BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Las dos cara de la moneda
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43: Las dos cara de la moneda 43: Las dos cara de la moneda Lucius salió sorprendido por el nivel de los clérigos; donde esperaba encontrar a dos soportando la pesada carga, se encontró con seis que se mantenían firmes.
Micael lo miró y preguntó: —¿No fue demasiado para estos niños?
No tienen más de veinte años.
Lucius lo miró con severidad.
—Eso son solo migajas comparado con lo que yo enfrenté.
Los señores demonios son mucho peores.
Aún llevo las secuelas de las batallas: pesadillas constantes que me persiguen.
—Simplemente los preparé para lo que les espera —concluyó.
—Aún no entiendo cómo saliste vivo de esa situación —dijo Micael.
—Me aproveché de un señor demonio que estaba enamorado de un alma humana y la maté.
Por eso pude escapar —respondió Lucius.
—Pero el eco de su odio todavía me persigue.
Micael lo miró en silencio, comprendiendo.
—Es lo que tenías que hacer.
La guerra no es justa.
—¿Te llamó la atención alguno de los clérigos?
—preguntó Micael.
—Sí, la muchacha del medio.
Me recordó a mí mismo en el pasado, cuando buscaba venganza y no tenía fe.
—Cuando prepares la segunda prueba, dependerá de cómo se recuperen —dijo Micael.
—Espero que sea dentro de tres o cuatro horas.
Mientras tanto, movámonos a las demás catedrales y juntemos a todos en Querétaro para la prueba final —respondió Lucius.
A pesar del dolor punzante en su cabeza, Buer tomó a Abyllie bajo su ala, guiándola en el delicado arte de controlar su sello a un nivel básico.
—Primero necesitamos adentrarnos en tu mundo mental —dijo Buer, intentando ocultar su propio malestar.
Abyllie cerró los ojos y comenzó a meditar, sumergiéndose en los oscuros pasillos de su mente.
Con cada respiración, sintió cómo las paredes de su conciencia se abrían ante ella.
La primera puerta que se presentó estaba marcada por los intensos recuerdos de los entrenamientos que había vivido con su madre.
Revivió las largas horas de golpes y sufrimiento, mientras su madre, desgarrada, se esforzaba por mantener la compostura, con los ojos llenos de lágrimas por la tortura que había tenido que imponerle.
Abyllie solo recordaba el dolor físico, convencida de que su madre disfrutaba de su sufrimiento, como si cada golpe fuera un eco de una cruel diversión.
Sin embargo, en ese instante, Buer la tomó de la mano y la guió hacia la figura materna en su recuerdo.
A medida que se acercaban, las palabras de su madre comenzaron a resonar en el aire.
—Lo siento, mi amor.
Sé que esto es difícil, pero por favor, no me odies.
—La voz era un susurro quebrado por el llanto—.
No sé cómo enfrentar esta guerra, pero necesito que seas fuerte y que puedas defenderte.
Abyllie sintió cómo las lágrimas brotaban de sus ojos al escuchar el dolor en la voz de su madre.
La angustia y el amor se entrelazaban en cada palabra.
—Nos han llegado noticias —continuó su madre—.
Zaphkiel vendrá en el próximo enfrentamiento y no puedo dejarte esperando, temiendo lo que sucederá.
Abyllie finalmente comprendió que Istón tenía razón al decirle que no todo es lo que parece.
Su madre, en su dolorosa forma de enseñar, había intentado protegerla a su manera.
Las lágrimas comenzaron a fluir como ríos desbordados, y en su mente, los minutos se transformaron en horas mientras recordaba el asco que sintió al ver el féretro de su madre.
La imagen de Belial trayendo su cuerpo sin vida al castillo la atravesó como un rayo, y el peso del arrepentimiento la aplastó.
—Me siento como una basura —murmuró, su voz temblando bajo el peso de la culpa—.
¿Cómo no pude ver lo que estaba pasando mi madre?
Buer la miró con comprensión y compasión, asintiendo suavemente.
Con un gesto, le indicó que estaba bien llorar, que era un proceso necesario.
—A menudo, los padres ocultan sus problemas para protegernos —dijo con voz suave—.
Ellos también luchan en sus propias guerras, aunque no siempre lo muestren.
Abyllie sintió la calidez de las palabras de Buer, como un rayo de luz en medio de su tormenta emocional.
La vulnerabilidad compartida comenzó a sanar las cicatrices de su corazón.
—Ahora, mi niña, debemos profundizar en el sello.
Ya has descubierto una verdad sobre tu trauma, y es hora de que esa verdad se imponga ante el sello.
Con ese propósito, repite: “Ani yesh li koach,” mientras visualizas un camino hacia algo preciado para ti, algo que te motive a seguir luchando contra el sello.
Abyllie, obedeciendo las palabras de Buer, comenzó a repetir la frase, buscando ese camino en su mente.
Sin entender del todo dónde estaba, empezó a escuchar la voz de su madre, pero se dio cuenta de que era solo una ilusión de su subconsciente.
Cuando finalmente encontró la fuente de esa voz, se quedó congelada.
Una versión de ella, consumida por la locura, la observaba con impaciencia, ansiosa por devorarla.
Sin embargo, no se acercaba; sabía que aún no era el momento.
Una sonrisa macabra se dibujó en el rostro de esta versión distorsionada de Abyllie, como si le abriera un camino ominoso que debía seguir.
—Esto será solo el comienzo de la lucha —dijo esa versión de ella, su voz cargada de malicia—.
Prepárate, porque te consumiré y disfrutaré de tu cuerpo, trayendo conmigo el infierno, la muerte y la destrucción.
Abyllie sintió cómo la desesperación la envolvía, pero aferrándose a las palabras de Buer, repitió la frase con fervor, buscando el poder que sabía que habitaba en su interior.
De repente, llegó a un cuarto extraño.
La atmósfera era densa, y el aire olía a nostalgia.
Al abrir la puerta, se encontró con tres objetos dispuestos sobre un pedestal, cada uno brillando con una luz propia.
El primero era la flor que Istón le había regalado el día de su cita, un símbolo de la paz y la alegría que había sentido en aquel momento.
La segunda era un vestido que su madre le había dejado, tejido con amor y recuerdos de un tiempo más feliz.
Y por último, las garras afiladas, la primera arma que su padre le había dado, un recordatorio de su herencia y del poder que llevaba dentro.
Abyllie se sintió perdida, sin saber cuál de esos tres objetos podría ser la clave a la que se refería Buer.
Sin embargo, la memoria de la flor la atrajo; evocaba la calidez y la paz que había sentido junto a Istón.
Sin pensarlo dos veces, extendió la mano y tomó la flor.
En el instante en que sus dedos tocaron los pétalos, un destello de luz la envolvió y fue transportada de vuelta junto a Buer, su corazón latiendo con fuerza.
Buer la miró con una expresión de satisfacción.
—Parece que encontraste lo que buscabas —sonrió placidamente.
Sin embargo, Abyllie, llena de preguntas, le habló sobre los tres artículos que había visto y que solo había tomado la flor.
Buer, sorprendida, intentó entender el porqué de la situación, pero algo en su mente lo bloqueó.
De repente, un grito ensordecedor llenó el salón.
Abyllie salió del trance para ayudar a Buer.
Entonces, Buer comprendió que lo que había ocultado en el libro estaba ligado a Abyllie, y que había algo importante que debía recordar.
El grito se desvaneció tan abruptamente como había comenzado, dejando tras de sí un silencio espeso, cargado de tensión.
Abyllie se llevó una mano a la cabeza y cayó de rodillas, su respiración agitada, como si el aire se le negara.
Un hilo de sangre descendía desde su sien, recorriendo su mejilla con lentitud.
—No… —susurró—.
Algo cambió.
Buer se acercó de inmediato, apoyando una mano firme sobre la frente de Abyllie.
El sello reaccionó al contacto, no con dolor, sino con una presión profunda, distinta, como si hubiera reajustado su forma.
La corrupción no se contenía.
Latían.
Buer retiró la mano con lentitud, su expresión endurecida por una comprensión tardía.
Durante un instante, pareció luchar contra un recuerdo que se negaba a emerger por completo.
—Abriste un camino que no debías —dijo finalmente, con voz grave—.
No lo rompiste… pero lo hiciste visible.
Abyllie levantó la mirada, confundida y asustada.
—Yo… solo seguí lo que me dijiste.
Buer asintió, aceptando el peso de sus propias palabras.
—Y lo hiciste bien.
Demasiado bien.
Se arrodilló frente a ella, obligándose a sostenerle la mirada.
—El sello en tu alma no está ahí para contenerte —continuó—.
Está ahí para protegerte.
Abyllie sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Protegerme de qué?
Buer tardó en responder.
—De lo que hay dentro de ti… y de quienes vendrían a reclamarlo.
El sello pulsó una vez más, profundo, casi como un latido ajeno.
Abyllie cerró los ojos, mareada.
La flor que había elegido en su mente ahora pesaba en su pecho como un ancla frágil, hermosa, pero insuficiente.
—Elegiste la paz —murmuró Buer—.
Eso retrasó lo inevitable… pero también llamó la atención.
Abyllie tragó saliva.
—Entonces… ¿qué me pasa ahora?
Buer se incorporó lentamente.
—Ahora vivirás con las consecuencias de tus acciones.
Cada uno de esos objetos tiene un peso en ti, tanto física como psicológicamente.
Hizo una pausa.
—Y cuando vuelvas a buscar otro… sabrás que no es solo tuyo.
Abyllie apretó los dientes, conteniendo las lágrimas.
—¿Voy a perderme?
Buer negó con firmeza.
—No, mientras recuerdes por qué los elegiste.
El silencio volvió a envolver la sala, pesado pero estable, como si algo hubiera sido sellado de nuevo… aunque no del todo.
La noche había caído sobre la catedral cuando Lucius tomó asiento frente a una larga mesa de madera oscura.
Las velas encendidas proyectaban sombras alargadas sobre los muros de piedra.
Quince clérigos ocupaban los asientos frente a él.
No eran los mismos que habían iniciado la prueba.
Algunos llevaban vendajes, otros aún temblaban levemente.
Todos mantenían la espalda recta y la mirada firme, conscientes de que ya habían cruzado un umbral del que no había retorno.
Lucius los observó en silencio, uno por uno.
Quince.
Más de lo que esperaba.
—Lo que vivieron hoy —dijo al fin, con voz baja pero firme— no fue una prueba de fe.
Apoyó las manos sobre la mesa.
—Fue una advertencia.
Nadie habló.
—A partir de este momento —continuó—, no los trataré como estudiantes, ni como clérigos comunes.
Si permanecen aquí, lo harán sabiendo que la muerte no será su mayor amenaza.
Sus ojos se detuvieron un segundo más en uno de los asientos del centro.
—La segunda prueba decidirá quiénes pueden caminar a mi lado… y quiénes aún no están listos para ver el verdadero rostro de esta cruzada.
El silencio que siguió fue absoluto.
A lo lejos, las campanas de la catedral resonaron una sola vez, graves, como un presagio.
La misión aún no había comenzado.
Pero ya había elegido a quienes pondría a prueba primero.
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