BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 52
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Capítulo 52: La Puerta del Conflicto Cromático
Iston avanzaba por su reino mental, en medio de un mar de recuerdos. Todo estaba tranquilo, aunque su mente viajaba a un evento oscuro: el día en que intentó ahorcarse desde el segundo piso y, en un acto desesperado, robó medicamentos en el hospital para consumirlos.
Fue en ese instante que un médico lo descubrió.
—Niño, ven aquí. Ese no es el camino. No sé por lo que estás pasando, pero morir no es una opción.
—Déjame en paz. No tengo razones para vivir. Mis padres están muertos y mis tíos intentaron quemar mi casa. ¿Qué más tengo que soportar para que el mundo valga la pena?
La mirada piadosa del médico me irritaba; no podía comprender el tormento que un adolescente como yo estaba atravesando. Escapándome al baño, tomé las tabletas sin leer que eran laxantes. Casi morí de deshidratación, pero no era esa la forma en que el dolor se disiparía; solo sufri más.
El médico, tras colocarme suero, trató de hablar conmigo, buscando ofrecerme consuelo y razón. No fue la última vez que vi su mano extendida; cada intento de suicidio fue seguido por su deseo genuino de ayudarme a seguir adelante.
Un día, me miró con seriedad y me dijo:
—Soy Julián. Llevo tres años como interno, y este es mi último año. No sé si estaré aquí al final del mes, pero aquí tienes mi número. Cuando sientas que todo se derrumba, estaré aquí para escucharte sin condiciones. No importa la hora o el día; si tienes un día difícil, solo llámame.
Durante ese mes, hablé más con Julián de lo que había imaginado. Tener a alguien que me apoyara en mi duelo trajo algo de calma a mi mente, incluso frente a las amenazas de mis tíos. Fue un consuelo, un hombro en el que lloré más de una vez, sin saber cómo continuar.
Pero un día, en un arranque de desesperación, un ataque de los Zeta derribó mi único apoyo. Intenté cortarme, incapaz de controlar mi mente y mi cuerpo.
Ese mismo día, el banco de Querétaro fue asaltado, y Julián estaba cerca de la plaza. Sin saber el peligro que lo acechaba, respondió mi llamada.
Esa llamada selló su destino. Le conté sobre el desencadenante de mi ataque, cómo sentía que todos me miraban extrañamente, como si cada palabra que salía de su boca hablara de mí. Mi miedo al contacto con los demás me llevó a aislarme, y no sabía cómo salir de ese abismo.
Él me explicaba, desde un punto de vista médico, que era normal dada mi depresión, pero para mí no tenía sentido. Me indicó qué debía hacer para salir adelante.
Me passou el número de un psiquiatra amigo suyo y me aseguró que el dinero no sería un problema; él ya lo había cubierto para cuando estuviera listo. Solo tenía que llamarlo.
Pero de repente, el sonido de una sirena atravesó la plaza y comenzaron los disparos. Una de las balas locas impactó en el pecho de Julián.
—Lo único que puedo decirte… —murmuró—, pequeño, sé fuerte. Lucha; tu mundo no acaba solo por el dolor.
—Fue un gusto conocerte. Espero que llegues a ser feliz.
Gritando, le pedí que no colgara, que por favor se quedara hablando conmigo, pero todo quedó en silencio en la línea.
Al día siguiente, después de llorar toda la noche, recibí una llamada de su número.
Corrí a contestar, con la esperanza de que hubiera sobrevivido, pero una voz femenina me habló.
—Hola, buenas tardes. Soy la madre de Julián. Él me había hablado de ti y me gustaría que vinieras a su funeral. Sé que a él le hubiera gustado tenerte aquí.
Mientras hablaba, su voz se quebraba, y sentí el peso del dolor en su corazón.
—Iré, señora. Será un honor asistir.
—El entierro será en dos días —me dijo, proporcionándome la dirección del velorio.
Al día siguiente, llegué al velorio, y lo que vi me sorprendió: una familia celebrando la pérdida como si fuera una fiesta, no una tragedia. Había piñatas, bebidas e incluso mariachis cantando. Nunca imaginé un velorio así.
Al acercarme para presentar mis respetos, su madre me miró y se acercó.
—Gracias por venir, pequeño. No sabes lo que significa que estés aquí.
—No sabes las historias que me contó Julián sobre cómo poco a poco te fuiste abriendo con él y cómo siempre deseó que fueras feliz.
Contenía las lágrimas mientras ella limpiaba mis mejillas.
—Mi niño, lo sé, pero estamos aquí para celebrar a la persona que fue, no cómo se fue.
Sus palabras resonaron en mi corazón, dándome la fuerza para seguir adelante.
Le pregunté por qué celebraban.
—Él sería infeliz si lloráramos su pérdida toda la vida. Julián solo quería hacer el bien en el mundo; por eso eligió su profesión.
—Y vio en ti a la primera persona a la que quería ayudar.
—Perdió a su padre joven y se metió en problemas, pero decidió que esa pérdida no lo definiría ni lo hundiría en un mundo que no quería vivir.
—Se vio reflejado en ti, Iston, y deseaba que no te hundieras en el dolor.
—Toda historia tiene un desarrollo triste, pero solo tú decides el final, ya sea uno bueno o malo.
Al recordar ese momento que me transformó, sentí, por primera vez en mucho tiempo, el vacío por Julián. ¿Qué pensaría si le contara todo lo que ha pasado? ¿Cómo me convertí en el yerno de un señor demonio o en un mesías? Seguro intentaría internarme por un brote psicótico.
Mientras rememoraba esa dulce escena, la voz que no quería que interrumpiera este momento resonó.
—Lindo recuerdo, princesa, pero aún no has llegado a la sorpresa que te preparé.
—¡Lucifer, no me arruines esto! No lo amerita.
La risa de Lucifer rompió el recuerdo, ahogándolo en una oscuridad intensa mientras aparecía.
—Ahora que has descubierto tu propósito y quién eres, ¿crees que tendrás un momento tranquilo? No me hagas reír.
—¿Crees que mis intentos de romper tu mente son por capricho? Quiero mi venganza; tu cuerpo será mío para matar a mi padre.
Iston sintió cómo la oscuridad palpitaba mientras Lucifer lo miraba con más atención.
—Tú eres mi escape, no mi captor.
—Nunca podrás dominarme. Solo espera y verás que tendrás que luchar más de lo que piensas.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Iston. La oscuridad sonrió y lo llevó hacia la siguiente puerta azul que debía enfrentar.
—Estos hermosos recuerdos han terminado, princesa. Ahora tu mente caerá en la locura, y yo me iré.
—Ajajajaja, desearía ver la cara de Virgilio cuando te vea enfrentar esto.
—Pero él no se moverá, porque se ató a la puerta roja.
Mientras Iston navegaba por su mente, apareció la siguiente puerta. Era de un color extraño, como si la puerta negra intentara infectarla. El tono cambió, y su tercer ojo sentía el peligro que emanaba.
—Ahora entra.
—Veremos si puedes superarlo.
Perdón por olvidarte, Julián. Juro que cuando salga de aquí, te llevaré flores como en los viejos tiempos.
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