BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Reencuentros del Pasado
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29: Reencuentros del Pasado 29: Reencuentros del Pasado Al adentrarnos en la ciudad, nos encontramos en una amplia plaza, donde un cartel grande y desgastado se erguía en el centro, dictando las reglas que regían este extraño lugar.
Las palabras estaban escritas con una caligrafía cuidada, pero la pintura se había desvanecido con el tiempo, como si la ciudad misma luchara por mantener su orden en medio del caos.
Reglas de la Ciudad Fantasmal: No robar.
No poseer.
No alimentarse de almas ajenas.
Si un humano entra, no atacarlo.
Si algún demonio entra, informar al presidente.
No luchar contra las sombras.
Mientras leía las reglas, una sensación de inquietud se apoderó de mí.
Cada una de ellas parecía ser un recordatorio de las interacciones precarias que definían la vida en esta ciudad.
Era evidente que la convivencia entre las almas y los demonios era frágil, y estas reglas estaban diseñadas para mantener un delicado equilibrio.
—Así que aquí hay una estructura —dijo Belial, observando el cartel con atención—.
No es como el Infierno que conozco, pero es un intento de crear orden en medio de la anarquía.
Abyllie frunció el ceño mientras sus ojos recorrían las reglas.
—No alimentarse de almas ajenas…
¿Significa eso que hay un protocolo para asegurar que las almas no sean dañadas?
—preguntó, su voz llena de curiosidad.
—Iston, ¿qué piensas?
—inquirió Belial, dirigiéndose a Iston, quien parecía absorto en sus pensamientos.
Iston se encogió de hombros, todavía procesando lo que significaban esas reglas.
—Podría significar que aquí hay un respeto por las almas que todavía vagan.
Quizás están tratando de evitar que los demonios se alimenten de las almas de los vivos o de aquellos que aún no han encontrado su camino.
—Exactamente —asintió Belial, su mirada analítica enfocándose en el cartel—.
Y la advertencia sobre los humanos es interesante.
Tal vez han tenido experiencias negativas en el pasado, lo que los ha llevado a establecer estas reglas.
Mientras discutíamos las implicaciones de las reglas, una sombra pasó sobre nosotros, recordándonos que no estábamos solos en este lugar.
La atmósfera se volvió densa, y el aire estaba impregnado de una mezcla de historia y misterio.
—Debemos recordar estas reglas mientras exploramos —dijo Belial, su voz grave—.
Aquí, el respeto es fundamental, y cualquier transgresión podría tener consecuencias inesperadas.
Con eso en mente, comenzamos a avanzar, conscientes de que cada paso que dábamos en la ciudad fantasmal nos acercaba a descubrir sus secretos y enfrentar los desafíos que se avecinaban.
—¿Les habrán informado que llegamos?
—preguntó Abyllie, su tono reflejando cierta inseguridad mientras escaneaba el entorno—.
¿Para qué querrán que les avisen de un demonio?
Su preocupación era válida.
En un lugar donde las reglas estaban claramente establecidas, la presencia de un demonio como Belial podría generar reacciones inesperadas.
Al pasar por el pueblo, nos adentramos en una plaza renacentista, un espacio amplio y hermoso que contrastaba con la oscuridad que rodeaba la ciudad.
En el centro de la plaza, una magnífica estatua se erguía como un salvador, mirando hacia el horizonte.
Cuando nos acercamos, el corazón de Belial se detuvo por un instante.
La figura en la que todos estábamos fijando la vista era nada menos que Lucifer, tallado en piedra con un detalle impresionante.
Su semblante, sereno y poderoso, parecía irradiar una luz propia, y la expresión de la estatua hablaba de un pasado glorioso.
—No puede ser…
—murmuró Belial, atónito, mientras sus ojos se ampliaban con sorpresa y reconocimiento—.
Es Lucifer.
La estatua representaba al héroe que una vez había sido, un faro de esperanza y rebeldía.
La majestuosidad de la figura contrastaba con el sentimiento de pérdida que había envuelto a su esencia en los últimos tiempos.
Abyllie miró a Belial, notando la reacción en su rostro.
—¿Qué significa esto?
—preguntó, buscando respuestas en su expresión—.
¿Por qué lo han erigido aquí?
—Aquí, en esta ciudad, Lucifer es recordado como un salvador —respondió Belial, su voz llena de asombro—.
Aunque su historia está marcada por la tragedia, parece que ha dejado una huella en el corazón de las almas que habitan aquí.
La plaza estaba llena de vida, con recuerdos de aquellos que habían luchado y caído, y ahora rendían homenaje a su líder.
Sin embargo, la pregunta de Abyllie seguía resonando en mi mente: ¿qué implicaciones tendría esto para nosotros y para el futuro de “Infierno”?
Mientras contemplábamos la estatua, la atmósfera se tornó densa, como si el eco del pasado nos envolviera.
Era un recordatorio de que, aunque habíamos encontrado un nuevo hogar, los fantasmas de nuestra historia siempre estarían presentes, listos para influir en nuestro camino.
Con el corazón pesado y la mente llena de preguntas, nos preparamos para continuar nuestro recorrido, sabiendo que cada paso que diéramos en esta ciudad fantasma nos acercaría a descubrir la verdad oculta tras la estatua de Lucifer.
En medio de nuestra contemplación, una sombra emergió de entre las sombras de la plaza, acercándose a nosotros con paso decidido.
Con una voz clara y autoritaria, se presentó.
—Soy Miguel, y estoy aquí para guiarlos hasta donde se encuentra el gobernador de la ciudad.
Su presencia era imponente, y hubo algo en su aura que resonó con poder.
Sin embargo, Belial no podía ignorar la inquietud que lo invadía.
Su mirada se posó en Miguel con una intensidad que reflejaba tanto curiosidad como dolor.
—¿Quién erigió esta estatua?
—preguntó Belial, su voz grave y llena de autoridad.
Sin poder contenerse, liberó un atisbo de su poder, el sello que lo rodeaba brillando con una luz oscura y poderosa.
La tensión en el aire se volvió palpable, como si el mismo ambiente respondiera a su demanda.
Miguel lo miró con calma, sin inmutarse ante la demostración de poder.
—La estatua fue erigida por el pueblo como un homenaje a Lucifer, recordando su sacrificio y su lucha por la libertad.
En esta ciudad, su legado perdura, y se le recuerda no solo como un líder, sino como un símbolo de esperanza.
Las palabras de Miguel resonaron en el aire, pero Belial no podía dejar de lado el dolor que sentía al ver a Lucifer representado de esa manera.
Era un recordatorio de lo que habían perdido, de la lucha que había llevado al caos.
—¿Dónde está el gobernador?
—preguntó Belial de nuevo, su voz firme, alejándose momentáneamente de la tormenta de emociones que lo abrumaba.
—Síganme —dijo Miguel, comenzando a caminar hacia una de las calles que se ramificaba desde la plaza.
Su figura se desvanecía un poco entre las sombras, pero su voz seguía siendo clara y resonante—.
El gobernador espera su llegada.
Tiene información que podría ser crucial para ustedes.
A medida que seguimos a Miguel, la plaza quedó atrás, y la sensación de ser observados aumentó.
Las almas de la ciudad parecían estar atentas, como si supieran que un nuevo capítulo estaba a punto de comenzar.
Las preguntas sobre el futuro y el destino de “Infierno” se agolpaban en mi mente, pero por ahora, seguíamos el camino, guiados por Miguel hacia lo desconocido.
El capitolio de la ciudad fantasma se erguía majestuosamente en el corazón de la plaza principal, un edificio que parecía surgir del mismo tejido de la historia.
Su arquitectura era una mezcla de estilos, con elementos góticos y renacentistas que se entrelazaban de manera armoniosa.
Las paredes estaban construidas con piedra de color gris oscuro, desgastadas por el tiempo, pero aún exhibían un aire de grandeza que hablaba de un pasado glorioso.
Columnas esbeltas y detalladas sostenían un amplio pórtico que daba la bienvenida a los visitantes.
En el centro de este pórtico, una escalinata de mármol conducía a la entrada principal, donde grandes puertas de madera tallada estaban adornadas con intrincados relieves que representaban escenas de la vida y la muerte, de la lucha y la esperanza.
Estas imágenes parecían cobrar vida bajo la luz tenue que emanaba de los faroles que iluminaban el camino.
Al entrar, un vestíbulo amplio y sombrío se desplegaba ante nosotros.
Las paredes estaban decoradas con tapices que contaban la historia de la ciudad, desde sus orígenes hasta los sacrificios de quienes habían vivido allí.
Un aire de solemnidad impregnaba el espacio, como si las almas de aquellos que habían pasado por allí aún vagaran entre las sombras.
En el centro del vestíbulo, una gran escalera de caracol ascendía hacia los pisos superiores, mientras que a los lados había puertas que conducían a oficinas y salas de reunión.
Una de las puertas más grandes, adornada con un símbolo que representaba el equilibrio entre la luz y la oscuridad, conducía a la sala del gobernador, donde se tomaban las decisiones más importantes de la ciudad.
La sala del gobernador era un espacio imponente, con un gran ventanal que ofrecía vistas a la plaza y a la estatua de Lucifer.
Un escritorio de madera oscura, tallado con símbolos ancestrales, ocupaba el centro de la habitación, mientras que cómodas sillas rodeaban la mesa para recibir a visitantes y consejeros.
La atmósfera estaba cargada de una mezcla de respeto y poder, un lugar donde las decisiones podían cambiar el destino de todos los que habitaban la ciudad.
En medio de la sala del gobernador, un cuerpo viejo estaba sentado en la silla central, la figura encorvada y desgastada por el tiempo.
Su rostro, surcado por arrugas profundas, parecía haber sido testigo de innumerables historias y secretos.
Al vernos entrar, levantó la vista, y aunque sus ojos eran opacos, había una chispa de vida en ellos.
—Tanto tiempo, viejo amigo —habló con una voz rasposa, impregnada de una sabiduría que resonó en la sala.
Las palabras llevaban consigo el peso de los años, como si el mismo aire se convirtiera en un puñado de recuerdos.
Belial, atónito, giró la cabeza hacia Buer, su vieja compañera que había estado a su lado en innumerables batallas.
La sorpresa en su rostro era palpable, y en sus ojos brillaba una mezcla de nostalgia y reconocimiento.
—Buer…
—murmuró, como si el simple hecho de pronunciar su nombre desatara un torrente de recuerdos.
—Nunca pensé que te vería aquí.
Buer, con su porte sereno y su mirada aguda, sonrió con una calidez que contrastaba con la gravedad del entorno.
—El tiempo puede haber pasado, Belial, pero las conexiones que forjamos nunca desaparecen.
—Su voz era suave, pero resonaba con la fuerza de la experiencia compartida.
—¿Cómo es posible?
—preguntó Belial, su voz llena de incredulidad—.
Habías muerto en la cuarta guerra.
La sorpresa se reflejaba en su rostro mientras recordaba el sacrificio que había costado la vida de tantos.
La imagen de Buer, caída en el campo de batalla, había sido un doloroso eco en su memoria.
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