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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 61

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Capítulo 61: La Revelación del Fanatismo

—Nos moveremos a los distintos cultos —anunció Lucius, su voz resonando en la catedral como un eco siniestro en una cripta olvidada—. Allí, entre los ocultistas que venden sus almas y llevan a cabo rituales oscuros, encontraremos las respuestas que buscamos.

El murmullo de asombro recorrió la sala, pero pronto se tornó en fervor, mientras los clérigos intercambiaban miradas cargadas de una determinación sombría. Sentían el abrumador peso de la oscuridad que se cernía sobre ellos, una sombra que prometía tentaciones seductoras y desafíos escalofriantes. Lucius continuó, su mirada fija y penetrante como un rayo de luz en la penumbra, casi como un profeta enviado por el mismo infierno.

—Cada uno de ustedes llevará un decreto sagrado —dijo, levantando un pergamino adornado con símbolos de poder, que parecían pulsar en la oscuridad como si tuvieran vida propia—. Este edicto les otorgará la libertad para actuar con firmeza en su misión. Matar, torturar, y satisfacer incluso sus más retorcidos anhelos espirituales serán aceptados bajo el nombre de Dios.

Las palabras de Lucius se deslizaron en el aire como un viento helado, arrastrando consigo el fervor desquiciado de los clérigos, quienes comprendieron la magnitud de lo que se les pedía. La línea entre lo sagrado y lo profano se desdibujaba, y la redención se convertía en una justificación oscura para la violencia. Un silencio opresivo envolvía el espacio, como si incluso las sombras temieran la declaración de su líder.

—No podemos permitir que la corrupción se infiltre más en nuestras vidas —prosiguió, su voz creciendo en intensidad, resonando en el alma de cada clérigo—. Necesitamos arrancar la verdad de las sombras. Estos cultos son un hervidero de secretos y traiciones, y su conocimiento será la espada que empuñaremos contra el mal.

Ezequiel, sintiendo el peso de la decisión, levantó la mano, aunque su voz temblaba con vacilación.

—¿Y si perdemos el control, Lucius? —preguntó, la preocupación desgarrando su pecho—. La fe no debería basarse en el dolor infligido, ¿no?

Lucius lo miró con firmeza, y en su mirada había tanto acero como un abismo de oscuridad, un brillo inquietante que provocaba escalofríos en los corazones de sus seguidores.

—Es un sacrificio que estamos dispuestos a hacer. La lucha no es solo por nosotros, sino por la salvación de aquellos que aún creen en la Luz. Si debemos atravesar las puertas del infierno para lograrlo, lo haremos sin titubeos, sin remordimientos.

Ezequiel, apretando su tomo, sintió que las oscuras palabras de Lucius resonaban en las profundidades de su ser, como un canto de sirena que prometía locura y redención. En su interior, luchaba por mantener la moralidad, pero la corrupción era una sombra persistente.

—Pero debemos ser astutos. No podemos dejarnos llevar por la sed de sangre. Cada acción debe ser calculada, cada movimiento, estratégico. No somos simples verdugos; somos guerreros de la fe.

—Exacto —respondió Lucius, su tono volviéndose más grave, y la sombra en sus ojos parecía intensificarse hasta convertirse en un abismo—. Debemos recordar que la finalidad de esta cruzada es la purificación. Cada vida que tomemos debe ser un paso hacia la restauración del orden sagrado. No se trata de venganza, sino de justicia divina.

Los clérigos asintieron, aunque en su interior sentían el ardor de deseos oscuros. Sabían que la misión que tenían por delante no sería fácil; cada uno de ellos tendría que confrontar las sombras que acechaban en sus corazones, esa oscuridad que también era parte de ellos.

—Cuando lleguemos a estos cultos, mantendrán en mente su decreto sagrado —continuó Lucius, su voz resonando como un oscuro canto de guerra—. Usen sus poderes, realicen los rituales que consideren necesarios. La Luz no condenará nuestras acciones si son en nombre de la justicia.

Con esas palabras, la sala estalló en murmullos fervorosos, el ambiente saturado de un propósito renovado, impregnado por una inquietante oscuridad. Cada clérigo sabía que la guerra estaba a punto de escalar a un nivel que jamás habían imaginado, y que los límites de su fe serían puestos a prueba en el fragor del combate.

—Preparémonos para actuar —declaró Lucius, su voz firme como una espada desenvainada, brillando con una luz peligrosa en medio de la penumbra—. Esta noche, el mundo sabrá que la Iglesia ha despertado. Marcharemos juntos hacia la oscuridad, y al hacerlo, forjaremos nuestro camino hacia la redención.

La catedral resonó con el fervor de sus palabras, mientras se preparaban para la batalla. Cada clérigo sintió que el peso de su misión se convertía en el combustible que avivaba las llamas de su determinación. En nombre de Dios, estaban listos para desatar su cruzada.

—Ahora les presentaré a los diez comandantes —anunció Lucius, su voz resonando con autoridad en la catedral, como si el mismo infierno aplaudiera su convocatoria—. Cada uno de ellos estará a cargo de un escuadrón, y cada uno de ustedes enfrentará su propia prueba, una prueba no solo para ellos, sino también para Dios.

Los clérigos se alinearon, la expectación palpable en el aire, entrelazada con una tensión que casi podía cortarse. Lucius comenzó a describir cada escuadrón, delineando sus objetivos y los líderes que guiarían a sus hombres en esta cruzada.

—El primer escuadrón será el de la Purificación —dijo, señalando a un hombre de mirada decidida y porte firme—. Su capitán será Mateo. Su principal misión será la erradicación de cualquier ritual o puerta creada por los cultistas. No habrá lugar para la corrupción mientras este escuadrón esté presente. Mateo, tu determinación y tu fe serán las armas más poderosas en esta tarea.

Mateo asintió, su rostro imperturbable. Sabía que la purificación comenzaría desde las raíces del mal, y la idea de la violencia lo llenaba de un ansia peligrosa, como un lobo acechando en la noche.

—El segundo escuadrón estará a cargo de la vigilancia y emboscadas —continuó Lucius—. Su capitán será Miguel. Este grupo será crucial para mapear todas las zonas afectadas y coordinar ataques cuando los cultistas se atrevan a mostrarse. Miguel, su visión y su astucia serán esenciales para nuestra estrategia.

Miguel se mostró confiado, su mente ya trabajando en los planes que debía ejecutar, una sonrisa torcida asomando en su rostro mientras imaginaba la sangre derramada.

—El tercer escuadrón se infiltrará en los cultos —anunció Lucius—. Su capitana será Canon, cuya habilidad para moverse entre las sombras será invaluable. Su misión es obtener información sobre qué demonios o qué señores se postran ante los cultistas. Canon, tu ingenio y tu valentía serán la clave para descubrir los secretos que nos oculten.

Canon sonrió, disfrutando del desafío que tenía por delante, sintiendo como si la locura y la violencia fueran su verdadera naturaleza. La idea de manipular y torturar la llenaba de un placer oscuro, como un juego macabro.

—El cuarto escuadrón será el de la Defensa y Líneas Traseras —continuó Lucius—. Su responsabilidad será proteger los puntos de guardia que plantaremos en el campo de batalla. Deimos será quien lidere este grupo, asegurando que nuestras retaguardias permanezcan a salvo mientras avanzamos.

Deimos, con su imponente figura, respiró hondo, sintiendo el peso de la responsabilidad. Su mente se movía en la dirección de la venganza, y cada golpe sería una oportunidad para desatar su rabia acumulada.

—El quinto escuadrón será el de la Sanación —prosiguió Lucius—. Compuesto por los médicos que utilizarán su conocimiento para curar a los heridos y también aplicarán métodos de tortura sobre los paganos. Ezequiel, este trabajo queda en tus manos. Debes asegurarte de que el sufrimiento de nuestros enemigos sirva a un propósito mayor.

Ezequiel sintió el escalofrío de la responsabilidad. La sanación en sus manos no solo era un acto de compasión, sino también una herramienta de justicia, aunque sabía que el equilibrio era frágil, una línea delgada que podía romperse con facilidad.

—Los cuatro escuadrones completarán nuestra estrategia —dijo Lucius, su voz resonando con la fuerza de un trueno en medio de la oscuridad—. Cada uno de ellos tendrá su rol en el avance de nuestra misión. Deben ser leales, astutos y, sobre todo, incansables en su dedicación a la causa.

Los clérigos escuchaban con atención, la locura comenzando a germinar en sus corazones. Sabían que la guerra que se avecinaba estaba destinada a ser despiadada.

—Serán nuestra vanguardia para el ataque futuro —continuó, dejando que la gravedad de la declaración se asentara en el aire, como una niebla oscura que envolvía sus corazones—. Los arqueros estarán a cargo de Uriel, quien será responsable de proporcionar apoyo a distancia. Su puntería y destreza serán fundamentales para neutralizar a los enemigos antes de que se acerquen.

Uriel, un hombre de mirada aguda y postura firme, asintió con confianza, un destello de ferocidad brillando en sus ojos. Sabía que su habilidad con el arco podría cambiar el curso de la batalla, y la idea de ver caer a sus enemigos lo llenaba de una sed insaciable.

—Los lanceros estarán bajo la dirección de Azael —prosiguió Lucius—. Este escuadrón se encargará de la primera línea de ataque, empujando hacia adelante y enfrentándose cara a cara con los cultistas. Azael, tu valentía y poder son esenciales para romper sus filas.

Azael, fuerte y decidido, sonrió a sus compañeros, listo para el desafío que se avecinaba, sintiendo la sed de batalla correr por sus venas, como un veneno que lo llenaba de energía oscura.

—Los escuderos estarán liderados por Manuel —continuó Lucius—. Ellos protegen a nuestros aliados y aseguran que nuestras líneas se mantengan firmes. Manuel, tu habilidad para mantener la defensa será crucial en momentos de crisis.

Manuel, con su escudo en mano, se sintió fortalecido por la fe que sus compañeros depositaban en él. Sin embargo, la idea de ver caer a sus enemigos lo excitaba, y el eco de su propia violencia lo llenaba de una oscura euforia.

—Y finalmente, las armas de fuego estarán bajo el mando de Jesús —dijo Lucius, su mirada intensificándose, como el fuego que consume todo a su paso—. Este escuadrón incluirá a aquellos que operan con el poder del fuego sagrado, asegurando que la fuerza de nuestras convicciones se manifieste en cada disparo. Jesús, tu liderazgo será vital para mantener la concentración y la precisión.

Jesús, con una mirada decidida, acarició su arma, sintiendo el peso de su responsabilidad, como una serpiente lista para atacar.

—Por último, habrá un grupo bajo mi cargo —anunció Lucius, su voz adquiriendo un tono solemne, casi ritual—. Si esta misión se completa, será la nueva cara del exorcismo actual, un ejemplo de lo que significa luchar por la Luz. Naqam, tú serás la encargada de este grupo.

Naqam se sintió aliviada por la confianza que Lucius depositaba en ella, pero también sintió el calor de la locura que acechaba en la oscuridad, deseando venganza.

—Haré lo que sea necesario, Lucius —respondió, su voz firme y cargada de un rencor oculto—. Seremos la chispa que encienda la llama de la justicia, y la sangre que derramemos será nuestra ofrenda sagrada.

Lucius asintió, la atmósfera en la sala cargada de tensión y expectativa, como si el aire mismo temiera lo que estaban a punto de desatar.

—Juntos, con cada escuadrón desempeñando su papel, seremos imbatibles. La fe y la determinación nos guiarán. Ahora, preparémonos. La hora de la verdad se acerca, y el mundo está esperando que respondamos al llamado.

Los clérigos, ahora más que nunca, estaban dispuestos a enfrentarse a la oscuridad. La guerra estaba en el horizonte, y cada uno de ellos se preparaba para luchar con una devoción casi fanática.

—Ahora, hijos míos, es el momento de la batalla —anunció Lucius, su voz resonando con la fuerza de un trueno que llenó la catedral—. Querétaro será nuestra prueba, un campo de confrontación donde demostraremos que la Iglesia aún tiene el poder para mantener su camino justo.

Los clérigos, alineados y firmes, sintieron un escalofrío recorrer sus espinas dorsales, como un rayo de anticipación y horror. Sabían que este no era solo un enfrentamiento físico; era una lucha por el alma de su fe.

—En este día —continuó Lucius, su voz resonando con una mezcla de solemnidad y fervor—, no solo combatiremos a demonios y cultistas; lucharemos contra la desesperación, la corrupción y la oscuridad que ha intentado infiltrarse en nuestro mundo. Cada uno de ustedes es un bastión de la luz, y juntos, somos invencibles.

El eco de sus palabras reverberó en la catedral, y a medida que la atmósfera se tornaba cada vez más opresiva y oscura, los clérigos se sintieron fortalecidos, decididos a enfrentar el desafío con el poder de su fe y el fervor de sus corazones encendidos.

Naqam, consumida por un ferviente sentimiento de venganza, alzó la voz en un grito desgarrador que resonó en la catedral como un trueno en la tormenta:

—¡Hoy será el día que el cielo brille bajo la sangre de los impuros!

Sus palabras, impregnadas de una rabia visceral, reverberaron en los muros de piedra. La atmósfera se volvió electrizante, alimentada por el ardor de su declaración.

Las demás escuadras, contagiadas por su fervor, comenzaron a repetir en coro ese grito de guerra, sus voces unidas en una sinfonía de fanaticismo que llenaba el aire de una energía oscura.

—¡Bajo la sangre de los impuros! —gritaron al unísono, cada clérigo sintiendo que la locura de la batalla se apoderaba de ellos.

El eco de su clamor resonaba en la catedral, como un canto oscuro que desafiaba a las sombras que acechaban en la penumbra. Lucius observó a sus seguidores, una sonrisa sutil asomándose en sus labios mientras contemplaba la transformación de sus hombres, ahora convertidos en instrumentos de la justicia divina.

—Sí, ¡dejen que la sangre fluya! —exclamó Lucius, su voz elevándose por encima del coro—. Que cada gota sea una ofrenda a la Luz, un sacrificio que purificará este mundo de toda escoria. ¡Hoy, el cielo se bañará en el sacrificio de aquellos que se rebelen contra el orden sagrado!

A medida que el fervor crecía, las miradas de los clérigos se tornaron más intensas, el deseo de venganza mezclándose con la sed de justicia, transformando sus corazones en piedras afiladas listas para el combate. La catedral, con su ambiente opresivo, se convirtió en un santuario de locura y fe desbordante, y la sombra de la guerra se cernía sobre ellos como un manto oscuro.

Naqam, sintiendo la euforia del momento, dejó que su rencor la guiara. Sabía que esta batalla no solo sería por la redención de su fe, sino también por la sangre de aquellos que habían traído sufrimiento a su vida. La promesa de la venganza ardía en sus venas, y el eco del fervor resonaba en su mente, empujándola hacia adelante.

—¡Que caigan los impuros! —gritaron en coro, un grito que rompía el silencio de la noche y fundía la oscuridad con su determinación.

Lucius levantó la mirada.

—El cielo ha escuchado.

Esta es la revelación de Dios.

Si les gusto el capitulo les agradeceria que dejaran un power stone como apoyo

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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