BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 41
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41: El movimiento 41: El movimiento Micael se acercó a Lucius.
—Vamos al tren subterráneo de la catedral —dijo—.
Todo está conectado.
Nos tomará cinco minutos llegar a Ciudad de México.
Lucius asintió y lo siguió.
Ambos entraron en un viejo ascensor oculto en la catedral.
Micael sacó una llave y la introdujo en una ranura casi invisible; el mecanismo respondió con un chasquido seco.
Un panel oculto se activó y, segundos después, se abrieron cuatro puertas en el subterráneo.
Al final del descenso, se encontraron con una gran estación de metro.
—¿Cuándo se construyó esta instalación?
—preguntó Lucius, observando el lugar con detenimiento.
—En mil novecientos noventa y uno, al final de la dictadura —respondió Micael—.
Utilizamos fondos del gobierno.
Nos debían un favor relacionado con la posesión demoníaca en la familia de Antonio López de Santa Anna.
Lucius frunció ligeramente el ceño.
—¿Santa Anna…?
—Sí.
No fue un caso menor —continuó Micael—.
La instalación se finalizó en el año dos mil.
Tuvimos que emplear a la mayoría de los trabajadores de la construcción para completarla.
—¿No que la esclavitud fue abolida por la iglesia?
—preguntó Lucius, con el ceño fruncido.
Micael lo miró con seriedad.
No había ironía en su expresión, solo un profundo cansancio.
—Eso es lo que se dice al público —respondió—.
Pero la realidad es mucho más oscura.
En secreto, muchas personas que no han podido ser demonizadas han sido esclavizadas… incluso por el Vaticano.
Lucius arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Cómo es posible?
—Utilizan runas sagradas creadas por el arcángel Miguel —continuó Micael—.
Estas runas permiten que los poseídos entreguen su cuerpo y su mente a Dios.
Es un ritual que transforma a los afectados en devotos, a pesar de su estado de posesión.
Hizo una breve pausa.
—La iglesia promulga esto como un sacrificio divino, pero en realidad es más manipulación que salvación.
—Increíble… —murmuró Lucius, asimilando la información—.
¿Y qué pasa con el demonio?
—El demonio cede el cuerpo y el alma del poseído hasta que mueran —explicó Micael, con un tono grave—.
Es un intercambio sombrío.
Ellos creen que están sirviendo a un propósito mayor, pero en realidad, están atrapados en una existencia de sufrimiento y control.
La iglesia se beneficia de su devoción y de los poderes que puede extraer de ellos.
Lucius comenzó a reír, una risa seca y sin humor.
—Entonces, ¿a los que no podemos liberar los llenamos de miedo y dolor?
Micael asintió, con la mirada fija en el oscuro horizonte de la estación.
—Exactamente.
En la penumbra, un esclavo aguardaba ansioso la activación del tren.
Con manos temblorosas y ojos cansados, abrió las puertas de un tren oxidado, marcado por el paso del tiempo y por el peso de secretos no revelados.
Mientras subían al vagón, Micael continuó explicándole a Lucius su función.
—Este tren —dijo— es una maravilla de la ingeniería oscura y clandestina, creado para conectar los rincones más ocultos de nuestra lucha.
Señaló la estructura.
—Su armazón, construida con metal corroído y concreto desgastado, parece una serpiente dormida entre las sombras de los cimientos de la iglesia.
Las luces parpadeantes iluminaban tenuemente los vagones, revelando un diseño austero pero funcional, con asientos de cuero desgastado y ventanas cubiertas de polvo y telarañas.
Los vagones estaban decorados con runas sagradas, grabadas en las paredes.
A medida que el tren comenzaba a moverse, los símbolos brillaron débilmente, emitiendo una luz suave que contrastaba inquietantemente con la oscuridad circundante.
El sonido de las ruedas chirriando sobre las vías resonó en el aire, creando una melodía monótona y casi hipnótica, como si contara las historias de todos aquellos que habían viajado en él a lo largo de los años.
—Este tren no solo conecta la sede central de Querétaro —continuó Micael—, sino también lugares estratégicos donde se llevan a cabo rituales secretos y reuniones clandestinas.
Funciona como una red de transporte para los clérigos y sus seguidores, permitiéndoles moverse sin ser vistos.
La atmósfera en el interior era densa, impregnada de un olor a metal y humedad, como si el tren guardara los secretos de generaciones pasadas.
Cuando el esclavo activó el mecanismo principal, una vibración recorrió toda la estructura.
Las luces parpadearon con más fuerza al cobrar vida, y la sensación de urgencia aumentó.
Todos sabían que cada viaje en ese tren era crucial para su misión, un paso más en la lucha contra la oscuridad que amenazaba con consumirlos.
Mientras tanto, en la ciudad fantasmal, Abyllie era tratada por Buer, quien intentaba que la curación fuera lo más sencilla y rápida posible.
—Tranquila, Abyllie —dijo Buer, intentando transmitir calma—.
Creo que aún tengo tiempo para esto.
La miró con seriedad.
—Si lo dejamos pasar, ni el sello podrá hacer que muevas la mano —advirtió, con la voz tensa.
La urgencia era evidente: el tiempo no estaba de su lado.
Los gritos de dolor y llanto resonaron en la habitación mientras Buer se concentraba profundamente.
Comenzó a utilizar la magia del tiempo de su raza, un arte ancestral capaz de revertir el daño y evitar que el tejido se volviera necrótico.
Sus manos brillaron con un resplandor etéreo mientras trazaba patrones en el aire, invocando energías poderosas que danzaban a su alrededor.
Abyllie sintió una oleada de calor recorrerle el brazo, en fuerte contraste con el frío del daño.
La magia de Buer se entrelazó con su propio ser, uniendo lo desgarrado y sellando las heridas.
Cada segundo contaba.
—No puedo permitirme ser una carga —murmuró Abyllie, con la voz entrecortada por el esfuerzo—.
Debo estar lista para luchar.
Buer la miró con determinación.
—No te preocupes por eso.
Primero debemos asegurarnos de que estés bien.
El tiempo se alía con nosotros, pero solo si actúas con paciencia.
Abyllie asintió lentamente.
Comprendía que la verdadera batalla también era por su vida, y que depender de Buer no era una debilidad, sino una estrategia para sobrevivir.
—Ahora que hemos detenido el dolor con mi magia —dijo Buer, con un tono más suave—, hablemos de lo que sucederá con tu mano y de cómo utilizar el sello.
Abyllie la miró con duda, con una mezcla de preocupación y curiosidad.
—¿Cómo sabes lo que sucede con el sello?
—preguntó.
Buer rió suavemente, una risa cargada de sabiduría.
—Mi niña… fui yo quien ayudó a crearlos.
¿Crees que no los estudié mientras tu padre y los demás señores demonios intentaban asimilarlos?
Abyllie guardó silencio, procesando la revelación.
—Entonces… ¿sabes cómo funcionan realmente?
—Sí —respondió Buer, seria—.
El sello no es solo un artefacto de poder.
Es una responsabilidad.
Deberás aprender a controlarlo y usarlo sabiamente.
De lo contrario, se convertirá en una carga, no en una bendición.
—Estoy lista para aprender —afirmó Abyllie—.
No puedo permitir que esto me detenga.
Tengo que ser fuerte, no solo por mí, sino por todos los que dependen de nosotros.
Buer sonrió, orgullosa.
—Esa es la actitud correcta.
Comencemos, entonces.
Hay mucho que discutir, y el tiempo es esencial.
Buer la condujo a su habitación.
La luz de una antorcha iluminaba tenuemente el lugar.
En el centro, sobre una mesa cubierta de polvo y antiguas reliquias, reposaba un manuscrito desgastado.
—Este manuscrito es fundamental —dijo Buer, entregándoselo—.
Contiene todas las características de los sellos: cómo afectan la psique del portador y los poderes que pueden generar, dependiendo del usuario.
Abyllie lo abrió con cuidado.
Las páginas amarillentas estaban llenas de gráficos y descripciones.
Sintió una mezcla de asombro y temor al leer sobre el vasto potencial y los riesgos.
—¿Por qué hay tanto polvo?
—preguntó.
—Porque este conocimiento ha estado olvidado por mucho tiempo —respondió Buer—.
Muchos temen los sellos y lo que representan.
Pero tú puedes ser diferente.
Abyllie asintió.
—Prometo estudiar cada palabra.
No dejaré que el miedo me detenga.
—Bien —sonrió Buer—.
Recuerda: el equilibrio lo es todo.
Ahora exploremos lo que está escrito aquí.
Juntas se sumergieron en el manuscrito, mientras la habitación se llenaba del murmullo de antiguas enseñanzas y de promesas aún por cumplir.
Abyllie pasó lentamente una página más… y se detuvo.
Una de las ilustraciones estaba incompleta.
El sello dibujado no coincidía del todo con el que ardía en su mano.
Había una línea faltante.
Una runa ausente.
Buer la observó en silencio.
—Eso… —murmuró finalmente— no debería estar así
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