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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Manual para no morir por una tortuga llorona
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3: Manual para no morir por una tortuga llorona 3: Manual para no morir por una tortuga llorona Han pasado dos días volando.

Entre risas, consejos raros y momentos que rozaban lo absurdo, Belial me explicaba cómo acercarme a su hija, como si me estuviera dando un manual de supervivencia para enfrentarme a un puma salvaje.

—Primero, no corras, jamás —me advirtió con la seriedad de quien anuncia el fin del mundo—.

Eso solo hará que te persiga.

—¿Y qué hago entonces?

—pregunté, medio incrédulo.

—Mantente firme, mírala a los ojos, pero sin mostrar miedo.

Hazte ver más grande, más fuerte, aunque por dentro te estés muriendo de nervios.

Y si se acerca demasiado… habla con calma, sin gritar, pero que tu voz deje claro que no eres una presa.

Lo miraba confundido.

No sabía si me estaba preparando para conocer a su hija o para sobrevivir a una caminata en la montaña con un felino de trescientos kilos.

Y luego estaba el ritual de la comida, un espectáculo que desafiaba toda lógica.

Primero, la Princesa Abisal debía sentarse como si fuera la jueza suprema del inframundo.

Luego revisaba cada platillo con calma cruel, buscando fallas invisibles.

Nadie, absolutamente nadie, podía probar bocado antes de que ella lo saboreara y aprobara.

Mientras Belial hablaba, no podía evitar pensar: ¿Qué clase de mujer hace que el rey del inframundo viva bajo estas condiciones?

Un tipo que hace temblar naciones, que desgarra realidades con un suspiro… reducido a un pobre cocinero esperando el veredicto de su hija.

¡Y yo era el próximo en la lista de juicios!

Cuando le pregunté a Belial qué le gustaba, me dio la respuesta más aterradora y solemne que podía imaginar.

—Miedo y sufrimiento —dijo, cruzándose de brazos como si me revelara la receta del postre más exquisito del inframundo—.

Le encanta provocar a otros.

Me quedé paralizado.

Perfecto… para conquistarla, debía ser mitad terapeuta, mitad domador de pumas, y, por si fuera poco, víctima voluntaria de torturas infernales.

¡Maravilloso!

Belial me miró con la seriedad de un general que inicia una batalla.

—Hoy es el día, Iston —dijo, cruzando los brazos—.

Vas a conocer a mi hija.

Recuerda todo lo que te enseñé… y evita morir en sus manos.

Asentí, aunque por dentro estaba convencido de que ya era demasiado tarde para eso.

“Evitar morir en sus manos” … ¿acaso eso era un consejo o una amenaza disfrazada de cortesía?

—Partiremos a las doce de la noche —continuó Belial—.

Yo la invocaré.

No viene si alguien más lo hace.

Perfecto, pensé: una cita romántica a medianoche con la Princesa Abisal, mientras mi casa parecía más un campamento de supervivencia que un hogar.

Los platos limpios me miraban con reproche, la gotera estaba tapada a medias con cinta adhesiva, y mis calcetines doblados parecían gritarme: “Buena suerte, campeón”.

No podía evitar imaginarme la escena: “Hola… perdón, Princesa Abisal, espero que no me mates… ¿quieres un té mientras lloras por diversión?” Cada tick-tack del reloj hacía que mi corazón latiera más rápido, como si quisiera escaparse y dejarme solo frente a un demonio capaz de hacer llorar a Belcebú.

Y ahí estaba yo, repasando mentalmente todas las instrucciones de Belial.

Mantener la calma, no correr, mirarla a los ojos, sobrevivir al juicio culinario, y, oh sí, intentar que algo de mí pareciera digno de ser aprobado por la criatura más peligrosa del inframundo.

Mientras mi cabeza volaba, Belial inició con las preparaciones.

Dibujó un círculo de sal tan perfecto que parecía haber sido hecho con regla y compás.

Si lo mirabas de cerca, era más como un contador desesperado armando tablas dinámicas en cinco minutos, con los dedos temblando y murmurando: “¡Esto tiene que cuadrar!” mientras las llamas danzaban a su alrededor.

Luego comenzó a entonar cánticos que sonaban, sorprendentemente, a mezcla de ópera y receta de soufflé.

—¡Recuerda, Iston!

—gritó Belial, con voz entre nerviosa y emocionada—.

No corras y no le muestres miedo… o ella te atacará.

Hoy dejas de ser un simple mortal, Iston.

Hoy entras en algo más grande… confío en ti para enfrentar lo que está por venir.

Las llamas negras se elevaron tan alto que la sala se sintió como una entrada al inframundo; todo se iluminó con un resplandor enfermizo.

El círculo vibraba, el aire se volvió pesado, y el suelo tembló bajo el poder del conjuro.

Belial recitaba con voz grave, tan solemne que sentí que el universo contenía la respiración.

El círculo se abrió.

El humo surgió.

El aire se partió en dos…  Y del vacío emergió una figura envuelta en sombras.

Cuando el humo se disipó, ahí estaba una chica de cabello negro, piel blanca como cera, ojos rojos hinchados de tanto llorar, envuelta en un pijama gigante con capucha de tortuga y una almohada incorporada al pecho, sentada en el suelo con un bote de helado entre las piernas.

Sollozaba.

Literalmente sollozaba.

—No… no puede ser que haya terminado así… —murmuró, metiéndose otra cucharada de helado—.

¡Él murió por ella y ella ni siquiera lo supo!

¡Ni siquiera lo supo!

—gritó, golpeando el suelo con la cola del pijama.

—¡Tres temporadas para esto!

¡Maldito director infernal!

—hundió la cuchara en el helado derretido, con la expresión devastada de quien ha perdido más que una simple serie.

Belial se quedó en silencio un momento; luego, con el tono de un padre avergonzado que desearía que el suelo lo tragara.

—Abyllie —dijo con su voz grave—.

Estás siendo invocada.

¿Cómo apareces de esta forma?

Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Justo ahora?

¿No podía ser después del final alternativo?

—Deja eso —suspiró Belial—.

Ya fuiste invocada, y el mortal te ha visto en tu peor momento.

Dime, ¿cómo esperas que alguien te respete así?

Abyllie bufó, limpiándose la cara con la manga del pijama.

—¿Y no podías venir tú primero y avisarme por mensaje como la última vez?

¡Mira cómo estoy!

¡Parezco una larva emocional!

Belial suspiró profundamente.

—Hija, los mortales no esperan modas ni filtros.

—¡Pero tengo helado en la cara!

—protestó, agarrando una servilleta inexistente.

Detrás del círculo, yo observaba la escena sin entender nada.

Abyllie lo notó de reojo en medio de la sala.

—… ¿y ese quién es?

—Tu prometido —respondió Belial sin cambiar el tono.

La cuchara cayó al suelo.

—¿¡Mi qué!?

Tragué saliva y solo se me pasó una pregunta por la cabeza: ¿Me… voy a casar con una tortuga?

Y así conocí a la criatura que debía enamorar: un demonio de metro cincuenta, envuelta en un pijama de tortuga, con helado en la cara y traumas de series coreanas mal hechas.

En ese instante supe que mi vida se había ido oficialmente al carajo… y que probablemente el infierno tenía departamento de comedia romántica.

Belial se llevó una mano al rostro, murmurando para sí.

—Por qué no dejé que me mataran en la cuarta gran guerra los serafines.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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