BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 La Iglesia de Querétaro
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35: La Iglesia de Querétaro 35: La Iglesia de Querétaro Al abordar un taxi en el aeropuerto, Fray Lucius dio instrucciones al conductor con una voz firme y decidida.
Su destino era la iglesia central de la Ciudad de Querétaro, un lugar sagrado que había atesorado secretos y batallas a lo largo de los años.
Mientras el taxi se adentraba en el bullicio de la ciudad, Lucius observaba con atención el paisaje que pasaba rápidamente.
Sentía cómo la tensión de su misión crecía en su interior, y las luces brillantes, junto con el ajetreo de la vida urbana, le recordaban que estaba a punto de enfrentarse a fuerzas oscuras que amenazaban con desestabilizar el equilibrio del mundo.
—Fray, ¿qué lo trae por aquí?
—preguntó el taxista, interrumpiendo sus pensamientos.
—Un trabajo que me llegó —respondió Lucius, manteniendo la mirada fija en la carretera.
La naturaleza de su misión era delicada, y no deseaba compartir más detalles.
El taxista, notando la seriedad en la voz de su pasajero, asintió.
La conversación se desvaneció, y Lucius se sumió nuevamente en sus pensamientos, repasando lo que había aprendido sobre la creciente actividad demoníaca en Querétaro.
Con cada kilómetro, el peso de su responsabilidad aumentaba.
Sabía que debía prepararse para la batalla que se avecinaba y reunir a los aliados necesarios.
Finalmente, el taxi se detuvo frente a la iglesia central.
Lucius pagó al conductor y salió, sintiendo el aire fresco que lo rodeaba.
Con una última mirada hacia el horizonte, se adentró en el edificio sagrado, decidido a comunicar la gravedad de su misión.
La iglesia se erguía con majestuosidad en el corazón de la ciudad, simbolizando fe y esperanza.
Su fachada, elaborada con piedras de un tono claro, brillaba bajo el sol, reflejando la luz de manera casi etérea.
Las torres, altas y puntiagudas, adornadas con esculturas de santos y ángeles, parecían vigilar a los fieles que entraban.
Al cruzar las grandes puertas de madera tallada, el aire fresco y perfumado de incienso envolvió a los visitantes.
La luz suave que se filtraba a través de las hermosas vidrieras narraba historias bíblicas con colores vibrantes.
En el altar, una gran cruz dominaba el espacio, rodeada de velas encendidas que parpadeaban suavemente, acompañadas por el murmullo de oraciones.
El eco de los pasos sobre el mármol reverberaba en el silencio reverente, interrumpido solo por el susurro de los feligreses y el canto lejano del coro que llenaba el espacio con melodías angelicales.
A un lado, una pequeña capilla ofrecía un lugar de recogimiento, con un confesionario de madera labrada y un sagrario que irradiaba luz cálida.
En el exterior, un jardín cuidaba la iglesia, con caminos de piedra que llevaban a bancos sombreados por árboles frondosos, donde los habitantes de la ciudad se detenían a reflexionar o a disfrutar del murmullo del agua de una fuente central.
Este lugar era un refugio de paz en medio del bullicio urbano, un recordatorio constante de la fe y la comunidad.
Al entrar, Fray Lucius sintió un profundo sentido de reverencia, pero no había tiempo para perderse en la espiritualidad del lugar.
Se dirigió rápidamente hacia el novicio en la entrada, un joven con una túnica sencilla y una expresión de respeto.
—Hola, buenas —saludó Lucius, su voz clara y autoritaria—.
Busco al cardenal Micael.
El novicio, sorprendido, inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Tiene cita con él?
—preguntó, consciente de la importancia de mantener el protocolo.
Fray Lucius lo miró, su determinación inquebrantable.
—Dile que fray Lucius lo busca.
Eso debería ser suficiente.
El joven asintió, nervioso ante la presencia del cazador de demonios, y se dio la vuelta rápidamente para buscar al cardenal.
Lucius esperó, sintiendo el pulso del lugar alrededor suyo; cada murmullo y suspiro de los fieles resonaban en sus oídos.
Mientras aguardaba, se sentó en la capilla, sus ojos fijos en la estatua de Jesús crucificado.
La figura, serena y dolorosa, irradiaba una paz que contrastaba con el tumulto en su pecho.
Reflexionó sobre el peso de su misión, sintiendo la gravedad de la lucha que se avecinaba.
Pocos momentos después, el novicio regresó, abriendo la puerta con un gesto invitante.
—El cardenal Micael lo recibirá —anunció, mostrando una mezcla de respeto y aprehensión.
Fray Lucius asintió y, con paso firme, cruzó el umbral hacia la sala donde lo esperaba el cardenal, listo para exponer la gravedad de la situación.
Un cardenal anciano se acercó para recibirlo.
Su porte era digno, pero su mirada traía consigo el peso de los años y las experiencias acumuladas al frente de la congregación.
Había visto mucho en su tiempo, desde la fe resplandeciente hasta los momentos más oscuros que la humanidad podía ofrecer.
Sus ojos, cansados pero llenos de sabiduría, se posaron en Lucius, evaluando no solo su apariencia, sino también la intensidad de su misión.
—Fray Lucius, ¡qué sorpresa verte aquí!
—exclamó el cardenal, su rostro iluminándose con alegría y preocupación al reconocer a su viejo amigo.
—Hermano, no hay tiempo para explicaciones largas —respondió Lucius, su voz grave y decidida—.
He llegado con noticias urgentes sobre una creciente actividad demoníaca en Querétaro.
Debo informar a los demás y preparar una respuesta inmediata.
El cardenal frunció el ceño, comprendiendo la seriedad detrás de las palabras de Lucius.
—Entremos a la sacristía; allí podremos hablar con más privacidad —sugirió, guiándolo hacia un espacio más reservado, lejos de oídos curiosos.
Mientras caminaban, Lucius podía escuchar a varios sacerdotes y religiosos conversando en voz baja.
Sus murmullos estaban llenos de inquietud, debatiendo sobre lo que hacía un cazador de demonios en su ciudad.
Había ocurrido algo grave, algo que requería su presencia.
Las miradas de preocupación en sus rostros reflejaban el temor que se había apoderado de la comunidad.
Una vez en la sacristía, el ambiente se tornó más íntimo.
Las paredes, revestidas de madera oscura, absorbían la luz tenue de las velas, creando un refugio propicio para la conversación que estaba por venir.
El cardenal se volvió hacia Lucius, su expresión marcada por la seriedad.
—¿Qué tipo de actividad has detectado?
—preguntó, su voz baja pero firme, como si cada palabra pesara en el aire.
Lucius inhaló profundamente, sintiendo la carga de la responsabilidad que llevaba sobre sus hombros.
Sabía que no podía ocultar la magnitud de la amenaza, así que comenzó a detallar los eventos que lo habían llevado hasta allí: ruidos extraños en la noche, desapariciones inexplicables, y un creciente sentimiento de desesperación entre los habitantes de Querétaro.
—La actividad demoníaca ha aumentado —dijo, su voz resonando con la gravedad de la situación—.
El Vaticano ha sentido la presencia de fuerzas oscuras que buscan apoderarse de la ciudad.
No podemos subestimar lo que está ocurriendo.
El cardenal frunció el ceño, asimilando la información.
—Esto es muy preocupante.
¿Tienes una idea de quién o qué está detrás de esto?
Lucius continuó, su voz firme mientras exponía las teorías que había considerado.
Mencionó a los cultos oscuros que operaban en las sombras, siempre en busca de un poder mayor.
La necesidad urgente de actuar antes de que la situación empeorara era clara.
—Debemos unir fuerzas y prepararnos —concluyó, su mirada fija en el cardenal—.
Esta amenaza no solo afecta a Querétaro, sino a todo lo que hemos jurado proteger.
El cardenal asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad que recaía sobre sus hombros.
Estaba claro que la lucha estaba lejos de terminar y que la comunidad necesitaba estar lista para enfrentar la oscuridad juntos.
—¿Cuántos clérigos y guerreros necesitas, amigo mío?
—preguntó el cardenal, su voz resonando con determinación.
Lucius se tomó un momento para considerar la magnitud de la situación.
Sabía que enfrentarse a fuerzas demoníacas requeriría un esfuerzo conjunto, una movilización efectiva de todos los recursos disponibles.
—Requerimos al menos un grupo de diez clérigos bien entrenados para realizar rituales de protección y exorcismo —respondió Lucius, su mente trabajando rápidamente—.
También necesitaría guerreros, hombres y mujeres que estén dispuestos a luchar, preparados para enfrentarse al peligro.
El cardenal asintió, comprendiendo la gravedad de la situación.
—Podemos reunir a nuestros mejores hombres —dijo, su voz llena de firmeza—.
La congregación tiene un grupo de guerreros entrenados en combate con seres oscuros.
Sin embargo, necesitaré tiempo para convocarlos y prepararlos.
—Cada segundo cuenta —replicó Lucius, sintiendo la urgencia—.
La actividad demoníaca no se detiene, y debemos estar listos para actuar antes de que la situación se agrave aún más.
El cardenal se puso de pie, la determinación brillando en sus ojos.
—Llamaré a un consejo inmediato.
Reuniré a los clérigos y guerreros que estén disponibles.
No enfrentaremos esta oscuridad solos.
Ambos hombres se miraron, compartiendo un momento de entendimiento.
Sabían que la batalla que se avecinaba no solo era por Querétaro, sino por la fe misma que los guiaba.
—Confío en ti, amigo mío —dijo Lucius, sintiendo que la esperanza comenzaba a florecer en medio del caos—.
Juntos, enfrentaremos esta amenaza.
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