BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Pedido numero 54 una señal en Roma
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6: Pedido numero 54 una señal en Roma 6: Pedido numero 54 una señal en Roma Apenas entraron al local de comida rápida, todos se quedaron mirando a Abyllie.
No era para menos: tenía ese aire de diva infernal, parecía más una celebridad de internet que una princesa dispuesta a probar una hamburguesa.
Al notar las miradas, Abyllie las devolvía con un leve gesto de desprecio.
No estaba acostumbrada a ese tipo de atención y, en lugar de sentirse halagada, la incomodaba profundamente.
—¿Qué pasa con estos humanos que no dejan de mirarme?
—bufó—.
Me dan ganas de prender fuego a todo y quedarme a escuchar sus gritos.
Iston se echó a reír; la actitud de Abyllie era tan de gótica de internet que casi esperaba que sacara su teléfono para grabar una historia sobre lo insoportable que era el mundo.
—¿De qué te ríes?
—Abyllie lo miró con una mezcla de disgusto y burla—.
Estos humanos me miran como si fueran lobos y yo el último pedazo de carne.
—En el mundo mortal, las góticas son casi un fetiche —explicó Iston, todavía riendo—.
Es el tipo de mujer que todos fingen no desear, pero que en secreto siguen en redes.
—Entonces, ¿tú también fantaseabas con ellas?
—preguntó ella, esbozando una sonrisa burlona.
—Yo no tengo que fantasear… ya te tengo a ti —respondió Iston, devolviéndole la burla con confianza.
Abyllie se quedó callada, sin saber cómo reaccionar.
El rubor le subía por las mejillas mientras evitaba la mirada de Iston.
—El siguiente —anunció el cajero, un tanto impaciente.
—Sí, deme dos hamburguesas Stacker dobles con papas, la promo con papas agrandadas, bebidas y… dos pies de chocolate, para llevar, por favor —pidió Iston con total naturalidad, como si llevar a una princesa infernal a un local de comida rápida fuera algo de todos los días.
—Serían 470.91 MXN —dijo el cajero, mirando a Iston mientras esperaba el pago.
Iston le entregó el dinero en efectivo.
—Su ticket es el número 54 —dijo el cajero, sonriendo levemente al entregárselo.
Abyllie miró a Iston, sorprendida por lo natural que parecía en esa situación.
—¿Y en qué mesas nos atenderán?
—preguntó con genuina curiosidad—.
¿Cuántos sirvientes tiene este local?
Iston apenas pudo contener la risa.
—Mi estimada princesa —dijo con sarcasmo—, no nos llevarán la comida a una mesa.
La retiramos… para ir al lago del que te hablé.
Abyllie lo observó, completamente confundida.
—¿Cómo que la retiramos nosotros?
—repitió, indignada—.
¿Y dónde se supone que la comeremos?
Esto es absurdo… ¿acaso estos humanos no reconocen a una princesa cuando la tienen delante?
—Para empezar, mi lady, nadie sabe que eres una princesa —dijo Iston, con una sonrisa divertida—.
La monarquía se acabó hace siglos, así que nadie espera ver a una princesa hoy en día.
Y dos… te encantará comer afuera, viendo las estrellas.
Abyllie aceptó con cierta indignación, pensando que todo era muy extraño.
No estaba segura de que este tipo de alimento le gustara, pero decidió confiar, aunque fuera un poco, en Iston.
—¡Pedido número 54!
—anunció el cajero, llamando a los clientes para retirar su comida.
Iston se acercó y tomó una bolsa con dos bebidas en lata.
Miró a Abyllie, listo para salir del local.
—¿Y nuestra comida?
—exclamó ella, sin mirar lo que se habían llevado.
—Está aquí, en la bolsa —respondió Iston, señalándola con una sonrisa.
—Ahora vamos a la laguna artificial —dijo—.
Está cerca de aquí, así que iremos caminando.
—Te voy contando cómo es —añadió, sonriendo—.
El lago es antiguo, pero muy bien cuidado.
Hay una pequeña iglesia que no se ha usado en siglos, y aun así resulta increíblemente relajante estar en sus orillas.
Por la noche, la luna se refleja en el agua y las lámparas antiguas bañan todo con una luz cálida y suave.
Te va a encantar mirar las estrellas mientras estamos allí.
Abyllie, pensando que probablemente sería algo aburrido, solo lo siguió.
Sin embargo, su curiosidad la mantenía atenta, esperando que el lugar fuera más impresionante de lo que Iston lo había descrito.
Mientras caminaban, ajenos a todo, en un sótano oculto bajo una antigua iglesia, las alarmas de coros angelicales comenzaron a sonar.
Un cardenal, con el corazón acelerado, corrió entre estanterías repletas de reliquias sagradas, buscando con urgencia a uno de los sacerdotes encargados de vigilar las energías sobrenaturales.
—¡Padre!
—gritó, sin aliento—.
¡Se ha detectado una concentración de energía demoníaca!
El sacerdote levantó la mirada y corrió hacia un antiguo artefacto, un instrumento sagrado que señalaba la presencia de demonios en este plano.
Sus ojos se agrandaron al ver las luces de alerta parpadeando.
Apretó un botón y exclamó: —¡Por fin se callaron esos ángeles!
Ya me tenían harto.
Esta alarma… ¿podemos poner otra canción?
Era la segunda señal proveniente de la misma ubicación, una ciudad en México.
El sacerdote señaló con urgencia a sus asistentes.
—¡Llamen directamente al Vaticano!
—ordenó—.
Informen al Papa… es hora de investigar lo que está ocurriendo.
—Y, además —añadió con frustración—, llama al servicio técnico; no hay ningún tutorial para cambiar la música.
En la Ciudad del Vaticano, sonaron los teléfonos.
Un muchacho no mayor de quince años tomó el auricular y corrió hacia el Papa.
Avanzaba por un pasillo largo y silencioso, donde tapices antiguos colgaban de las paredes, mostrando escenas religiosas.
La luz del sol entraba a raudales por los vitrales, tiñendo el mármol con destellos rojizos y dorados que danzaban a cada paso.
Estatuas de santos y ángeles, alineadas a lo largo del corredor, proyectaban sombras definidas bajo la luz intensa, como si lo observaran atentamente.
El aroma a madera envejecida, incienso y libros antiguos llenaba el aire, recordándole que avanzaba por un camino reservado solo a unos pocos… hasta que, al entrar en la habitación papal, se tropezó con la alfombra.
El monaguillo apretaba el teléfono con fuerza; la llamada traía noticias alarmantes.
Desde una ciudad en Latinoamérica se había detectado actividad demoníaca, y era hora de que el Papa estuviera informado.
Cada paso que daba aumentaba la sensación de urgencia, mezclando la majestuosidad del lugar con la gravedad del mensaje que portaba.
Al recibir la noticia, el Papa, un anciano de cabello largo y blanco que caía suavemente sobre sus hombros y ojos azules penetrantes, se persignó y exclamó con voz fuerte y alarmada: —¡Pero no me jodan!
—gruñó—.
¿Otra vez?
¿Ya no pueden estos condenados demonios quedarse en el Infierno como todo ser decente?
¡Dos alertas desde el mismo lugar!
¿Qué siguen haciendo allá abajo, una fiesta infernal?
Se persignó rápidamente, aunque con una mezcla de ritual y resignación.
Sus ojos miraban al cielo, como suplicando paciencia divina, mientras su boca murmuraba un insulto contenido hacia los demonios y la burocracia celestial.
—¡¿En dónde carajos están esos putos demonios?!
—exclamó el Papa, golpeando el escritorio con frustración mientras fruncía el ceño, entre alarmado y exasperado.
El monaguillo, sin atreverse a parpadear, tartamudeó: —Su Santidad… están en la ciudad de Querétaro, en México.
—¡¿Por qué carajos siempre Querétaro?!
¡Es la quinta vez este mes!
¿Acaso tienen plan de turismo?
Sus arrugas se apretaron del enojo, marcando su frustración.
El monaguillo, preocupado, imaginaba que el nivel de estrés de su santidad podría provocarle un paro cardíaco, considerando su avanzada edad.
Sin perder tiempo, el Papa ordenó inmediatamente.
—¡Necesito que contacten ya al Padre Fray Lucius en Argentina y que se ponga en movimiento de inmediato!
—tronó el Papa, apretando el puño sobre el escritorio—.
Tenemos que purgar esos demonios de una vez por todas.
¡Ya estoy hasta la madre de que sectarios invoquen engendros y nosotros tengamos que limpiar la mierda que dejan!
En Buenos Aires, Argentina, sonó un teléfono.
—¿Sí?
Soy Lucius.
Voy para allá; en camino a ver qué demonios pasó —dijo con voz grave, colgando de inmediato.
Desde la habitación, caminó con paso decidido hacia su armario, cerrado con un candado negro rematado por una cruz de sello.
Al abrirlo, un golpe de frustración lo recorrió, su bata ceremonial había desaparecido.
—¡Mujer!
—gritó, con una mezcla de indignación y alarma—.
¿Dónde está mi bata ceremonial?
Una voz surgió desde el interior de la habitación: —La mandaste a lavar hace dos días… estará lista mañana a las 8.
Lucius frunció el ceño, conteniendo la frustración mientras su mirada recorría la habitación.
—¿¡Mañana a las 8!?
—exclamó—.
Entonces partiré en dos días… ¡no puedo esperar a enfrentar demonios vestido así!
REFLEXIONES DE LOS CREADORES amacaow esto es un regalo a todos los que estan leyendo mi libro muchas gracias no espera tener mas de 100 views en unas pocas horas disfurten este capitulo y mañana se viene otro
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