilarnos.
Metatrón se detuvo, como si mis palabras resonaran en él.
—El cambio no es fácil, pero la decisión está en sus manos.
Si logran canalizar el dolor y la pérdida en algo constructivo, quizás puedan forjar un camino más allá de esta tormenta.
La lluvia caía con fuerza, pero en medio de la desesperación, comenzó a surgir una chispa de esperanza.
Sabía que debíamos actuar, que nuestra determinación podía marcar la diferencia.
Con el ritual en marcha y la presencia de Metatrón como testigo, sentí que el destino de todos nosotros pendía de un hilo.
Buer, observando la creciente tensión en el aire, se adelantó y alzó la mano para llamar nuestra atención.
Su rostro, grave y sereno, reflejaba la sabiduría de mil batallas.
—Aún nos falta un cuerpo —declaró con voz firme—, además del de Lucifer.
Este cuerpo debe ser un recordatorio de lo que hemos perdido y lo que estamos dispuestos a luchar para recuperar.
Será separado entre los siete reyes del Infierno, un símbolo de nuestra unión y del sacrificio que estamos dispuestos a hacer.
Mis pensamientos giraron en torno a la idea de dividir el cuerpo en fragmentos, cada uno representando la esencia de lo que una vez fue.
Cada rey del Infierno llevaría una parte de ese sacrificio, recordando siempre la lucha y el dolor que nos unieron.
—¿Quién será ese cuerpo?
—pregunté, sintiendo el peso de la decisión.
La elección no podría tomarse a la ligera; cada fragmento debería resonar con los ideales que deseábamos encarnar en el nuevo mundo.
Buer miró a cada uno de los presentes, como si evaluara nuestras almas.
—El cuerpo debe ser de alguien que represente los ideales que queremos cultivar en “Infierno”.
Alguien que haya luchado por la libertad, que haya enfrentado el sufrimiento y que, a su vez, haya mostrado la capacidad de redención.
Un silencio denso llenó el claro mientras considerábamos sus palabras.
Pensé en aquellos que habíamos perdido, en las vidas que habíamos dejado atrás en nuestra lucha.
—Podría ser el cuerpo de un héroe caído —sugirió uno de los guerreros—, alguien que inspiró a muchos.
—No solo un héroe —respondió Buer—.
También necesitamos alguien que haya conocido la desesperación, que comprenda el dolor y la lucha por la redención.
Esas experiencias son esenciales para la transformación que buscamos.
Con cada palabra de Buer, la idea se hacía más clara.
La esencia de ese cuerpo no solo serviría como un recordatorio de lo que habíamos perdido, sino que también se convertiría en un faro de esperanza para aquellos que vivirían en “Infierno”.
—Entonces, ¿quién será?
—pregunté, sintiendo la urgencia de nuestra decisión.
La lluvia caía con fuerza, pero en medio de la tormenta, una chispa de claridad comenzó a surgir.
Buer sonrió levemente, como si ya conociera la respuesta.
Enoc se levantó, mirando a su amigo con una mezcla de sorpresa y determinación.
Su rostro, normalmente sereno, estaba ahora iluminado por una resolución desgarradora.
—Yo lo seré —anunció con firmeza, su voz resonando en el claro.
—Ese es el destino que fue escrito para mí.
La declaración cayó sobre nosotros como una revelación.
No podía creer lo que estaba escuchando.
Enoc, nuestro guía y protector, estaba dispuesto a convertirse en el sacrificio necesario para dar vida a “Infierno”.
Se acercó a mí y, con una mano temblorosa, me entregó una carta.
Su mirada estaba cargada de significado, como si cada palabra que contenía fuera un fragmento de su alma.
—Cuando el nuevo mundo esté en funcionamiento y todo esté desarrollado, léela, mi viejo amigo —dijo, su voz apenas un susurro, pero llena de una fuerza inquebrantable.
Tomé la carta en mis manos, sintiendo el peso de su decisión.
Enoc sonrió, a pesar de la tristeza que cubría nuestros corazones.
—Nunca olvides que el sacrificio no es en vano.
A través de este acto, no solo crearé un nuevo mundo, sino que también llevaré conmigo la memoria de todos aquellos que lucharon y cayeron.
Quiero que sepas que siempre estaré con ustedes, en cada rincón de “Infierno”.
Las lágrimas me llenaron los ojos al escuchar sus palabras.
Sabía que estaba entregando su vida por nuestra causa, y su valentía me inspiraba y me aterrorizaba al mismo tiempo.
La idea de perder a Enoc era devastadora, pero su compromiso era un recordatorio de lo que realmente estaba en juego.
—No puedo dejar que esto suceda —respondí, la voz temblorosa de emoción.
—Encontraremos otra manera.
—No hay otra manera —interrumpió, con una firmeza que no podía ignorar.
—Este es mi destino, Belial.
He visto lo que está por venir, y mi sacrificio es necesario para que “Infierno” cobre vida.
Con un último vistazo, Enoc se alejó hacia el centro del pentagrama, preparándose para cumplir su destino.
La tormenta afuera rugía, pero en nuestro interior, una chispa de esperanza comenzó a arder.
Mientras observaba a Enoc, su figura se erguía con una dignidad que resonaba en mi corazón.
Sabía que, a pesar de la tristeza que sentía, teníamos que honrar su decisión y llevar adelante su legado.
Con la carta en mi mano y la determinación renovada, supe que no solo luchábamos por un nuevo mundo, sino también por la memoria de aquellos que habían sacrificado todo por nuestra libertad.
Mientras Enoc se preparaba para cumplir su destino, sentí cómo el peso de la situación se intensificaba.
Miré a mis ojos, buscando el mismo reflejo de determinación que siempre había encontrado en él.
—Siempre serás mi hermano, no solo un simple aliado —dije, con la voz entrecortada por la emoción.
Las palabras, cargadas de significado, resonaron en el aire cargado de tensión.
Enoc sonrió, y en su mirada vi un destello de gratitud y comprensión.
No era solo la despedida de un amigo; era el reconocimiento de un vínculo que había crecido en medio de la lucha, en cada batalla compartida y en cada lágrima derramada por aquellos a quienes habíamos perdido.
—Ese lazo es lo que nos da fuerza —respondió, su voz firme y resonante.
—Estamos unidos no solo por la guerra, sino por los sueños que compartimos, por la esperanza de un futuro donde todos puedan vivir en paz.
A medida que las palabras flotaban entre nosotros, la tormenta a nuestro alrededor parecía calmarse momentáneamente, como si el universo reconociera la profundidad de nuestro compromiso.
Sabía que lo que estaba a punto de suceder no solo cambiaría nuestras vidas, sino que también llevaría consigo la esencia de lo que significaba ser parte de esta lucha.
—Prometo que honraré tu sacrificio —continué, sintiendo la determinación brotar desde lo más profundo de mi ser.
—Construiremos este nuevo mundo en tu nombre, y cada paso que demos estará guiado por tu memoria.
Enoc asintió, su expresión tranquila y resuelta.
—Siempre estaré contigo, hermano.
En cada rincón de “Infierno”, en cada batalla que peleen, allí estaré.
Con esas palabras resonando en mi mente, sabía que debía enfrentar lo que estaba por venir con valentía.
La conexión entre nosotros era más que simplemente la lucha por la libertad; era un pacto eterno, una promesa de que nunca estaríamos solos, sin importar cuán oscuras se volvieran las circunstancias.
Mientras el ritual se acercaba a su clímax, sentí que el destino nos aguardaba, y en ese momento, supe que la fuerza de nuestra hermandad sería la clave para superar cualquier desafío.
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