BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 37
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37: La Decisión 37: La Decisión Pasadas dos horas, el cuerpo de Iston comenzó a convulsionar.
Sin comprender lo que sucedía, Buer se apresuró a buscar medicinas que pudieran estabilizarlo.
Mientras tanto, Belial y Abyllie observaban la situación con creciente preocupación.
El aire estaba cargado, impregnado de la energía incontrolable que Iston liberaba.
Cada segundo se sentía como una eternidad, y la atmósfera rebosaba tensión.
Abyllie sintió un impulso inmediato y corrió hacia Iston, desesperada por evitar que su estado empeorara.
Sin embargo, al tocarlo, fue recibida por una oleada de energía residual del sello.
Su mano ardió como si estuviera tocando una llama viva; el calor intenso que emanaba de Iston se sentía como un veneno que se infiltraba en su piel, quemando, pero ni por un momento la detuvo.
—¡Iston!
—gritó Abyllie, retrocediendo solo un paso, con los ojos llenos de horror y determinación—.
¡No te rindas!
¡Lucha!
Al escuchar su grito, Belial se volvió hacia ella, su rostro fruncido por la preocupación.
—Necesitamos actuar rápido.
Si Buer no encuentra algo pronto, Iston no podrá resistir mucho más.
Abyllie, sintiendo que el dolor de su mano ya no era nada comparado con el sufrimiento de Iston, se acercó de nuevo.
La energía del sello seguía envolviendo su cuerpo, pero la conexión que sentía con él era más fuerte que cualquier sufrimiento personal.
Sabía que debía actuar.
—No puedo dejarte solo en esto —murmuró con firmeza, invocando lo más profundo de su poder.
Una chispa de energía creció en su pecho, iluminando su determinación.
Estaba lista para enfrentar lo que fuera necesario para salvarlo.
En la catedral central, Lucius se preparaba para la reunión con los obispos convocada por el cardenal.
La tensión en el aire era palpable, y él sentía que el peso de la situación recaía sobre sus hombros.
Finalmente, el cardenal Micael se dirigió a la sala con seriedad.
—Estimados, estamos aquí por las preocupaciones del Vaticano.
Hoy ha llegado un cazador de demonios conocido a nuestra catedral.
Lucius, por favor, pasa.
Al entrar en la sala del consejo, Lucius vio a Micael, Dolores y Baltazar sentados en una disposición de rotonda, sus rostros reflejando una mezcla de preocupación y expectación.
La atmósfera estaba cargada de inquietud, y Lucius sintió cómo su corazón latía con fuerza mientras se acercaba a ellos.
—Fray Lucius —dijo Micael, levantándose ligeramente en su asiento—.
Agradecemos tu presencia.
Tu llegada es oportuna, considerando los informes que hemos recibido sobre la actividad demoníaca en la región.
Lucius asintió, tomando un momento para evaluar a los obispos.
Sabía que cada uno de ellos traía consigo su propio conjunto de preocupaciones y experiencias, y era crucial que todos estuvieran en la misma sintonía para enfrentar la amenaza que se avecinaba.
—He visto cosas inquietantes —comenzó, su voz firme—.
La situación en Querétaro es crítica, y debemos actuar con rapidez antes de que la oscuridad se expanda.
Los obispos intercambiaron miradas, el peso de sus palabras calando hondo.
Estaban listos para escuchar lo que el cazador de demonios tenía que revelar sobre la creciente amenaza que acechaba en las sombras.
—El nivel de actividad indica que quien fue invocado está al nivel de los siete reyes infernales —continuó Lucius, su mirada fija en cada uno de los obispos—.
Además, hemos detectado actividad correspondiente a un nivel de guardia demoníaco.
Esto no es un simple problema local; estamos enfrentando una amenaza significativa.
Los rostros de Micael, Dolores y Baltazar se tornaron más serios, la gravedad de la situación reflejada en sus expresiones.
—¿Cómo se ha llegado a tal nivel?
—preguntó Baltazar, su voz tensa—.
¿Quién podría estar detrás de esto?
—Rumores de cultos oscuros operan en las sombras —respondió Lucius, su tono firme—.
Buscan poder y han abierto portales que permiten el acceso a estas entidades.
Debemos unir fuerzas y actuar de inmediato antes de que sea demasiado tarde.
Dolores, con su pragmatismo habitual, interrumpió.
—¿Cuántos clérigos y guerreros necesitaremos para contrarrestar esta amenaza?
No podemos subestimar la fuerza de un rey infernal y sus tropas.
Lucius inhaló profundamente, consciente de que cada palabra era crucial.
—Requerimos al menos un grupo de diez clérigos bien entrenados para realizar rituales de protección y exorcismo.
También necesitaremos guerreros dispuestos a luchar.
La situación es crítica y cada segundo cuenta.
Micael asintió, su expresión decidida.
—Convocaré a los mejores entre nosotros.
No enfrentaremos esto solos.
Juntos, lucharemos para proteger nuestra fe y nuestra comunidad.
Baltazar frunció el ceño, claramente conflictuado.
—Con todo respeto, Lucius —dijo, su voz seria—, no sabemos quién lo invocó.
¿Cómo podemos asegurarle a la comunidad que contaremos con diez clérigos entrenados cuando nos toma veinte años formarlos?
La tensión en la sala aumentó.
Micael miró a Baltazar, reconociendo la validez de su preocupación.
—Entiendo tu inquietud —respondió Micael—, pero no podemos permitirnos el lujo de la inacción.
Si la situación es tan grave como dice Lucius, debemos actuar con rapidez y determinación.
—¿Y si nos precipitamos?
—intervino Dolores, cruzando los brazos—.
Si enviamos a nuestros mejores clérigos sin la preparación adecuada, podríamos arriesgarlos a la muerte.
No podemos poner en peligro la vida de nuestros hombres y mujeres en esta batalla sin un plan sólido.
Lucius levantó la mano, intentando calmar los ánimos.
—Entiendo sus preocupaciones, pero no hay tiempo para debates prolongados.
La actividad demoníaca está en aumento y no podemos predecir la magnitud de la amenaza.
Debemos encontrar un equilibrio entre actuar rápidamente y asegurarnos de que nuestros clérigos estén lo más preparados posible.
Baltazar asintió lentamente, aunque aún se notaba su conflicto interno.
—Quizás podamos hacer un llamado a clérigos de otras congregaciones —sugirió—.
Si el Vaticano está al tanto de la situación, tal vez puedan enviarnos refuerzos.
—Es una opción —dijo Lucius, sintiendo que la idea tenía potencial—.
Pero debemos dejar en claro la urgencia de la situación.
Micael miró a cada uno de ellos, sintiendo el peso de la decisión.
—Entonces, debemos convocar a los clérigos, enviar un mensaje al Vaticano y prepararnos para lo que está por venir.
Esta batalla no será fácil, pero no podemos permitir que la oscuridad prevalezca.
—Además, tengo un arma secreta en caso de que todo se descontrole —anunció Lucius, su tono grave llenando el aire de expectación.
Dolores lo miró con curiosidad, su interés despertado de inmediato.
—¿Un arma secreta?
—preguntó, inclinándose hacia adelante—.
¿De qué se trata?
Lucius tomó un momento para evaluar la situación antes de continuar, consciente de la delicadeza del tema.
—Es un artefacto que utiliza el poder del alma de un pecador conocido por el tabú de procrear con otra raza —explicó, su voz resonando con gravedad—.
El Vaticano lo atrapó y extrajo su alma, dándome el artefacto como prueba contra los demonios.
El aire en la sala se tornó pesado ante la revelación, y los obispos intercambiaron miradas de sorpresa y preocupación.
—¿Estás hablando del alma del incauto cepit?
—preguntó Dolores, ahora más inquieta que curiosa.
Lucius asintió, consciente de las implicaciones.
—Así es.
Este artefacto puede amplificar el poder de su alma, dándonos una ventaja en la lucha contra las fuerzas demoníacas.
Sin embargo, su uso debe manejarse con gran precaución.
La energía contenida en él puede volverse en nuestra contra si no estamos preparados.
Baltazar frunció el ceño, todavía lleno de dudas.
—¿Y qué sucede si usar ese artefacto atrae más demonios en lugar de repelerlos?
—inquirió—.
Podríamos estar abriendo la puerta a un desastre aún mayor.
—Esa es una posibilidad —respondió Lucius, su expresión seria reflejando la magnitud de la situación—.
Pero si no actuamos con rapidez, estaremos en una posición aún más vulnerable.
La actividad demoníaca no se detiene, y debemos estar listos para cualquier cosa.
—Si decides usar el artefacto, necesitamos una estrategia clara —dijo Micael, su voz firme—.
No podemos permitirnos errores en este punto.
Dolores asintió, su mente trabajando rápidamente.
—Propongo que primero hagamos una evaluación exhaustiva de la situación antes de considerar usar el artefacto.
Debemos entender exactamente con qué nos enfrentamos.
Lucius miró a cada uno de ellos, sintiendo el peso de la responsabilidad de sus decisiones.
—De acuerdo.
Comencemos por reunir información y preparar a nuestros clérigos y guerreros.
Si llegamos a ese punto, solo usaremos el artefacto como último recurso.
La determinación en la sala aumentó, y cada uno sintió que debían unirse para enfrentar la oscuridad que acechaba.
Finalmente, después de una intensa deliberación, el consejo llegó a un consenso.
—El veredicto es claro —anunció Micael, su voz resonando con autoridad—.
La intervención divina será encaminada a exorcizar a los dos demonios que han entrado en Querétaro.
No podemos permitir que su presencia contamine nuestra comunidad.
Un silencio reverente siguió a sus palabras, como si el peso de la decisión resonara en el aire.
Cada uno de ellos sabía que lo que estaba por venir sería una batalla decisiva, y la fe que los unía iluminaba el camino en medio de la oscuridad.
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