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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - 46 El segundo monstruo
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46: El segundo monstruo 46: El segundo monstruo Después de treinta minutos de tortura, el niño, ya sin piel, no mostraba señales de vida.

Lucius, satisfecho con el resultado, comentó:  —Tú serás uno de los pilares de este equipo.

Canon, sin una pizca de preocupación, respondió:  —Mientras pueda seguir el camino del Señor, no me importa ser o no ser importante.

Para mí, la palabra del Señor es lo más crucial.

El cardenal, al ver lo sucedido, se puso pálido.

¿Cómo era posible que una niña de diecisiete años pudiera generar tal carnicería sin sentir culpa?

Lucius miró al cardenal y le pidió que buscara un nuevo hereje para realizar la prueba, uno que reemplazara al que acababa de morir.

—Avísale a los cuatro clérigos que quedan que esperen por una complicación del exorcismo.

Aún atormentado por la imagen de esa adolescente desollando al niño, el cardenal se sintió perseguido por el horror mientras se acercaba a la cámara de espera.

—Mis estimados clérigos, ha habido una situación en la cámara de exorcismo.

Tendrán que esperar unas horas hasta que volvamos a realizar la prueba.

Naqam, en silencio, ya tenía una idea de lo que había pasado; conocía bien lo que era capaz Canon, así que no le sorprendía en absoluto.

El cardenal se retiró de la sala, dirigiéndose hacia un lugar conocido como el centro de fe, donde muchos seres humanos estaban siendo preparados para la integración de un demonio en sus cuerpos.

Allí, el teólogo realizaba rituales para corromper a los demonios mediante runas en humanos, con el fin de llevar a cabo interrogatorios.

—Lucius necesita uno con las mismas especificaciones —dijo el cardenal, mirando con desdén el trabajo del teólogo.

—Dile que en unos cinco minutos estará listo.

Ahora estoy trabajando en el pedido de los descendientes de San Antonio de Abad.

—Mismas características; no será difícil, aunque tengo algunos que podrían gustarle en el almacén criogénico.

—Dile que baje y lo revise.

El cardenal se dirigió a buscar a Lucius para que encontrara un nuevo hereje para realizar la prueba.

—He remodelado el lugar desde la última vez que vine —comentó.

El teólogo sonrió.

—Sí, ahora parece más un laboratorio que otra cosa.

El centro de fe era un lugar aterrador, una amalgama de horror y desesperación.

Las paredes, cubiertas de un gris opaco, estaban manchadas por el paso del tiempo y la sangre derramada en nombre de rituales oscuros.

La atmósfera era densa, cargada de un aire tenso que vibraba con los ecos de gritos y llantos de las almas atrapadas en su interior.

Las luces parpadeantes iluminaban las mesas de operaciones, donde los cuerpos yacían atados, sus rostros distorsionados por el terror y el dolor.

Los gritos desgarradores resonaban a través del laberinto de pasillos, mezclándose con el sonido del metal contra metal, el tintinear de instrumentos de tortura dispuestos meticulosamente en estanterías, esperando ser utilizados en los rituales de invocación.

Las celdas estaban llenas de prisioneros, sus ojos reflejando miedo y resignación.

Algunos suplicaban clemencia, mientras otros se retorcían en agonía, atrapados entre el mundo de los vivos y las garras de las entidades que deseaban poseerlos.

El aire olía a sudor, temor y algo más repugnante: la fragancia del sufrimiento humano.

En el corazón del laboratorio, los teólogos se movían con inquietante calma, sus rostros serenos en medio del caos.

Realizaban sus rituales con precisión, murmullos de conjuros resonando en el aire como un canto sombrío.

Cada grito, cada lamento, parecía alimentar su poder, convirtiendo el lugar en un escenario de tortura y desesperación.

El centro de fe era, sin duda, un laboratorio de miedo, donde el sufrimiento no solo era tolerado, sino cultivado.

Allí, el dolor era una herramienta, y la desesperación, un medio para un fin oscuro y desconocido.

El teólogo guió a Lucius hacia una sala separada del laboratorio, un lugar donde los cuerpos estaban guardados en bolsas llenas de agua bendita, una medida para mantener a los demonios dormidos y evitar que despertaran y destruyeran el lugar.

—Ahora elige —dijo el teólogo, entregándole un panel donde aparecían todos los niños almacenados a lo largo de las décadas—.

Estos son los que tengo preparados.

Lucius miró las imágenes con atención.

Después de un momento, eligió uno al azar.

—Llévame a ese a la sala ciento cincuenta y tres.

El teólogo sonrió y asintió.

—Así será.

Mientras tanto, el cardenal volvió a la sala de espera.

—Estamos listos para proseguir.

Ahora, el siguiente.

Naqam aguardaba pacientemente mientras los demás avanzaban, su mente perdida en recuerdos dolorosos.

Recordó el día en que perdió a su padre, cuando Belial se presentó en su hogar buscando a fray Lucius.

El demonio exigió que le revelaran su ubicación.

Su padre, sin revelar el paradero, sufrió una muerte rápida e indolora.

Pero Naqam, oculta y aterrorizada, fue amenazada por el demonio.

—Si cuentas que estuve aquí, vendré a buscarte a ti, niña.

Aquel recuerdo la golpeó con fuerza, como un eco del pasado.

Vio el cuerpo sin vida de su padre, un hombre que luchó por el bien de la iglesia y cuidó de la gente.

Su sacrificio, aunque noble, había sido en vano, y el horror de aquella noche quedó grabado en su mente para siempre.

—Es tu hora, pequeña —dijo el cardenal—.

Eres la última.

Naqam lo siguió a la sala de tortura.

Lucius, al ver a la niña, sonrió.

—Al fin estás aquí —dijo, mirándola con atención—.

Espero que tu resultado sea el esperado.

Sin miedo, Naqam se acercó a los instrumentos de tortura, tomando un galón de combustible y, sin mirar atrás, empapó al niño.

El demonio, riendo de la acción del clérigo, exclamó  —¿Crees que esto me asusta?

No es la primera vez que me encuentro con alguien como tú.

No tendrás el valor de hacerlo.

—No soy quien teme —replicó Naqam, su voz firme—.

No me importa si debo dejar de ser humana para lograr mi cometido.

—Yo no pienso exorcizarte —añadió—.

Lo que busco es venganza.

—Dile a todos en el infierno que Naqam matará a Belial.

Mientras agarraba un encendedor para prenderlo y arrojarlo hacia el niño, el demonio gritaba:  —¿Quién crees que eres?

¡No le harás ni cosquillas al Señor!

Tu mente será destruida.

Lucius, por primera vez en todas las pruebas, mostró una sonrisa de locura.

Zaphkiel estaba conforme con el desarrollo.

—Ella es la que buscamos —dijo en su mente.

Comenzó a reírse de la situación, el trono reía a través de Lucius.

—¡Magnífico, magnífico!

Eres la indicada para este papel.

Te enseñaré a usar tu odio como catapulta hacia el éxito.

—Ningún humano podrá detenerte; yo seré tu maestro.

—Solo muéstrame más odio, más venganza.

El cardenal, con miedo en su mirada, entendió que esto no era una búsqueda de exorcistas, sino la creación de monstruos para la institución.

Aquello no era un rito ni una prueba.

Era la preparación para una nueva guerra santa.

Y el eco de los gritos aún resonaba en las paredes de la sala de tortura.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES amacaow si les gusto el capitulo les agradeceria dejar una power stone como apoyo

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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