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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 60

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Capítulo 60: Decreto de purificación

Mientras en el castillo fantasmal se desataba el caos, la Catedral Central Lucius se erguía como un baluarte de orden y determinación. En su interior, los clérigos se movían con la precisión casi militar de quienes han sido entrenados para la batalla. Era el momento de la operación que podría inclinar la balanza en su guerra contra las fuerzas demoníacas.

Los uniformes anti-energía demoníaca se ajustaban con cuidado, las armaduras eran revisadas meticulosamente, y los frascos de agua bendita chisporroteaban como si reaccionaran a una amenaza invisible. La luz que se filtraba a través de las vidrieras iluminaba el lugar con tonos cálidos, en marcado contraste con la tensión fría e inminente que se respiraba.

En la sala de armamento, Naqam, Ezequiel y Canon se preparaban para la confrontación.

Naqam movía sus manos con impaciencia contenida, los nudillos blancos por la fuerza con que sostenía su arco recién bendecido. Cada respiración era una lucha por dominar el resentimiento que ardía en su pecho.

—Ezequiel, ¿estás seguro de que ese conjuro servirá? —preguntó con voz baja, casi temblando. No era miedo, sino una furia reprimida que amenazaba con estallar—. No pienso fallar otra vez. No… por su culpa.

Ezequiel levantó la vista del tomo en arameo, su expresión solemne y disciplinada.

—Las Escrituras son claras —respondió, manteniendo un tono de calma—. Este conjuro fue creado para repeler y debilitar energías demoníacas. Lo ejecutaré correctamente. La fe no falla si nosotros no fallamos primero.

Naqam soltó un suspiro, luchando por mantener la compostura.

—Bien. Solo necesito saber que esta vez tendremos una oportunidad real. Mi padre murió por gente que confiaba en estas paredes… —sus ojos ardieron por un instante—. No permitiré que otro demonio respire mientras yo esté vivo.

A pocos pasos de ellos, Canon afilaba sus dagas curvas con una concentración casi inquietante. Sus movimientos eran metódicos, suaves, casi delicados. No había tensión en ella; solo una calma que resultaba más perturbadora que cualquier emoción.

—¿Y tú, Canon? —preguntó Naqam, acercándose—. ¿Listas tus armas?

Canon no levantó la vista de inmediato. Terminó un filo, sopló el polvo metálico y solo entonces respondió, con una sonrisa que parecía fuera de lugar:

—Estarán listas cuando la sangre caiga sobre ellas.

Naqam frunció el ceño, inquieto.

—Canon…

—¿Qué? —preguntó ella, con un tono ligero, casi juguetón—. Ellos nos atacan, nos destruyen, matan a los nuestros. Alguien debe hacerles sentir lo mismo. Y yo soy buena sintiéndolo por ellos.

Ezequiel cerró su tomo con firmeza, rompiendo el aire como si su gesto fuera un golpe.

—Canon, recuerda lo que enseña la Iglesia —dijo con autoridad templada—. No somos verdugos. Somos la barrera entre el mundo humano y la oscuridad. No se mata por placer ni por impulso.

Canon ladeó la cabeza, sonriendo como si hubiera escuchado un chiste interno.

—No lo hago por placer. Lo hago porque es necesario. La diferencia es importante, ¿no?

Ezequiel la observó un segundo más, estudiándola.

—Es necesario… pero no inevitable. Controla tu mente. El exceso de violencia corrompe incluso al santo más devoto.

Canon parpadeó lentamente. Ni aceptó la reprimenda ni la rechazó; simplemente guardó las dagas bajo su túnica y dijo:

—Yo no soy santa. Así que no hay riesgo de corrupción.

Naqam soltó una risa sin humor, la tensión en el aire palpable.

—Eso no me tranquiliza.

Ezequiel respiró hondo, intentando sostener la calma del ambiente.

—Somos un equipo —declaró—. Tú con tus flechas, Naqam; Canon, con tus dagas; y yo con los conjuros que la Iglesia nos enseñó. Si alguno se descontrola, todos caemos.

Canon se acercó, apoyando una mano fría en el hombro de Ezequiel con una sonrisa casi infantil.

—Tranquilo. No dejaré que mueras. Sería una pérdida muy… inconveniente.

Naqam puso una mano en su arco, tensando la mandíbula.

—Si te acercas así a un demonio, te arrancará la garganta —gruñó.

—Entonces que lo intente —respondió Canon, sonriendo de oreja a oreja.

Ezequiel levantó las manos, cortando la tensión.

—Suficiente. El enemigo está afuera, no aquí dentro. Ya es hora.

Tomó aire, cerró su tomo y lo guardó bajo el hábito.

—Que nuestras armas estén listas y nuestros corazones firmes. El deber nos llama.

Los tres intercambiaron miradas cargadas de propósitos muy distintos, pero unidos por un destino común. Luego avanzaron hacia la salida, donde el mundo exterior rugía con caos.

Las puertas laterales de la catedral retumbaron cuando Lucius hizo su entrada. Su figura se recortó contra la luz dorada que descendía desde la bóveda, como si el cielo mismo lo acompañara. Cada clérigo en el recinto enderezó la postura al verlo; incluso Canon dejó de afilar sus dagas, y Naqam contuvo la respiración.

Lucius avanzó con pasos lentos pero pesados, envuelto en un manto blanco que parecía absorber la luz y devolverla en destellos sagrados. Su presencia no era humana, era un juicio caminante.

Cuando llegó al centro del salón, todo murmullo se extinguió.

El silencio se volvió absoluto.

Lucius extendió las manos hacia los clérigos reunidos, y su voz —grave, resonante, casi celestial— llenó cada rincón de la catedral:

—Hijos de la Luz. Hoy dejamos de ser testigos… y nos convertimos en la espada que dará forma al destino del mundo.

Las antorchas temblaron, como si lo reconocieran.

—Durante años, los demonios han jugado con almas inocentes. Han corrompido cuerpos, manipulado mentes, destruido familias… y ahora buscan infiltrarse entre nosotros con experimentos prohibidos.

Sus ojos brillaron con una mezcla de fervor divino y cólera silenciosa.

—Pero el Cielo ha hablado. La Iglesia ha despertado. Y nosotros somos la respuesta a su blasfemia.

Los clérigos inclinaron la cabeza. Ezequiel apretó su tomo. Naqam sintió un fuego en el pecho. Canon sonrió, casi emocionada.

Lucius continuó, elevando la voz:

—Hoy marchamos hacia la oscuridad no como mártires, sino como purificadores. Los demonios han quebrado el equilibrio. El infierno ha traspasado sus límites. Los ocultistas han vendido sus almas por poder.

Clavó la mirada en cada uno de los presentes.

—Y por ello… serán extirpados.

El aire pareció congelarse.

—No habrá misericordia para quienes se alimentan del sufrimiento humano. No habrá perdón para quienes sirven a la sombra. No habrá piedad para quienes eligieron la corrupción.

Lucius levantó una espada ceremonial envuelta en luz bendita. La brillantez iluminó los rostros tensos de los diez clérigos elegidos para la operación.

—Que quede claro. Esto no es una misión. Es un decreto divino.

Dio un paso adelante, su manto agitándose con una fuerza invisible.

—A partir de este momento, ningún demonio saldrá vivo de esta tierra santa.

Otro paso.

—Ningún ocultista verá otro amanecer.

Alzando su espada sobre su cabeza, con una ferocidad capaz de sacudir cielos y abismos, proclamó.

—¡Hoy purificamos el mundo con fuego sagrado! ¡Hoy sellamos la puerta del infierno con su propia sangre! ¡Que comience la operación!

El estallido del coro, las campanas y los cánticos sagrados sellaron sus palabras, enviando a los clérigos hacia un destino sin retorno, donde cada encuentro podría ser su último. La guerra había comenzado, y no habría vuelta atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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