BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 45
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45: El primer monstro 45: El primer monstro En la Basílica de Santa María de Guadalupe, el grupo de clérigos llegó para enfrentar su segunda prueba.
Muchos de ellos eran hombres, ya que la iglesia mantenía prácticas conservadoras que relegaban a las mujeres en estas posiciones.
Solo dos mujeres estaban presentes: Naqam y Canon.
Naqam, con su cabello rojo brillante que la hacía destacar, poseía rasgos nórdicos y había buscado refugio en la iglesia tras la muerte de su padre.
Canon, en cambio, provenía de una familia religiosa prominente en Florencia.
Era rubia, como si un ángel hubiera descendido del cielo.
Lucius los observó con una sonrisa.
—Bienvenidos al comienzo de un mundo que no todos pueden soportar.
Esto marca el inicio del mundo del exorcismo.
Un cardenal los esperaba.
Miró a Lucius y lo saludó con respeto.
—Está todo listo para que realice su prueba.
Espero que lo preparado sea de su agrado.
El cardenal los condujo hacia el subsótano, donde la cámara de tortura demoníaca se extendía ante ellos.
Varias celdas, cada una marcada con nombres y fechas, estaban alineadas frente a los nuevos clérigos.
—Aquí dejo el registro de ingreso —dijo el cardenal—.
Les recomiendo la cámara ciento cincuenta y tres de tortura, donde se llevará a cabo la prueba.
A medida que caminaban por las instalaciones, el olor a sangre y los gritos de tormento resonaban con cada paso.
Muchos de los clérigos quedaron horrorizados ante la vista de los múltiples instrumentos de tortura y las personas poseídas que se encontraban ante ellos, cada una evidenciando un sufrimiento prolongado.
Los ojos aterrados de muchos se grabaron en la memoria de Lucius, quien se preguntaba si realmente estaban listos para esto.
Mientras avanzaban hacia la cámara ciento cincuenta y tres, algunos ya estaban a punto de vomitar por el terror que desataban cada escena.
Algunos apartaban la mirada, dudando de su fe y cuestionando si este era el camino correcto.
Naqam y Canon, sin embargo, se mantuvieron impasibles ante la brutalidad.
Lucius, sorprendido, esperaba mucho de ellas.
—Hemos llegado —anunció el cardenal, con la calma de un veterano—.
Ahora les mostraré lo que hace un demonio en un cuerpo humano.
En el centro de la cámara, atado con cadenas y marcado con símbolos cristianos, había un niño de no más de ocho años.
La escena dejó a muchos atónitos.
El aire estaba impregnado de una opresiva pesadez y el silencio se volvió ensordecedor al centrarse en el niño, su pequeño cuerpo encadenado y marcado.
Su rostro pálido estaba distorsionado por la agonía, y sus ojos desorbitados reflejaban un miedo indescriptible.
El cardenal se acercó y, con voz grave, explicó: —Este niño ha sido poseído por un demonio.
El mal que habita en él es poderoso.
Su alma está en juego, pero ustedes tienen el poder para liberarlo.
Los clérigos comenzaron a murmurar entre sí, la incertidumbre dibujándose en sus rostros.
Algunos se estremecieron y apartaron la mirada, incapaces de soportar la imagen desgarradora del niño atrapado en su tormento.
Otros se sintieron impulsados por un renovado sentido de deber, recordando la razón por la que estaban allí.
Lucius dio un paso al frente, su corazón latiendo con fuerza.
Se dirigió a sus alumnos, buscando infundirles valor.
—Recuerden que esto es una prueba.
Este no es solo un niño; es una víctima.
El demonio que lo posee es astuto y no se rendirá fácilmente.
Deben mantener la fe y la concentración.
Juntos, invocaremos el poder divino para expulsar esta oscuridad.
Naqam y Canon intercambiaron miradas decididas.
Ambas sabían que este era su momento de demostrar su valía.
Se unieron a los demás clérigos en un círculo alrededor del niño, formando un frente unido ante el terror que acechaba.
—Comencemos —dijo Lucius, alzando su voz—.
¿Quién será el primero en pasar?
Un joven clérigo de no más de catorce años levantó la mano.
Lucius lo miró y le preguntó su nombre.
—Ezequiel —respondió el joven.
—Tú entrarás primero.
Los demás, retírense por el momento.
Esto es algo que solo el cardenal y yo podemos ver.
El cardenal guió a los clérigos hacia la sala de espera del salón de tortura, explicando que vendrían a buscar a cada uno de ellos cada treinta minutos para realizar la prueba.
El olor en la sala era de sangre rancia y desechos humanos, una mezcla nauseabunda que impregnaba el aire.
Algunos clérigos mostraron signos de ruptura y miedo, mientras que otros simplemente aguardaban la llegada del cardenal con semblante tenso.
Mientras tanto, Ezequiel observaba al niño retorcerse de dolor en la sala, intentando realizar el exorcismo.
Una voz profunda resonó en su interior.
—¡Es mío!
Yo engendré a esta alimaña.
Esa puta me pertenece —se burló, acompañada de una risa macabra.
Sin saber cómo proceder, Ezequiel tomó un trapo empapado en agua bendita y se acercó al niño, intentando ahogar al demonio que lo atormentaba.
Mientras el niño sufría, Ezequiel pensó que someterlo al “submarino” podría ser una buena forma de tortura para forzar al demonio a responder.
—¿Qué quieres aquí?
—preguntó, con la voz temblorosa pero decidida.
La voz del demonio resonó en el aire, un eco oscuro y distorsionado que parecía provenir de las profundidades del infierno.
—Lo que me corresponde es su cuerpo y su alma —declamó con una risa macabra, dejando escapar un tono de satisfacción maliciosa.
Ezequiel sintió un escalofrío recorrer su espalda al escuchar esas palabras.
La declaración del demonio era clara y aterradora, una amenaza que capturaba la esencia del horror que estaba enfrentando.
La mirada del niño, llena de sufrimiento y terror, se cruzó con la de Ezequiel, instándolo a actuar.
Con el corazón latiendo con fuerza, Ezequiel dio un paso adelante, apretando el trapo empapado en agua bendita con todas sus fuerzas.
El niño seguía retorciéndose, clamando por ayuda, mientras la risa del demonio se intensificaba, burlándose de su impotencia.
—¿Crees que puedes salvarlo?
—se burló.
—Es demasiado tarde para él.
Su alma ya es mía.
Lo he reclamado, y nada de lo que hagas podrá cambiar eso.
Ezequiel sintió una oleada de desesperación, pero también un destello de determinación.
No podía dejar que el demonio ganara.
Debía aferrarse a la esperanza de que incluso en la oscuridad más profunda, había una posibilidad de redención.
—¡No!
—gritó, alzando el trapo.
—¡En el nombre de Dios, te ordeno que dejes libre a este niño!
El demonio soltó una risa estruendosa que reverberó en las paredes de la sala.
—¿Qué me importa lo que digas?
—respondió, su tono cargado de desdén.
—Este niño es mi juguete, y lo torturaré hasta que su alma sea completamente mía.
Con cada palabra, el demonio parecía hacerse más fuerte, alimentándose del miedo y el dolor del niño.
Pero Ezequiel no iba a permitir que eso sucediera.
Con un grito de desafío, extendió el trapo hacia el niño y comenzó a recitar las oraciones que había aprendido, su voz resonando con fervor.
—Exi de hoc corpore immundo, te exilio ex hoc corpore.
El demonio sintió el impacto de la frase, pero se aferró al alma del niño con todas sus fuerzas.
—¡Tú no tienes poder aquí!
—retumbó la voz de Ezequiel, resonando con determinación.
Lucius, complacido por el resultado, miró a Ezequiel y le dijo: —Retírate.
Has aprobado la segunda prueba.
Luego, se volvió hacia el cardenal y le indicó que llamara a otro clérigo.
Después de cinco horas, solo quedaban cinco clérigos, mientras Naqam y Canon continuaban a la espera, observando con atención el desarrollo de la situación.
Finalmente, llegó el momento de Canon.
—Es tu turno, pequeña —exclamó el cardenal.
Canon, como si estuviera dando un paseo por el parque, comenzó a saltar y tararear una canción mientras se dirigía hacia la cámara de tortura.
Lucius, al ver su reacción, no pudo evitar reír.
En su mente, se preguntaba cómo un monstruo como ella había terminado en la iglesia.
Mientras tanto, el demonio suplicaba clemencia, su tono lleno de desesperación.
—¡Por favor, perdona a mi hijo!
—exclamó—.
No soportará más tortura.
Solo quería salvarlo.
Canon, sin un átomo de preocupación, lo negó.
—Pides clemencia mientras no dejes el cuerpo del infante.
Solo él morirá, y es mejor que ser marcado como hereje que se dejó poseer.
El demonio, sintiendo el miedo de la revelación, suspiró.
—Si dejas al niño, prometo irme.
Él no aguantará más dolor.
—No te dejaré ir tan fácil —respondió Canon, con una mirada vacía y una sonrisa despreocupada—.
Tú no eres quien pide clemencia; somos nosotros.
—Ahora prepárate —añadió, mientras agarraba un cuchillo y comenzaba a quitar la piel del niño lentamente.
Los gritos del demonio resonaban en la cámara, llenos de desesperación.
—¡Por favor, perdónalo!
—clamó, consciente de que el niño no soportaría esa tortura.
—Demasiado tarde, déjame disfrutar de tus gritos.
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