BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 La primera prueba Resolucion
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42: La primera prueba: Resolucion 42: La primera prueba: Resolucion Buer contempló la página tachada, una expresión de confusión cruzando su rostro.
Algo dentro de ella parecía resistirse a recordar lo escrito, como si la información estuviera atrapada en una nebulosa de recuerdos perdidos.
Sus ojos se entrecerraron mientras intentaba enfocar los trazos ilegibles ocultos bajo las marcas, convencida de que aquellas palabras podrían desenterrar viejas verdades que preferiría mantener ocultas.
Sabía que había símbolos bajo la tinta.
No podía verlos con claridad, pero los sentía, como cicatrices en la mente: sellos antiguos, nombres pronunciados en lenguas olvidadas, pactos sellados bajo juramentos que no admitían testigos.
Aquello no había sido borrado por el tiempo; había sido sellado deliberadamente.
—Hay algo aquí que no puedo…
—murmuró, su voz apenas un susurro—.
Algo que debería saber, pero se me escapa.
Abyllie, percibiendo la tensión en el aire, se acercó un poco más, intrigada y preocupada.
La magia que aún flotaba en la habitación reaccionó a su movimiento, ondulando como agua inquieta.
—¿Qué es lo que no recuerdas?
—preguntó, su curiosidad superando su temor.
Buer sacudió la cabeza, intentando despejar la niebla en su mente.
—No lo sé…
pero siento que es importante.
Como si alguien hubiera decidido por mí qué partes de mi historia puedo cargar y cuáles no.
Por un instante, cerró los ojos con fuerza.
En la oscuridad, algo se agitó: una sensación de culpa antigua, una promesa rota, la certeza de haber aceptado un precio demasiado alto.
El miedo no provenía de lo que recordaba, sino de lo que aún permanecía fuera de su alcance.
De repente, un dolor punzante recorrió su mente, como un rayo que desgarraba su concentración y afectaba la magia que había imbuido en Abyllie.
La energía que había transferido a ella comenzó a tambalearse, y el dolor fantasma se trasladó a la joven, estremeciéndola de pies a cabeza.
No fue un dolor físico inmediato, sino una ausencia violenta, como si algo esencial hubiera sido arrancado sin dejar rastro.
Abyllie jadeó, llevándose una mano al pecho.
Su corazón latía con un ritmo que no reconocía, un pulso ajeno, antiguo.
Abyllie sintió una oleada de incomprensión, el dolor atravesando su cuerpo como si cada fibra de su ser estuviera atrapada en una tormenta de agonía.
Con cada pulsación, su visión se nublaba y las sombras parecían acercarse, alimentándose de su sufrimiento.
Por un segundo, vio imágenes que no eran suyas: una figura arrodillada frente a un altar ennegrecido, un símbolo grabado en carne viva, una risa profunda resonando desde un abismo sin fondo.
—Eso…
—susurró—.
Eso no es mío.
Ese dolor no empezó conmigo.
Buer, confundida por la intensidad del dolor, miró a Abyllie con una mezcla de preocupación y determinación.
Comprendió con horror que el ritual no solo había sanado, sino que había abierto un canal.
—En este punto, ya no deberías sentir dolor —explicó, su voz temblando levemente—.
Pero el dolor fantasma está interfiriendo.
Te hace temblar sin razón, como un eco de lo que fue.
Abyllie respiró hondo, tratando de aferrarse a la calma.
—¿Qué significa eso?
—preguntó, su voz entrecortada por el esfuerzo.
—Significa que tu cuerpo y tu mente están en conflicto.
Aunque he sanado tus heridas físicas, el trauma sigue presente.
Hay dolores que no buscan desaparecer…
buscan dirección.
Necesitamos liberar esa carga antes de que se convierta en algo peor.
La mirada de Buer se tornó seria, reflejando la urgencia de la situación.
El tren llegó a la Ciudad de México con un chirrido de frenos que resonó en el aire, rompiendo la tensión acumulada.
—Micael, ¡ya llegamos!
—anunció.
—Es hora de guiarte al cuerpo de clérigos —respondió Micael, su tono lleno de determinación.
Al salir de la estación, un cardenal los esperaba, su figura imponente envuelta en vestiduras ricas y coloridas.
—Micael, ¡qué gusto verte!
—exclamó el cardenal, sonriendo—.
La carta del Vaticano llegó antes de su llegada.
—Gracias, Cardenal.
Necesitamos tu ayuda —dijo Micael, asintiendo con respeto—.
Nos guiarás directamente a la basílica.
Mientras caminaban, la solemnidad del lugar era palpable.
Los ecos de murmullos reverberaban en la catedral, y muchas miradas se centraron en Lucius, quien avanzaba con paso firme por los pasillos.
El aura del avatar de Zaphkiel lo rodeaba, irradiando una intensidad que generaba preocupación entre los novicios y curas.
Algunos se cruzaron de brazos, intercambiando miradas nerviosas.
Una joven clériga, entre los presentes, mantenía la mirada fija en Lucius, su rostro resuelto.
En él no veía solo a un exorcista, sino la imagen de alguien que se mantenía firme frente al abismo.
Por un instante, el recuerdo de su padre —el exorcista caído— cruzó su mente: “Si él muere, alguien tendrá que continuar.” Aún no sabía cuánto la marcaría esa idea.
—¿Qué sucede?
—preguntó Lucius, sintiendo el peso de las miradas sobre él.
—Tu presencia es inusual —respondió un joven novicio, su voz temblorosa—.
Hay quienes creen que tu llegada puede traer…
cambios.
Micael intervino, manteniendo su tono firme.
—No se preocupen.
Lucius está aquí para ayudar.
Deberían ser respetuosos.
Sin embargo, la inquietud en la catedral era innegable.
Lucius sintió que el aire se volvía más denso a cada paso, como si algo antiguo lo observara a través de los ojos de la iglesia misma.
—Debemos llegar a la basílica —insistió Micael—.
El tiempo es esencial.
La basílica se imponía como un edificio majestuoso, separado de la catedral de la Asunción de la Virgen María de los Cielos.
Su fachada, desgastada por el tiempo y el esfuerzo, era un testimonio silencioso de los clérigos que habían dado su vida para proteger esta ciudad.
En el centro, formados como soldados, los clérigos esperaban, rígidos y atentos, listos para lo que estaba por venir.
La atmósfera se acentuó con la llegada del cardenal, quien habló con una voz que resonaba en la basílica, imponiendo convicción en cada palabra.
—Estimados hijos, nos ha llegado una carta del Vaticano indicando actividad demoníaca en la ciudad de Querétaro.
El nivel de poder es comparable al de uno de los siete señores demonios.
Estoy aquí para recordarles el deber de la iglesia: debemos detener cualquier amenaza demoníaca que ponga en riesgo a nuestro país.
Sus palabras pesaron en el aire, cargadas de gravedad.
—Serán seleccionados cuatro clérigos de esta instalación para acompañar al exorcista Fray Lucius en la batalla que se avecina.
Un murmullo de inquietud recorrió a los presentes, pero también un sentimiento de determinación.
Los clérigos se miraron entre sí, conscientes del peligro, pero dispuestos a cumplir con su deber.
El cardenal se detuvo un momento, fijando su mirada en Lucius.
—Fray Lucius, confío en que guiarás a estos hombres con la valentía y la fe que se esperan de un exorcista.
Esta lucha no será fácil, pero juntos, con la gracia de Dios, prevaleceremos.
Lucius sintió el peso de la responsabilidad, pero también una chispa de determinación en su interior.
Sabía que la batalla que se avecinaba no solo pondría a prueba su fuerza, sino también su fe y convicción.
—Le daré la palabra al trono presente —anunció el cardenal, su voz resonando en la basílica con autoridad.
Lucius se colocó en el centro del grupo de clérigos, mirándolos con la determinación de un general que se prepara para la guerra.
—Cuatro de ustedes serán seleccionados —declaró, su tono firme—.
Esta decisión se basará en su desempeño en dos pruebas.
Yo seré el juez de su resolución.
Cualquiera que flaquee o se quiebre no podrá acompañarnos en esta cruzada.
Los clérigos mantuvieron la mirada fija en Lucius, sintiendo la seriedad de sus palabras.
La tensión en el aire era palpable.
—Yo mismo me he enfrentado a los señores demonios en la última guerra santa —continuó, su voz cargada de experiencia—.
Quiero que entiendan que lo que enfrentarán no se compara con nada de lo que han visto hasta ahora.
El poder y la locura que pueden inducir son fuerzas que trascienden este mundo.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo.
—Espero que puedan soportar ese dolor y carga con gran resolución —concluyó, su mirada intensa—.
La fe y la determinación serán sus mejores armas.
Los clérigos intercambiaron miradas, uniendo sus voluntades en un silencio tácito.
Lucius podía ver la mezcla de miedo y valentía en sus rostros; sabían que estaban listos para lo que vendría.
—Comencemos con la primera prueba —dijo, tomando una respiración profunda—.
Demostrarán no solo su fuerza física, sino también su temple.
Con eso, el ambiente cambió; la atmósfera se cargó de expectación mientras los clérigos se preparaban para enfrentar lo que estaba por venir, conscientes de que el destino del país y sus almas estaban en juego.
De repente, un poder sagrado descendió en la basílica, haciendo que las paredes temblaran con una fuerza descomunal.
La atmósfera se tornó eléctrica, y los clérigos sintieron como si el aire se volviera más denso, una prueba de su resistencia.
—Aquellos que soporten esta presión pasarán a la siguiente prueba —anunció Lucius, aunque su voz se perdió entre el estruendo que resonaba en el templo.
Una esfera de luz brillante apareció en el centro del altar, iluminando el espacio con miles de ojos que miraban fijamente a los clérigos.
Era un espectáculo sobrecogedor, una manifestación que parecía juzgar a cada uno de ellos.
Mientras los ojos de la esfera brillaban intensamente, una presión abrumadora se aplicaba sobre los clérigos, haciéndolos tambalear.
Algunos comenzaron a caer en la locura, sus rostros distorsionándose por el terror.
Muchos reían insensatamente, sus risas resonando como ecos macabros en la gran sala.
Otros, en un intento desesperado por aferrarse a la cordura, comenzaron a pelear entre sí, atacándose con furia descontrolada.
Sin embargo, seis figuras se impusieron entre el caos.
Con los ojos y narices sangrando, estos clérigos, más fuertes que el resto, resistían el embate del poder sagrado.
Su determinación era palpable, como si un vínculo invisible los uniera en la adversidad.
—¡Resistan!
—gritó Lucius, intentando alentar a los demás—.
No se dejen llevar por la locura.
La fe es más poderosa que este miedo.
Las figuras, en lugar de sucumbir, se aferraron a su creencia y misión.
Aunque temblaban y la sangre manaba de sus rostros, sus miradas permanecieron fijas en el centro de la esfera de luz.
Sabían que el futuro de su orden y el destino de muchos dependían de su capacidad para superar esta prueba sobrenatural.
Después de una hora soportando la presión, la atmósfera en la basílica se volvió casi insoportable.
Lucius, exhausto pero determinado, miró al cardenal con seriedad.
—Es hora de que traigas médicos para aquellos que no han soportado esta prueba —solicitó, su voz firme pero preocupada.
El cardenal asintió y se dirigió rápidamente hacia la salida, su expresión reflejando la urgencia de la situación.
Mientras tanto, Lucius se volvió hacia los clérigos que aún permanecían en pie.
Seis de ellos, temblorosos pero resueltos, se habían mantenido firmes frente a la esfera de luz y la presión aplastante.
—Han demostrado su valentía —dijo Lucius, su tono lleno de respeto—.
Ustedes han superado la primera prueba.
Ahora, los llamaré a prepararse para la segunda.
Los clérigos, aunque visiblemente afectados, sintieron un nuevo destello de esperanza ante la perspectiva de avanzar.
Lucius los miró con determinación.
—Esta próxima prueba será un desafío mayor, una prueba no solo de su fuerza, sino también de su fe y resolución.
Mientras el cardenal regresaba con los médicos, Lucius se dirigió a los clérigos.
—Prepárense.
La lucha no ha terminado.
Cada uno de ustedes tiene un papel vital en lo que está por venir.
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